Chapoteo

Opaleye, ofiura, muimuy, rorcual de omiura, anoplogaster, foraminíferos, misidáceos, dinoflagelados. Caí rendida de amor por La vida en el océano al leer en voz alta esas palabras, que se sienten como caramelos en la boca.

Dentro de la no ficción para niños, la divulgación de la ciencia tiene un papel fundamental, casi protagónico. Los libros sobre ciencia, dinosaurios, científicos o los que hablan sobre mocos y popó desde una perspectiva científica son sumamente populares en librerías. 

No sé si el éxito de la divulgación de la ciencia en la LIJ se deba a la insaciable curiosidad de los niños o a la necesidad de los padres de darles respuestas a las interminables preguntas de sus hijos que, luego de varios rodeos, se reducen a ¿por qué el cielo es azul?, ¿por qué las flores tienen olor?, ¿por qué los pájaros cantan?, o una que me encanta y que, de hecho, es el título de un libro de filosofía: ¿por qué hay todo y no nada?

La vida en el océano, ilustrado y escrito por Julia Rothman, da respuesta a las preguntas más comunes que los chicos podrían tener sobre el mar y su flora y fauna. Está estructurado en ocho capítulos que muestran lo extenso del tema en cuestión: desde por qué el agua del océano es salada hasta las profundidades del fondo marino, la vida en los polos y los arrecifes de coral.

En esta entrada quiero detenerme un poco más en las ilustraciones que en el texto. El texto no tiene nada del otro mundo, es sintético y explicativo, informativo a fin de cuentas, va al punto y no hace alarde de metáforas o figuras retóricas (aunque esto no quiere decir que esos juegos del lenguaje están exiliados de la no ficción, al contrario). Son las ilustraciones, cuyo trazo es fluido y juguetón, las que llevan al lector a imaginar cómo es la vida en el océano.

Hace ya tres años, en un curso de libros de no ficción para niños, la profesora y escritora Ana Lartitegui nos presentaba tres modelos de divulgación para niños, cada uno en un nivel distinto de representación. El primero, Botanicum (Kate Scott y Kathy Willis), tiene un tono muy científico e ilustraciones realistas que recuerdan a las ilustraciones botánicas del siglo XIX. Luego estaba El gran libro del árbol y del bosque (René Mettler), a medio camino entre la ciencia y la poesía y por último, Ahí fuera (Maria Ana Peixe Dias, Inés Teixeira do Rosário y Bernardo P. Carvalho), el más poético y libre de los tres; incluso las ilustraciones de árboles y follaje son de color azul.

En ese sentido, creo que La vida en el océano está a medio camino. El texto es directo y, si bien utiliza algunos tecnicismos, no es demasiado científico. Las imágenes son mucho más libres, aunque no al grado de las de Ahí fuera. De hecho, aunque son ilustraciones poco realistas, es posible identificar y observar las partes de un pez, de un tiburón o de una medusa en el recurso más constante del libro: la “anatomía” de los seres marinos.

«La vida en el océano», Julia Rothman (texto e ilustraciones)

Esto me lleva a preguntarme sobre el realismo de los libros de divulgación científica para niños. ¿Las ilustraciones deben tener siempre una representación mimética, es decir, fiel a la realidad que pretenden mostrar? Si no tienen este tipo de representación, como La vida en el océano o Ahí fuera, ¿se consideran poco precisas o poco serias?

No necesariamente. En la divulgación de la ciencia, sobre todo en ensayos dirigidos al gran público, es muy frecuente el uso de metáforas o de experiencias personales para explicar algún hecho o dato científico. Usamos la metáfora, así como otras figuras retóricas, para que todos nos entiendan, incluso si nos dirigimos a lectores poco familiarizados con cualquier rama de la ciencia. En este caso, el texto de La vida en el océano, como ya he dicho, no es muy atrevido en cuanto a juegos y retruécanos, pero las ilustraciones sí se dan ese permiso, y aunque no son naturalistas, podemos encontrar, por ejemplo, formas de identificar a una tortuga con ayuda de dibujos de su cabeza y caparazón. 

Lo mismo ocurre con las maneras de identificar una concha (colmillo de mar, concha de gusano, rissoido, lapa o almeja): los dibujos son monocromáticos en un tono salmón muy suave, al igual que el trazo. De hecho, estos dibujos parecen la sombra de las conchas, pues no son para nada naturalistas y no se pueden tomar como una guía definitiva para quien quiera ir a la playa a coleccionar conchitas; pero aun así, funcionan para informar al lector en esta materia.

Lo que quiero decir es que la divulgación científica no debería estar cerrada solamente a la representación mimética en aras de “no confundir” a los niños o de enseñarles cosas “adecuadamente” (es decir, a la manera de la escuela y los libros de texto). En la no ficción para niños es posible jugar con el fondo y la forma, y las posibilidades son infinitas.

Pero el juego en la no ficción para niños no se utiliza (o no debería utilizarse) como mero adorno o pretexto para interesar a niños y jóvenes con temas científicos complejos, como si los recursos poéticos y literarios fueran la envoltura del caramelo. Fondo y forma deben estar unidos y ambos deben responder a un “¿para qué?” Considero que esto sí sucede en La vida en el océano que, además de informar a los lectores, les permite imaginar, nutrir su curiosidad e interesarlos por el ambiente, ya que al final, una parte del libro se dedica a hablar brevemente sobre el cambio climático, la pesca de alto impacto, el derretimiento de los polos y otras cuestiones que afectan directamente la vida en el océano.

No suelo leer mucha no ficción, tanto la que está dirigida a niños como la que se dirige a adultos, pero ese es uno de mis “propósitos lectores”: leer más géneros literarios que no acostumbro leer. Me encantan los libros que juegan, que son libres y que se dan el permiso de experimentar. 

Para preguntar en la librería:

La vida en el océano

Julia Rothman (texto e ilustraciones)

España, Errata Naturae, 2022

Espejos

Quiero escribir esta entrada como si miráramos un conjunto de fotos. Cada párrafo corresponde a una imagen.

I. Una camiseta roja, unos pantalones azules

En la prensa a veces se hace viral alguna foto dramática de gente que se ve obligada a huir de su país, de su casa y de su familia, quizá para no volver jamás. Fue ese el caso de Aylan Kurdi, de tres años, un niño sirio que viajaba con sus padres y su hermano hacia Grecia. Sin embargo, su embarcación se hundió y Aylan falleció frente a las costas de Turquía. La foto del pequeño, que usaba pantalón azul y playera roja, acostado boca abajo sobre la arena, fue replicada miles de veces en la prensa internacional, como símbolo del drama de la migración y el exilio.

II. 4, 6, 8, 12

Parece un cuento de hadas perverso: padres que suben a sus hijos a un barco que cruzará el océano Pacífico para deshacerse de ellos, como en el cuento “Hansel y Gretel”. Pero esos padres, en realidad, estaban protegiendo a sus hijos de la guerra civil española y de la dictadura franquista, y no los hubieran puesto en el agua si la situación en su tierra natal no hubiera sido tan desesperanzadora. Niños de 4, 6, 8 y hasta 12 años de edad, los más mayores, se enfrentaban, solos, a una travesía que les cambiaría la vida y la identidad.

III. Conciencia

Mexique, el nombre del barco, con texto de María José Ferrada e ilustraciones de Ana Penyas, habla de los 456 niños que nacieron españoles, pero envejecerían y morirían siendo llamados «niños de Morelia». Además, este libro álbum lanza preguntas sobre qué es una nación, un hogar y qué significa tener o no una patria.

Las ilustraciones de Ana Penyas están basadas en fotografías del barco y de los niños españoles que llegaron a Veracruz y luego se dirigieron, por tren, a Morelia, lo cual ilustra muy bien el drama y los abismos que se viven en situaciones como estas. El libro comienza con ilustraciones de niños subiendo al barco; algunos de ellos van de brazo en brazo, y otros se despiden de sus familias, que los observan desde el muelle, desde el otro lado de la página. Me pregunto si alguno de esos chicos sabe qué está pasando en realidad. Les han dicho que se irán a otras tierras “mientras las cosas se calman”, por eso, muchos creen que se van de vacaciones. ¿Durante cuánto tiempo creyeron eso? ¿En qué momento dejaron de pensar en volver a ver a sus padres, a sus familias?

Ilustración de «Mexique, el nombre del barco», por Ana Penyas

IV. Una nube

Jorge Llop Plants perdió la ilusión, o la inocencia, a los 16 años. En una entrevista concedida al periódico El sol de Morelia, Juan, hoy de más de ochenta años, cuenta que se embarcó en el Mexique por decisión de su padre, que había quedado viudo hacía algún tiempo. Durante muchos años, Juan le escribió a su padre, hasta que este ya no le respondió. Todos le decían que quizá estaba cansado y por eso no le contestaba las cartas, pero en realidad, había fallecido. Juan terminó por aceptar esto a los 16 años. Este niño de Morelia recuerda su travesía en el Mexique entre nubes, como seguramente la recuerdan la mayoría de los chicos.

V. Un trozo de espejo

Algunos recuerdos poco nítidos en la memoria también conforman la identidad. De hecho, la identidad de los niños de Morelia (y la de cualquier persona que se ve forzada a migrar, en cualquier época y lugar) está fragmentada. ¿Son españoles o mexicanos? Muchos de ellos, como el señor Llop Plants, se consideran completamente mexicanos, pero lo cierto es que aún conservan raíces y pequeños recuerdos de su tierra natal, de sus padres, hermanos y amigos. La identidad, en este caso, está rota; se rompió aquel día en que abordaron el barco y los pedazos se repartieron entre México y España, y también en el Mexique y en el mar.

VI. Un hilo

La narración de Mexique, el nombre del barco, aunque tiene un orden lógico de principio a fin, también está contada con fragmentos. Cada foto/ilustración de los niños de Morelia funciona como un pedazo de memoria que se reconstruye con el orden en que se presentan las ilustraciones. Es como si, una tarde, encontráramos fotos viejas en un archivo y nos dispusiéramos a ordenarlas para contar una historia que no recordamos y que, quizá, tampoco podemos poner en palabras. Sin embargo, la prosa poética de María José Ferrada no describe sucesos uno detrás de otro, sino solo sentimientos que se agolpan en la garganta al contemplar la interminable panza del barco, el inmenso océano, las oleadas de gente con pañuelos blancos en Veracruz.

Ilustración de «Mexique, el nombre del barco», por Ana Penyas

VII. Un destino

Cuando llegaron a México, los niños de Morelia fueron acogidos por la escuela España-México, situada en dicha ciudad mexicana. Recibieron el apoyo del Patronato Pro Niños Españoles a partir de 1942, con el cual se desarrollaron tres casas hogar, dos para hombres y una para mujeres. Con estos apoyos, los chicos lograron sobrevivir una buena cantidad de décadas, ya que las “largas vacaciones” se convirtieron en una estancia prolongada, vitalicia, debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

VIII. Una casa

Me pregunto si los niños de Morelia continuaron aferrando la patria que llevaban en la maleta en la escuela España-México, en los albergues y en las sucesivas casas hogar donde vivieron. Pienso que quizá, en realidad, jamás se bajaron del barco, puesto que siempre estuvieron navegando entre los embates del apoyo del gobierno de México, de la incertidumbre, de la nostalgia por su país y de la desesperación por comenzar a “buscarse la vida” a muy temprana edad.

IX. Espejos

El señor Llop Plants se mira al espejo como mexicano, pero quizá haya otros niños de Morelia que se vean el rostro en un espejo de aguas turbulentas. Quizá no podamos comprender del todo lo importante que es tener una identidad enraizada en un territorio hasta que la perdemos o hasta que se ve comprometida por conflictos bélicos. Lo único que nos queda es no tratar a nadie como alienígenas.

Para preguntar en la librería:

Mexique, el nombre del barco

María José Ferrada (texto) & Ana Penyas (ilustraciones)

México, Ediciones Tecolote y Alboroto Ediciones, 2018.

Y para el lector curioso:

Bibiano, H. (Productor). (2019). El exilio republicano en México. La llegada del Sinaia a Veracruz [Documental]. Universidad Veracruzana.

Gil Yáñez, G. (9 de junio de 2019). «Niño de Morelia» cuenta su historia 82 años después. El sol de Morelia. Recuperado de: https://www.elsoldemorelia.com.mx/local/nino-de-morelia-cuenta-su-historia-82-anos-despues-3740802.html

Una estatua, unas cartas, una voz

Para el escarabajo pelotero

Este libro lo tiene todo: misterio, aventura, fantasía, onirismo, estatuas egipcias, botánica, flores azules, escarabajos peloteros, partidas de ajedrez, una mansión antigua, una historia de amor del siglo XVIII y pastillas de regaliz.

No sé si la crítica de LIJ lo dice (y, francamente, no me importa demasiado en estos momentos) pero, para mí, los libros de María Gripe son clásicos raros. Son raros en el sentido de que, al menos en México, su presencia (y ya no digamos su lectura) no es muy frecuente en bibliotecas, librerías o escuelas. De hecho, la investigadora Beatriz Vera Poseck dice que, de los 40 libros de María Gripe, 20 se han traducido en España y de ellos, 10 no se han descatalogado. 

No sólo por esta circunstancia sus libros son raros, sino también por “insignes, sobresalientes o excelentes en su línea”. Y esto, de hecho, los hace clásicos. Claro, la definición de libro clásico es mucho más amplia y compleja, pero a mí me gusta ceñirme a lo que dice Italo Calvino: los clásicos son libros que siempre se sacuden el polvo de la historia (ya que se mantienen frescos, actuales) y, por mucho que te hablen sobre ellos, siempre terminan por sorprenderte. 

Conocí a María Gripe (ya lo he contado antes) a través de su libro Elvis Karlsson, del cual leí maravillas en La retórica del personaje de María Nikolajeva. En cuanto terminé esa novela, se convirtió en uno de mis libros favoritos; por eso, cuando, un día, navegando y curioseando por Bookmate, me topé con Los escarabajos vuelan al atardecer, no dudé en leerlo.

«Creatures of the order Coleoptera», ilustración de Kelsey Oseid

No les voy a mentir: al principio me decepcioné un poco, ya que Los escarabajos… no se parece en nada a Elvis Karlsson. Aun así, seguí leyendo, pues la prosa es emocionante y aguijoneante, porque te incita a seguir y seguir leyendo para descubrir qué va a pasar.

Los escarabajos vuelan al atardecer es la historia de Jonás, Annika (hermanos, de 13 y 15 años, respectivamente) y David (un amigo común de 16 años). Los tres chicos, con personalidades totalmente diferentes, toman un trabajo temporal en la quinta Selanderschen, una de las mansiones más antiguas de su ciudad, Ringaryd, y también una de las más misteriosas. El trabajo es muy sencillo: solamente tienen que cuidar las plantas, pero hay una planta en particular que parece comunicarse con ellos.

La quinta Selanderschen se vuelve un lugar mágico para los niños, un lugar que, al principio, no comparten con nadie más. Y cuando, una tarde, Jonás, Annika y David encuentran el cuarto de verano, las cartas de Emilie y su historia de amor frustrado con Andreas Wiik (discípulo de Carlos Linneo), nada vuelve a ser como antes.

El mundo literario de María Gripe es de niños poderosos, audaces e inteligentes. Niños sensibles que tienen sus propias ideas sobre el mundo en el que viven. En este caso, Jonás y Annika son los que cumplen más atinadamente con esa caracterización.

Jonás es un chico apasionado del periodismo, los enigmas, las investigaciones y de narrar sus aventuras en la grabadora que recibe por su cumpleaños. Pronto, el descubrimiento de las cartas del cuarto de verano en la quinta Selanderschen lleva a los chicos a descubrir que Andreas Wiik llevó a Ringaryd una escultura egipcia, proveniente de uno de sus viajes científicos en el siglo XVIII. Presuntamente, la estatua estaría enterrada en Ringaryd. Cuando el misterio se filtra a la prensa, Jonás es testigo de la poca ética profesional de los dueños de periódicos, así que decide actuar según sus propios valores y convicciones. 

Annika tiene reflexiones muy maduras y muy profundas después de descubrir la historia de amor de Emilie y Andreas. Mientras Emilie sentía devoción y abnegación por Andreas, a este nunca le importó la muchacha y su amor, sólo su carrera profesional como botánico y discípulo de Carlos Linneo. Pero esto, reflexiona Annika, no tiene por qué ser justo o normal, y no es algo con lo que ella piensa conformarse. Estos son tiempos distintos, y Annika está convencida de que puede relacionarse románticamente de una manera más sana.

Lo mejor de Los escarabajos vuelan al atardecer es que los chicos construyen sus opiniones después de explorar y experimentar el mundo fantástico de la quinta Selanderschen. No hay ningún adulto que les esté dando una cátedra sobre cómo es la vida o las relaciones humanas, sino que ellos lo descubren por su cuenta, armando el “rompecabezas” del misterio de la estatua egipcia y debatiendo sobre él. 

Los escarabajos vuelan al atardecer es una novela de misterio. Tiene todos los elementos para serlo: un enigma aparentemente irresoluble, pistas “inocentes” que pueden pasar desapercibidas y un excelente tratamiento de la tensión en la narrativa, que funciona como un estira y afloja (de ahí que yo piense que la prosa es “aguijoneante”). Sin embargo, hay también elementos fantásticos, como el escarabajo pelotero y la flor azul, que se comunican con Jonás, Annika y David y les dan pistas o Julia Jason Andelius, la dueña de la quinta Selanderschen que telefonea a David para jugar ajedrez a distancia. (Y, gracias al juego, David sabe cuál es el siguiente paso para encontrar la estatua).

No quiero decepcionarlos, pero, al final, la verdad es que el misterio sobre dónde está la estatua egipcia no importa mucho. Lo que verdaderamente importa es el cambio en el mundo interno de los chicos. Por ejemplo, al principio, es muy notorio cómo Annika piensa que todo es un juego tonto sin ningún sentido y luego empieza a involucrarse más en la historia de amor de Emilie y Andreas y, a partir de ahí, como ya dije, saca sus propias conclusiones sobre las relaciones humanas, las cuales tienen un punto de vista feminista, por cierto.

Arriba dije que Elvis Karlsson es muy diferente a Los escarabajos vuelan al atardecer pero en realidad tienen mucho en común, especialmente la focalización en los sentimientos. Primero nos metemos en la mente de los personajes y sabemos cómo afrontan la vida y los acontecimientos que les suceden, y luego esto (no sé cómo explicarlo) se transmite al lector. Creo que esta es la razón por la que sentí la prosa de María Gripe hacerse un ovillo dentro de mi corazón la primera vez que la leí. Pienso que los autores de LIJ más exitosos tienen una característica en común: son empáticos tanto con los niños como con su niño interior y su propia infancia. Por eso, eventualmente, se vuelven clásicos.

A menudo, las novelas de misterio son cuadros que miramos muy de cerca. Solamente cuando damos un par de pasos atrás podemos ver el paisaje completo y establecer relaciones entre acontecimientos aparentemente insignificantes. Me pasó eso leyendo Los escarabajos… (y otras novelas de misterio, como La aguja hueca, de la saga del detective Arsène Lupin) y sospecho que me pasará a medida que vaya leyendo toda la obra (o lo que esté traducido al español y al inglés) de María Gripe. Espero que poco a poco pueda ir juntando piezas hasta formar una imagen completa del maravilloso mundo de la autora.

Para preguntar en la librería:

Los escarabajos vuelan al atardecer

María Gripe

España, Ediciones SM, 2010

Encuéntralo en Bookmate: https://es.bookmate.com/books/qCT33eGx 

Y para el lector curioso:

Vera Poseck, B. (2006). María Gripe: literatura de emociones. CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil), (190). Recuperado de: https://www.revistasculturales.com/articulos/33/clij-cuadernos-de-literatura-infantil-y-juvenil/506/1/maria-gripe-literatura-de-emociones.html 

Bajo la nieve

Charles Dickens es, probablemente, uno de los escritores que más quiero y admiro. Uno de esos autores cuya obra podría leer completa, libro tas libro, sin parar.

Hay una cita en Grandes esperanzas que ha resonado en mí desde que leí la novela, y ahora que leí Canción sobre un niño perdido en la nieve resonó todavía más:

Los que estáis leyendo esto meditad por un instante sobre la larga cadena de hierro o de oro, de espinas o de flores, que nunca os habría sujetado de no haber sido por un primer eslabón que se formó en un día memorable.

(Dickens, 2013, p. 106).

En las novelas de Charles Dickens yo veo con claridad esos eslabones en la vida de los personajes, esos acontecimientos que los hacen ser como son (malvados, prepotentes, agrios, ansiosos o crédulos), y tuve la misma sensación cuando leí Canción sobre un niño perdido en la nieve.

Relaciono esta obra de Antonio Malpica con Charles Dickens porque es una obra derivada de Canción de Navidad. Creo que todos hemos oído hablar de esa historia, pero si no, recordemos al malhumorado señor Scrooge, un anciano tacaño y rico que es visitado por el espíritu del pasado, el presente y el futuro la noche del 24 de diciembre. Esos espíritus le muestran a Scrooge cómo será su vida si no cambia su forma de ser. Finalmente, como es esperable en una novela de Dickens, el protagonista aprende su lección y cambia.

Canción sobre un niño… empieza quince años después de ese acontecimiento en Canción de Navidad, con un señor Scrooge cambiado, generoso al punto de la abnegación, despojado de todas sus pertenencias. El señor Scrooge pasa la Navidad en casa de los Cratchit, la misma en donde celebró hace años, aunque fuera en las páginas de otro libro. Los Cratchit están preocupados por su hijo menor, Billy, que desde hace mucho no ha pasado Navidad con ellos.

Billy Cratchit es un auxiliar contable muy pobre que vive resentido por el dinero y el éxito de los demás, especialmente por su jefe, el acaudalado señor Macy. Entonces, el señor Scrooge, convertido él mismo en el espíritu de la Navidad, decide darle algunas lecciones morales a Billy a través de su pasado, su presente y su futuro.

Si la lección del señor Scrooge fue dejar de ser tacaño y abrirle su corazón a los demás, la de Billy será encontrarse a sí mismo y valorar las cosas importantes de la vida, además de mirar lo que le sucede desde otra perspectiva. Como dice Dickens en la cita de Grandes esperanzas que puse al principio, las cadenas que nos sujetan son de espinas o de flores, dependiendo de cómo vivamos o resignifiquemos lo que nos pasa.

Billy Cratchit ha elaborado una cadena de espinas que lo sujeta a una vida amarga llena de odio y resentimiento, pero esta cadena florecerá gracias a la observación de su propia vida, a esos momentos específicos que fueron forjando su carácter. Y es que Billy, como dice el título de la novela, es un niño perdido en la nieve. No siempre fue una persona amargada; cuando era niño solía ser inocente, soñador y romántico. Fue la vida la que le lanzaba duras bolas de nieve hasta que lo sepultó por completo. Hasta ahora. Hasta este 24 de diciembre de 1858.

Volver a encontrarse a uno mismo y retomar el camino que trazamos en la infancia y sepultamos en la nieve cuando crecimos es algo con lo que me he topado constantemente en mi vida. ¿Cómo sería yo si viviera en otra ciudad o si hubiera nacido en otro país? ¿Cuál fue el primer eslabón de la cadena que se formó para sujetarme al amor que tengo por los libros? Creo que basta cambiar un solo momento de un segundo para tener una vida totalmente distinta. Billy Cratchit se enfrenta a algo parecido a esto cuando el señor Scrooge lo lleva a un futuro donde Billy pudo comprar el reloj cucú pero, a cambio, su padre y su hermano han fallecido.

Con Canción sobre un niño perdido en la nieve también cabe preguntarse si es posible desenterrar nuestros viejos sueños e ilusiones y volver a ser tan sensible y creativo como alguna vez lo fuimos. Claro, para ello, antes hay que dar paso a la añoranza y la nostalgia, y Billy tiene amuletos que lo transportan al pasado con ayuda del señor Scrooge. Por ejemplo, el misterioso sobre que contendría la carta más hermosa del mundo.

Casi estaba olvidando hablarles del muy agradable estilo autorreferencial del narrador. Este se siente como un tío muy mayor que está contándonos la historia de Billy Cratchit y su epifanía como un cuento mágico delante del pino de Navidad, a la luz de la chimenea y al calor de un chocolate espumoso. Creo que este narrador les ayudará mucho a los lectores que no conozcan Canción de Navidad, ya que se toma la delicadeza de explicar qué ha pasado con Ebenezer Scrooge y con los Cratchit desde aquella Navidad en que el tío Eb fue visitado por los espíritus del pasado, el presente y el futuro. De hecho, ahora que lo pienso, este narrador me recordó bastante al de Peter Pan: ambos tienen un estilo cálido, amigable y familiar que suele encantar a los lectores.

Ilustración de «Canción sobre un niño perdido en la nieve» por Sara Quijano

Canción sobre un niño perdido en la nieve está ilustrado por Sara Quijano, quien utiliza un estilo casi cinematográfico para jugar con la temporalidad de la historia. Es decir, en una misma ilustración vemos al señor Scrooge llegar a su casa, fallecer en el suelo, volver en forma de fantasma (o, más bien, en forma de espíritu de la Navidad) y, así, asomarse a su ventana para gritar “¡Feliz Navidad!” Me gusta especialmente este estilo en las ilustraciones porque muestra, a su manera, cómo se juega con el pasado, el presente y el futuro en la narración. Si en Canción de Navidad esto está bien estructurado (en parte, gracias a la brevedad), en Canción sobre un niño… la temporalidad explota en una espiral al estilo de la fisión nuclear, como diría Aidan Chambers. En la novela de Antonio Malpica, los amuletos de Billy hacen estallar su memoria, el tiempo y el espacio hacia otras realidades probables. En las ilustraciones de Sara Quijano, la explosión nuclear se queda suspendida ante nuestros ojos y, en un mismo dibujo, vemos el pasado, el presente y el futuro.

No sé qué tienen las historias ambientadas en Navidad, como Canción de Navidad, Canción sobre un niño perdido en la nieve o “El Cascanueces y el rey de los ratones”, pero siempre se sienten mágicas. No es el tipo de magia de un mundo fantástico que, de pronto, se aparece en nuestra ordinaria y aburrida vida, tampoco es el tipo de magia que viene con fuegos artificiales o la magia que te pone a temblar en la oscuridad. Es magia que vive en una cabaña dentro del bosque, una cabaña negra con una única ventana iluminada y la chimenea echando humo. Magia arrebujada en una manta de tartán escocés o escondida entre las páginas de un libro rojo de pasta dura.

Probablemente se trate de magia que se hace bolita y se acurruca en el pecho de los lectores (la misma que sentí cuando leí Elvis Karlsson) y que, un día, sale de nuestra boca convertida en vaho, en una noche decembrina llena de copos de nieve.

Para preguntar en la librería:

Canción sobre un niño perdido en la nieve

Antonio Malpica (texto) & Sara Quijano (ilustraciones)

México, El Naranjo, 2020

Encuéntralo en Bookmate: https://es.bookmate.com/books/tPvTanQV

Y para el lector curioso:

Dickens, C. (2013). Grandes esperanzas. México: Debolsillo.

Dickens, C. (2014). Canción de Navidad. Cuentos de Navidad. México: Debolsillo.

Una vuelta al mar

¡El mar, el mar!

Dentro de mí lo siento.

Ya sólo de pensar

En él, tan mío,

Tiene un sabor de sal mi pensamiento

José Gorostiza, “Pausas I”

Recuerdo la primera vez que vi el mar. Habré tenido unos once años. Iba en carretera con mis papás cuando de pronto, mi papá anunció “Ya casi vamos a ver el mar”.

Y sí, de un momento a otro un paisaje azul apareció al lado de mi ventana. Mi papá paró en la carretera, me bajó en brazos y me puso sobre la arena, justamente cuando rompía una ola. “¿Te gusta?”, preguntó. Me impresionó. Sentí vértigo cuando mis pies tocaron la arena y la ola se alejaba. Últimamente he pensado que ese vértigo se quedará conmigo para siempre, mi mar personal.

Tengo la cabeza en todas partes, pero siempre sueño con el mar. Quizá está en mi corazón, como en el corazón del pescador o en el de Micaela Chirif, autora del poemario El mar (ilustrado por Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino).

El primer poema de El mar se pregunta cómo es el cielo, y el último poema explora cómo es el mar: arriba y abajo, el todo. Y en medio, peces, ballenas, pescadores, sirenas, y hasta un tigre y un río. Me imagino los poemas de este libro como encerrados entre el azul del cielo y el azul del mar, sostenidos todos por la red del pescador.

Las definiciones encierran en cajitas a las cosas del mundo, pero hay cosas que son tan infinitas que no pueden tener una sola definición, como el mar:

El mar es una línea que no termina

El mar es muy pesado y se dobla. (“El mar”, Chirif, 2020).

Pero todos, como ya he dicho, tenemos un mar:

Para los pulpos el mar tiene ocho patas

Para las vacas el mar es verde y se come

Para los tigres el mar no tiene el menor interés (“El mar”, Chirif, 2020).

Para Martín Adán, citado en el epígrafe del libro, “El mar es un alma que tuvimos”.

Para mí, el mar es un movimiento en el centro de mi cuerpo.

La sirena, Micaela Chirif (texto); Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino (ilustraciones).

Aunque los poemas de El mar hablan de seres que están siempre en el mismo lugar, están lejos de ser estáticos (tanto los poemas como los seres marinos). Por ejemplo:

Las estrellas están siempre en el cielo

Los peces están siempre en el mar

Raquel no está nunca en el mismo lugar

Raquel está en la casa, en el parque,

En el mar, en la biblioteca,

En el mercado, en la bañera (“Las estrellas”, Chirif, 2020).

Raquel está en todas partes hasta que se convierte en una estrella y se queda para siempre en el cielo. Somos seres en movimiento que enfrentan un destino estático, horizontal. Pero, mientras llegamos a conocerlo, podemos ser como las nubes:

Las nubes no conocen las palabras

Las nubes tienen forma de tractor,

De nube, de perro, de zapato,

De pajarito, de sombrero

El viento arrastra los sombreros

El viento arrastra las nubes

Los sombreros caen en algún momento

Las nubes no caen

Las nubes llueven (“Las nubes”, Chirif, 2020).

Hasta no convertirnos en ceniza, en tierra, en árbol o en estrella, podemos ser nube, nube-tractor, nube-nube, nube-perro o nube-zapato. Ni el río ni el mar son los mismos dos veces.

“El tigre no conoce el mar”; para él, las flores se llaman flores y no merluza, pejerrey o lenguado. Al tigre no le interesa el mar pero puede sentir su nombre en el río, cuando levanta la cabeza y piensa que, la verdad, la verdad, nunca lo ha visto terminar en algún lado. Porque el mar está en todas partes: en el río, en el corazón del pescador, en el canto de la sirena y en la cola de la ballena. Puede que su nombre y su entrada en el diccionario se renueven cada vez, pero todos sabemos a qué nos referimos cuando decimos mar, cuando decimos río. Las olas de pensamiento e imaginación rompen siempre nuevas.

Las ilustraciones de El mar danzan y se anclan. Las manchas de acuarela parecen discurrir suavemente por la página e incluso dan la impresión de querer escaparse al cerrar el libro, pero las imágenes más realistas de peces, de constelaciones y de flores se esconden tras manchas abstractas de tinta y dan la impresión de no querer interrumpir el flujo de imaginación que nace de este libro.

El mar me hizo meditar con todos sus poemas. Creo que llevaré la cabeza salada por mucho, mucho tiempo.

Para preguntar en la librería:

El mar

Micaela Chirif (texto) & Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino (ilustraciones)

México, Fondo de Cultura Económica, 2020