Si esto es una carta: Mentira de Care Santos

Intenté escribir un ensayo sobre la novela Mentira de Care Santos, pero en su lugar me salieron muchas preguntas hechas en voz alta.

Conocí a Care Santos (me gusta decir que “conocí” a un autor como si en verdad lo hubiera visto en persona cuando en realidad me refiero a conocerlo a través de sus textos) en España, cuando estuve haciendo una estancia en la fantástica biblioteca de LIJ del Cepli; allí tomé prestado El anillo de Irina, una novela cuya trama tejía magistralmente una historia de amor entre adolescentes (que después, siendo adultos, se reencuentran) con la literatura rusa del siglo XIX. Por ello me reconforté cuando, dos años después, leí Mentira, otra novela de la autora que combina la relación de dos adolescentes (pero tal vez no tan romántica como la de El anillo…) con El guardián entre el centeno, la famosa novela de J. D. Salinger.

Volver a encontrarte con el estilo de un autor es como regresar a casa; o, más bien, como ver a un viejo amigo después de mucho tiempo de no hablar. Y es que yo había olvidado el estilo de Care Santos; elegí leer su libro para desempalagarme y salir un poco del mundo de A Wizard of Earthsea de Ursula K. Le Guin, el libro que estaba leyendo antes (¡espero escribir sobre la fantástica Ursula pronto!), pero cuando empecé Mentira y advertí todas las referencias hacia la novela de Salinger, y cómo ésta da pie al inicio de la relación entre Xenia y Marcelo, me sentí como en casa y (tal vez sobra decirlo) me enganché.

Xenia toma prestado de la biblioteca El guardián entre el centeno y decide participar en un foro de internet donde los usuarios discuten la novela. Allí conoce a Marcelo, un admirador apasionado de Salinger, de Holden Caulfield y de El guardián… Los dos jóvenes inician una amistad por e-mail; no obstante, Xenia, una chica muy joven e impaciente, se obsesiona con Marcelo, averigua dónde trabaja y va a buscarlo, pero, cuando lo encuentra, descubre que la han estado engañando: Marcelo no sabe nada de ningún foro de internet, de ningún Salinger y de ningún Holden. Xenia, enojada, le escribe un e-mail a quien se hace pasar por Marcelo y éste le confiesa que en realidad se llama Éric, que tiene dieciocho años y que le escribe desde un centro de menores en donde está recluido por haber asesinado a una chica de quince años cuando él tenía catorce.

En la “Nota a los lectores” que está al final de la novela, como un epílogo, Care Santos dice que “Las novelas son, a menudo, una respuesta” (p. 247); en este caso, Mentira es una respuesta al caso real del asesinato de Marta Villanueva ocurrido en enero de 2009. Pero, más allá de eso, imagino que Mentira es una respuesta (pero una respuesta plagada de preguntas) al problema de los criminales adolescentes.

Al principio de la novela se presentan algunas estadísticas sobre crímenes perpetrados por adolescentes de entre 14 y 17 años en España. Los crímenes que cometen estos chicos son, principalmente, robos (“en 12 meses hubo más de 18,000 delitos cometidos por menores de edad. Los más frecuentes fueron los robos […] En total, 9,782 robos” [Santos, 2015, p. 7]), pero también se habla de homicidios; específicamente, en un año, hubo tres asesinos de 14 años.

Asumo (porque en la introducción donde se muestran las estadísticas anteriores no se menciona directamente) que esos datos corresponden al año 2014 o 2015 en España, porque Mentira se publicó en 2015. Ahora veamos estadísticas más actuales. En una nota de El País del 27 de enero de 2018 se asegura que “cada vez hay menos menores delincuentes”. Por ejemplo, en esa misma nota se señala que en 2016 hubo 5,138 robos cometidos por menores de entre 14 y 17 años, en contraste con los 9,782 robos de años anteriores (presumiblemente, 2014). No se registra ningún homicidio perpetrado por adolescentes en 2016. Sin embargo, encontré esta nota acerca del asesinato de dos ancianos de 87 años cometido por dos adolescentes de 14 años y uno de 16 en enero de 2018 en Bilbao. No encontré estadísticas más actuales sobre asesinos adolescentes.

Fotograma de “Tenemos que hablar de Kevin”, escrita por Lynne Ramsay y Rory Stewart Kinnear (basada en la novela de Lionel Shriver) y dirigida por Lynne Ramsay (2012).

¿Qué nos debería preocupar de todos esos números? ¿Qué preguntas deberíamos estar haciendo sobre este problema? Sobre todo: ¿qué preguntas plantea Mentira? Quizá, para contestar esto último, tendríamos que observar la voz del narrador, de los dos narradores. Si bien al principio es Xenia la narradora y vemos, a través de sus ojos, lo injusto que es su mundo (sus papás la regañan constantemente por pasar mucho tiempo en internet sin contemplar los peligros de éste), luego nos enfrentamos con el cuaderno de Éric, que es en realidad una carta que el muchacho le hace llegar a Xenia para explicarle por qué le mintió al principio de su amistad y también para contarle su historia.

Cuando leí la carta de Éric, donde el chico relataba que su madre era una prostituta y su padre, un camionero que apenas convivía con él, comencé a preguntarme qué tanto conocemos a los criminales adolescentes. ¿No deberíamos analizar su entorno y sus relaciones familiares para prevenir este tipo de delitos? Éric, según lo relata en su larga carta, siempre se sintió solo y marginado excepto por su primo Ben, quien lo defiende y le enseña a sobrevivir en las calles; incluso, Éric dice que sin Ben no hubiera podido llegar a ser mayor.

Algo de Mentira que resonó mucho en mi cabeza fue el contraste entre el mundo de Xenia y el de Éric. Como ya dije, al principio Xenia se queja de cosas que a ella le parecen sumamente injustas, como el hecho de que sus padres le prohíban usar la computadora y el internet por mucho rato o que esperen que saque buenas calificaciones. Pero luego está el mundo de Éric, quien prácticamente no tiene familia, come enlatados casi todo el tiempo, se siente solo y asume el estigma que la sociedad le pone, el de un criminal adolescente. ¿Estamos siempre viviendo en un mundo como el de Xenia, ignorando la existencia de los jóvenes delincuentes maltratados por el Estado y la sociedad? ¿Deberíamos preocuparnos más? Y, en tal caso, ¿qué podríamos hacer? ¿Ocuparnos de proporcionarles una buena educación a los niños y jóvenes? ¿Procurar que su vida tenga sentido para que no se vean en la necesidad de unirse a grupos criminales, como es el caso de los niños sicarios en México?

¿Cómo hacer que la vida de alguien (o aun la propia) tenga sentido? En el caso de Éric, su vida gana algo de sentido con el feliz descubrimiento y la lectura de El guardián entre el centeno, al grado de que el muchacho relaciona la trama de esa novela con su propia vida. Los lectores de Salinger recordarán que Holden siempre está preocupado por saber qué hacen los patos cuando el lago se congela; pues bien, hacia el final de Mentira, Xenia piensa:

Tal vez Ben lo había previsto todo. Alguien tiene que pensar dónde se refugiarán los patos cuando en invierno se hiele el estanque, ¿no? Hay que cuidar de las personas que quieres. Hay que prever en qué sitio seguro pueden esconderse mientras llega de nuevo el buen tiempo. ¿Dónde van los patos en invierno, cuando el lago se congela? A algún lugar seguro y confortable. No sufras por ellos, Holden. Volverán en cuanto llegue la primavera.

Santos, 2015, p. 243.

Ahora que lo pienso, tanto en el mundo de Xenia como en el de Éric (pero quizá esto valga más para el mundo de Éric), El guardián entre el centeno hace las veces de cuento de hadas o de fábula que les enseña a los muchachos que, a pesar de las aparentes dificultades, siempre se puede salir adelante: aunque el lago se congele, podemos prevenirnos del frío o volar hacia un lugar más cálido; aunque la sociedad crea que Éric es un criminal adolescente, un asesino, siempre se puede luchar para que se conozca la verdad y también para recuperar el norte, el sentido de la propia vida (en este caso, a través de la literatura).

Creo que ésa es una de las respuestas más valiosas que da Mentira al problema de la delincuencia juvenil: a pesar de todo, podemos salir de nuestros problemas. Y hacer esto es posible con un por qué, un motivo que se vuelve nuestra brújula personal, la cual nos indica hacia dónde ir (como en los cuentos de hadas, cuando los personajes se perdían en medio de un bosque oscuro lo único que les quedaba por hacer era seguir caminando hasta encontrar soluciones). En este caso, Éric se agarra fuertemente a Holden Caulfield, quien, como un buen guardián entre el centeno, impide que el muchacho español se arroje al precipicio. Aunque nosotros no seamos delincuentes juveniles, es cierto que a veces perdemos el rumbo y no está mal volver a encontrarlo de vez en cuando en las cosas que amamos.

Para preguntar en la librería:

Mentira

Care Santos

Barcelona, Edebé, 2015.

¿Escribió William Faulkner una novela juvenil? Segunda parte. Un elogio a la dificultad

En la primera parte de esta entrada yo me preguntaba si Los invictos podía considerarse realmente una novela juvenil. Ahora, en esta segunda parte, me preguntaré lo mismo tomando en cuenta la dificultad que supone leer a un autor como William Faulkner.

En la entrada anterior aceptamos que Los invictos tiene rasgos de novela juvenil: la amistad entre dos personajes jóvenes, casi de la misma edad que el lector; la ausencia o ineptitud de los padres y las aventuras que corre el protagonista, enmarcadas en la Guerra de Secesión. Sin embargo, ¿es Los invictos una novela que pueden disfrutar los jóvenes a pesar del estilo del autor? Porque, primero, hay que aceptar que el estilo de Faulkner es complejo y que, para disfrutarlo, hay que desarrollar cierta competencia lectora; a menudo, esto se hace, o debería hacerse, en casa y en la escuela, de la mano de un mediador (que pueden ser los padres) o de un profesor, una vez iniciada la edad escolar del niño.

Los primeros acercamientos con lo literario se dan en el entorno familiar, con canciones de cuna y nanas, y sin duda estos textos son muy valiosos, puesto que desarrollan la inteligencia lingüística y verbal de los niños y les proporcionan seguridad y estabilidad; no obstante, en este texto quiero enfocarme en la formación literaria, la cual se da en la escuela, ya que es esta institución la que brinda las herramientas cognitivas que permiten disfrutar, a un nivel más profundo, novelas como Los invictos.

Me gusta pensar en la competencia lectora, pero sobre todo en la formación literaria, como lo que hacemos cuando leemos ficción por placer; también me gusta pensar que leer es mucho más que leer; es decir, cuando leemos hacemos muchas otras cosas además de descifrar las letras y las palabras: imaginamos, sentimos miedo o angustia o alegría o tristeza o emoción por saber qué va a pasar en el siguiente capítulo y, también (quizá esto sea lo más importante), leemos desde un contexto histórico determinado y desde nuestra identidad (delimitada, entre otras cosas, por la edad y, por ello, cambiante, líquida). Ello sin duda afecta nuestra recepción del texto, dado que todos esos factores externos influyen en nuestra comprensión del mundo y, consecuentemente, en nuestra comprensión del arte en general.

¿Qué otras cosas hacemos cuando leemos? Teresa Colomer (1991), una especialista en literatura infantil y educación literaria, señala que, en un nivel más profundo, cuando leemos llevamos a cabo “la anticipación de los diversos elementos narrativos, la selección de indicios relevantes, la integración de la información sobre las nuevas acciones y conductas de los personajes y, sobre todo, el análisis del propio autocontrol sobre la coherencia interpretativa” (pp. 24-25). Estas integraciones, que constituyen la experiencia lectora, se aprenden mejor en la escuela, con técnicas como la lectura colectiva, de acuerdo con Colomer (1991). Pero hablaremos de ello un poco más adelante; ahora, quisiera enfocarme en los aspectos que pueden resultar “difíciles” de la lectura de Los invictos.

Fotograma de “La balada de Buster Scruggs”, escrita y dirigida por los hermanos Coen (2018).

Para empezar, el propio estilo del autor tiende a ser complejo para determinados públicos; se sabe que William Faulkner es uno de los mayores exponentes del monólogo interior (ya escribí sobre este recurso, aunque de manera muy breve, en la entrada sobre La gran Gilly Hopkins). Si bien la novela está narrada en primera persona, la historia no está compuesta en su totalidad por monólogos interiores. Un ejemplo de éstos se nota en la siguiente cita de los pensamientos de Bayard cuando él, Ringo, Yaya y sus primos Drusilla y Denny pasan la noche en la que era la cabaña de los negros, puesto que su hacienda fue incendiada:

Yo también tenía que enterarme de lo del ferrocarril; probablemente, era más la necesidad de quedar igualado con Ringo (o aun delante de él, porque yo había visto la vía férrea cuando había ferrocarril, y él no) que la atracción de un muchacho por el humo y la furia y el estruendo y la velocidad. Nos sentamos allí, en aquella cabaña de esclavos, dividida, como la cabaña de Louvinia en casa, en dos habitaciones mediante una colcha colgada, al otro lado de la cual tía Louise y yaya estaban ya en la cama, y donde primo Denny debía estar también de no haber sido por el permiso que le habían dado aquella noche para escuchar con nosotros, aunque no necesitaba oírlo otra vez porque había estado presente cuando todo ocurrió; Ringo y yo nos quedamos sentados, escuchando a prima Drusilla y mirándonos fijamente el uno al otro con la misma asombrada e incrédula pregunta: ¿En dónde podíamos haber estado en aquel momento? ¿Qué podíamos estar haciendo, aun a cien millas de distancia, para no haberlo notado, presentido, y habernos detenido para mirarnos, exaltados y estupefactos, mientras aquello sucedía?

Faulkner, 1981, p. 168.

Este fragmento, que corre como un río, puede resultar confuso para ciertos lectores, ya que el monólogo interior tiende a ser rápido, a saltar de un pensamiento a otro y, además, a ser caótico, porque, como observamos en la cita, por un lado Bayard reflexiona sobre la situación que está viviendo en ese momento (el hecho de estar en la cabaña con Ringo, su tía Louise y Yaya), pero también piensa en el hecho de que Ringo y él ya no tienen vidas tan parecidas, pues Bayard ya vio las vías del tren y Ringo no. Las preguntas finales se refieren a uno de los momentos cruciales de la novela: cuando Ringo y Bayard creen haber matado a un soldado y corren a decírselo a Yaya; ello le agrega complejidad a los pensamientos del muchacho, porque, como se ve, salta de uno a otro, tal como hacemos todos cuando pensamos.

Otro aspecto del estilo del autor que puede resultar complicado para ciertos lectores es la elipsis que, como dije en la primera parte de esta entrada, es un recurso que William Faulkner tiende a utilizar cuando están a punto de revelarse hechos trascendentales o dramáticos. Un ejemplo de ello es, precisamente, la forma en que se nos va revelando la información cuando Ringo y Bayard pretenden dispararle al soldado; poco a poco, nos enteramos de que, en realidad, le han dado al caballo del soldado. Ésta es una manera magistral de aumentar la tensión de la novela: ¿es posible que dos chicos de catorce, quince años maten a un soldado de los Estados Unidos y, además, se enorgullezcan de ello? Al final, estamos a salvo, dado que es el caballo el que muere. He aquí la cita del diálogo entre el soldado y Yaya:

–No pregunte nada, abuela. Quédese callada. Más valdría que hubiese hecho sus preguntitas antes de mandar fuera a esos dos diablillos con este fusil.

– ¿Hubo…?

[…]

– ¿Está… eso… al que…?

– ¿Muerto? ¡Sí, demonios! ¡Se rompió el espinazo y tuvimos que pegarle un tiro!

– ¿Que… tuvieron que… pegarle un tiro?

Yo tampoco sabía lo que era estar pasmado de espanto, pero así estábamos los tres, Ringo, yaya y yo.

– ¡Sí, por Dios! ¡Tuvimos que pegarle un tiro! ¡El mejor caballo de todo el ejército! El regimiento entero apostaba por él para el próximo domingo…

Faulkner, 1981, p. 106.

Por último, otro aspecto que no necesariamente es difícil, pero sí quizá poco conocido para los lectores jóvenes, es el contexto histórico en el cual se desarrolla Los invictos, la Guerra de Secesión. Leer tomando en cuenta el propio contexto de la novela o el cuento es sumamente importante, pues éste va a dictar los comportamientos, las actitudes y las acciones de los personajes; en relación con esto, muchos académicos han comentado que, cuando en clase leen Ana Karenina con sus alumnos, éstos les han preguntado por qué Ana “no se divorcia”. En ese sentido, es igualmente importante saber que, en la Guerra de Secesión, los esclavos negros luchaban por su libertad y ello, naturalmente, va a permear la relación entre Bayard y Ringo. Al principio, cuando es más joven, Ringo no se asume como negro, sino como parte de la familia Sartoris; no obstante, cuando crece, toma consciencia de su identidad y, una vez que se empieza a rumorar la liberación de los esclavos, Ringo significativamente dice que “ya no es negro”.

Más adelante, la actitud de Ringo se vuelve mucho más distante y no sólo abraza su identidad como negro, sino que también actúa como parte del servicio de la familia Sartoris, un rol que siempre tuvo pero que no siempre reconoció o aceptó, ya que, mientras crecía, él parecía tener la idea de ser hermano de Bayard. Gracias a todo ello, podemos apreciar cómo la relación entre estos dos chicos se ve permeada por el contexto histórico en el que viven.

Pero dicha relación no es lo único que se ve afectado por el contexto histórico. En la primera parte de este texto hablábamos de la ineptitud o ausencia de los adultos, una característica casi esencial de la literatura juvenil. En este caso, la ausencia más importante es la de John Sartoris, el padre de Bayard, quien se encuentra combatiendo en la guerra en el bando de los confederados. No obstante, éste es un hecho lejano tanto para Ringo como para Bayard, quienes piensan que el coronel Sartoris está combatiendo “en Tennessee”, que parece un lugar muy lejano respecto a Jefferson, y sin duda lo era en el siglo XIX, pues las comunicaciones no eran las de ahora, pero lo que quiero recalcar con eso es el profundo abandono emocional de los dos chicos, sobre todo de Bayard.

Leyendo esta entrada, es probable que alguien pueda pensar que, entonces, Los invictos es, en efecto, una novela difícil para los jóvenes lectores, pero ¿es eso siempre intimidante? Y, si lo es, ¿provoca un rechazo al texto? O, más precisamente: ¿los jóvenes lectores (digamos entre 15 y 18 años) no deben leer Los invictos porque es una novela muy difícil para su edad? ¿No hay forma de que la lean, es decir, es Los invictos completamente inaccesible para ellos?

Por supuesto que no. Es irracional pensar que Los invictos es un texto ilegible para los lectores jóvenes o para cualquier lector; no obstante, es innegable que los lectores jóvenes necesitan cierta ayuda, cierta muleta en la cual apoyarse, para poder disfrutar plenamente textos difíciles. Estoy pensando en los maestros, los promotores de lectura más consistentes, ya que son ellos quienes pueden fomentar el hábito de la lectura entre sus alumnos todos los días, y pueden hacer esto, además, con el profesionalismo y la profundidad con los que se debe abordar un texto literario. Al respecto, el maestro Pedro Cerrillo (2016) dice: “Los jóvenes debieran enfrentarse a la lectura de textos de contrastada calidad literaria que propongan ‘desafíos’ lingüísticos (comprensivos e interpretativos), de modo que la lectura resulte estimulante: textos que puedan despertar emociones, plantear preguntas, proponer retos intelectuales, aportar nuevos conocimientos y ayudarles a recorrer su itinerario de lectores competentes y literarios. En cualquier caso, es muy importante que las primeras lecturas de la adolescencia no sean superficiales y demasiado fáciles, porque eso dificultará el paso a otras lecturas, ya no diferenciadas por la edad de sus destinatarios” (p. 88).

Por ello son importantes las lecturas no demasiado fáciles y, a la vez, estimulantes: porque pueden servir de puente hacia otro tipo de textos, éstos sí, un poco más complejos y ya liberados del corset que supone “la edad ideal” de los lectores. Por ejemplo, Los invictos tiende puentes con Sartoris, con El ruido y la furia (los Compson, que aparecen de manera muy incidental como vecinos de los Sartoris, son los protagonistas de El ruido…), e incluso con Cien años de soledad y con buena parte de la literatura latinoamericana (quién sabe cuánto le debemos a Faulkner en ese sentido). Es decir, los libros que sean lo suficientemente complejos y emocionantes tienen el maravilloso don de formar lectores, y si los lectores se forman a una edad temprana, qué mejor. Ya se sabe que es más fácil formar a un lector pronto, en la infancia o adolescencia, que trabajar para recuperarlo o formarlo desde cero en la adultez. No digo que ello no pueda pasar, pero sí es poco frecuente.

Entonces, para concluir, yo diría que Los invictos es la novela ideal para acercarse al universo de William Faulkner, pero no hay que quedarse sólo con ella; pienso que hay que pasar de ella a El ruido y la furia, a Mientras agonizo o a ¡Absalón, Absalón! Pero, para que esto sea posible y el lector pueda cruzar el puente sin miedo, es necesario contar con docentes no sólo bien preparados académicamente, sino también apasionados por la lectura y conscientes de lo que ésta es capaz de provocar en nosotros. Asimismo, necesitamos cada vez más espacios para la lectura, con presupuesto y planes de acción para funcionar en un mundo invadido por la tecnología y por miles de opciones de entretenimiento. Todo ello, tan sólo con un fin: que la gente elija leer y que, además, elija leer libros difíciles sin miedo.

Me quedo con muchas ideas en el tintero, pero eso es lo bueno de escribir, que una palabra te lleva a otra y a otra y a otra…

Para preguntar en la librería:

Los invictos

William Faulkner (texto) & Blanca López (ilustraciones)

Barcelona, Bruguera, 1981.

Y para el lector curioso:

Cerrillo, P. (2016). El lector literario. México: Fondo de Cultura Económica.

Colomer, T. (1991). De la enseñanza de la literatura a la educación literaria. Comunicación, Lenguaje y Educación, 9, 21-31.

¿Escribió William Faulkner una novela juvenil?

Primera parte. ¿Qué es una novela juvenil?

De pronto suelo leer libros que mueven cosas dentro de mí. Esta vez leí Los invictos, una novela de William Faulkner dirigida, aparentemente, al público joven.

Dice Marina Colasanti (2004) que el público joven es difícil de identificar porque el rango de edad no está tan claramente definido como el del público infantil. Pero algo que me parece más interesante es el otro concepto que introduce la autora sobre la literatura juvenil: “el de un lector joven no por edad o crecimiento, sino en relación con su propio proceso de lectura” (p. 15). Es decir, entonces, que un adulto puede ser un lector joven según lo que haya leído (y yo me atrevería a sugerir, también, que un lector es joven de acuerdo a cómo haya realizado sus lecturas) a lo largo de su vida.

Es natural pasar por un proceso de maduración lectora. Yo recuerdo haber madurado en mi comprensión y sensibilidad lectoras hasta que entré a la universidad, pero aun ahora me siento como una niña pequeña cuando leo a ciertos grandes autores, como Shakespeare, cuyas obras puedo leer comprendiendo todas las palabras pero con una sensación de que algo esencial se me escapa. Por supuesto, “los libros difíciles tienen la piedad de mostrarnos cuánto nos falta” (Guillermo Martínez, citado en Andruetto, 2016, p. 87).

Lo mismo me sucede con William Faulkner; por eso me sorprendí cuando encontré su novela Los invictos editada como literatura juvenil, en una vieja edición de la colección Club Joven Bruguera. Así que decidí “poner de cabeza” ese libro y preguntarme: ¿escribió William Faulkner una novela juvenil? A primera vista, podría decirse que no. Es decir, no creo que la intención inicial del autor de El ruido y la furia haya sido escribir con el escurridizo público joven en mente; más bien, la presentación de Los invictos como novela juvenil parece una decisión editorial, pero ¿es una buena decisión? Vamos a ver.

Los invictos se sitúa en el siglo XIX estadounidense, en plena Guerra de Secesión, y cuenta parte de la historia de la familia Sartoris (contada ya en Sartoris, publicada antes que Los invictos). Esta historia es narrada por Bayard, el hijo del general John Sartoris. Bayard tiene quince años cuando empieza la novela y veinticuatro cuando finaliza, igual que Ringo, su mejor amigo, quien es también un esclavo negro de la hacienda de su familia. A pesar de ello, Bayard y Ringo se crían como si fueran hermanos y son muy unidos, al menos durante la primera mitad de Los invictos.

Entonces, ¿qué hay en Los invictos que pueda ser de interés para los jóvenes? Dos cosas muy evidentes: la edad (o quizá podríamos decir las edades) de Bayard y de Ringo y la amistad entre éstos cuando son adolescentes. Típicamente, se piensa que las novelas juveniles tienen como característica principal el ser protagonizadas por personajes de la misma edad del público al que se dirigen. Además, otras novelas consideradas juveniles presentan una amistad muy fuerte entre dos o más personajes (Tom Sawyer, por ejemplo), ya que es en la adolescencia cuando empezamos a relacionarnos con personas o grupos de personas para tener cierto sentido de pertenencia o para, como también dice Marina Colasanti, construir una tribu con símbolos y lenguajes propios.

El maestro Pedro Cerrillo (2015) señala otras características de la literatura dirigida a los jóvenes, por ejemplo, “los personajes adultos intervinientes suelen tener dificultades o sufrir problemas; complicidad con los más desfavorecidos; […] y una cierta preferencia por las aventuras, la fantasía y el amor” (p. 215). Es notable la ausencia, la vacilación y, hasta cierto punto, la ineptitud de algunos adultos de Los invictos, sobre todo de Yaya, la abuela materna de Bayard, quien, aunque al principio de la novela esconde a su nieto y a Ringo de los generales del ejército cuando parece que los chicos le han disparado a un soldado, hacia el final de la novela tiene muchas dudas sobre la compra y venta de mulas que realiza ilegalmente, asesorada por Ringo. Sin embargo, quizá la ausencia más notable sea la de John Sartoris, el padre de Bayard, quien se encuentra luchando en el bando de los confederados y aparece muy pocas veces en la novela. Además, cuando aparece es sólo para confrontar a los chicos sobre su valentía en la guerra o bien, para exigirles cosas que no van de acuerdo con su edad.

La empatía con los más desfavorecidos es evidente en la relación entre Ringo, un chico negro, y Bayard, un chico blanco, hijo de un militar; esta relación se encuentra enmarcada, por si fuera poco, en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. No obstante, a lo largo de la narración, ambos muchachos parecen estar ajenos a estas supuestas diferencias étnicas y crecen como si fueran hermanos; incluso cuando Ringo dice que “ya no es negro” (es decir, que ya es libre) sigue luchando junto a la familia Sartoris y acompañándola en momentos difíciles.

Por último, las preferencias por las aventuras también se notan en Los invictos, esta novela dirigida, accidentalmente, a los jóvenes. Como he dicho, Bayard y Ringo son muy jóvenes al inicio de la novela y, aun así, corren “aventuras” durante la guerra. Esas aventuras son, por ejemplo, intentar matar a un soldado o, en el caso de Bayard, vengar al asesino de Yaya y al de su padre. Pero no sólo eso, sino también apropiarse de mulas (a veces, de las propias mulas del ejército) para revenderlas y así, poder volver a construir la casa de la familia, que fue quemada por los esclavos negros. Son significativos estos pensamientos de Bayard, que ilustran las fronteras borrosas entre una etapa de la vida y otra:

Hay un límite para lo que un muchacho puede aceptar y asimilar; no para lo que puede creer, porque un muchacho puede creer cualquier cosa si se le da tiempo, sino para lo que puede aceptar, un límite en el tiempo, en ese mismo tiempo en que alimenta la fe en lo increíble. Y yo seguía siendo un niño en el instante en que mi caballo y el de padre pasaron por encima de la colina y parecieron dejar de galopar, y flotar, colgar suspendidos en una sola dimensión sin tiempo, mientras padre sujetaba por las riendas a mi caballo con una mano y oía al animal medio ciego de Ringo irrumpiendo y tropezando entre los árboles a nuestra derecha y a Ringo chillando […]

Faulkner, 1981, p. 140

Cuando estaba investigando para esta entrada, me pregunté si Los invictos habría sido editada como novela juvenil en años más recientes (el ejemplar que yo leí, de la colección Club Joven Bruguera, es de 1981) y, aunque no encontré un ejemplar más moderno editado como tal, sí encontré algunas portadas que presentan esta novela de Faulkner como novela de aventuras e, incluso, como novela de vaqueros; son ejemplos de ello la edición de Random House, de 1975, y la de Luis de Caralt de 1956.

Los invictos, editada por Luis de Caralt y por Random House, respectivamente.

La editorial Edaf publicó Los invictos en 2011, sin embargo, en esa edición no observé ninguna marca que indicara que la novela estaba dirigida al público joven o adolescente. Ello sugiere que quizá esta obra ya no se lee con el mismo sentido crítico; tal vez ya no se considera Los invictos como novela juvenil, como sí la consideraba en 1981 la editorial Bruguera, e incluso Random House y la editorial Luis de Caralt en años muy anteriores a la década de los 80.

Entonces, ¿ya no creemos que sea adecuado que los jóvenes lean Los invictos? A pesar de las características de novela juvenil que encontramos en esta obra, hay que señalar que William Faulkner no sacrifica su estilo pensando en lectores quizá inexpertos, pues, al igual que en sus otras obras El ruido y la furia o Mientras agonizo, en Los invictos hay figuras como monólogo interior y elipsis, la cual suele utilizar el autor cuando ocurren hechos importantes o dramáticos, como la muerte de un personaje o cuando un personaje se encuentra ante una encrucijada. A ello se suma el contexto histórico en el que se desarrolla la novela, la Guerra de Secesión, que no todos los lectores conocen. Considerando lo anterior, podríamos pensar que la lectura de Los invictos puede resultar difícil para un lector joven o adolescente, pero ¿es verdaderamente así? ¿No hay posibilidades para un adolescente que quiera acercarse a William Faulkner? Intentaré responder esta pregunta en la siguiente entrada.

Para preguntar en la librería:

Los invictos

William Faulkner (texto) & Blanca López (ilustraciones)

Barcelona, Bruguera, 1981.

Y para el lector curioso:

Andruetto, M. T. (2016). La lectura, otra revolución. México: Fondo de Cultura Económica.

Cerrillo, P. (2015). Sobre la literatura juvenil. Verba Hispanica, 23(1), 211-228.

Colasanti, M. (2004). Una edad a flor de piel. México: Conaculta.

Un cuaderno de vacaciones para los días inútiles

Grassa Toro e Isidro Ferrer escriben un libro para todos los Tubarrio y Misombrero.

Se me ocurre que podemos transitar por Cuaderno de vacaciones como quien camina por el “Poema visual transitable en tres tiempos: nacimiento, camino (con pausas y entonaciones) y destrucción” del artista visual barcelonés Joan Brossa.

“Poema visual…” de Joan Brossa. Foto de la revista Escáner Cultural

Lo que me gusta de ese monumento, construido en 1984 y ubicado en los jardines de Maria Cañardo, en Barcelona, es precisamente que al transitarlo, uno también construye (o más bien, termina de construir) el significado. El “Poema visual” de Brossa comienza con una gran letra A, continúa con un camino lleno de paréntesis, comillas y signos de interrogación (de ahí las pausas y entonaciones) y luego finaliza con otra letra A derrumbada y rota. Así, siento que cada quien va caminando por el “Poema visual” y lo completa con su lectura echando mano de lo que tiene allí: una letra A, varios signos ortográficos…

De la misma manera, Cuaderno de vacaciones, escrito por Carlos Tubarrio (¡perdón! Es Carlos Grassa Toro) e ilustrado por Isidro Misombrero (¡perdón de nuevo! Su nombre es Isidro Ferrer) es un libro inacabado, una “obra abierta”, como diría Umberto Eco. Sí, es verdad que todos los libros están, de cierta forma, inacabados, porque esperan la participación del lector, quien completa el sentido; pero, en este caso, hay espacios vacíos más grandes, más profundos.

Cuaderno de vacaciones. Imagen obtenida de grassatoro.com

A primera vista, pareciera que Cuaderno de vacaciones es un libro de actividades no “para hacer durante las vacaciones”, sino que contiene juegos de pensamiento para hacerlos “cuando quieras que sea vacaciones”, como escribe Grassa Toro al principio, a manera de presentación del libro. No obstante, cada texto y cada ilustración es una historia en sí misma. Y, si leemos este libro con esa perspectiva, podemos preguntarnos, por ejemplo, qué pasó antes o después de dichas escenas.

Todo esto de la construcción del sentido, de imaginar las “soluciones” de cada una de las propuestas de Grassa Toro y Ferrer (por ejemplo, encontrar las setecientas diferencias entre dos rebanadas de pan o vestir al genio de la lámpara según la estación del año más adecuada) me recuerdan a las cajitas de Wonder Ponder de las que hablamos hace unas semanas, en el sentido de que el lector puede volverse un detective de la realidad. Claro, al principio eso de ser un detective de la realidad parece una bobada, porque la realidad está siempre ahí, circundándonos y arropándonos inevitablemente. Pero, justamente, los juegos más serios son los que parecen bobadas y, de pronto, quizá es posible dar un par de pasos atrás, desencajarla y observarla detalladamente, rellenando los espacios en blanco.

Un juego en el Cuaderno de vacaciones. Grassa Toro y Ferrer, 2014

En Cuaderno de vacaciones el texto proporciona pautas para la interpretación. Es como cuando vemos un cuadro abstracto (o de cualquier corriente artística) y leemos el nombre de la obra en la cédula informativa: inevitablemente nuestra percepción e interpretación cambia. Por ejemplo, en la ilustración de las herramientas se asume que éstas son una familia, ya que el texto pregunta quién es la madre, el hijo que estudia 5° y el abuelo, pero, realmente, las herramientas podrían representar cualquier cosa: los habitantes de una ciudad, los vecinos de un edificio o los miembros de un equipo de reparación. Imaginar, entonces, es parte del juego y el juego, en este caso, es poner lo que no está, lo que falta.

Las herramientas. Grassa Toro y Ferrer, 2014

No obstante, como a mí me gusta poner todo de cabeza, ahora me cuestiono qué clase de libro es realmente Cuaderno de vacaciones. ¿Es un libro de juegos o un juguete? ¿Podría equipararse a esas otras propuestas editoriales que se venden en formato de libro pero que, en realidad, son juguetes o sí es un libro serio que puede usarse, por ejemplo, en el aula?

Además de poner las cosas de cabeza, me gusta transitar por los libros y por la escritura como dando un paseo, es decir, sin rumbo fijo, sin orden y también sin pensar en el destino final. Prefiero ir tomando cosas de aquí y de allá y así, ir armando mi propio camino. Por eso, mientras revisaba las notas que había tomado para escribir esta entrada, me topé con un nombre: Chema Madoz. Quién sabe cómo lo descubrí, pero ahora que estaba buscando inspiración para seguir escribiendo, busqué ese nombre en internet y encontré algunas fotografías muy bonitas.

Fotografías de Chema Madoz obtenidas de efti.es y de rtve.es, respectivamente

Ahora es claro por qué relacioné al fotógrafo español Chema Madoz con Cuaderno de vacaciones. Ambas obras nos enseñan a volver a mirar. Con Chema Madoz, un par de clips puede ser una escalera mecánica, y una nube, un árbol. En Cuaderno de vacaciones, unas piedritas de río con caritas pintadas son actores, pero no cualquier tipo de actores, pues los hay que hacen reír, llorar o pensar. Y de ahí surge la relación entre la obra de Grassa Toro y Ferrer y la de Wonder Ponder: ambas propuestas convierten cualquier día aburrido en un día de vacaciones. ¿Cómo es un día de vacaciones? Para mí, es un día en el que puedo hacer todas las cosas que me gustan, que son muy pocas, sólo leer y escribir; sin embargo, si en la semana sé que al menos tengo un día de vacaciones, entonces siento que ése no fue un día perdido.

Para preguntar en la librería:

Cuaderno de vacaciones

Grassa Toro (texto) & Isidro Ferrer (ilustraciones)

Medellín, Tragaluz, 2014.

La Gran Gilly Hopkins y el regreso a casa

Leer por segunda vez La Gran Gilly Hopkins fue para mí como regresar a casa y abrir puertas, ventanas y cajones todavía desconocidos.

Mi edición de La gran Gilly Hopkins

Mi edición de La gran Gilly Hopkins es del 2003. Me parece extraño haber leído ese libro en aquel año, cuando yo tenía diez, así que calculo que lo leí más o menos a la misma edad de Gilly, trece años. Ahora, a mis veinticinco, volví a leer la novela, y creo que me gustó más que la primera vez.

Pocas veces releo un libro, pero esta vez decidí hacerlo por varias razones; la principal, sin embargo, es el reencuentro (literario) que tuve con la autora, Katherine Paterson. Eso sucedió, en parte, gracias a Maria Nikolajeva y su libro Retórica del personaje en la literatura para niños (un libro esencial para especialistas en la LIJ). Allí, Nikolajeva habla de varios clásicos de la LIJ dando por sentado que el lector los conoce. Así, a veces simplemente hablaba de Lyddie o de Amé a Jacob, y cuando yo buscaba esas novelas en internet, me sorprendía al ver que eran de Katherine Paterson porque son tramas muy distintas a la de La gran Gilly Hopkins.

Pero lo que más me sorprendió de la lectura de Nikolajeva fue que argumentara que en Gilly Hopkins había cierta forma de monólogo interior, una técnica narrativa que yo aprendí hasta la universidad, cuando conocí y estudié (de la mano de mis maestros, por supuesto) a autores considerados grandes exponentes de esa herramienta, como William Faulkner o Virginia Woolf. El monólogo interior es, además, una técnica considerada difícil, que exige un lector con cierta práctica. Yo no recordaba que Gilly Hopkins hubiera sido una lectura particularmente difícil para mí, aunque claro, más de diez años después, tampoco podía recordar si, en efecto, había monólogo interior, especialmente porque a los trece años yo no sabía qué era aquello. Así que decidí releerlo, ahora con un poquito más de práctica y consciencia lectora.

No recordaba casi nada, excepto el principio y el final de la novela, pero de forma muy aislada, casi entre sueños. Lo que sí recuerdo con viveza es que, a mis doce o trece años, la rebeldía y la audacia de Gilly Hopkins me intimidaban: yo nunca me he considerado rebelde ni audaz, pero en esta ocasión pude desprenderme un poco de la subjetividad de la chica y leer La Gran Gilly Hopkins desde una perspectiva más adulta.

Entonces, como preguntaríamos en una charla con amigos: ¿de qué trata esta novela? La Gran Gilly Hopkins tiene un narrador focalizado en Gilly, una chica de trece años y cabello rebelde que ha pasado gran parte de su vida en muchas casas de acogida, hasta que es adoptada por Maime Trotter. En esa casa, Gilly empieza a sentir cariño por “la Trotter”, como ella la llama, por William Ernest, otro chico adoptado, y por el señor Randolph, su vecino invidente. Sin embargo, Gilly todavía guarda la esperanza de ser rescatada por su madre biológica, a quien escribe para que vaya a verla y se la lleve “de esa casa de locos”.

Esta narración focalizada en Gilly está combinada con los pensamientos de la chica (es decir, el monólogo interior), que van desde un rápido “Cállate, Trotter” hasta algo más elaborado, como

Si fuera a quedarme, yo haría un hombre de tu pequeño alfeñique. Pero no puedo; podría volverme blanda e idiota yo también, como me sucedió en casa de los Dixon. Dejé que aquella mujer me engañara con todos sus mimos y palabras tiernas mientras me mecía en sus brazos. La llamaba mamá y me subía a su regazo cuando tenía que llorar. ¡Dios! Ella decía que yo era su propia niña, pero cuando se mudaron a Florida me pusieron en la calle con el resto de trastos que dejaron atrás […]

[Gilly] sintió un codazo en las costillas.

Gilly volvió bruscamente a la realidad. ¿Qué diablos?

Es como si el narrador le cediera la voz a los pensamientos de Gilly, que generalmente hablan de los sentimientos de la chica acerca de vivir en casas de acogida. Y es que esos sentimientos son extremadamente profundos, ricos y complejos como para ser tamizados a través de la voz del narrador.

No es mi intención hacer que esta entrada sea una clase de monólogo interior; de hecho, Maria Nikolajeva tiene una taxonomía muy completa de éste. Simplemente quería hablar sobre las cosas que me ha enseñado la literatura infantil con el paso de los años; en este caso, creo que tuve la suerte de leer un mismo libro desde dos identidades diferentes. La primera, la de mi yo de trece años, definitivamente estaba de parte de Gilly y quería que la chica escapara de casa de Trotter y cruzara todo Estados Unidos en un autobús, sola, en busca de su madre biológica. Pero ahora, muchos años después, mi yo adulto, con más experiencia lectora, ya no le cree tanto a Gilly, pues a pesar de que ella diga que los miembros de su nueva familia son todos unos “fanáticos religiosos”… ¿realmente lo son? La postal que Gilly recibe de su madre ¿realmente está escrita con genuino amor y añoranza o, más bien, la chica está idealizando a su madre?

Leer La gran Gilly Hopkins por segunda vez, a los veinticinco años y con otros libros leídos acumulados en mi cabeza me permitió descubrir dos cosas, cosas que de algún modo ya sabía, pero que se enriquecen con los pensamientos que sólo la experiencia de primera mano puede brindar: esta manipulación que la novela le hace al lector permite que nos alejemos o acerquemos a la subjetividad de Gilly, y con base en eso podemos construir nuestra propia, muy personal, experiencia e interpretación lectora. La segunda cosa que aprendí y que reafirmé es que los mejores libros infantiles son los que crecen con sus lectores.

¿Qué es una pregunta? Wonder Ponder, cajas para descubrir

Wonderponderear es jugar a poner todo de cabeza. Quizá por eso siento miedo y fascinación cada vez que abro una caja.

Cuando leo las preguntas de Wonder Ponder no puedo evitar que surja una respuesta rápida y fácil en mi cabeza. Por ejemplo, ante la pregunta “¿puede un mono ser moderno?” pensé “¡Claro que no! ¿Qué pregunta es ésa?”, pero luego me detuve, volví sobre mis pasos y me pregunté “¿Pero qué significa ser moderno? Tiene que ver con la idea, la noción del tiempo: antiguo vs moderno. ¿Tiene un mono noción del tiempo? Si es así, ¿cómo es? ¿Qué animales tienen esta noción? ¿Qué implica tener noción del tiempo?” Y es que las preguntas de Wonder Ponder me arrastran a cuestionarme otras cosas, como si estuviera en una corriente, en mar abierto, sin salvavidas; pero, a fin de cuentas, de eso se trata wonderponderear.

Wonderponderear es jugar a preguntar y preguntarse. Ellen Duthie, la creadora del proyecto, propone iniciar el juego diciendo “oye, ¿y si pensamos un rato?” De hecho, el mismo diseño de Wonder Ponder parece un juego de mesa: dentro de una cajita hay tarjetas sueltas que muestran escenas ilustradas por Daniela Martagón relacionadas con la crueldad (Mundo cruel), la identidad (Yo, persona, un claro guiño a Yo, robot), la realidad y los sueños (¡Pellízcame!) y la libertad (Lo que tú quieras). Al reverso de cada tarjeta encontramos preguntas acerca de lo que vemos en la escena, pero también de lo que está “más allá”, de lo que no necesariamente vemos en la ilustración y que, sin embargo, puede ser un paralelismo importante sobre el que vale la pena reflexionar. Adicionalmente, en la cajita hay tarjetas en blanco para crear una escena y varias preguntas en torno a ella, y un póster que me parece fascinante, al menos el que se incluye en Mundo cruel, porque parece “El jardín de las delicias” de El Bosco.

Contenido de la caja de Wonder Ponder y póster, Duthie y Martagón, 2017

Pues bien, ya que tenía la caja de Mundo cruel a la mano, decidí wonderponderear un rato. Saqué las tarjetas y me puse a mirarlas al azar, aunque me detuve en las que más llamaron mi atención; por ejemplo, en la que muestra a unas ratas científicas haciendo experimentos con niños pequeños en un laboratorio. Este cambio de enfoque, esta “puesta al revés” del mundo como lo conocemos es muy característico de Wonder Ponder. En este caso, me hizo pensar que, al parecer, vivimos muy cómodamente sabiendo que los científicos humanos experimentan con ratas u otros animales “en nombre del avance científico”, incluso consumimos productos de empresas que realizan este tipo de pruebas o experimentos; sin embargo, si esto se pone al revés y son los animales quienes experimentan con humanos, puede parecernos que la misma situación es insoportablemente cruel. Ahora pienso que probablemente nuestra percepción de la crueldad cambiaría si la ilustración mostrara a unos científicos experimentando con perros o gatos.

Anverso y reverso de una carta para wonderponderear, Duthie y Martagón, 2017

¿Dónde está el límite de la crueldad? ¿Hay forma de ser más o menos cruel?, ¿cómo saberlo?, ¿quién pone los límites? ¿Uno mismo? Son preguntas que aparecieron en mi mente cuando vi (y leí y traté de analizar) la ilustración “¡En cuanto dejes de patalear podrás salir!” Automáticamente, como adultos, podemos pensar que no es cruel que un padre bañe a su hijo porque “es por el bien del niño”, pero al darle la vuelta a la tarjeta (y al pensamiento también, hay que decirlo), leemos la pregunta “¿Es cruel obligar a alguien a hacer algo que no quiere hacer?”; ello nos obliga a pensar más allá de lo que vemos en la ilustración. Que un padre obligue a su hijo a bañarse puede parecer inocente, pero ¿qué tal si fuera otra situación, incluso más sutil, pero donde hubiera el mismo juego de poder entre una persona con “autoridad” y otra “indefensa”?

Anverso y reverso de una carta para wonderponderear, Duthie y Martagón, 2017

Después de haber wonderpondereado, descubrí que las preguntas del juego se pueden expandir hacia otros ámbitos. En Mundo cruel no sólo se aborda la crueldad, sino que hay preguntas sobre “la dignidad, el miedo, la responsabilidad y la indiferencia” (Thomas Linden, s.f.); es decir, aunque parezcan inocentes, estas preguntas en realidad tienen muchas aristas y hacen que pensemos en una amplia variedad de temas, incluso permiten cuestionar las convenciones sociales.

Mientras me preparaba para escribir esta entrada, consulté la página web de Wonder Ponder en busca de algo que me diera luz sobre este proyecto tan fascinante. Para esto, fueron de mucha utilidad los textos del blog y las entrevistas a Ellen Duthie, quien afirma que “la filosofía ‘entrena’ para estar en el mundo de una forma activa, indagadora y responsable” (Ellen Duthie, entrevistada por Dani Gutfreund, 2018). Su proyecto, además de contribuir a ese proceso, abre preguntas que pueden ser discutidas entre niños y adultos. Muchas de estas preguntas, dice Duthie, son dudas legítimas que los niños tienen sobre el mundo y, al establecer el diálogo, éstos se sienten escuchados como auténticos interlocutores que son tomados en serio.

De hecho, Ellen Duthie afirma que desde que nació el proyecto siempre se partió de la observación de los niños y su relación con la filosofía para realizar preguntas e ilustraciones que se pudieran usar en el aula, por ejemplo, y que invitaran a la reflexión. ¡Eso es algo que me entusiasma muchísimo! Significa que en Wonder Ponder se trabaja sin una perspectiva autoritaria o preceptiva y, en cambio, las autoras y editoras se ponen de parte de su público. Además, lo conocen empíricamente, no construyen un lector ideal abstracto y tampoco lo conducen al camino del bien moral con el wonderpondereo, sino que simplemente lo invitan a detenerse y a mirar, por unos instantes, sus pensamientos.

Después de haber wonderpondereado con la cajita de Mundo cruel se me ocurrió mi propia escena de la crueldad. No la dibujé porque no tengo esas dotes artísticas, pero trataré de describirla lo mejor que pueda:

Gracias a las preguntas de Mundo cruel, que se me quedaron pegadas en la mente por varios días, me acordé del caso del youtuber que le dio galletas rellenas de pasta dental a un indigente y grabó la escena para subirla a sus redes sociales “para jugar”, “sólo por fama” y para “ganar vistas”, como declararía él mismo algún tiempo después. Lo que más resuena en mi mente es el hecho de que todos los espectadores de ese video hayan sido testigos de la crueldad. ¿Los hace eso copartícipes? Si el youtuber no hubiera sido famoso o si, incluso, no hubiera tenido redes sociales, ¿habría hecho lo que hizo? El juez que lo sentenció por haber violado la integridad moral de la víctima respondió que no a esta última pregunta, porque el youtuber sabe, dijo el juez, que en la “vida real” está mal hacer eso. Pero entonces, ¿la audiencia de este youtuber lo obligó, explícita o implícitamente, a grabar ese video porque exige ver contenido morboso? Si el youtuber hubiera grabado el video para sí mismo, es decir, si no lo hubiera hecho público, ¿seguiría siendo igual de cruel? El haber grabado la “broma” ¿aumenta el nivel de crueldad?

Como me encanta engolosinarme, pienso quedarme por un tiempo con algunas de estas preguntas y saborearlas un rato, porque, como dice Oscar Brenifier (otro autor experto en filosofía para niños), “a uno puede gustarle una pregunta por sí misma, únicamente porque es una bella pregunta, porque presenta un bello problema, portador de sentido y de valor” (Brenifier, 2011).

¿Eres docente y has usado Wonder Ponder en el aula? ¡Me encantaría saber tu experiencia! Déjala en los comentarios.

Para preguntar en la librería:

Mundo cruel

Ellen Duthie (texto) & Daniela Martagón (ilustraciones)

Ciudad de México, Sexto Piso niños, 2017.

Un viaje fantastibuloso al corazón de Roald Dahl

El 23 de mayo de 2017, aprovechando un breve viaje a Inglaterra, visité el Roald Dahl Museum and Story Centre. El autor, el viaje, el país y su literatura tienen un lugar muy especial en mi corazón, y para no olvidar esta visita, escribí una crónica.

This is the London railway service. This train heads to Aylesbury. The next station is Great Missenden.

La estación de trenes es como de cuento: una línea de tren bordeada de pasto y montañas. En el pasillo de la estación, pilares azules rematados por un delicado encaje blanco de hierro sostienen el estrecho tejado. Algunas macetas con flores cuelgan de esos pilares y enmarcan un letrero: Great Missenden.

Preparo mi boleto (aquí ya no es válida la Oyster Card) para salir de la estación, pues pienso que, como en Londres, también aquí es preciso pagar para salir de las estaciones de metro o cambiar de línea, pero descubro que no hace falta el boleto: uno puede salir libremente, ir y venir a su aire.

Estación de trenes de Great Missenden

Ahora creo que tendré que preguntar cómo llegar a mi destino, aunque noto que no es necesario, porque tan pronto salgo de la estación, veo los señalamientos que llevan al Roald Dahl Museum and Story Centre. High Street número 81 no está lejos.

Reservé mi golden ticket para las 2:30 pm, y no se puede llegar antes de la hora de reservación; aún es mediodía, así que aprovecho para dar un paseo por el pueblo. A medida que exploro, se vuelve más claro por qué Roald Dahl decidió mudarse aquí para escribir (si bien pasó mucho tiempo de su vida viajando entre Nueva York y esta pequeña ciudad). Great Missenden, aunque está a cuarenta minutos de Londres, se encuentra a años luz del ajetreo, el ruido, la gente y el movimiento que hace bullir la capital inglesa. Por supuesto, tiene muchos puntos en común con Londres, como los colores: café, beige, blanco o rojo oscuro para las casas y verde para el paisaje.

Quizá son los colores, la simetría del lugar y la tranquilidad de Great Missenden lo que me hace imaginar la vida aquí. Seguramente, pienso, mientras me como un sándwich en un parque de juegos infantiles, la vida en este lugar incluye té, biscuits rellenos de higo, mantas, una chimenea y una buena biblioteca. Resumo la experiencia de Great Missenden mientras veo el mar verde que se extiende frente a mí, con sus casas cafés, de techos bajos y ventanas blancas mirándome desde la otra orilla. Tal vez aquí se encuentra el invierno eterno que busco sin descanso para sólo leer y escribir. Este estilo de vida incluye todo lo de la siguiente lista:

1) galletas rellenas de mermelada de higo, cuyo sabor ácido y textura pastosa es “muy inglés”, según Emma, mi anfitriona en Londres;

2) una manta de tartán, irritante para la piel pero calientita;

3) un sillón de orejas al lado de una ventana de marco blanco;

4) rosas;

5) una biblioteca pública y comunitaria que reúne a todo el pueblo, como la Great Missenden Community Library. Pude encontrar recomendaciones de los libros que están allí hechas por los propios lectores;

6) Matilda’s, el café que está cerca de la estación.

El mar verde con sus casas en la orilla opuesta

A las 2:30 pm llego al museo. Me encontré con una casa, como cualquier otra de Great Missenden, pintada de color azul pastel a cuyo costado se lee “The Roald Dahl Museum and Story Centre”. La fachada muestra al Gran Gigante Bonachón de perfil, mirando una de las ventanas, como si esperara el momento adecuado para soplar un sueño. Hay otros anuncios pintados que ya anticipan la experiencia, como “It is truly swizzfigglingly” y “Flushbunkingly gloriumptious”. No hace falta buscarle un significado a las palabras inventadas por Dahl para saber que el recorrido será, precisamente, gloriumptious.

Fachada del museo

La señorita de la recepción (en donde también hay una tienda) me entrega algunos folletos: uno es la guía del museo y otro es el recorrido por algunos lugares de Great Missenden emblemáticos en la obra de Dahl, “como la oficina de correos o la iglesia de St. Paul y St. Peter, cerca del cementerio donde está enterrado”, dice la recepcionista. Vaya, no sabía eso. De hecho, nunca me había preguntado dónde estaría enterrado Roald Dahl, quizá porque me parece improbable que esté muerto.

Varios meses después, cuando leí la biografía no autorizada que escribió Donald Sturrock del autor de Matilda, me enteraría de que Dahl escribió algunas frases para hacer grabar en la tumba de su hija Olivia y de otros familiares muertos, pero su tumba (como comprobaría yo al final de mi viaje) no tiene ninguna inscripción más que su nombre y las fechas de nacimiento y muerte.

El museo tiene tres salas. La primera que vi, la Boy Gallery, está dedicada a la infancia de Roald Dahl. Se pueden ver cartas que él enviaba a su madre cuando estaba en Repton y que firmaba Boy, claro. Él era el único boy, el preferido. Pero quizá lo más interesante de la sala sean las puertas en forma de barras de chocolate Wonka. Y hablando de puertas, la que me recibió fue una réplica de la puerta de la fábrica que se usó en la adaptación de Charlie y la fábrica de chocolate realizada por Tim Burton. Además, hay material audiovisual, fotografías de los álbumes familiares de Dahl y “el ratón en el tarro”, que remite a una anécdota infantil, contada en Boy, sobre la vez que el autor colocó un ratón muerto dentro de un tarro de la dulcería de la avariciosa señora Pratchett. Cuando salgo de la Boy Gallery pienso que, aquí, la infancia de Roald Dahl está congelada; es su propio país de Nunca Jamás.

Boy Gallery. “Love from Boy”

La segunda sala, Solo Gallery, es mi favorita, porque es la de la racha de suerte, la del gran cambiazo, la del golpe en la cabeza. Aquí hay objetos que pertenecieron a Dahl cuando fue piloto en la Segunda Guerra Mundial, como su gorro, sus binoculares y su cuaderno de aviación, abierto en la página que registra el accidente que lo hizo escritor (ficcionalizado en el cuento “Pan comido”). También pude oír una grabación de una de las hijas del autor (no estoy segura si era Tessa u Ophelia), para quien es duro pensar que su padre mataba alemanes montados en Hurricanes. Sin embargo, dice, si no hubiera sido piloto de guerra, quizá Dahl no habría escrito ni una palabra. Aunque sé que varios factores son decisivos para hacer de alguien un escritor, probablemente sin los paisajes de África, sin la sensación de volar, sin las maravillosas fotografías tomadas por Dahl desde el aire y, sobre todo, sin mistress O’Connor, la maestra de escuela que un buen día se sentó con los niños (entre los que se encontraba el futuro autor de James y el melocotón gigante) a leer clásicos ingleses, entonces sí, Dahl no hubiera tenido la racha de suerte de volverse escritor.

El cuaderno de aviación en la Solo Gallery

Pero lo más fascinante de esta sala no son las pertenencias de guerra de Roald Dahl, sino su cabaña de escritor. Todos los elementos de la cabaña, desde el suelo hasta las cortinas, son auténticos y están colocados tal como Dahl los dejó la última vez que estuvo allí. En esa cabaña, donde se puede ver su sillón, mejorado por el mismo escritor para que no le doliera la espalda, lastimada por el accidente de guerra, el autor de Matilda se inventó el mundo. Cuando contemplé la réplica de la cabaña, protegida por un vidrio, traté de beber con los ojos cada objeto colocado ahí por la fantasmal mano de Dahl: los dibujos de su hija Lucy, sus lentes, lápices bien afilados y blocs amarillos de notas en los que siempre escribía, un teléfono, una manta para ponerse en las piernas siempre que se sentaba a escribir, una lámpara que servía para comunicarse con su casa (en ésta había un interruptor que encendía aquella lámpara; el día en que Olivia enfermó, la lámpara titiló rabiosamente) y el hueso de la cadera que le removieron en una cirugía y que, en la cabaña, servía de pisapapeles. Pienso que todas esas cosas son tan vivaces y energéticas como su obra (la infantil y la dirigida a los adultos) y también igual de sorprendentes, pero, justamente por eso, los objetos y la obra son fascinantes.

La cabaña

Tiempo después, cuando dejé el museo (y probablemente, cuando me fui de Inglaterra), pensé que esos objetos no eran talismanes que invocaban el poder de las musas, sino cosas que decían, por sí mismas y con su propio lenguaje, lo que Roald Dahl pensaba, lo mismo que expresaría después, en papel. Y es que, pienso, el mundo de afuera (Great Missenden, en este caso) es el tema y el mundo de adentro, el estilo. La búsqueda del estilo es la búsqueda de uno mismo y, por eso, no es extraño que para encontrarlo se necesite un cuarto propio y cuarenta mil libras al año, como bien reflexiona Virginia Woolf.

La última sala se llama The Story Centre and Crafts Room, y es la más interactiva de todo el museo, si bien en cada sala hay espacios para jugar. Creo que lo más memorable de esta sala son los muñecos del señor y la señora Zorro que Wes Anderson usó en la película de Fantastic Mr. Fox. Ya se sabe el nivel de detalle con el que trabaja Anderson en todas sus películas. En este caso, se pueden ver, por ejemplo, los materiales de costura que la señora Zorro tiene en el bolsillo delantero de su vestido. El sillón en donde está sentado el señor Zorro se parece mucho al de la cabaña de Dahl y, de hecho, la ficha informativa dice que el director de la película se inspiró en ese mueble para crear el mini sillón que aparece en Fantastic Mr. Fox y en donde el Zorro se sienta. En la ficha informativa también se señala que Anderson creó el mundo del Zorro y sus amigos con la ayuda de Felicity (Liccy), la segunda esposa de Roald Dahl, a quien pertenecen los derechos de toda la obra de éste.

Los muñecos originales de la película Fantastic Mr. Fox
Trucos para crear personajes

Inspirada en el proceso creativo de Roald Dahl, esta sala muestra algunas curiosidades de la libreta de ideas del escritor. Por ejemplo, hay algunos recortes de caras, miradas y sonrisas que Dahl guardaba para ayudarse después a describir personajes (claro, a veces uno tiene que ver el mundo que está a punto de crear). Con esas técnicas, se alienta al visitante a crear sus propias descripciones o bien, sus propias rimas en el Rhyming Tree. Pero uno también se puede disfrazar de algún personaje del entrañable autor o crear un personaje propio.

Aunque el museo es bastante pequeño, una visita dura, en promedio, noventa minutos. Supongo que ese cálculo incluye el tiempo que uno pasa jugando, ya sea inventando rimas, contestando un quiz sobre la obra de Roald Dahl o disfrazándose de personajes. Entonces, cuando decido que ya he visto suficiente y que ya he grabado en mi memoria todo el museo, hasta el más mínimo detalle, salgo y voy en busca del cementerio. Éste, aunque no está muy lejos del museo, sí requiere pasar por caminos rodeados de pasto y vegetación. Camino con calma, por miedo a que un animal salte de repente de entre las hojas.

Tumba de Roald Dahl

Ya la encontré. La tumba está debajo de un gran árbol, cerca de una banquita de madera. Solamente hay que seguir las huellas del Gran Gigante Bonachón, como había dicho la recepcionista, para verla. Es verdad que me decepciona un poco que no tenga alguna frase grabada, pero eso no nubla mi emoción de saber que ¡estoy frente a la tumba de Roald Dahl, un autor tan antiguo en mi vida que no recuerdo cuándo ni cómo empecé a leerlo! La verdad es que ni siquiera había soñado con visitar el Roald Dahl Museum and Story Centre, mucho menos lo había pensado cuando era una niña y sentía un placer morboso cuando Matilda se vengaba de sus padres, o cuando, en la primaria, yo calificaba a alguna maestra malvada de “Tronchatoro”, o cuando creí que el método para ver con los ojos cerrados descrito en “La maravillosa historia de Henry Sugar” era cierto y funcionaba, o cuando, más adelante en mi vida, pude compartir con niños de primaria la emoción y la diversión que supone leer Los Cretinos. Y sin embargo, ahí estaba, en Inglaterra, en Great Missenden, parada en un cementerio, contemplando la tumba de Roald Dahl. Mientras pensaba cuán extraño era que los huesos del autor más importante de literatura infantil del siglo XX estuvieran bajo mis pies, otro pensamiento anidaba en mi mente y comenzaba a golpear con sus puños, exigiendo salir a la superficie. Ese pensamiento decía those who don’t believe in magic will never find it.  

Todas las fotografías de esta entrada fueron tomadas por mí.

Encuentra aquí un artículo que escribí sobre Roald Dahl, publicado en La Palabra y el Hombre