Los remedios para niños malcriados del doctor Hoffmann

Para Toño, que atinadamente me regaló este libro en Navidad

El médico Heinrich Hoffmann no se andaba con tonterías. Una Navidad de 1844 decidió que le compraría a su hijo un libro.

Entró a todas las librerías de Frankfurt, pero no encontró lo que buscaba; seguramente habrá pensado “¡libertinos! ¡A dónde vamos a parar! ¡Se han perdido los valores!”, así que decidió escribir él mismo un libro para su hijo.

No podía ser cualquier libro, no obstante. Tenía que ser un libro de esos que educan, de los que vuelven a uno “mejor persona”, tenía que mostrarle a su hijo qué les pasa a los niños malcriados y crueles que, por cierto, tienen destinos peores que los niños a los que se los lleva el policía o el ropavejero. Así nació Der Struwwelpeter (en español, Pedro Melenas), un libro catalogado por algunos espantados como “el libro para niños más cruel de la historia”.

(No se preocupen, yo crecí leyendo a Roald Dahl y estoy curada de espanto).

Difícilmente en 1845 se hubiera pensado que Pedro Melenas era una obra “cruel”; como le escuché decir a una historiadora brillante, “no podemos llevar nuestro presente al pasado”. La infancia y el trato hacia los niños ha cambiado considerablemente con el paso del tiempo, y aunque en la Europa del siglo XIX todavía se les confería a los niños cualidades casi divinas y, por lo tanto, irreales (ideas derivadas del romanticismo del siglo XVIII), había costumbres familiares orientadas a la disciplina y a la coerción de los niños.

En la Alemania de mediados del siglo XIX eran populares los manuales de comportamiento infantil o las guías para padres que deseaban disciplinar a sus hijos. Un fascinante ejemplo de esto es el médico alemán Daniel Gottlieb Moritz Schreber (1808-1861), ortopedista, educador e inventor de aparatos diseñados para impedir que los niños hablaran o para que mantuvieran una postura erguida. Además, pensaba que “un niño bien educado podía ser controlado por sus padres, ya que como buen hijo tenía que obedecerles en todo. Se pretendía que el niño tuviera un sentimiento genuino de amor y libertad, y si lo golpeaban, después debía ofrecer un apretón de manos y mostrar una sonrisa amistosa que probara que no guardaba rencor” (Robertson, 2012, p. 90, cursivas del original).

Aparato de Schreber para mantener a los niños erguidos. Tomado de Wikipedia.

Otra de las “linduras” de la filosofía de Schreber se encuentra en su obra El libro de los ejercicios para el cuerpo y el alma, en donde habla de controlar de manera sumamente detallada el comportamiento, los hábitos y hasta la postura de los niños: “se aconseja a padres y educadores que hagan uso de una máxima presión y coerción durante los primeros años de vida del niño, para promover así la salud mental y corporal sometiendo al niño a un rígido sistema de entrenamiento físico, de ejercicios musculares metódicos combinados con medidas restrictivas y castigos” (Charaf, 2016, p. 79). Hay otros ejemplos de coerción de niños muy pequeños en esa época en Alemania, por ejemplo, el uso de nodrizas era bastante común, y existía el término Wickelkinder o “niños envueltos”, ya que se tenía la costumbre de envolver a los niños en metros y metros de tela, lo que les impedía extender los brazos hacia sus cuidadores o explorar su entorno por medio del tacto, sin contar con que esto era perjudicial para su postura (Robertson, 2012).

Uno podría recordar la novela, también europea y del siglo XIX, Tiempos difíciles, donde el señor Gradgrind adopta a una niña huérfana que trabaja en el circo (es decir, a una “salvaje”) y se propone educarla por medio de “hechos”, de datos duros y estadísticas frías, haciendo a un lado la imaginación, el arte y la fantasía. Sin embargo, a diferencia de Gradgrind, el doctor Schreber jamás cuestionó ni cambió sus estrictos métodos educativos que, por otro lado, no resultaron muy buenos que digamos cuando los aplicó en sus propios hijos: su primogénito se suicidó y otro de sus hijos, Daniel Paul Schreber, fue un famoso paciente de Freud y autor de Memorias de un enfermo de nervios.

Conociendo todo este contexto, es fácil intuir por qué Heinrich Hoffmann, un médico que se dedicaría a tratar pacientes psiquiátricos (aunque él mismo no fuera psiquiatra), decidió escribir un libro de imágenes y poemas para educar a su hijo: al parecer, era “el espíritu” de la época, lo que estaba en boga. De acuerdo con Rey (2012), el nacimiento de Pedro Melenas no sucede en aquella Navidad de 1844, sino mucho antes, cuando el Dr. Hoffmann calmaba a los niños que no se dejaban auscultar con dibujos de un chico salvaje, descuidado, con el pelo y las uñas largas. (Digamos que el doctor no regalaba paletas para tranquilizar a sus pacientes, sino estampas de lo que sería su destino si no atendían su salud).

Pedro Melenas. Tomado de Wikipedia.

Hay investigadores y médicos que van incluso más lejos al asegurar que, por medio de Pedro Melenas, Hoffmann describió por primera vez el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), por ejemplo, Prada (2016) afirma: “Otro precedente de este trastorno [el TDAH] lo podemos encontrar en la obra del psiquiatra alemán Hoffman [sic.] (1845), un libro de poemas infantiles en la que el autor realiza una descripción de dos casos de TDAH que corresponden a dos personajes de dos poemas distintos, un niño que presentaba todas las características del predominio hiperactivo-impulsivo y otro niño con predominio inatento” (p. 84). Supuestamente, el personaje con predominio hiperactivo-impulsivo es Felipe, de “La historia de Felipe Rabietas” y el de predominio inatento es Juan de “La historia de Juan Babieca” (Rey, 2012).

Creo que es un tanto excesivo proclamar que la descripción del TDAH propiamente dicho se encuentra en un libro de poemas para niños, porque justamente se trata de un poema, no un artículo científico ni mucho menos un estudio de caso. Por supuesto, no descarto que Hoffmann se haya inspirado en los pacientes que atendió en el hospital psiquiátrico de Frankfurt donde trabajaba, o incluso en su propio hijo, como dicen algunas fuentes.

Heinrich Hoffmann no descubrió el TDAH, sin embargo, sí fue uno de los primeros autores en contar historias con imágenes, y es que para el doctor Hoffmann, el mejor remedio para domesticar a los niños era mostrarles dibujos de chicos crueles o traviesos enfrentándose a su destino; para él, las palabras no causaban la misma impresión en los lectores, ya que, como solía decir, “El niño sólo aprende de manera sencilla a través de los ojos”.

Por ello, por las páginas de Pedro Melenas desfilan toda clase de pillos, como Federico el cruel, el Pequeño Chupadedo, Paulina y los cerillos o Gaspar el melindroso. Las ilustraciones son todas exageradas y caricaturescas. Por ejemplo, “La historia del cazador desalmado” muestra al cazador llevando una escopeta más larga incluso que él mismo, igual que las tijeras que utiliza el sastre para cortarle el pulgar al Pequeño Chupadedo. El destino de todos aquellos pequeños macabros también se lleva al límite: por jugar con los cerillos, Paulina queda reducida a cenizas (y sus dos gatos le lloran amargamente); por no comer sopa, Gaspar enflaquece hasta morir; por tener la cabeza en las nubes, Juan se cae al río y los peces se burlan de él.

Algunos de estos poemas se pueden entender sin necesidad de leerlos; tan sólo mirar las ilustraciones basta, como es el caso del poema sobre Gaspar, que al principio se ve regordete y poco a poco va perdiendo peso hasta morir. La fuente llena de sopa que está sobre su tumba es un puntazo de ironía proporcionado únicamente por la ilustración, ya que en el texto no se menciona. Otra de mis historias favoritas de Pedro Melenas, la del Pequeño Chupadedo, parece advertirles a los niños sobre la existencia de un “sastre” que sorprende a los niños que se chupan el pulgar, entra a su casa y les corta los dedos con tijeras tan largas que parece que nada ni nadie se les escapa.

Las ilustraciones de “La historia de Federico el cruel” son mucho más narrativas, ya que vemos a Federico maltratando insectos, pegándole a su niñera y golpeando a su perro, hasta que éste lo muerde y Federico convalece en su cama tomando medicinas, mientras su perro, por haber sido bueno y soportar los maltratos de Federico, disfruta un plato de comida caliente sentado en la silla del malvado chico.

Uno podría preguntarse, como diría mi amigo Alejandro, si esto es una especie de ley de Poe. ¿Heinrich Hoffmann estaba parodiando los manuales de coerción infantil o es él mismo un despiadado disciplinador de menores? Debo confesar que, antes de leer este libro, yo creía ingenuamente que todo era una broma, pues ¿quién iba a escribir poemas tan crueles en serio? Pero no: Hoffmann escribió Pedro Melenas muy en serio, para educar a los niños y, especialmente, a su hijo. Con el paso del tiempo, y gracias a que la literatura infantil se liberó de sus ataduras moralistas, empezamos a leer (y a utilizar) Pedro Melenas como un libro de poemas humorísticos que abriría el camino para otros libros igual de crueles y graciosos, y así, en lugar de amenazar, provocaba la burla de los infortunados niños retratados allí. De acuerdo con Ana Garralón (2017): “En Struwwelpeter se dieron dos tradiciones: la del movimiento racionalista de la Ilustración, con su eterna constante de prevenir a los niños, y la de la tradición popular con la sencilla ordenación del mundo entre lo bueno y lo malo. La novedad residió en el niño anárquico que hace lo que quiere sin importarle las consecuencias” (p. 70).

Pienso en todos los libros que vinieron después de Pedro Melenas, como Los pequeños macabros de Edward Gorey, que de moralista no tiene nada y de cruel, todo. O en los personajes de Charlie y la fábrica de chocolate que, después de haberse portado mal en la fábrica, desfilan llevando a cuestas su castigo físico. Vamos, hasta las canciones de los Oompa-Loompas parecen herederas directas de los poemas de Pedro Melenas. También “Mark Twain tradujo del alemán el libro, cercano al espíritu de sus propios personajes literarios como Tom Sawyer y Huckleberry Finn” (Hanán Díaz, 2021, párr. 5).

(Mmmh, habría que escribir sobre esas dos joyas de la literatura y la ilustración, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión).

No es poca cosa haber contribuido a abrir el camino a los libros infantiles con personajes anárquicos, como dice Ana Garralón, ya que de esta manera la literatura para niños consiguió su libertad. Poco a poco, los personajes de la LIJ se irían alejando de los duros corsés del moralismo (que parecían diseñados por el mismísimo Schreber) para hacer exactamente lo que se les diera la gana. Al final, parece que Hoffmann no descubrió el remedio para meter en cintura a los niños malcriados, sino que les dio una maravillosa medicina: la literatura humorística, libre y satírica. Creo que leer un clásico como este es refrescante en una época en la que retiran cuentos como Caperucita Roja de las bibliotecas públicas, en una época en la que se leen cuentos de hadas de una manera terriblemente literal y, en suma, en una época en donde nos abstenemos de nombrar lo que debe ser nombrado simplemente porque duele, porque “no es correcto” o porque da vergüenza. Los libros infantiles son mucho más que princesas y príncipes, más que Heidi corriendo libre por el campo y, la verdad, hay personajes que no son precisamente unos pequeños lores. Hay muchas más posibilidades creativas en la LIJ y es nuestro derecho como lectores conocerlas todas.

¡Viva la libertad! ¡Y larga vida a Pedro Melenas!

Imagen tomada de Germany.in-24.com

Para preguntar en la librería:

Pedro Melenas

Heinrich Hoffmann (texto e ilustraciones)

España, José Olañeta Catalán, 2017.

Y para el lector curioso:

Charaf, D. (2016). Daniel Gottlieb Schreber: perversión y locura, de padre a hijo. Ancla, 6, pp. 77-86. Disponible en: https://psicopatologia2.org/ancla/Ediciones/006/Ancla-006.pdf

Garralón, A. (2017). Historia portátil de la literatura infantil. México: Ediciones Panamericana-Secretaría de Cultura.

Hanán Díaz, F. (2021). “Pedro Melenas” de Heinrich Hoffmann. Serie Libros que desafían el tiempo. Cuatrogatos. Disponible en: https://cuatrogatos.org/blog/?p=8112#more-8112

Prada, M. (2016). Estudio de caso único de un paciente de 12 años diagnosticado con TDAH presentación Hiperactiva-Impulsiva [Tesis de maestría]. Universidad del Norte. Disponible en: https://manglar.uninorte.edu.co/bitstream/handle/10584/5835/22521757.PDF.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Rey, C. (2012). Pedro Melenas, el terror de las neuronas. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 32(116), pp. 877-887. Disponible en: https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0211-57352012000400014

Robertson, P. (2012). El hogar como nido: la niñez de clase media en la Europa del siglo XIX. En Medina, M. B. (Coord.), Giros y reveses. Representaciones de la infancia a través de la historia (pp. 79-114). México: Conaculta.

Encuentros con Martha Riva Palacio

Martha Riva Palacio es, para mí, una de las autoras más importantes de México, no sólo de literatura infantil, sino de literatura general.

Hace algunos años la entrevisté para conocer más acerca de su proceso creativo, ya que en sus novelas y cuentos para niños suele abordar temas considerados “difíciles” o “tabú”, como el suicidio, el abuso sexual o la inmigración. En aquella ocasión, Martha decía “Lo difícil no es hablar de temas complejos, sino el cómo […] Las metáforas son la red de seguridad que nos permite abordar estos temas sin que lastimen [a los lectores]”.[1] Esto es muy importante para entender su estilo, ya que los temas que aborda son vistos desde una perspectiva poética que nos proporciona distintas lecturas de un mismo texto. Además, el universo de Martha Riva Palacio está lleno de mitos, animales, peces, mar, el espacio y niños y niñas que no se sienten tan a gusto en la vida cotidiana. Creo que esos elementos, lo poético, los mitos, la naturaleza y la insatisfacción en los personajes, hacen que el estilo de Martha sea tan encantador para niños y adultos.

Por eso, en Encuentros, esta nueva sección de mi blog, les comparto mini reseñas de varios libros que he leído de Martha Riva Palacio con la esperanza de contagiarles el gusto por su obra.

Buenas noches, Laika

Buenas noches, Laika es una novela juvenil breve cuyo contexto es 1957, el año en que la perrita rusa Laika se convirtió en el primer ser vivo en orbitar la Tierra, a bordo del Sputnik 2. Sebastián, el protagonista de esta historia, está obsesionado con este acontecimiento, y trata de captar las señales que manda la perrita desde el espacio. Al mismo tiempo, está enamorado de su compañera de escuela, Marina, quien fallece después de haber sufrido un supuesto accidente que los adultos (tanto los padres de Sebastián como los padres de sus compañeros de escuela) se empeñan en ocultar o ignorar.

El espacio exterior es uno de los escenarios recurrentes en las obras de Martha Riva Palacio y, en este caso, la travesía de Laika y su órbita alrededor de la Tierra hacen alusión a la soledad y hablan, también, de lo lejanas que nos parecen ciertas personas, así como su mundo interior, sus pensamientos y sus emociones. En este caso, la perrita Laika es la metáfora perfecta de ello, pero para Sebastián, su compañera Marina también se le presenta como una isla en el espacio, es decir, lejana e incomprensible.

En otro sentido, lo lejano y lo incomprensible también son ciertas dificultades de la vida que los adultos les ocultan a los niños. Como se sugiere en la novela, parece que los papás insisten en no hablar de lo que verdaderamente le ocurrió a Marina, ya que, debido a varias circunstancias, se sugiere que la chica no falleció por un accidente. Esto es otra constante en la obra de Martha Riva Palacio, el hablar de tabús que a menudo creemos que no son apropiados para los niños; de hecho, al no hablar de cosas “difíciles” con los niños, se pasa por alto que ellos tienen vivencias y emociones tan complejas como las de cualquier adulto.

Buenas noches, Laika está ilustrado por David Lara, quien aprovecha el blanco y negro para amplificar la soledad y el aislamiento que experimentan los personajes de esta novela, así como paisajes lunares y juegos tipográficos.

Ella trae la lluvia

Esta otra novela juvenil de Martha Riva Palacio, editada por El Naranjo e ilustrada por Roger Ycaza, guarda ciertas similitudes con Buenas noches, Laika. Una chica, Calipso, llega a una isla y conoce a Teo, prácticamente su único amigo en ese mundo extraño. Ambos niños son outsiders, porque, por un lado, Calipso tiene piel morena y habla otro idioma, y Teo ha tenido que mudarse a esa isla con su tío porque sus padres fallecieron. La hostilidad hacia Calipso no se hace esperar, ya que desde la primera página se narra que los extranjeros están condenados a vivir en un extremo remoto de la isla.

Ilustración de Ella trae la lluvia por Roger Ycaza.

Pocos días después de su llegada, empiezan a suceder cosas raras en la isla y el mundo de Teo. Para narrar esas “cosas raras”, Martha Riva Palacio juega con algunas referencias de la mitología griega, como los perros de Escila. De esta manera, la mitología, ese conocimiento ancestral de la humanidad, se combina con problemáticas de la “vida real”, como la inmigración.

Tanto en Ella trae la lluvia como en Buenas noches, Laika hay un forastero o un outsider. Estos forasteros no sólo se encuentran físicamente aislados de los demás, sino también emocionalmente. Sebastián, el protagonista de Buenas noches, Laika, está solo en medio de un mundo de adultos que se niegan a explicarle que, a veces, la vida no es tan sencilla. Por eso se siente identificado con Laika y con su compañera Marina, porque ambas son víctimas del mismo tipo de soledad. El caso de Calipso quizá es más esclarecedor, pues se trata de una chica que llega a vivir a una isla en donde nadie más habla su idioma y en donde nadie, excepto Teo, parece comprenderla; es decir, está condenada a ser una extraña para todos los lugareños. Este motivo se repite en otra novela, La noche de los batracios.

La noche de los batracios

La noche de los batracios, editada por SM e ilustrada por Carlos Vélez, es una novela breve que, como el resto de la obra de Martha, se lee con mucha facilidad y con mucho placer. Cuenta la historia de Ana, una chica de nueve años que vive en una isla con su madre, después de haber pasado una temporada con sus estrictos abuelos. En la isla, Ana conoce a Moé, una extraña niña que parece tener sólo una parte de humana y mucho de pez o de batracio.

La aparición de Moé coincide con algunos sucesos extraños en la isla, como mojarras con tres ojos que se niegan a regresar al mar o jabalíes gigantes que surgen del mar y lanzan llamaradas verdes del hocico; y es que, en La noche de los batracios, los forasteros son los animales endémicos de un lugar (como ranas, peces y mojarras) con quienes convivimos todos los días, según el lugar en donde vivamos.

El encuentro con el otro es un tema recurrente en la obra de Martha Riva Palacio, pero no se trata solamente del encuentro de dos personas, sino del encuentro entre una persona y el entorno, o el encuentro entre una persona y un ser que está a miles de kilómetros de distancia.

Las sirenas sueñan con trilobites

¿Qué hacer cuando te pasan cosas que no entiendes? Cambiar de óptica. En Las sirenas sueñan con trilobites, Sofía es una sirena. O al menos lo es en su mente, y todos los demás son peces. Su mamá es un pez volador, el abusivo y violento novio de su mamá es una horrible barracuda, su abuela es un dragón marino y su mejor amiga, Luisa, es otra sirena.

Cuando Sofía se muda a la playa para vivir con su abuela, su óptica cambia de verdad después de que conoce a Luisa, una chica que se siente tan fuera de lugar como ella. Justamente, cuando la conoce, Sofía se da cuenta de que hay otras personas que comparten el cambio de óptica para lidiar con situaciones desagradables.

Lo que me encantó de Las sirenas sueñan con trilobites es que no se trata de una novela de corte fantástico, de hecho, es sumamente realista. A pesar de que hay escenas sacadas de la fantasía, como el huracán que se forma dentro de una casa o las tuberías del baño que expulsan pececillos, plantas o agua salada, creo que Las sirenas sueñan con trilobites es realista porque habla de cosas de las que nadie quiere hablar, como la pérdida, la reconciliación o el autodescubrimiento. A menudo, la forma que tenemos de lidiar con todo eso y de decir lo que pensamos es a través de metáforas o de cuentos que nos contamos a nosotros mismos.

Cosquillas

Martha Riva Palacio también escribe poesía (de hecho, su prosa es bastante poética). Uno de sus libros de poesía, Cosquillas (editado por El Naranjo e ilustrado por Betania Zacarias), está pensado para lectores muy pequeños e incluso para bebés; de hecho, está impreso en cartón para el “uso rudo” que sin duda le darán sus lectores.

Cosquillas me parece un poema interactivo. Empieza así:

“Mano moteada, pie dorado.

Risa, corazón.

Detrás de tu oreja

Hay una hormiga rayo de sol.

Tik, tik, tik…

Sus antenas buscan sueños,

los sueños buscan aire,

y el aire busca estrellas.

¿Dónde amanecen las estrellas,

El aire y los sueños?

¡Aquí, junto a tu panza!”

Ilustración de Cosquillas por Betania Zacarias.

Estos versos se acompañan con una ilustración de la madre del pequeño soplándole en la panza para hacerle cosquillas. Esto sugiere, creo, que el libro puede ser leído a los niños, pero la poesía y la rima también pueden ser dichas o recitadas mientras se les hace cosquillas a los niños en la panza. Asimismo, los versos finales sugieren el carácter juguetón y repetitivo del poema, que se puede decir rutinariamente para despertar al niño:

“Salta saltimbanco fuera de tu cama.

Un último bostezo y nos vamos,

¡buenos días!

¿Todavía no te despiertas?

Entonces,

¡volvamos a empezar!”

Por último, Cosquillas sintetiza mucho del estilo y de las obsesiones literarias de Martha Riva Palacio, como los peces, la naturaleza, el espacio, la maternidad y el amor.

Después de haber puesto sobre la mesa, uno detrás de otro, los libros de Martha Riva Palacio, encuentro que su estilo y su universo entero es hipnótico. Creo que las novelas y el poema que he recomendado en esta entrada son ideales para lectores de Ursula K. Le Guin, Neil Gaiman, Virginia Woolf o para lectores que, en general, disfrutan de la prosa poética y de las posibilidades que nos ofrecen los libros más “introspectivos”, por llamarlos de algún modo. Además, me parecen obras bastante inspiradoras, con las que se puede aprender a escribir.

Siempre que hablo sobre temas como el abuso o la violencia en la literatura infantil surgen preguntas como “¿por qué debería yo leer un libro triste?” En esta ocasión, quiero responder esa pregunta volviendo a citar Apocalipsis 10:9: “Toma y cómelo; y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel”. Algunos libros saben a miel.


[1] Puedes leer la entrevista completa siguiendo este enlace: https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/devolver-las-palabras-entrevista-a-martha-riva-palacio/

¿Y si salvamos a la infancia?

“¿Por qué la gente de todo el mundo disfruta el jugo de estas naranjas cuando hay niños como yo que deben derramar su sangre para recogerlas?” (Satyarthi, 2019, p. 120).

Ese es uno de los testimonios de niños trabajadores que Kailash Satyarthi, activista por los derechos de los niños y la abolición del trabajo infantil en la India, recoge en Salvemos a la infancia. Satyarthi compartió el Premio Nobel de la Paz con Malala Yousafzai en 2014 por su lucha contra el trabajo infantil y a favor de la educación para todos. Lleva haciendo este trabajo desde 1980, cuando creó el Movimiento Salvemos a la Infancia.

En este libro, el primero de Satyarthi traducido al español, se explica cómo funciona el movimiento, las alianzas que tiene (tanto con la sociedad civil como con el gobierno de India) y los proyectos para acabar con el trabajo infantil. Pero también hay varios testimonios de niños trabajadores que han sido rescatados de fábricas de alfombras, canteras, fábricas de vidrio soplado o plantaciones. En estos lugares, niños tan pequeños como de entre 5 y 14 años son obligados a trabajar hasta por 20 horas al día, separados de sus familias y abusados física, sexual y psicológicamente sin recibir ni un solo pago. En pocas palabras, son niños esclavos.

Creo que nadie duda que los niños no deben trabajar, incluso en condiciones seguras, porque es claro que el trabajo infantil es perjudicial. Según Satyarthi: “La exposición prolongada al polvo, a sustancias químicas, a pesticidas y al calor los vuelve [a los niños] vulnerables a enfermedades incurables […] Puedo decirles, por experiencia, que trabajar hasta 12 o 14 horas al día en condiciones no reguladas les afecta [a los niños] tremendamente los ojos, el hígado, los riñones, los pulmones y las extremidades” (Satyarthi, 2019, p. 45).

Pero el trabajo forzado y la esclavitud también mina el desarrollo psicológico y emocional de los niños. Kailash Satyarthi relata que rescató a un niño que no mostraba ninguna expresión en el rostro, que parecía de cera. Más tarde, el activista descubrió que el niño había aprendido a reprimir sus emociones cuando, estando en la fábrica, empezó a llorar y su inhumano patrón lo golpeó.

Entonces, si el trabajo forzado y la esclavitud corrompe tanto a los niños, ¿por qué existe? Satyarthi responde:

“[Los niños] trabajan en condiciones inhumanas sin chistar. A diferencia de los adultos, los niños no forman sindicatos que ejerzan presión sobre los patrones. Es fácil coaccionarlos para que trabajen largas horas, incluso por la noche, a cambio de muy poco dinero, si no es que sin pago alguno. A menudo se ha observado que a los niños trabajadores se les trata como objetos inanimados y se les obliga a vivir en los mismos talleres en que trabajan”.

(Satyarthi, 2019, p. 47).

Pero quizá la principal razón de ser del trabajo forzado y la esclavitud infantil sea la pobreza. Muchas personas piensan que los niños que trabajan ayudan a sus padres a solventar los gastos, pero la realidad, de acuerdo con Satyarthi, es que los niños rara vez reciben un pago; lo único que se les da a los padres es un anticipo de entre 500 y 1,000 rupias (entre 6 y 13 dólares). En todo caso, si los padres reciben dinero, algunas veces se lo gastan en alcohol mientras sus hijos son esclavizados.

Ilustración por @atole.de.mazapan

Lo que me gusta no sólo de este libro sino también del método de Satyarthi para acabar con la explotación infantil es su visión, ya que para él, salvar a la infancia no equivale solamente a rescatar niños de fábricas o canteras (acción que ya es sumamente loable por sí sola); salvar a la infancia es construir un entorno favorable para ellos. Por eso, el Movimiento Salvemos a la Infancia ha creado las aldeas favorables a la infancia o Bal Mitra Gram. Estas aldeas, que se centran en permitir el desarrollo infantil con un carácter democrático, tienen varios principios, por ejemplo, el prohibir que los niños sean empleados, traficados o que estén casados, que los niños reciban una educación sustanciosa y de calidad o que formen Bal Panchayat (consejos infantiles) reconocidos por el Gram Panchayat (el consejo general de la aldea). En Salvemos a la infancia se narran muchas historias de éxito y de liberación en las Bal Mitra Gram, por ejemplo, cómo se logró impedir la boda forzada de una pequeña que después inspiró a más niñas de su aldea a asistir a la escuela o cómo los vecinos de otra aldea se organizaron, liderados por los niños, para exigir agua potable o caminos seguros y dignos.

Hay que decir que Salvemos a la infancia está escrito en clave de ensayo o de “no ficción”, pero en realidad es mucho más que eso: este libro apunta hacia una realidad concreta que está sucediendo en estos momentos, en la India y en muchos países más, como México. Por eso, mientras lo leía recordaba una frase de María Teresa Andruetto (2014): “Leer a la luz de un problema es dejarse atravesar por un texto” (p. 88). Yo diría que también es dejar que el texto haga crujir el suelo bajo nuestros pies para tambalearnos y agujerear el pensamiento que creemos sólido y llano en nuestra mente. En este caso, Salvemos a la infancia nos confronta con el trabajo infantil y con lo poco que sabemos sobre él, a pesar de que somos sus cómplices al consumir fast-fashion, por ejemplo.

Entonces, al confrontarme con el trabajo infantil en la India, me di cuenta de que no sabía nada sobre la misma situación en México, el país de donde soy, en donde vivo y desde el que les escribo esto. Así que decidí investigar algunos datos, a pesar de que el trabajo infantil en México se ve todos los días: basta con salir a comer a un restaurante para encontrarse con niños que venden dulces, flores o cigarros. Lo que descubrí me sorprendió: de acuerdo con Save the Children México (2020), en nuestro país hay 3.2 millones de niños de 5 a 17 años trabajando en actividades económicas no permitidas o en quehaceres domésticos.

Ahora, con la pandemia provocada por el SARS-Cov-2, la situación de los niños se ha endurecido. A todos nos afecta, de alguna u otra manera, el aislamiento social, pero para los niños, la socialización es crucial, así como la educación presencial en la escuela. La ansiedad y la depresión en niños y adolescentes ha ido en aumento, tanto, que se habla de que esas enfermedades son “la otra pandemia”, o la pandemia “silenciosa”; sé de alguien cuyo hijo pequeño se puso a llorar un día porque extrañaba a su mejor amigo. Pero algo que me parece todavía más preocupante es la deserción escolar.

De acuerdo con datos de Save the Children México (2021), “tan solo en el ciclo 2020-2021 se calculó una disminución del 10% en la matrícula escolar de nivel básico, de los cuales, casi 1 millón y medio son niñas y adolescentes mujeres”. De estas niñas y adolescentes, muchas se verán obligadas a ayudar con las labores domésticas o a cuidar de otros familiares que estén en casa, lo que necesariamente reducirá su tiempo para jugar; además, el hecho de que no asistan a la escuela mermará significativamente su futuro y sus oportunidades laborales, lo que hará inmensamente más arduo un camino de por sí agreste, debido a toda la discriminación y violencia que sufrimos las mujeres en México.

Ilustración por @atole.de.mazapan

Por supuesto, la pandemia también obligará a muchos niños a trabajar, específicamente, a 2.5 millones, según datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) (Ortega, 2021). Al perder sus ingresos económicos, muchas familias se ven orilladas a echar mano de todos los recursos, sin importar si deben sacrificar la infancia de sus hijos. Y así, volvemos al círculo vicioso del trabajo infantil y la pobreza del que hablaba Satyarthi, ya que la Organización Internacional del Trabajo calcula que “por cada punto porcentual adicional de pobreza adulta, el trabajo infantil aumenta 0.7 por ciento” (citado por Ortega, 2021, párr. 2). En México, se estima que la pobreza aumentará “entre 7.2 y 7.9 puntos porcentuales derivado de la pandemia” (Ortega, 2021, párr. 3).

Como mencionaba en párrafos anteriores, las lesiones físicas y psicológicas tarde o temprano acompañan al trabajo infantil; de hecho, Satyarthi dice que los niños trabajadores de hoy son los adultos discapacitados de mañana, y gastarán buena parte de sus recursos en atención médica (y, probablemente, se les dificultará o imposibilitará trabajar en su adultez). Sin embargo, me pregunto cuáles serán las secuelas, sobre todo psicológicas, de los niños mexicanos que abandonen los estudios por la pandemia y empiecen a trabajar. Me parece que no es exagerado decir que estas secuelas marcarán a toda una generación que creció en una etapa ya de por sí atacada por enfermedades como la depresión y la ansiedad y a la que se le agrega el aislamiento por el coronavirus. Los niños están en riesgo de perder su infancia debido al trabajo, la esclavitud, la falta de educación y la crisis sanitaria general que afecta a México, y no debemos permitirlo. El tiempo no regresa.

Para frenar este problema, Kailash Satyarthi propone algunas alternativas que, me parece, se pueden traer a México. Sin duda, la educación para todos es una de ellas, pero aquí la clave no es solamente elegir no mandar a los niños a trabajar en lugar de estudiar (sé que eso puede ser complicado para algunas familias), sino darle el voto al candidato que proponga políticas públicas claras y bien estructuradas para brindarles una sociedad mejor a los niños en el tema educativo pero también, por ejemplo, en cuestiones de salud y seguridad. Desde mi punto de vista, la escuela debería ser la institución que nos ofrezca igualdad, sin importar de qué clase social venimos.

Otra alternativa es hacernos conscientes acerca de quién produce y cómo se produce lo que consumimos. Uno de los logros del Movimiento Salvemos a la Infancia ha sido crear la etiqueta Good Weave en alfombras producidas en India que se exportan a otros países. La presencia de esta etiqueta garantiza que no se utilizó mano de obra infantil en la fabricación de las alfombras. Así, los consumidores conscientes del problema del trabajo y la esclavitud infantil pueden elegir comprar sólo alfombras que porten esta etiqueta. Además, podemos negarnos a comprar fast-fashion o, como sugiere Satyarthi en su libro, no recibir cortesías (ni siquiera un vaso de agua) de un niño que trabaje limpiando la casa de nuestros amigos. Otras alternativas pueden ser donar a través de Save the Children a la causa que más nos preocupe, ya sea trabajo infantil, migración o abuso sexual.

Para terminar, libros como Salvemos a la infancia nos permiten tomar en serio los problemas de los niños. Los niños ni son tontos que no comprenden la realidad ni son adultos en miniatura: son personas que pueden sufrir estrés, tristeza o rabia por todo lo que pasa a su alrededor, y hay que trabajar para construir un mundo mejor para ellos, aunque esto suene romántico. Creo que esa fue una de las razones por las que decidí hacer una reseña de Salvemos a la infancia en mi blog, porque no se puede escribir buena literatura infantil si continuamos subestimando a los niños y si no conocemos sus problemas, sus preocupaciones o sus dificultades sociales.

Tal vez alguien piense que lo que podemos hacer para cambiar esta situación no sea mucho, porque “una golondrina no hace el verano”. Y es verdad, una golondrina no hace el verano, pero esa única golondrina, posada en la rama de un árbol, cantando sola, está haciendo su parte.

Para preguntar en la librería:

Salvemos a la infancia

Kailash Satyarthi

México, Grano de sal, 2019.

O léelo en Bookmate siguiendo este enlace:

https://es.bookmate.com/books/EOQN2TEP

Y para el lector curioso:

Andruetto, M. T. (2014). La lectura, otra revolución. México: Fondo de Cultura Económica.

Ortega, E. (17 de febrero de 2021). Prevén que el COVID “empuje” a 2.5 millones de niños a trabajar. El Financiero. Disponible en: https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/preven-que-el-covid-empuje-a-2-5-millones-de-ninos-a-trabajar

Save the Children. (11 de junio de 2020). Organizaciones de la sociedad civil hacen un llamado a incrementar los esfuerzos para prevenir y erradicar el trabajo infantil y sus peores formas. Disponible en: https://www.savethechildren.mx/enterate/noticias/erradicar-el-trabajo-infantil

Save the Children. (4 de marzo de 2021). Niñas y adolescentes en México, más vulnerables que nunca a un año de la pandemia por Covid-19. Disponible en: https://www.savethechildren.mx/enterate/noticias/mas-vulnerables-que-nunca

Pinocho, una vez más

Pinocho es un clásico. Eso significa (entre muchas otras cosas) que es un libro del que se habla mucho sin necesariamente haberlo leído.

Para los italianos, Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi ha existido siempre, y los niños lo leen antes del Abecedario, según Italo Calvino. En ese mismo ensayo,[1] Calvino comenta lo extraño que es que se cumplan cien años de la publicación de este libro, pues ¿podemos imaginarnos un Pinocho de cien años? No lo creo, porque Pinocho no envejece: después de los casi 140 años y las miles de ediciones de esta novela (en italiano y en otros idiomas), el títere de madera se renueva cada vez, y cada vez tenemos una lectura distinta.

En Por qué leer los clásicos, Calvino dice que los clásicos son libros acerca de los cuales la gente suele comentar que los está releyendo, no leyendo por primera vez.En honor a esa observación, esta entrada trata sobre mi relectura de Pinocho. Hace varios años leí Las aventuras de Pinocho por primera vez, en una edición de la Secretaría de Cultura. En ese primer encuentro, el títere me cayó mal. Recuerdo haber pensado lo molesto que era que las cosas nunca le salieran bien, que se regocijara en su papel de víctima y que molestara y se aprovechara tanto de Geppetto. Pero hace unos meses, en la relectura, sentí compasión por él; en buena medida, tal vez las ilustraciones de Gabriel Pacheco, que acompañan la edición de Nostra, me ayudaron a sentir esa compasión.

Pienso que las ilustraciones de obras clásicas revitalizan una característica inherente de este tipo de libros: la posibilidad de leerlos desde otra perspectiva. En este caso, Gabriel Pacheco dibuja a Pinocho con mucho movimiento en las extremidades; tiene que hacerlo así porque, desde luego, se trata de un títere, pero esto también alude al desgarbo, a la despreocupación y a la excesiva libertad del muñeco. Por ejemplo, cuando Pinocho sufre un accidente o cuando corre o salta de alegría, sus piernas y brazos parecen elevarse, flotar en el aire, lo que le da una sensación vivaz (aunque la energía que impulsa sus deseos lo mete en problemas).

Ilustración de Pinocho por Gabriel Pacheco (2016).

En algunas páginas del Pinocho ilustrado por Gabriel Pacheco creo adivinar los pensamientos del títere. Por ejemplo, en una de mis escenas favoritas, cuando el Gato y la Zorra (los “asesinos”) cuelgan a Pinocho de la Encina Grande y lo dejan ahí toda la noche, el rostro del muñeco parece decir “¡Más me valdría haber ido a la escuela!” Justamente, esta ambigüedad en las actitudes de Pinocho, que se debate entre ir a la escuela, ser bueno con su padre y aprender el abecedario, e ir al País de los Juguetes para sólo divertirse y jugar es lo que lo mantiene vivo, a más de cien años de su publicación.

De nuevo, Italo Calvino, en Por qué leer los clásicos (un ensayo que parece ser mi faro en este texto) dice que “Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad” (2015, p. 4). Ya sea por Disney, por la cultura popular o porque conocemos (de oídas, justamente) la historia básica de Pinocho (un títere de madera que quiere ser un niño de verdad), creemos que lo conocemos. Pero luego, cuando finalmente leemos el libro, resulta que hay escenas dignas de los mejores cuentos fantásticos, como el primer diálogo entre Pinocho y la Niña de los cabellos turquesa, que sucede cuando el muñeco llega a la casa de la Niña y esta le dice:

– En esta casa no hay nadie. Todos están muertos.

– ¡Al menos ábreme tú! – gritó Pinocho gimoteando y clamando.

– Yo también estoy muerta.

– ¿Muerta? Y, entonces, ¿qué haces en la ventana?

– Espero el ataúd que vendrá por mí.

(Collodi, 2016, p. 76).

 Los tres médicos que atienden a Pinocho: el Cuervo, el Tecolote y el Grillo-parlante o los enterradores, cuatro conejos enormes, negros, que llevan un ataúd a cuestas para enterrar a Pinocho si no se toma su medicina son también personajes fantásticos. Y cómo olvidar al cochero de la carroza que va al País de los Juguetes:

Un hombrecito más ancho que alto, tierno y untuoso como una barra de mantequilla, con carita de manzana, una boquita siempre sonriente y una voz sutil y acariciante, como la de un gato que se acoge al buen corazón del ama de casa.

(Collodi, 2016, p. 164).

Si la descripción del cochero ya es inquietante por sí sola, la ilustración de Gabriel Pacheco la vuelve aún más perturbadora: el fondo oscuro, el coche cargado de niños díscolos y ansiosos por llegar al País de los Juguetes, los burritos resignados que tiran del carro y la duda en el rostro de Pinocho convierten la escena en algo salido de un sueño, pero un sueño ambiguo, pues todavía no sabemos si es una pesadilla o no. Esa es la duda de Pinocho, porque, por un lado, quiere ir al País de los Juguetes, pero también se pregunta qué le dirá el Hada si se va.

Ilustración de Pinocho por Gabriel Pacheco (2016).

Otra de las maravillas que nos ofrece la edición de Nostra es la traducción y prólogo de Felipe Garrido, un escritor que también cuenta con mucha experiencia en la promoción de la lectura. En el prólogo, Garrido insiste en la ambigüedad de Pinocho y dice algo que no hay que pasar por alto cuando se habla de este libro: “Pinocho es una obra moralista y por eso muchos sinceramente la aprecian […] Pinocho está del lado de los padres y los maestros” pero, a la vez, “Pinocho está del lado de los desbocados impulsos de independencia y desobediencia que proyectan a los niños y los jóvenes hacia el futuro. Pinocho está del lado de los niños y los adolescentes y los viejos y los adultos que conservan ese espíritu de disidencia y de lucha” (Garrido, 2016, p. 12). Si queremos ponernos simbólicos, el Pinocho de madera es el que está del lado de los niños, el desobediente, burlón, juguetón y caprichoso, y el Pinocho de carne y hueso es el que está del lado de los adultos, el que se levanta temprano para ayudar a su padre y se esmera en aprender a leer y escribir.

Sin embargo, esta no es una visión maniquea, porque, como escribe Garrido, Pinocho le habla a los adultos que conservan un espíritu rebelde; es decir, las personas no siempre somos seres racionales, completamente de carne y hueso, sino que a veces coqueteamos con la idea de ser “de madera”, de estar incompletos y de ser un poquito irresponsables. Me pregunto si el buen muchacho en que se convierte Pinocho al final del libro no cae en el vicio de tener una cabeza de madera de vez en cuando.

Si es cierto lo que anota Calvino en Por qué leer los clásicos, seguramente Las aventuras de Pinocho seguirá sacudiéndose de encima las críticas literarias que pretenden interpretarlo, y vaya que serán muchas, porque, no importa cuánto tiempo pase, estoy segura de que seguiremos leyendo este libro desde diferentes perspectivas. Y así, Las aventuras de Pinocho será no sólo un clásico de la literatura general, sino también un clásico personal de los lectores.

Para preguntar en la librería:

Las aventuras de Pinocho

Carlo Collodi (texto), Felipe Garrido (traducción y prólogo) & Gabriel Pacheco (ilustraciones)

México, Nostra, 2016.

Y para el lector curioso:

Calvino, I. (2015). Por qué leer los clásicos. Madrid: Siruela.


[1] Pinocho o las andanzas de un títere de madera (1982), El correo de la Unesco, (6), pp. 11-14.

All I want for Christmas is books

El Carrito Rojo navideño corre presuroso llevando consigo algunas ideas de regalos para el lector curioso. ¡Ay, ay, ay, qué alegre va!

Un box set de libros. Los box sets de libros son cajas que recopilan obras destacadas de cierto autor, género o época. También puedes encontrar todos los libros de una serie o saga reunidos en una misma caja. Creo que es un excelente regalo si conoces el autor o género favorito de la persona a quien le vas a obsequiar algo. En esta lista hay algunas de mis opciones favoritas:

La saga completa de Harry Potter en inglés (puedes encontrarla en Gandhi aquí). Quizá a estas alturas todos hemos leído ya Harry Potter, pero leerlo en su idioma original puede ser una experiencia muy grata para los potterheads.

Estas preciosas ediciones de Winnie Pooh también en inglés, con ilustraciones de Ernest H. Shepard. Disponibles en El Péndulo, una de mis librerías favoritas.

Considera este box set de Neil Gaiman para un fanático de este increíble autor. ¡Incluye Coraline!

¿Qué tal si sorprendes a un lector con un flipbook? Hablamos de ellos en esta entrada. La colección que yo tengo de Penguin, que incluye Heidi, Anne of Green Gables y A Little Princess está en este link de Amazon.

Y para los que compartan mi obsesión, fanatismo y devoción por Roald Dahl, he aquí un box set con ¡QUINCE! obras del autor en inglés.

Un Kindle. El mundo está dividido entre los que defienden la lectura en papel (yo me incluyo en ese bando) y los que prefieren los e-books. Aun así, reconozco que la lectura en formato digital tiene muchas ventajas, sobre todo en un sentido práctico: llevas muchos libros en un solo dispositivo y tienes acceso casi inmediato a libros de todos los géneros. Entonces, si se quieren poner espléndidos, podrían regalar el Kindle Oasis con luz cálida ajustable que es resistente al agua y se puede leer dentro de la tina o alberca junto con una copa de vino y además, tiene luz cálida ajustable. Sigan este link. Una opción más económica es el E-reader Kindle. Y ya si van a hacer el gasto, también hay fundas para Kindle muy bonitas, como esta de El Principito o la de la Noche estrellada de Van Gogh.

El león de la Biblioteca Pública de Nueva York (no sé si es Patience o Fortitude) nos desea una feliz Navidad.

Un set de escritura. Si el lector que recibirá tu regalo también es escritor, seguro le encantará alguna de las ya clásicas libretas Moleskine. Hay muchísimos modelos; por ejemplo, la Moleskine Dropbox Smart Notebook, para escritores o artistas a quienes les gusta trabajar a mano pero no desprecian la tecnología y el almacenamiento en la nube. Aunque si prefieres las Moleskine clásicas, hay algunos diseños muy interesantes, como esta de Peter Pan.

Además de la Moleskine, puedes completar el set de escritura con plumas, lápices, señaladores, juegos de sellos, washi tapes con diseños lindos, tazas, juguetes o muñecos de personajes de libros. Para esto, El Péndulo tiene una tienda muy bonita de artículos de papelería.

Un póster de la obra de algún ilustrador. En el blog no hemos hablado tanto de ilustradores o de libros ilustrados, pero definitivamente es algo que me fascina cada vez más. De hecho, tengo el propósito de conseguir alguna ilustración bonita, enmarcarla y colgarla en mi estudio o en el pasillo de mi departamento. Luego se me ocurrió que ese podría ser un gran regalo: un póster del mapa de la Tierra Media o de Terramar para un lector de Tolkien o de Ursula K. Le Guin (o de los dos, ¿por qué no?).

Una suscripción a un sitio como Bookmate. La publicidad dice que Bookmate es “el Netflix de los libros”. La suscripción por un año cuesta $790 MXN y con ella tienes acceso a libros, cómics y audiolibros (la verdad, no sé qué tan cómodo sea leer un cómic en línea, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión). Entre la LIJ que hay en Bookmate está Las aventuras del mono Pipí de Carlo Collodi, Peter Pan y Wendy de J.M. Barrie, Se vende mamá de Care Santos o El dragón blanco y otros personajes olvidados de Alfonso Córdova e ilustraciones de Riki Blanco (¡este último me encanta!).

¡Felices fiestas! Ya pasó este año tan difícil y tan raro para todos, pero a pesar de todo, yo seguí escribiendo y hasta hice un podcast (ya saben que el mundo no se acaba hasta que se acaba). Espero que el siguiente año traiga más libros, más literatura infantil y más oportunidades de compartir lo que escribo con mis lectores, porque (como les he dicho antes) esa es mi verdadera motivación.

¡Cumplimos un año!

¡Y lo celebramos con una nueva ilustración de portada y… un podcast!

No creí que podía llegar tan lejos con el blog. Pero aquí estamos, un año después.

Seguro ya notaron la nueva ilustración de portada que me hizo Pedro Hace (¡síganlo en Instagram!: @pedrohace). Qué les digo, me fascinó desde que Pedro me envió las primeras pruebas. Hay algunos mensajes ocultos en la ilustración; por ejemplo, habrán visto el sombrero de The Cat in the Hat de Dr. Seuss, pero hay muchos más “huevos de Pascua” que todavía no les revelaré. Como dicen en Peter Pan: esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

El chisme de esta ocasión es que ¡saqué un podcast! Se llama Estéreo, y está disponible en Anchor. Allá seguimos hablando de literatura para niños, y ahora le tocó el turno a un autor que leí especialmente para el aniversario: David Walliams. Los críticos dicen que se parece mucho a Roald Dahl, y ¿recuerdan cuál fue la entrada con la que inauguré El Carrito Rojo? Exactamente, ¡la crónica de mi visita al Roald Dahl Museum! Es decir, volvemos (casi) al mismo punto.

¡Escucha Estéreo dando clic aquí!

¡Pero esperen! Antes de que se vayan, quiero decirles gracias. A todos mis lectores: ¡muchas gracias! Para mí es inmensamente satisfactorio saber que alguien me lee, y no precisamente porque quiera que me halaguen, sino para iniciar una conversación. Me motiva mucho, y me motiva todos los días, que alguien me diga que también le cantaban “Los cinco alpinos”, o que gracias a tal o cual entrada, recordó su infancia y el libro favorito de su mamá. También me encanta que me pidan recomendaciones de libros infantiles para leerles a sus hijos o sobrinos.

¡Por un año más a bordo de El Carrito Rojo!

Los libros en la maleta

Parece increíble que en pleno siglo XXI se invente un nuevo formato de libro. Más increíble aún es que se trate de un nuevo formato de libro físico. Y todavía más asombroso es que alguien haya inventado y patentado un nuevo formato de libro físico para imprimir la Biblia.

Pero justamente eso fue lo que pasó en 2009, cuando la editorial neerlandesa Royal Jongbloed inventó los dwarsligger, libros cuya novedad consiste en imprimir el texto de forma paralela al lomo en tomos que miden, generalmente, 8 x 12 cm. Esto obliga a utilizar un tipo de papel muy fino, llamado papel biblia, y a cuidar mucho la encuadernación para que el libro no se deshaga, pero también hace que el libro sea ideal para llevar a todas partes, porque cabe en cualquier bolsa o bolsillo de pantalón o chamarra; además, como clama la propia Royal Jongbloed, estos libros se pueden leer con una mano.

El concepto ha sido exportado a países como España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. En 2010, Ediciones B publicó sus “Librinos” con este formato e incluyó títulos como Entrevista con el vampiro de Anne Rice, El psicoanalista de John Katzenbach y El círculo mágico de Katherine Neville.

Más recientemente, en 2018, Penguin publicó un set de libros de John Green con este formato, que incluye The Fault in Our Stars, Paper Towns, An Abundance of Katherines[1] y Looking for Alaska. Y en 2019 lanzaron The Puffin in Bloom, una colección de tres dwarsligger que incluyen los clásicos Heidi de Johanna Spyri, Anne of Green Gables de Lucy Maud Montgomeryy A Little Princess de Frances Hodgson Burnett.

En la Feria del Libro de Frankfurt, durante la presentación de los dwarsligger, uno de los editores rememoró las palabras de Neil Armstrong, “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Comparto su emoción: por supuesto que un nuevo formato de libro físico es un evento retador tanto para editores como para lectores; sobre todo si se trata de un diseño que imita el scroll que hacemos cuando leemos tuits o un documento en PDF. Sin embargo, todo libro tiene un lector ideal y, en ese caso, ¿cuáles son los lectores ideales de los dwarsligger?

Para responder esa pregunta, hay que tomar en cuenta que estos libros (en especial los editados por Penguin) se pueden encontrar en Wal-Mart, Target o en tiendas de diseño y decoración. Su formato, como ya dijimos, permite que se lleven a todas partes, en el bolso o en la maleta de mano. Naturalmente, los textos más adecuados para editarse así son los libros de viajes, como la Guía de la Tierra Santa de la editorial Verbo Divino, que une dos géneros: el bíblico y el propio del turismo. Imagino al lector ideal en el aeropuerto, rumbo a Tierra Santa, curioseando en las librerías y comprando esa guía. Luego, este viajero llegará al Monte Sinaí o al Río Jordán con su guía en el bolsillo del pantalón, que sacará después, en algún café cercano, para leer… ¿un salmo? ¿O curiosidades sobre el lugar que visita? Los dwarsligger pueden cubrir ambas necesidades.

Pero el viajero religioso también comparte el gusto por los dwarsligger con el adolescente apasionado, en especial si este es fanático de John Green. No obstante, el que este joven sea fan del autor de Bajo la misma estrella implica que ya ha leído sus libros y que, incluso, ya los tiene. ¿Para qué querría las mismas ediciones en un formato de 8 x 12 cm?

“La gente joven todavía está aprendiendo cómo le gusta leer”, dice Green. “[El dwarsligger] está más cerca de la experiencia con un celular que los libros normales, pero es mucho más cercano a un libro que a un celular. El problema de leer en un teléfono móvil es que este también hace muchas otras cosas”.[2]

Es verdad: aunque el formato imita el scroll que hacemos en una pantalla, esta experiencia no está emparentada con leer un PDF, por ejemplo: al fin y al cabo, seguimos leyendo en un soporte constituido por papel y cartulina. No parece que la razón por la cual los jóvenes eligen los flipbooks (el término en inglés para dwarsligger) sea el que estos se asemejen a la experiencia de leer e-books.

Creo que los lectores de John Green vuelven a comprar (no sé si releen) Looking for Alaska en flipbook justamente porque es un libro que ya conocen y que ya les gusta. Por eso mismo, quieren volver a tener esos libros, que atesoran y guardan en un lugar especial en su corazón (es bien conocida la enorme cantidad de lectores y fans que posee John Green, sobre todo en booktube). Como buenos fans, querrán tener toda la parafernalia, todos los libros y todos los objetos alusivos a su autor favorito.

Ahí radica, también, la decisión editorial de Julie Strauss-Gabel, presidenta y editora de Dutton Books for Young Readers (parte de Penguin Random House): les ofrece a los jóvenes lectores algo conocido y amado en un formato nuevo para que la experiencia no resulte demasiado atemorizante. Y también, hay que decirlo, para asegurar las ventas.[3]

Las guías de viaje y los bestsellers son, digamos, los géneros “naturales” para editarse en formato dwarsligger, aunque también podemos encontrar clásicos, como los de la colección The Puffin in Bloom o Emma de Jane Austen, publicada por Hodder & Stoughton en el Reino Unido. ¿Por qué se eligen clásicos y por qué, precisamente, esos? Creo que la razón es muy similar a la que llevó a Strauss-Gabel a publicar así los libros de John Green: porque el público ya los conoce, de alguna u otra manera. De los tres clásicos que conforman la colección The Puffin in Bloom, quizá Heidi sea el más conocido a nivel mundial, gracias al manga japonés; los otros dos tomos, Anne of Green Gables y A Little Princess quizá son más conocidos en el mundo anglosajón, pero no descarto que cada vez más lectores se acerquen a ellos debido a la serie de Netflix Anne with an E, basada en la obra de Lucy Maud Montgomery, y a la película de 1995 llamada también A Little Princess.

Además de ser clásicos “poco intimidantes”, por llamarlos de algún modo, pues no son tan complejos como la obra de Shakespeare o de Proust, son populares: la gente ya los tiene y quizá, con un poco de suerte, ya los ha leído. A veces, los clásicos se vuelven tan entrañables que el lector quisiera llevarlos en el bolsillo por siempre, a través de fronteras geográficas y temporales, para formar con ellos una biblioteca personal e íntima que, sin duda, salvaría del fuego. Yo, a veces, me encuentro con libros que se vuelven fundamentales en mi vida, tanto, que siento que me los quiero tatuar. Ese mismo sentimiento de apego es el que me provocan los dwarsligger.

En cuanto a los dwarsligger en México, encontré que Ediciones B evaluó la posibilidad de traer sus Librinos a nuestro país en 2010, cuando publicaron sus primeros ejemplares. Desgraciadamente, los Librinos fracasaron en España debido, sobre todo, a los precios: mientras los libros de bolsillo cuestan entre 7 y 8 euros, los Librinos rondan los 10. ¿Correrían la misma suerte en México? ¿Vale la pena lanzar un nuevo formato de libro en un país con un nivel de lectura bajísimo? Si pensamos racionalmente, podríamos contestar que lo más sensato sería no publicar dwarsligger en México si queremos evitar un fracaso de ventas. Ni hablar de publicarlos durante esta pandemia, que tiene a muchas editoriales independientes al borde de la supervivencia. Sin embargo, luego pienso en la gente que tiene que recorrer distancias largas en metro o metrobús (haya pandemia o no) y que lee un libro en el trayecto. ¿No serían los dwarsligger una buena opción para esos casos? Quizá estoy soñando con un mundo ideal de lectores, pero creo que tenemos derecho a que las editoriales nos ofrezcan opciones que llamen la atención de la gente y la vayan convirtiendo, poco a poco, en lectora. Cómo hacer que las personas, sean niños, jóvenes o adultos, elijan leer entre todas las opciones que tienen para pasar su tiempo libre es la gran tarea pendiente de la promoción de la lectura y de otros agentes implicados en el proceso lector, desde la familia hasta la escuela.


[1] Los editores comentan que fue especialmente difícil adaptar An Abundance of Katherines a este formato, porque el texto incluye notas a pie de página y ecuaciones.

[2] La traducción es mía.

[3] En 2018, Penguin imprimió un tiraje de 500,000 copias de las obras de Green en flipbook. Desgraciadamente, no encontré cuántos ejemplares se han vendido desde entonces.

¿Por qué escribir para niños?

No tengo que contarles que esta pandemia ha sido extraña y horrible para todos.

Antes de vivir algo como esto, yo creía que el mejor lugar para escribir era dentro de una cabaña en invierno, con una chimenea encendida y todo el tiempo libre en mis manos. Ahora no tengo una cabaña, pero afuera sí hay una tormenta que nos impide salir, y a pesar de eso, no he escrito tanto como pensé que lo haría en mi fantasía de nieve.

Así que, un poco para aliviar el sentimiento de culpa que me produce no escribir y un poco para ceder a la cosquilla creativa, se me ocurrió esta entrada, basada en la pregunta “¿por qué escribir para niños?” Para responderla, voy a convocar a autores del mundo de la LIJ, ya que he notado que no hay nada mejor que escuchar voces que nos den razones para seguir haciendo lo que hacemos, a pesar de los tiempos difíciles. Y los tiempos siempre son difíciles.

¿Por qué escribir libros para niños?

“Hay quinientas razones sobre por qué empecé a escribir para niños, pero para ahorrar tiempo mencionaré sólo diez”, dice Isaac Bashevis Singer, autor de obras para niños y para adultos. Estas diez razones son:

Número 1) Los niños leen libros, no reseñas. Les importan un pepino las críticas. Número 2) Los niños no leen para encontrar su identidad. Número 3) No leen para liberarse de la culpa, para saciar la sed de rebelión o para deshacerse de la alienación. Número 4) No les sirve la psicología. Número 5) Detestan la sociología. Número 6) No tratan de entender a Kafka o Finnegans Wake. Número 7) Siguen creyendo en Dios, en la familia, en los ángeles, en demonios, brujas, duendes, en la lógica, en la claridad, en la puntuación y otras cosas obsoletas. Número 8) Aman las historias interesantes, no los comentarios, guías o notas a pie de página. Número 9) Si un libro es aburrido, bostezan abiertamente, sin ninguna vergüenza o miedo a la autoridad. Número 10) No esperan que su querido autor redima a la humanidad. Jóvenes como son, saben que no está en su poder. Sólo los adultos tienen ilusiones tan infantiles. [1]

El decálogo de Isaac Bashevis Singer evoca una forma de leer (y también una forma de escribir) que yo calificaría como inocente. Es decir, pareciera que el autor de Satán en Goray sólo escribe por el placer de escribir, así como los niños leen por el placer de leer: sin reseñas, sin notas a pie de página y sin buscar otra cosa que una historia verdaderamente entrañable que los mantenga soñando despiertos. Escribir y leer sólo por el placer de hacerlo es una forma de libertad y también una forma de felicidad, una “felicidad desesperada”, como dice el filósofo André Comte-Sponville.

Sobre esta libertad, Michael Ende dice:

El impulso verdadero, real, que me mueve mientras escribo es el placer del juego, libre y espontáneo, de la imaginación.

El autor de Momo continúa diciendo que, en el juego de la creación, lo único verdaderamente importante es el placer de dejarse llevar por el mundo que se está creando, sin tomar en cuenta normas moralizantes. Muchas veces, ni el mismo Michael Ende sabe cómo terminará lo que está escribiendo, pero no importa, porque eso es parte de la aventura de escribir.

Michael Ende

La escritora franco-australiana Sophie Masson señala que la pregunta “¿por qué escribes para niños?” conlleva, de manera muy sutil, el prejuicio de que escribir para niños es menos valioso que escribir para adultos. Pero, sigue Sophie, si tuviera que contestar, diría que:

Con la literatura para niños puedo escribir muchos más tipos diferentes de libros que con la literatura para adultos, donde uno tiende a encasillarse más. Puedo atacar todo tipo de géneros, periodos o historias: los editores de libros infantiles están abiertos a todas las ideas. [2]

Las afirmaciones de Sophie Masson (a quien ya muero por leer) me recordaron a una de mis autoras favoritas, Katherine Paterson, quien puede escribir una historia como La gran Gilly Hopkins (de la que ya hablamos aquí), pero también puede llevarnos hasta Japón para conocer la tradición milenaria de las marionetas o incluso hasta Terabithia. Autoras como ella me recuerdan que no porque uno escriba para niños debe exigirse menos rigor técnico y artístico (Katherine Paterson viajó a Japón para escribir El maestro de las marionetas).

Sophie Masson no lo menciona, pero los autores de LIJ también pueden atacar todo tipo de formatos, soportes y técnicas artísticas. Recuerdo lo que leí hace mucho tiempo, en algún texto teórico (no recuerdo el título, pero estoy segura de que estaba relacionado con la teoría de los polisistemas, de Zohar): la LIJ ha estado, por mucho tiempo, en la periferia, pero justamente porque está en la periferia ha podido jugar con mil maneras de contar una historia, no solamente con palabras, sino también con ilustraciones, collages, fotografías, libros en formato pop-up, hipermedia, transmedia, y muchos otros recursos que, por fuerza, se me escapan. Eso, aunado a lo que dice Michael Ende y Bashevis Singer, también es una forma de libertad.

Por último, la creadora de Pippi Calzaslargas, Astrid Lindgren, relaciona la pregunta “¿por qué escribes para niños?” con otra cuestión igual de interesante: ¿necesitamos libros para niños?:

Algunas personas ‘razonables’ han expresado la opinión de que no, nadie debería escribir libros especialmente para niños. Los niños deberían ir directamente a los clásicos. Presumiblemente, los que creen esto no se han topado con niños o con clásicos para niños por un largo tiempo.

Tal vez en nuestro país haya dos o tres sobresalientes niños genio que (sin ninguna preparación previa) puedan entender La isla del tesoro o Robinson Crusoe, pero los niños promedio necesitan empezar con otros libros para que puedan aprender el gusto por la lectura. [3]

Astrid Lindgren

Además, Lindgren agrega que la idea de que los niños pequeños pueden leer clásicos prácticamente sin ayuda es otra de las ilusiones infantiles de los adultos de las que habla Bashevis Singer.

Sin embargo, creo que todos estos autores de libros para niños (y otros de igual nivel artístico) escriben pensando no tanto en un modelo de lector, sino en ellos mismos como lectores, y como los lectores que eran de niños. Porque cuando uno lee siendo niño, lo único que existe es el mundo de la ficción, al contrario de la forma de leer “adulta”, donde uno es más consciente de tener que llenar los vacíos de la narración para construir un significado. Ello, por supuesto, no quiere decir que los libros para niños no tengan espacios vacíos para extraer algo más profundo de lo dicho en el texto; por supuesto que los tiene, y los niños, de hecho, los intuyen, saben que están ahí, pero este proceso de “llenar los vacíos” no es tan consciente como cuando uno es adulto.

Entonces, ¿por qué escribir libros para niños? ¿Simplemente por el placer de hacerlo? Sí. Y por quinientas razones más, claro, pero también por la adrenalina que da la creatividad, por la emoción de crear un jardín (pero en donde los sapos sean reales, dice Margaret Atwood) y para saber que el arte es una necesidad humana. En tiempos de pandemia no se necesitan muchas razones más.


[1] La traducción es mía.

[2] La traducción es mía.

[3] La traducción es mía.

Al norte del futuro, en un invierno perpetuo, hay un jardín…

En este blog he hablado bastante sobre literatura para niños y jóvenes, pero aún no he dicho por qué vale la pena hablar de ella. Y más todavía: por qué deberíamos leerla (o leérsela a los niños), cuestionarla, explorarla, contemplarla, ponerla de cabeza, al fin.

A veces pienso que la literatura para niños se siente diferente a la literatura “general”. Me refiero a que tengo sentimientos diferentes cuando veo mi librero de literatura general y cuando veo el de LIJ; este último, por cierto, me parece más bonito, más colorido y más emocionante. No es que desprecie la literatura general, pero con la LIJ yo siento una pasión especial que, supongo, se deriva de las cosas que he aprendido de ella.

Con la literatura infantil me siento retada constantemente. Es cierto que no leemos el mismo libro dos veces, sobre todo cuando de niños leemos un libro y volvemos a él ya de adultos. Es el mismo libro pero es otro a la vez. Esa fue la experiencia que tuve con Gilly Hopkins: leí la novela cuando era pequeña, creyendo que era solamente la historia de una adolescente intrépida y deseosa de tener una familia; en ese entonces yo, sin duda, estaba del lado de Gilly. Sin embargo, me reencontré con esta chica más de diez años después, atónita por la presencia de monólogo interior en una novela juvenil, pero también ya con más experiencia lectora, lo que me permitió alejarme de la subjetividad de Gilly y leer el libro con otra perspectiva. Disfruté La gran Gilly Hopkins en esas dos ocasiones porque un buen libro para niños y jóvenes es un libro que crece con su lector.

No suelo releer libros muy a menudo, pero la repetición en los libros para niños es muy importante; por ejemplo, en los cuentos de hadas los hechos suceden tres veces: el protagonista obtiene tres objetos mágicos que lo ayudan a superar tres pruebas. Sin embargo, la repetición es más relevante en las nanas o canciones de cuna.

De pequeña, mi mamá me cantaba “Los cinco alpinos”, una canción infantil que habla (qué novedad) de un amor imposible entre una princesa y un alpino que venía de la guerra. Cada estrofa de la canción se repite dos veces. Hacia el final, el alpino pide la mano de la princesa, pero el rey lo manda a fusilar, la princesa muere de pena y el rey “se fue a morir a China”, según la canción.

Recuerdo con especial vividez lo que sentía cuando mi mamá estaba a punto de cantar la parte en la que todos morían. Sentía una especie de adrenalina, la que es propia del momento anterior a hacer una travesura. Pensaba “Aquí viene, aquí viene… ¡Sí! ¡Todos murieron!” No sentía pena por los personajes porque la canción continuaba así: “Años después, los tres resucitaron”, una estrofa que también se repetía dos veces. Y es que los buenos libros para niños, como las nanas, brindan seguridad y nos dicen que, no importa lo que pase, al final todo estará bien. Aprendí a disfrutar esto más tarde, con los libros de Roald Dahl, cuando la vida se ponía más divertida después de una aparente tragedia o de un suceso traumático para el protagonista.

Si bien cuando era más chica disfrutaba especialmente los libros de mucha acción y aventuras, ya de mayor comencé a leer libros para niños en los que aparentemente “no pasa nada”, como Elvis Karlsson de Maria Gripe. En el primer tomo de esta serie, Elvis tiene un Secreto; no sabe qué es ni como es, solamente lo siente. “Era como una luz en la noche. Luce, pero uno no sabe si está cerca o lejos” (Gripe, 2018, p. 42), pero “si se toman unas cuantas semillas y se plantan en los lugares que frecuenta la gente que te gusta, es casi lo mismo que compartir el Secreto, además de la alegría que les das” (Gripe, 2018, p. 44). Los buenos libros para niños nos dicen que, sin importar qué tan ordinario sea el mundo, uno siempre puede cultivar un mundo interior extraordinario. Aunque Elvis es un niño de padres ignorantes y tiene una vida exterior como cualquier otra (incluso su apellido, Karlsson, es el más común en Suecia), grandes pensamientos e inquietudes anidan en su interior, y eso le da seguridad en el absurdo mundo de los adultos.

Ciertos libros que también me hubiera gustado leer de pequeña, porque me da curiosidad saber qué hubiera pensado yo al leerlos, son los álbumes ilustrados, un género exclusivo de la LIJ que empecé a conocer cuando terminé la carrera. Y a diferencia de Elvis Karlsson, una novela que se hizo un ovillo y se quedó anidando dentro de mi pecho, el libro álbum El pato y la muerte me sacudió.

Me sacudió por su minimalismo: todavía recuerdo la expresión del pato cuando se le aparece la muerte, una expresión de perplejidad que se ve reflejada solamente en su ojo. Luego, me sorprendió por la síntesis de una experiencia tan compleja como la muerte, tratada de una forma sublime, poética y filosófica. Por ejemplo, cuando el pato se encuentra en compañía de la muerte contemplando su estanque:

“‘Así que eso es lo que pasará cuando muera’, pensó el pato. ‘El estanque quedará… desierto, sin mí’.

A veces, la muerte podía leer los pensamientos.

― Cuando estés muerto, el estanque también desaparecerá; al menos para ti”

(Erlbruch, 2007, pp. 21-22).

No obstante, lo que más me sacudió fue también lo que, hasta la fecha, me parece una característica fascinante en los libros álbum; en los buenos, quiero decir: la ambigüedad. En este caso, la relación entre el pato y la muerte se puede interpretar, en algunas escenas, como una relación romántica. Tiene cierto sentido, pues la muerte siempre nos ha acompañado, y al pato le parece especialmente simpática. De hecho, lo que plantea El pato y la muerte es una visión novedosa de la muerte como algo que puede ser amado. ¿Es posible amar a la muerte? Sí, como un horizonte, una línea de llegada, como un límite que nos recuerda a la vida que tenemos.

Probablemente yo no habría llegado a tener estos pensamientos sin haber leído El pato y la muerte, pero eso es quizá lo más valioso de los libros álbum: un buen libro para niños nos hace ver el mundo de maneras insospechadas.

¿Por qué he seguido leyendo libros para niños a pesar de que he crecido? Además de todas las razones que he enumerado, que son también enseñanzas de la literatura infantil, intuyo que la LIJ me da algo que no encuentro en otro tipo de literatura. Bueno, decir eso es ser injusta: sí hay libros y autores de literatura “general” que puedo leer y releer, como si volviera a los lugares especiales que he encontrado en la literatura para niños; algunos de esos autores son Ana María Matute, Neil Gaiman y Charles Dickens. Y lo que he notado es que ellos, al igual que muchos otros autores que han trascendido el tiempo, en el fondo escriben cuentos de hadas. Tengo una fuerte intuición que me dice que no hemos dejado de leer cuentos de hadas; incluso, C. S. Lewis le dedica a su ahijada Lucy su libro El león, la bruja y el armario, y le dice que, aunque ella ya sea mayor, “algún día serás lo bastante mayor para volver a leer cuentos de hadas”, porque, en realidad, un buen libro para niños es un libro que puede leer todo el mundo.

Cartas del lector

Hace unos días me llegó una carta maravillosa que quiero compartir con ustedes.

¡Hola! Katy, he leído con gusto tus ensayos. Te confieso que sé casi nada sobre literatura juvenil. Mis lecturas al respecto son escasas. Entre ellas recuerdo unas de Verne, de Hesse, y poco más. Si bien no me desagradaron tampoco me impactaron. Quizá las leí a una edad inapropiada. Hace no mucho me he interesado por la literatura juvenil. Y ante este reciente interés y tus ensayos (sobre todo la interpretación acerca de Los invictos, de Faulkner) tengo varias dudas sobre lo que puede considerarse o no una novela juvenil, pues leí Filosofía del tocador, del Marqués de Sade, y siguiendo algunos de tus señalamientos −la edad del personaje central (Eugénie), la incapacidad de la madre de ésta para entender el nuevo rumbo de su hija, las aventuras (en este caso sexuales), la iniciación al mundo de los adultos−  se podría afirmar que este relato entra en la categoría de novela juvenil o, por lo menos, así podría entenderse. Aquí la pregunta central: ¿Filosofía del tocador es adecuada para jóvenes?

Su contenido sexual resulta transgresor; pero esto forma parte de la experiencia literaria. El objetivo no consiste en “pervertir” a la juventud sino mostrar varias sendas y dimensiones de la existencia humana, útiles para el desarrollo de la sensibilidad. Y creo que si la literatura no sirve para ello, entonces sirve de poco. Como contraargumento puede adelantar: quien lee novelas de crímenes no se convierte necesariamente en un asesino y, en la misma línea, la violencia no necesita de la lectura para llevarse a cabo.

Una de las inquietudes más grandes en la juventud es el despertar sexual. Y en lo que menos se educa en México es, entre otras cosas, en la sexualidad. Filosofía del tocador es un libro pedagógico, pese a que no compartamos sus valores. El Marqués [de Sade], considerando su sarcasmo e ironía, no sólo da una lección sexual a su manera −criticando las prohibiciones de la legalidad y el cristianismo como la sodomía y la reproducción, respectivamente− sino también nos ofrece un auténtico curso de educación filosófica y política. Sade no sólo se anticipó a Hegel en sus premisas fundamentales y, por lo tanto, a varios de los postulados de la modernidad, sino también nos muestra otros derroteros inteligentes de ir a contracorriente de la autoridad.

Filosofía del tocador es un desafío para comprender una visión crítica del mundo y la existencia. Y es ahí donde creo en la importancia de este texto, independientemente si cumple o no con los parámetros canónicos impulsados por grupos de poder, cuyos intereses suelen ser opuestos a la educación.

A menudo la literatura trata fundamentalmente de la trasmisión de valores ético-morales. Nuestra posible incomodidad ante esta obra del Marqués para la juventud estriba en nuestros prejuicios más que en otra cuestión. A mí mismo me cuesta trabajo pensar en quién acompañará esta lectura para los jóvenes: promotores de lectura, profesores, educados en los valores criticados por Sade.

¿Tú qué piensas de todo esto?

Disculpa por extenderme demasiado. ¡Felicidades por tu labor!

Rodrigo

Estas “cartas del lector”, como las he llamado, me emocionan mucho. No sólo porque son inteligentes y abren la discusión en torno a la literatura y a los lectores, sino también porque eso me demuestra que no estoy hablando sola. Y encontrar lectores es, probablemente, lo más divertido de escribir. O, más bien, lo más divertido de publicar textos.

Trataré de responder a esta carta de la mejor manera posible, ya que me encuentro frente a un problema considerable: no he leído Filosofía del tocador (también traducido como Filosofía en el tocador, título con el que me referiré a la obra en adelante), por lo que no puedo responder con total seguridad si es una novela para jóvenes o no. Y como no puedo responder con total seguridad, prefiero no responder esa pregunta en absoluto.

Sin embargo, esta carta es un pretexto para abordar otro tema que ha estado dando vueltas en mi cabeza (y por eso, es muy probable que saque a relucir el mismo tema más de una vez): la iniciación. Específicamente, la iniciación de los niños o adolescentes al mundo de los adultos. De hecho, me parece que muchas novelas que no nacieron como novelas juveniles, sino que fueron usadas así por el público lector (finalmente, el uso hace la norma) hablan de algún tipo de iniciación o bien, del descubrimiento de lo desconocido. Pienso en las novelas que menciona Rodrigo, como las de Verne o Demian de Herman Hesse, pero también en Los viajes de Gulliver, Grandes esperanzas o en la poco conocida novela (al menos en el mundo hispanohablante) Un mago de Terramar, de Ursula K. Le Guin.

Por lo que comenta Rodrigo sobre Filosofía en el tocador (y por lo que yo misma he podido investigar), la obra trata sobre una chica virgen, Eugenia, que acaba de salir del convento, y es iniciada por un grupo de personas en las artes del libertinaje. Al final, Eugenia, ya pervertida, demuestra ser una alumna excepcional en estas artes. Entonces, imagino, pero bien puedo estar equivocada, que Eugenia aprende sobre libertinaje pero también descubre otros aspectos acerca de ella misma. Asumo que eso puede estar relacionado con que la obra muestre “varias sendas y dimensiones de la existencia humana, útiles para el desarrollo de la sensibilidad”, como dice Rodrigo. También me imagino la puerta del tocador abriéndose frente a Eugenia, y a la chica contemplando con fascinación todo lo que hay allí. Justamente así me imagino la iniciación de la adolescencia a la adultez, y también de la niñez a la adolescencia: como una puerta que se abre para descubrirnos los secretos de ese otro mundo.

Fotograma de “Ocho y medio”, escrita y dirigida por Federico Fellini (1963).

De hecho (y espero que puedan disculpar la digresión), de pequeña yo veía un programa que me fascinaba: Los secretos de la magia al fin revelados, conducido por “el mago enmascarado” que revelaba los mecanismos detrás de trucos de magia. Naturalmente, ocultaba su identidad por respeto a la comunidad de magos: siempre usaba su máscara negra con extrañas rayas blancas, como imitando la cara de un tigre, y nunca hablaba. Todo el programa era narrado en voz off.

De la misma forma me imagino a los adultos iniciadores de niños o adolescentes. ¿No es verdad que los adultos tienen la apariencia de guardar Grandes Secretos de la Vida? ¿No es verdad que, cuando niños, tenemos la sensación de que los Adultos saben cosas terribles que tarde o temprano, cuando seamos lo suficientemente mayores como para tomar café sin leche, nos revelarán? Y al final, tal como sucede en Los secretos de la magia al fin revelados, descubrimos que los mecanismos que hacen posible “la magia” son bastante simples; de hecho, parecen tinglados que pudo idear cualquiera.

Digamos que los secretos de la adultez al fin revelados son cosas tan nimias como aprender a usar un cajero automático, pagar impuestos (el tan temido Servicio de Administración Tributaria se ha convertido, al menos en México, en un símbolo de la Adultez), sacar una tarjeta de crédito, hacer labores domésticas, llamar al banco para pedir una aclaración de cargos no reconocidos (y, en su caso, cancelar esa tarjeta y sacar una nueva)… Una vez que nos enfrentamos con todas esas situaciones, la puerta se abre o bien, se descorre la cortina, y descubrimos los “secretos” que hacen posible la “magia” que ya no es magia, sino un proceso como cualquier otro.

Sin embargo, puedo pensar en algo supuestamente propio del mundo adulto, tan propio, que quizá por eso se resguarda con tanto celo de los niños: la sexualidad. En la entrada anterior, dedicada a la revista Fuera [de] Margen, hablé un poco del fotolibro ¡A ver! y de cómo me parecía que su asepsia ocultaba lo que realmente es el sexo: especialmente porque las escenas que se retratan suceden en un ambiente anónimo, como es casi imposible que ocurran en la vida real. Esto, por supuesto, es una forma de ocultar que el sexo constituye el juego de los adultos.

Pero el sexo, además de un juego de adultos (lo llamo juego por la dosis que tiene de sugerencia y revelación, de estira y afloja, de ambigüedad, de misterio que debe ser resuelto), es también un secreto, un secreto que se nos revela, comúnmente, en la pubertad o la adolescencia, como en el caso de Eugenia, la protagonista de Filosofía en el tocador. Aunque, por lo que he podido investigar, a Eugenia no se le revela la sexualidad como un secreto, sino como una lección, como una educación.[1] Y es que, en cierto sentido, la sexualidad es una habilidad para saber vivir la vida, independientemente de si nuestra intención es reproducirnos. Entonces, en ese sentido, ¿cómo educar a los adolescentes en materia sexual? ¿Cómo hacerlo a través de la literatura? ¿Deberíamos enseñarles sobre sexo a través de la literatura? ¿Es adecuado un acercamiento perverso al sexo, como el que se maneja en Filosofía en el tocador? En ese caso, ¿cómo guiarlo? Cuando, finalmente, los adolescentes descubran el mundo de la sexualidad, ¿qué descubrirán acerca de ellos mismos? ¿Será algo Perverso y Horrible? ¿Es por eso que los adultos se empeñan tanto en hablar de abejas y flores o de “semillitas”?

En principio, estoy en contra de la condescendencia y de la infantilización en la literatura para niños y jóvenes, por lo que creo que no debemos enseñar sino mostrar. A eso me refiero cuando digo que tal o cual obra es honesta: un libro es honesto cuando se cree su propio mundo, cuando sigue sus propias reglas y cuando nos hace creer que sólo quiere contarnos una historia. Esto es, cuando el libro no elabora por completo su propio significado, sino que le deja parte del trabajo al lector, es decir, sus fines son puramente estéticos. En cambio, cuando el fin de algún texto es pedagógico, se pierde toda la magia porque no vemos el truco, sino su explicación.

Por eso creo que muchos padres confían en libros pedagógicos (los llamados “libros para”; para aprender a ir al baño, para la hora de la cena, para comer verduras, etc.): porque piensan que les ahorran todas las preguntas incómodas que tendrían que enfrentar si, en cambio, les dieran a sus hijos libros que hablaran de esos mismos temas de una forma poética. Ahora que lo pienso, es como si los adultos también tuvieran sus propios secretos no revelados, su propia puerta cerrada, porque ellos, ciertamente, tampoco lo saben todo, pero no están listos para aceptar eso, y mucho menos delante de sus hijos.

El que los padres exploren, junto con sus hijos, preguntas suscitadas por una lectura, no me parece condescendiente. O al menos, no es condescendiente en la medida en que el propio padre reconozca los límites de lo que no sabe, porque entonces la lectura se convierte en una oportunidad para que padres e hijos reflexionen juntos. Y ese, al final, es el propósito de toda buena literatura.

Para concluir, sé que no he contestado la pregunta principal de la carta; al contrario, considero que he divagado bastante. Aun así, espero que esta entrada sirva para abrir otros inesperados diálogos que son, como ya dije, lo que más me emociona de publicar lo que pienso.

¿Tienes alguna duda, comentario, reclamo o sugerencia?

Escríbeme a: katy.escalante93@gmail.com

O, si deseas escribirme de manera anónima, hazlo a través de Curious Cat:

https://curiouscat.me/kati_katinaa


[1] Probablemente la única diferencia que haya entre secretos y lecciones escolares es que a menudo éstas carecen de expectativa. La frase “¿te digo un secreto?” ya lleva en sí misma el misterio y quizá es el secreto mismo: cuando el secreto se revela, deja de ser secreto. En cambio, la lección escolar, aunque a menudo eche mano de este tipo de mecanismos para generar interés, se nos presenta simplemente así, sin que nadie lo solicite.