El eslabón perdido

Una versión de este texto fue leída en la presentación de Sofía en el País del Infinito en la FILU 2022 el 8 de septiembre de 2022.

No puedo decir que recuerdo con alegría mis clases de matemáticas en la escuela. Siempre que enfrentaba un problema, una ecuación o un plano cartesiano sentía que me perdía en el camino.

Parpadeaba y de pronto ya había un número nuevo o un resultado que salió de quién sabe dónde. Todavía tengo esa sensación de perder eslabones en la cadena de solución cuando alguien me explica algo de matemáticas.

Y estoy hablando de operaciones sencillas y cuestiones elementales, porque de teoremas más complejos me encuentro a años luz. A veces veo videos de divulgadores que hablan sobre la “belleza de las matemáticas” y pienso en lo mucho que me encantaría apreciar esa belleza en su totalidad. Cuando un matemático habla sobre la Luna de Hipócrates o sobre Leonard Euler o sobre el problema de Monty Hall (y la historia de su resolución por Marylin vos Savant), me siento como cuando leo a Shakespeare. Sé que habla de cosas terribles de una forma maravillosa, sobrehumana, pero aun así, siento que no me estoy enterando de todo. La diferencia es que con Shakespeare me siento cómoda con esa parte de información que no entiendo, y con las matemáticas no.

Sin embargo, ¿no dicen los filósofos griegos que un poco de incomodidad es buena, e incluso deseable? La incomodidad casi siempre se encuentra muy cerca de la dificultad y, por lo tanto, del rechazo. Es obvio que rechazamos las matemáticas porque no las comprendemos, pero ¿qué pasaría si las toleráramos un poquito? ¿Por qué no deshacernos de ese aura que las ha rodeado durante mucho tiempo, un aura de ciencias difíciles, reservadas sólo para “unos cuantos genios” pero que, al fin y al cabo, de qué nos sirven si no somos ingenieros?

Sofía en el País del Infinito, de Gabriela Frías Villegas e ilustraciones de Bernardo Fernández, Bef, se libera de ese aura y, en cambio, nos presenta un viaje al País del Infinito en donde la pequeña Sofía, junto a su gatita Luna, conocerá un hotel infinito, un barbero con el pelo muy largo, una encargada de zoológico muy afligida y a una enigmática reina que, en realidad, ha tenido mucha más influencia en la historia de lo que creemos.

Fractal en un romanesco, tomado de «Scientific American»

Así, a través de un viaje espacial y de un homenaje a Alicia en el país de las maravillas, este libro nos habla sobre el concepto del infinito por medio de paradojas científicas, como la paradoja del hotel infinito, la paradoja del barbero de Bertrand Russell (con el mismo Russell como personaje) o la cinta de Möbius. Todas estas paradojas, combinadas con referencias a los más importantes matemáticos de la historia y a Lewis Carroll, pueden parecer abrumadoras, especialmente para los niños y jóvenes, pero Sofía en el País del Infinito demuestra que las matemáticas en realidad son un juego.

Una de las delicias de la divulgación científica para niños y jóvenes es que se puede jugar con la forma. El fondo, es decir, el contenido (en este caso, el infinito y todas sus posibilidades de estudio) tiene que incluir información fidedigna, respaldada por datos duros, pero la forma puede ser tan libre y dúctil como se quiera. Y es precisamente la forma lo que le permite al lector “pensar fuera de la caja” y estimular su creatividad, lo cual es el fin último de la divulgación científica, ya sea que esta se dirija a adultos o a niños.

Algunos conceptos matemáticos o científicos son especialmente poéticos, y el infinito es uno de ellos. Borges hablaba de él en “El Aleph” y Escher lo pintaba. El infinito rebasa la comprensión humana; muchas veces nos descoloca pensar en hoteles con habitaciones infinitas o en la ilusión de la banda de Möbius, que tiene una sola cara infinita. En ese sentido, la divulgación de la ciencia y libros como Sofía en el País del Infinito nos acercan a comprender mejor estos temas. 

Lo anterior se logra, en parte, gracias al juego metafórico de Sofía en el País del Infinito que alude a Alicia en el país de las maravillas, pero también gracias a las ilustraciones de Bernardo Fernández, Bef. Estas están realizadas al estilo cómic, ya que presentan escenas muy concretas de las peripecias de Sofía en el País del Infinito. Además, hay movimiento y varios planos en una misma ilustración (como la de la portada), lo que expresa el deseo de aventura. Sofía y Luna van como locas tras el robot, angustiado por llegar tarde a cierto evento muy importante, pero también picadas por la curiosidad.

«Sofía en el País del Infinito», ilustración de Bef

En última instancia, Sofía en el País del Infinito es un homenaje a la curiosidad, como buen libro de divulgación científica. Una vez que descubrimos o leemos algo sobre matemáticas, queremos saber más, y la nueva información nos lleva, poco a poco, a conocer más y más, pero también (y más importante) nos plantea preguntas científicas. Los lectores de divulgación científica siempre están siguiendo a un conejo o un robot apresurado, símbolo de la curiosidad.

Tuve la fortuna de presentar Sofía en el País del Infinito en la Feria Internacional del Libro Universitario de la Universidad Veracruzana, en compañía de la autora y el ilustrador. Allí, ambos decían que el libro era un homenaje a Sofía, la pequeña hija que tienen en común (y que también estuvo con nosotros en la mesa de la presentación). El objetivo del libro era enamorar a Sofi de las matemáticas creando un mundo en donde todo fuera infinito. 

La definición más elemental de ficción es, quizá, la de crear mundos imaginarios que tienen sus propias reglas. En este caso, para seguir la lógica del País del Infinito, hay que preguntarnos qué hay en ese país. Como Gabriela Frías dijo en la presentación, en el mundo que visitan Sofía y Luna existen cines donde puedes pedir palomitas y refresco infinitos. ¡Nunca se acabarían! Así es como la ficción y la imaginación conviven con las ciencias duras y los datos científicos que se presentan, como las paradojas que ya he mencionado. Creo que no hay nada más divertido que ver una cinta de Möbius mientras tomas una malteada infinita en alguna cafetería del País del Infinito.

Bef habló de una habilidad que me parece importantísima, sobre todo en la divulgación científica y en textos de ficción que dialogan con la ciencia: el ser capaz de explicar algo complejo de una manera sencilla. Sencillo no quiere decir bobo. No es necesario hablarle a los niños como si fuéramos tontos (“Möbius era un matemáááááááático y astróóóóóóónomo… ¿saben qué es un astrónomo?”). Se trata de utilizar la imaginación, el sentido del humor, el pensamiento crítico y la creatividad para jugar con las ciencias duras (y también, por qué no, con las artes y humanidades). Esto no “baja el nivel” del discurso, sino que lo pone en otra perspectiva para poder leerlo e interpretarlo de maneras novedosas.

El final de Sofía en el País del Infinito es abierto; no voy a revelarlo aquí, solamente diré que la historia da pie a muchas aventuras de Sofía y Luna en otros mundos. ¡Espero verlas publicadas muy pronto! Mientras tanto, seguiré persiguiendo al conejo-robot matemático, y esta vez, intentaré no perder los eslabones y apaciguar mi intuición con un resultado que comprenda en su totalidad. ¿Lo conseguiré? Ya lo veremos.

Para preguntar en la librería:

Sofía en el País del Infinito

Gabriela Frías Villegas (texto) & Bef (ilustraciones)

México, Sexto Piso, 2022

Libros que te dejan… qué sé yo

Para (y por) la ternura

Desde hace algunos años, me pasa un fenómeno muy curioso: sé que los libros que elijo y decido leer me gustarán, en mayor o menor medida.

Las editoriales tienen mucho que ver en esto, porque yo sí juzgo un libro por su portada (y por su diseño, sus ilustraciones, si las hay, su traducción, su prólogo, su manufactura e incluso la reputación o fama del sello editorial). Pero también ayuda el hecho de conocer, aunque sea vagamente, autores o clásicos, y es cierto que mi personalidad siempre se inclina por los clásicos, aunque es lo suficientemente aventurera para experimentar con otros géneros y propuestas. Además, cuando leo por placer o para hacer reseñas en este blog, no pierdo el tiempo en leer libros con una técnica pobre: la vida es muy corta.

Por eso, en mi última visita a la librería, tomé una edición de Hojas de hierba, de editorial Austral, que me gustaría y me gustó, a pesar del diseño modesto (pero compensado por ser la primera traducción de la edición original en inglés). Luego, me agaché, miré en los entrepaños que están más cerca del suelo, y encontré un pequeño ejemplar, de 10.5 x 18.5 cm, de editorial Norma, escondido entre otros libros para niños. Era La bolsa amarilla de Lygia Bojunga, que estaba agazapado en el librero, tal como los personajes que viven dentro de la bolsa amarilla. Ni el título ni el nombre de la autora me decían nada, y la ilustración de la portada no me gustó, si bien recuerda a las de los libros infantiles de los 90. Bueno, en general el libro no me pareció particularmente atractivo hasta que le di vuelta y leí la contraportada.

¡¿Cómo era posible que no haya oído hablar de la autora si ganó el Hans Christian Andersen en 1982, y no sólo eso, sino que ese año se lo dieron por primera vez a un autor latinoamericano?! “Este sí o sí me lo llevo”, pensé. “Y me gustará”.

Esto sucedió el mes pasado, durante mis vacaciones de verano. Fui a la librería para buscar nuevas lecturas, ya que había terminado el libro sobre psicópatas que me llevé en la maleta. Últimamente he estado leyendo géneros que no suelo leer con tanta frecuencia, como la poesía y la divulgación, aunque nunca dejo la narrativa y mucho menos, la literatura infantil. Creo que empecé a leer La bolsa amarilla ese mismo día y lo terminé también aquel día. En parte fue gracias a que estaba de vacaciones y en parte fue porque la historia, el lenguaje y la sensibilidad de la autora me maravillaron.

Raquel quiere ser escritora, pero ese es uno de sus secretos. Los otros son ser mayor y volverse hombre. Estos secretos crecen y crecen, por eso hay que encontrarles un buen escondite. No tiene que ser muy sofisticado, como una caja fuerte detrás de un cuadro; de hecho, puede ser más modesto, como la bolsa amarilla que la tía Brunilda desechó por ser muy fea y vieja.

Los secretos de Raquel a duras penas caben dentro de la bolsa, y el espacio se reduce todavía más con los estrafalarios inquilinos: Rey, un gallo que prefirió llamarse Alfonso, la Paraguas, el Gancho de Pañal y, temporalmente, el gallo Terrible.

Ilustración por Pedro Hace

La bolsa amarilla tocó fibras muy sensibles dentro de mí, porque yo, al igual que Raquel, fui una niña que quería ser escritora. Además, las historias de rebeldes, de gente que cree que no “encaja” en la sociedad o dentro de su familia o en su muy reducido círculo de amigos siempre me inspiran. Desde que leí Matilda he estado acompañada de valientes que desafían las normas convencionales y viven su vida exactamente como ellos quieren, con reglas que ellos mismos diseñan (a menudo, inspiradas por la literatura y el arte).

Como dice Raquel: “Un día me puse a pensar qué iba a ser yo más tarde. Resolví que iba a ser escritora. Y empecé a fingir de una vez que ya era” (Bojunga, 2005, p. 8). Entonces, la chica empieza a inventarse amigos con los que se escribe cartas imaginarias. Le envía cartas a Andrés y a Lorelai, a quien le cuenta que su vida era más feliz cuando vivía en el campo y desea fugarse para regresar allí, entonces, ¿por qué no?, se inventa todo el viaje con papel y pluma.

Pero resulta que, para no variar, su familia no la entiende; ellos creen que Andrés y Lorelai son personas reales y que Raquel se quiere escapar de su casa. Por más explicaciones que Raquel les da acerca de cómo funciona la ficción y la literatura, nadie la escucha, y peor aún, se ríen de ella.

No me gusta hablar acerca de cuáles son los “temas” de los libros que leo, porque pienso que los libros (especialmente la narrativa) no dicen, sino son. Sin embargo, en el caso de La bolsa amarilla, si hay que hablar de algún “tema” en especial, ese sería la contraposición entre el mundo adulto y el mundo de los niños y jóvenes. Raquel tiene el deseo de volverse mayor para que la tomen en serio, para que no la pongan a hacer gracias, cantar y bailar enfrente de tíos y primos que ni siquiera le caen bien y para que nadie insista en saber qué guarda en la bolsa amarilla. A un adulto no le exigimos que de la nada baile, cante y se ponga feliz o que nos muestre la intimidad de su bolso. ¿Por qué lo hacemos con los niños?

Muy a menudo, libros como La bolsa amarilla, Matilda, Elvis Karlsson, La grúa o El pato y la muerte me hacen pensar en la ternura. La ternura es un sentimiento primigenio, que conocemos los seres humanos cuando, al nacer, alzamos los bracitos o ponemos ojitos alegres. Es, entonces, el sentimiento provocado por aquello que es nuevo, blando, fácil de doblar, fácil de provocarle el llanto. Alguien tierno tiene la sensibilidad a flor de piel, pero este no es el tipo de sensibilidad en fuga, que rompe todo cuanto se encuentra a su paso y lo tiñe de golpes; es la sensibilidad más contemplativa y suave, que recibe estímulos del exterior, los comprende, los saborea y devuelve algo todavía más bello, si cabe. Esta es la sensibilidad de Raquel, la que tiene y la que transmite al lector. Por consiguiente, es también la de Lygia Bojunga.

Ilustración por Pedro Hace

No es muy fácil que digamos percibir esta sensibilidad. A mí me aterra perderla, entonces trato de afinarla todos los días tratando de abrir mi mente, aceptar el pacto narrativo y entrar a la ficción que el libro me propone sin reservas. No es que esto me haya sucedido con La bolsa amarilla, pues fue increíblemente fácil comprender su mundo, pero a veces uno tiene cosido el pensamiento. Hay muchos personajes así en la novela, como el gallo Terrible, a quien le cosieron el pensamiento de pelear y pelear y pelear contra otros gallos. Este pensamiento estaba cosido con un hilo tan fuerte que selló el destino del pobre animal.

Pero, más adelante en la novela (en el capítulo 9, de un total de 10, titulado “Comienzo a pensar diferente”) vemos, por contraste, que la familia de Raquel tiene el pensamiento fuertemente cerrado con costuras hechas de hilo de poliéster. En ese capítulo, la chica conoce a una singular familia que se dedica a reparar todo tipo de cacharros viejos, desde ollas hasta relojes. Y, siempre que sienten que ya han trabajado demasiado, cambian de roles o hacen una pequeña fiesta en la que todos bailan. Mientras está con ellos, Raquel se da cuenta de que quizá los adultos no sean tan difíciles de entender después de todo. Eso, sobra decirlo, no sucede cuando está con su propia familia, tan cerrados como son al arte, a la literatura y a la diversión en general.

Terminé La bolsa amarilla un día de julio, en la casa de mi infancia, en la misma casa donde alguna vez “Resolví que iba a ser escritora”, en la misma casa donde está mi librero de hojas de otoño, con los libros que me acompañaron y me han de acompañar siempre. Creo que ya es obvio señalarlo, pero, tal como predije en la librería, La bolsa amarilla me gustó. Sin embargo, me tomó por sorpresa el profundo amor que sentí inmediatamente por este libro y la admiración que desde ahora tengo hacia Lygia Bojunga. Como siempre me sucede con mis libros favoritos, ahora quiero leer toda la obra de la autora.

Dentro de muchos años, seguramente volveré a La bolsa amarilla. Mientras tanto, me seguiré preguntando qué tipo de libro es: ¿uno suave?, ¿uno puntiagudo?, ¿uno pesado?, ¿uno liviano?, ¿uno irónico?, ¿uno tierno?, ¿todos a la vez?

Para preguntar en la librería:

La bolsa amarilla

Lygia Bojunga (texto) & Esperanza Vallejo (ilustraciones)

México, Grupo Editorial Norma, 2005

Una joya escondida de la literatura infantil

Tal como dice Aidan Chambers, si tratas de interpretar La grúa página a página, al final te quedarás con la sensación de no haber entendido nada.

Eso me pasó a mí: estaba en la página 70 de 124 y aún no sabía muy bien de qué iba aquella historia tan simple a primera vista. El conductor de la grúa se sube a ella un buen día y nunca más vuelve a bajar. Mientras tanto, a sus pies pasan épocas históricas larguísimas: hay una guerra, el pueblo huye, el mar se adentra a la tierra, luego retrocede y otro pueblo vuelve a nacer. Mientras tanto, me imaginaba al conductor de la grúa como un santo, como Simón del desierto, subido a una columna sin disponerse a convivir con el resto del mundo.

Sin embargo, el conductor no es un exiliado ni un ermitaño que odia a la humanidad, ya que la grúa se convierte en una extensión de su cuerpo y hasta de su identidad, y gracias a ella, puede ayudar a su amigo Lectro cuando los secretarios del ayuntamiento lo despiden (entonces, el conductor mece a éstos sobre el mar, peligrosamente, y les provoca mareos). Aunque se lleva bien con Lectro y con su otra amiga, el águila, que aparece hacia el final de la narración, parece que el conductor de la grúa está perfectamente bien donde está.

No hay una explicación sobre por qué el conductor se obsesiona con la grúa y ya nunca se separa de ella. Cabría esperar que el libro nos lo dijera tarde o temprano, ya que eso es lo que sucedería en una narración tradicional de hechos concatenados unos con otros, pero La grúa no es ese tipo de historia. Aidan Chambers dice que se trata de la narrativa del sueño, porque los acontecimientos no están ligados unos con otros.

Aunque Chambers tiene razón en que se trata de una narrativa del sueño, porque cada imagen tiene un significado lógico y no posee una conexión con otras imágenes (al menos no una conexión propiamente “narrativa”), lo cierto es que todas esas imágenes están conectadas gracias al protagonista. El conductor, en su grúa, es testigo de la historia y, en última instancia, nos la cuenta (incluso muchos dibujos, hechos también por el autor del texto, Reiner Zimnik, tienen la perspectiva del conductor de la grúa).

«La grúa», Reiner Zimnik (texto e ilustraciones)

En La grúa existe cierto desapego a los acontecimientos históricos que suelen marcar la historia humana, como la guerra. Por ejemplo, Lectro dice, cuando se convierte en soldado: “Llevo un uniforme. Es de pura fibra sintética, pero ¿qué le vamos a hacer? No hay nada que hacer” (Zimnik, p. 59). Cuando Lectro y otros de sus compañeros mueren a causa de un bombardeo, el conductor de la grúa, a través del narrador, se lamenta diciendo que muchos de ellos habían dejado una bicicleta, un jardín o su club de natación, y quisieran seguir viviendo. Pero la guerra continúa, la ciudad es destruida y la gente la abandona. Luego, llega la invasión del mar; la vida sigue para el conductor. 

El conductor puede comer caramelos de eucalipto (sus favoritos), hornear panecillos redondos y obtener sal y pescado del mar. No le hace falta nada más, se adapta rápidamente al cambio, incluso deja de ser una grúa para convertirse en faro. Constantemente, el narrador (focalizado en el protagonista) repite “Él era el hombre de la grúa”, como recordando la fortaleza y la resiliencia del conductor. De hecho, contrario a lo que Aidan Chambers aconseja, yo me quedaría con esta interpretación, al menos de momento: siempre podemos adaptarnos y sacar lo positivo de las adversidades, incluso después de una guerra, incluso cuando nuestro entorno se vuelve desconocido.

He de decirles que llegué a esta conclusión muchos días después de haber terminado el libro. Creo que esa es una de las razones por las que Aidan Chambers habla de que La grúa tiene la magia de los cuentos de hadas. En muchas ocasiones les he contado que estoy convencida de que seguimos leyendo cuentos de hadas, estoy obsesionada con ellos y con el efecto que tienen en la sensibilidad de los lectores. La grúa cumple con muchas características de este tipo de narraciones, por ejemplo, tiene un lenguaje claro y directo, aunque no por eso es un cuento simple. Muchas de las imágenes oníricas del libro son sumamente simbólicas, por ejemplo, el león plateado de Lectro. No hay una explicación sobre por qué aparece y qué función tiene en la narrativa: simplemente es un león con la piel de plata que se pasea por la ciudad. 

En los cuentos de hadas a menudo nos encontramos con episodios que no tienen una explicación clara y, si los quitáramos, probablemente seguiríamos entendiendo el cuento. Pero su función, como he dicho, no es “narrativa”, sino simbólica. Las escenas oníricas no apelan a las conexiones cerebrales que hacemos cuando leemos, sino a los sentimientos del lector. En este caso, voy a aventurarme a decir que el león plateado es un símbolo de seguridad, una fantasía de esas que alguien más nos cuenta y que nosotros repetimos en nuestra mente para darnos valor. El león plateado llegó, eso significa que todo estará bien.

Tristemente, no hay muchas ediciones de La grúa, lo cual significa que es un libro prácticamente inconseguible. Originalmente fue publicado en 1956 y se tradujo al español en la década de los 80. La edición más reciente que pude encontrar es de Kalandraka, del 2009 (aunque yo leí una de Espasa-Calpe de 1990). Estoy de acuerdo con Aidan Chambers sobre las razones por las que este libro no se reedita demasiado: para ciertos padres, profesores o mediadores de lectura, La grúa puede parecer un libro excesivamente oscuro y hasta engañoso. 

Aun así, creo firmemente que vale la pena publicar libros como La grúa, especialmente porque apelan a un tipo de sensibilidad humana muy antigua, el tipo de sensibilidad que tenían los primeros humanos con un lenguaje articulado que se sentaban alrededor de una fogata y escuchaban o contaban historias. En ese entonces (y aun ahora, cuando leemos cuentos de hadas o La grúa) accedíamos a los sentimientos y al simbolismo de la narración de forma directa. Esto es importante porque los libros nos sirven como faro o como espejo de nosotros mismos, lo cual sucede gracias a los sentimientos invocados y transmitidos del autor al lector. No es que la literatura nos salve (no creo mucho en eso), pero sí nos pone en contacto con una parte esencial de nosotros mismos que, muy a menudo, se encuentra en el fondo del sótano de nuestra casa interior. 

Para preguntar en la librería:

La grúa

Reiner Zimnik (texto e ilustraciones)

México, Espasa Calpe-Conaculta, 1990

Chapoteo

Opaleye, ofiura, muimuy, rorcual de omiura, anoplogaster, foraminíferos, misidáceos, dinoflagelados. Caí rendida de amor por La vida en el océano al leer en voz alta esas palabras, que se sienten como caramelos en la boca.

Dentro de la no ficción para niños, la divulgación de la ciencia tiene un papel fundamental, casi protagónico. Los libros sobre ciencia, dinosaurios, científicos o los que hablan sobre mocos y popó desde una perspectiva científica son sumamente populares en librerías. 

No sé si el éxito de la divulgación de la ciencia en la LIJ se deba a la insaciable curiosidad de los niños o a la necesidad de los padres de darles respuestas a las interminables preguntas de sus hijos que, luego de varios rodeos, se reducen a ¿por qué el cielo es azul?, ¿por qué las flores tienen olor?, ¿por qué los pájaros cantan?, o una que me encanta y que, de hecho, es el título de un libro de filosofía: ¿por qué hay todo y no nada?

La vida en el océano, ilustrado y escrito por Julia Rothman, da respuesta a las preguntas más comunes que los chicos podrían tener sobre el mar y su flora y fauna. Está estructurado en ocho capítulos que muestran lo extenso del tema en cuestión: desde por qué el agua del océano es salada hasta las profundidades del fondo marino, la vida en los polos y los arrecifes de coral.

En esta entrada quiero detenerme un poco más en las ilustraciones que en el texto. El texto no tiene nada del otro mundo, es sintético y explicativo, informativo a fin de cuentas, va al punto y no hace alarde de metáforas o figuras retóricas (aunque esto no quiere decir que esos juegos del lenguaje están exiliados de la no ficción, al contrario). Son las ilustraciones, cuyo trazo es fluido y juguetón, las que llevan al lector a imaginar cómo es la vida en el océano.

Hace ya tres años, en un curso de libros de no ficción para niños, la profesora y escritora Ana Lartitegui nos presentaba tres modelos de divulgación para niños, cada uno en un nivel distinto de representación. El primero, Botanicum (Kate Scott y Kathy Willis), tiene un tono muy científico e ilustraciones realistas que recuerdan a las ilustraciones botánicas del siglo XIX. Luego estaba El gran libro del árbol y del bosque (René Mettler), a medio camino entre la ciencia y la poesía y por último, Ahí fuera (Maria Ana Peixe Dias, Inés Teixeira do Rosário y Bernardo P. Carvalho), el más poético y libre de los tres; incluso las ilustraciones de árboles y follaje son de color azul.

En ese sentido, creo que La vida en el océano está a medio camino. El texto es directo y, si bien utiliza algunos tecnicismos, no es demasiado científico. Las imágenes son mucho más libres, aunque no al grado de las de Ahí fuera. De hecho, aunque son ilustraciones poco realistas, es posible identificar y observar las partes de un pez, de un tiburón o de una medusa en el recurso más constante del libro: la “anatomía” de los seres marinos.

«La vida en el océano», Julia Rothman (texto e ilustraciones)

Esto me lleva a preguntarme sobre el realismo de los libros de divulgación científica para niños. ¿Las ilustraciones deben tener siempre una representación mimética, es decir, fiel a la realidad que pretenden mostrar? Si no tienen este tipo de representación, como La vida en el océano o Ahí fuera, ¿se consideran poco precisas o poco serias?

No necesariamente. En la divulgación de la ciencia, sobre todo en ensayos dirigidos al gran público, es muy frecuente el uso de metáforas o de experiencias personales para explicar algún hecho o dato científico. Usamos la metáfora, así como otras figuras retóricas, para que todos nos entiendan, incluso si nos dirigimos a lectores poco familiarizados con cualquier rama de la ciencia. En este caso, el texto de La vida en el océano, como ya he dicho, no es muy atrevido en cuanto a juegos y retruécanos, pero las ilustraciones sí se dan ese permiso, y aunque no son naturalistas, podemos encontrar, por ejemplo, formas de identificar a una tortuga con ayuda de dibujos de su cabeza y caparazón. 

Lo mismo ocurre con las maneras de identificar una concha (colmillo de mar, concha de gusano, rissoido, lapa o almeja): los dibujos son monocromáticos en un tono salmón muy suave, al igual que el trazo. De hecho, estos dibujos parecen la sombra de las conchas, pues no son para nada naturalistas y no se pueden tomar como una guía definitiva para quien quiera ir a la playa a coleccionar conchitas; pero aun así, funcionan para informar al lector en esta materia.

Lo que quiero decir es que la divulgación científica no debería estar cerrada solamente a la representación mimética en aras de “no confundir” a los niños o de enseñarles cosas “adecuadamente” (es decir, a la manera de la escuela y los libros de texto). En la no ficción para niños es posible jugar con el fondo y la forma, y las posibilidades son infinitas.

Pero el juego en la no ficción para niños no se utiliza (o no debería utilizarse) como mero adorno o pretexto para interesar a niños y jóvenes con temas científicos complejos, como si los recursos poéticos y literarios fueran la envoltura del caramelo. Fondo y forma deben estar unidos y ambos deben responder a un “¿para qué?” Considero que esto sí sucede en La vida en el océano que, además de informar a los lectores, les permite imaginar, nutrir su curiosidad e interesarlos por el ambiente, ya que al final, una parte del libro se dedica a hablar brevemente sobre el cambio climático, la pesca de alto impacto, el derretimiento de los polos y otras cuestiones que afectan directamente la vida en el océano.

No suelo leer mucha no ficción, tanto la que está dirigida a niños como la que se dirige a adultos, pero ese es uno de mis “propósitos lectores”: leer más géneros literarios que no acostumbro leer. Me encantan los libros que juegan, que son libres y que se dan el permiso de experimentar. 

Para preguntar en la librería:

La vida en el océano

Julia Rothman (texto e ilustraciones)

España, Errata Naturae, 2022

Ascenso y caída del museo de las maravillas

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, los insectos recordarían el día que la maravilla cayó del cielo.

Como casi siempre sucede en esos casos, los insectos se formaron para ver la maravilla y tratar de descifrar si era un caramelo, un planeta o una crisálida mágica. Pero había alguien escondido en las sombras, observando, esperando. Un día, salió de su escondite y reclamó que la maravilla era suya. ¿Quién había sido la guapa que dijo eso? La araña, con su moño y su bombín.

Y más guapa se puso la araña cuando anunció que montaría una exposición para ver la maravilla que cayó del cielo, y los boletos costarían una hoja cada uno. La exposición fue un éxito y, naturalmente, los boletos subieron de precio. Y mientras más subían los precios, el público más se quejaba. La araña no hacía caso de esto y se dedicaba a esperar que más insectos conocieran la maravilla… hasta que llegó alguien más listo que ella. El pez grande se come al chico, ¿no? Es la ley de los negocios.

«Cayó del cielo», Terry Fan y Eric Fan (texto e ilustraciones)

Terry Fan y Eric Fan (the Fan brothers) firman el libro álbum Cayó del cielo, editado por Leetra, editorial nueva para mí que me tiene fascinada. Me encanta la idea de algo extraño y fantástico que, de pronto, irrumpe en un espacio cotidiano y lo transforma por completo. La extrañeza de los insectos al descubrir la maravilla se refleja en la paleta de color del libro, en blanco y negro excepto por ese pequeño objeto mágico, dibujado con colores brillantes que, viéndolo bien, sí la hacen parecer un planeta o un asteroide.

Cayó del cielo puede leerse como una fábula y como un cuento fantástico. La protagonista de la fábula es la araña y su defecto, la avaricia (un defecto personificado en sus ocho largas patas). Ella se apodera de la maravilla para hacerse inmensamente rica, aunque en realidad ese objeto mágico no le pertenezca a nadie o, más bien, sea del niño que la tiró un día en el jardín.

Me alegra que este libro álbum no caiga en el moralismo de regañar a la araña por estafar y mentirles a los demás insectos. Es cierto que hizo algo incorrecto, pero al final aprende su lección de manera natural, creíble, convincente y lógica para la historia. Así, la araña logra ofrecerle algo nuevo a su comunidad, un final feliz que se traduce en la paleta de color, pues el mundo se ilumina cuando llegan más maravillas a la exposición de la araña.

Los hermanos Fan cuentan que la idea de este libro surgió a partir de una ilustración victoriana en la que se ve a unos insectos, con lupas y bombines, observar un objeto totalmente ajeno a su mundo. Esta extrañeza de la que hablaba al principio es la que convierte a Cayó del cielo en un cuento fantástico casi puro. Pienso en Cinco chicos y eso de Edith Nesbit, cuando los hermanos Robert, Anthea, Jane, Cyril y “Corderito” (el bebé) encuentran un hada de arena, de nombre Psammead, en un pozo de grava. El hada, cuyo aspecto físico es más parecido al de una bestia mitológica, cumple los deseos de los hermanos, pero esto, claro, los meterá en más de un problema.

Lo que busco resaltar aquí es el objeto, en el caso de Cayó del cielo, y el personaje, en Cinco chicos y eso, que nos descoloca. En ambos casos, el descubrimiento de lo fantástico es inesperado y cambia la vida de los protagonistas para siempre; esa es la entrada de lo fantástico. En Cayó del cielo el contraste entre el fondo en blanco y negro y las maravillas a color es esencial para comprender el asombro.

«Cayó del cielo», Terry Fan y Eric Fan (texto e ilustraciones)

Los hermanos Fan tienen ya bastante éxito en el negocio del érase una vez. Su primer álbum ilustrado, The Night Gardener, recibió el Dilys Evan Founders Award en 2016. De hecho, trata un tema similar al de Cayó del cielo: William, un chico que vive en un orfanato, despierta una mañana y descubre que un misterioso jardinero nocturno ha podado un árbol para darle la forma de un búho. La paleta de color es similar a la de Cayó del cielo, pues muestra un mundo sepia hasta la llegada del jardinero, que pinta todo de colores.

Cayó del cielo está en México gracias a la editorial Leetra que, según sus propias palabras, busca que sus libros sean una experiencia. Este es el primer libro que leo editado por ellos y, en efecto, ha sido una experiencia. Creo que, aunque no vivamos en un reino encantado con hadas, brujas y gnomos, siempre podemos inventarnos nuevas cosas para sorprendernos a nosotros mismos y llenarnos de fantasía.

Para preguntar en la librería:

Cayó del cielo

Terry Fan & Eric Fan (texto e ilustraciones)

México, Leetra, 2022

Algunos prejuicios de la literatura infantil que ya no tienen cabida en este mundo

Hoy, 2 de abril, es el Día del Libro Infantil y Juvenil. En El Carrito Rojo ya he hablado sobre lo que hace memorable a un libro infantil, y muchas de esas razones me parecen buenos pretextos para leer LIJ.

Pero hoy, con motivo de este maravilloso día, quiero escribir sobre los prejuicios que, tristemente, todavía existen en torno a la LIJ. Algunos de ellos los he escuchado en la vida real, ya sea porque me los han dicho o porque los he escuchado en librerías (siempre presten atención a lo que oyen y ven en librerías, es una excelente manera de descubrir cómo lee la gente).

“Como es un libro infantil, la bruja que aparece no puede ser mala”

¿Creen los padres que su hermosa palomita blanca se convertirá en un niñito psicópata si lee Maus? ¡Por supuesto que lo creen! De otra forma, no intentarían censurarlo tan ferozmente. Pero eso conlleva que no confíen en el criterio de su palomita blanca y que piensen que es lo suficientemente tonta como para dejarse influenciar (al grado de cambiar toda su personalidad) por la lectura de un solo libro.

Esa es la razón por la que me enferman las nuevas lecturas de libros clásicos. La nueva versión de Las brujas está edulcorada, como si temiera asustar a los niños. Por ejemplo, en el libro, las historias sobre brujas que la abuela le cuenta al protagonista son inolvidables: todos nos asustamos con la niña que se quedó atrapada en un cuadro o con el niño que se convirtió en piedra y empezó a servir como perchero para las visitas que llegaban a su casa. En la película, en cambio, la Gran Bruja convierte a una niña en una gallina gigante y, aunque esto también pasa en el libro, en la película se afirma que la chica-gallina continuó viviendo con su familia, mientras que, en la novela, no está claro si desapareció o no.

No estoy comparando el libro con la película, y no me gusta pensar que tal o cual adaptación es mejor o peor. Me preocupa la lectura que le estamos ofreciendo a los niños, pues me parece que es propia de padres que desean pavimentarles el camino a sus hijos para evitarles el sufrimiento. Pero nadie puede vencer el sufrimiento evitándolo. Es necesario encararlo y, para eso, tenemos que nombrarlo. O, si no lo nombramos, podemos permitirnos jugar con la incertidumbre y la ambigüedad para despertar emociones auténticas en los lectores. De eso se trata la verdadera literatura.

No estoy hablando aquí de una literatura para niños cruel, despiadada y cruda. La forma de narrar la crueldad es muy importante para construir empatía con los lectores, así como ofrecerles una salida, una solución, una esperanza. Se trata de recordar que los dragones se pueden vencer.

“Puedes escoger un libro, pero que te enseñe algo”

Claro, mamá, ¿está bien si ese libro me enseña a desobedecer críticamente? ¿O si habla de la diversidad sexual? ¿Qué tal si es un libro sobre la crueldad humana? ¿O sobre el abuso, la muerte, las injusticias?

Creo que cuando los padres buscan que un libro “tenga mensaje” o “deje una enseñanza”, se refieren a fábulas con las cuales ellos (los padres) se sientan cómodos. La “enseñanza” termina, casi siempre, siendo un “¿ya ves lo que les pasa a los que no son buenos chicos?”, como un Pedro Melenas moderno.

«Cómo hacer que tus papás amen los libros para niños», Alain Serres (texto) & Bruno Heitz (ilustraciones)

A veces, pareciera que la moralidad ya está superada en la LIJ, pero muchos consumidores (padres, maestros, tutores) la buscan constantemente porque quizá creen que los libros educan o te vuelven una mejor persona. Les tengo noticias: no es así. Los libros sirven para lo que sirven: para pensar, para imaginar, para abrir la puerta a otros mundos, para inspirarse, para ser más críticos, para saber cosas sobre el mundo, la historia, la ciencia… o para nada. Quizá los libros sólo nos sirven para pasar un buen rato con nosotros mismos. Y eso ya es una enseñanza que vale oro.

“Los libros infantiles son sólo ‘cuentos’”

En la LIJ hay cuentos, álbumes ilustrados, poesía, novela, novela gráfica e incluso Formas de Contar No Identificadas (FCNI) porque combinan varios géneros o se inventan unos nuevos. La LIJ es más compleja de lo que creemos, pero, aun así, nos invita a entrar en su bosque.

Y en ese bosque, la libertad es la regla. Pienso en autores de literatura para adultos, como César Aira, a quienes la crítica ya ha encasillado como autores “raros” o “excéntricos” (otro autor excéntrico podría ser Francisco Tario) por sus temas y personajes demasiado fantasiosos, como la Princesa Primavera, el Capitán Otoño y su árbol de Navidad. La princesa Primavera sería un “cuento” más si estuviera dirigido a los niños, pero en la literatura para adultos, este tipo de novelas son poco comunes, según la crítica.

Hasta donde yo sé, la crítica de LIJ no ha hecho la distinción de “LIJ excéntrica” porque sería un tanto absurdo. Esto es sólo una intuición y puedo equivocarme, pero pienso que no existe tal cosa en la LIJ porque la libertad fantasiosa y la imaginación son la norma. Aquí, más que en la literatura para adultos, se puede escribir lo que uno quiera.

Los prejuicios nacen del desconocimiento y de los estereotipos. Mientras escribía esta entrada, recordé el álbum Cómo hacer que tus papás amen los libros para niños, con texto de Alain Serres e ilustraciones de Bruno Heitz. Allí hay algunos prejuicios, detrás de las recomendaciones para convencer a los padres de leer libros para niños. Una de ellas dice: “Si tus papás dicen que los libros para niños sólo cuentan tonterías… respóndeles que tienen razón, pero que lo sientes… ¡porque las tonterías realmente te fascinan!” (Serres, 2012, pp. 12-15). Esa es la magia de la literatura infantil: son tonterías muy serias.

Escribir

Todo empezó con un viaje a las estrellas.

Un buen día, se me ocurrió agarrar un lápiz y una hoja blanca tamaño A4 y sentarme a escribir una historia sobre una chica (que en ese entonces no podía disociar de mí misma) que viajaba a la luna, pero se caía y terminaba en una estrella.

Recuerdo que a esa edad no me importaba nada, sólo corría detrás de las ideas, aunque me parecieran totalmente locas, aunque no tuvieran nada que ver entre sí. ¡Estaba contando un viaje a las estrellas! Podía escribir lo que yo quisiera, y todo sería válido, porque estaba contando cómo era la vida en otro mundo. Esa libertad es la que sigo persiguiendo en mi vida adulta como escritora.

No quiero decir que esa libertad se haya desvanecido con el paso del tiempo, pero en la carrera uno empieza a absorber teoría, crítica, narrativa, corrientes filosóficas, análisis del discurso… y la diversión se opaca un poquito. Ya no sólo preocupa contar una historia, sino cómo se cuenta, pues esto determina todo.

Ahora trato de que la niña y la adulta escritora colaboren juntas, por eso sigo escribiendo en hojas blancas tamaño A4, aunque ya no uso lápices porque se emborronan fácilmente. Y, aunque sigo corriendo detrás de las ideas, muchas veces tengo pensamientos que me frenan. Uno de ellos es, cómo no, la voz del impostor. Creo que lo más difícil de escribir es dejar tu ego a un lado, tanto si te hace pensar que eres el peor autor sobre la tierra como si deliras pensando que escribes todo bien al primer intento. Al respecto, he descubierto que, para callar esa vocecita, lo que más me funciona es ignorarla y seguir. Claro, es más fácil decirlo que hacerlo, pero ¿qué importa más?, ¿escribir o ser “perfecta”?

«Escribir», Murray McCain (texto) & John Alcorn (ilustraciones)

Desde que abrí este blog he empezado a tomarme más en serio la escritura. No es que antes no la tomara en serio, pero no era tan disciplinada. Ahora siento que reseñar libros para niños (al menos uno al mes) me ha ayudado mucho a tener un ojo más crítico, a afilar mis antenas, porque ahora es más fácil leerme a mí misma y hacerme correcciones honestas.

Por ejemplo, ayer estaba reescribiendo una historia que hice algunos años atrás. Cuando la escribí me gustaba mucho el tono del narrador-protagonista, pero ahora me di cuenta de que quizá no funciona bien para lo que yo quiero contar. Entonces, decidí cambiar al narrador: ahora sería un abuelo que le cuenta la historia a su nieto. Sin embargo, me enfrentaba a un problema importante (entre todos los problemas que conlleva hacer un movimiento tan radical como un cambio de narrador): dentro del cuento, hay dos historias igual de importantes. ¿Cómo hacer que el abuelo las narre sin que el lector se confunda? “Bueno”, pensé, “que sean dos nietos y que cada uno pida una historia”.

Este tipo de soluciones narrativas no se me hubiera ocurrido en la universidad, porque ciertas técnicas no se habían asentado muy bien en mi cerebro. De hecho, antes de que se me ocurriera esa solución, estaba pensando en Los escarabajos vuelan al atardecer, en donde cada niño vive lo que pasa en la novela a su manera. El análisis o, por lo menos, la lectura que hice de la novela de Maria Gripe y que plasmé en mi reseña me ayudó para resolver mi cuento.

«Escribir», Murray McCain (texto) & John Alcorn (ilustraciones)

No he tenido el mismo proceso creativo siempre y, de hecho, creo que no tengo uno. La verdad, tiendo al caos. Lo que sí ha cambiado es mi actitud hacia las cosas que escribo e intuyo que algo tendré que agradecerles a los “frenos” por eso. Los frenos me hacen dar dos pasos atrás y replantearme lo que escribo sin criticarme duramente, sin atacarme y sin destruir mi autoestima. Ya no escribo como una niña, pero la niña en mi interior sigue escribiendo.

Por cierto, la niña en mi interior, en su solipsismo, no consideraba a los lectores, porque escribía sólo para ella, como si estuviera jugando. Pero ahora, he descubierto que lo más satisfactorio, lo más bonito de escribir y también lo más retador, son los lectores. Puede ser un lugar común el decir “un libro no está completo hasta que alguien lo lee”, pero es verdad. Los libros cobran vida, una vida nueva, cuando los lectores lo hacen suyo. Y me gusta la teoría de la recepción por la idea de los espacios vacíos en un texto que el lector tiene que rellenar. Cuando escribe, el autor hace atmósferas, situaciones, sentimientos y silencios que quiere que sean notados por el lector, y así se establece el diálogo.

Decidí escribir esta entrada para dejar que mi cerebro descansara de las reseñas. Me sentía un poco “entumida”, por así decirlo. Todavía me siento así, por lo tanto, no era buena idea escribir una reseña. Me hubiera salido acartonada. Escribir también tiene que ver con saber tomar respiros y descansos, incluso de uno mismo. Entonces, mientras regreso a mi centro, estaré pensando en nuevas maneras de escribir y jugar con el género ensayístico, que para eso escribe una: para jugar.

Espejos

Quiero escribir esta entrada como si miráramos un conjunto de fotos. Cada párrafo corresponde a una imagen.

I. Una camiseta roja, unos pantalones azules

En la prensa a veces se hace viral alguna foto dramática de gente que se ve obligada a huir de su país, de su casa y de su familia, quizá para no volver jamás. Fue ese el caso de Aylan Kurdi, de tres años, un niño sirio que viajaba con sus padres y su hermano hacia Grecia. Sin embargo, su embarcación se hundió y Aylan falleció frente a las costas de Turquía. La foto del pequeño, que usaba pantalón azul y playera roja, acostado boca abajo sobre la arena, fue replicada miles de veces en la prensa internacional, como símbolo del drama de la migración y el exilio.

II. 4, 6, 8, 12

Parece un cuento de hadas perverso: padres que suben a sus hijos a un barco que cruzará el océano Pacífico para deshacerse de ellos, como en el cuento “Hansel y Gretel”. Pero esos padres, en realidad, estaban protegiendo a sus hijos de la guerra civil española y de la dictadura franquista, y no los hubieran puesto en el agua si la situación en su tierra natal no hubiera sido tan desesperanzadora. Niños de 4, 6, 8 y hasta 12 años de edad, los más mayores, se enfrentaban, solos, a una travesía que les cambiaría la vida y la identidad.

III. Conciencia

Mexique, el nombre del barco, con texto de María José Ferrada e ilustraciones de Ana Penyas, habla de los 456 niños que nacieron españoles, pero envejecerían y morirían siendo llamados «niños de Morelia». Además, este libro álbum lanza preguntas sobre qué es una nación, un hogar y qué significa tener o no una patria.

Las ilustraciones de Ana Penyas están basadas en fotografías del barco y de los niños españoles que llegaron a Veracruz y luego se dirigieron, por tren, a Morelia, lo cual ilustra muy bien el drama y los abismos que se viven en situaciones como estas. El libro comienza con ilustraciones de niños subiendo al barco; algunos de ellos van de brazo en brazo, y otros se despiden de sus familias, que los observan desde el muelle, desde el otro lado de la página. Me pregunto si alguno de esos chicos sabe qué está pasando en realidad. Les han dicho que se irán a otras tierras “mientras las cosas se calman”, por eso, muchos creen que se van de vacaciones. ¿Durante cuánto tiempo creyeron eso? ¿En qué momento dejaron de pensar en volver a ver a sus padres, a sus familias?

Ilustración de «Mexique, el nombre del barco», por Ana Penyas

IV. Una nube

Jorge Llop Plants perdió la ilusión, o la inocencia, a los 16 años. En una entrevista concedida al periódico El sol de Morelia, Juan, hoy de más de ochenta años, cuenta que se embarcó en el Mexique por decisión de su padre, que había quedado viudo hacía algún tiempo. Durante muchos años, Juan le escribió a su padre, hasta que este ya no le respondió. Todos le decían que quizá estaba cansado y por eso no le contestaba las cartas, pero en realidad, había fallecido. Juan terminó por aceptar esto a los 16 años. Este niño de Morelia recuerda su travesía en el Mexique entre nubes, como seguramente la recuerdan la mayoría de los chicos.

V. Un trozo de espejo

Algunos recuerdos poco nítidos en la memoria también conforman la identidad. De hecho, la identidad de los niños de Morelia (y la de cualquier persona que se ve forzada a migrar, en cualquier época y lugar) está fragmentada. ¿Son españoles o mexicanos? Muchos de ellos, como el señor Llop Plants, se consideran completamente mexicanos, pero lo cierto es que aún conservan raíces y pequeños recuerdos de su tierra natal, de sus padres, hermanos y amigos. La identidad, en este caso, está rota; se rompió aquel día en que abordaron el barco y los pedazos se repartieron entre México y España, y también en el Mexique y en el mar.

VI. Un hilo

La narración de Mexique, el nombre del barco, aunque tiene un orden lógico de principio a fin, también está contada con fragmentos. Cada foto/ilustración de los niños de Morelia funciona como un pedazo de memoria que se reconstruye con el orden en que se presentan las ilustraciones. Es como si, una tarde, encontráramos fotos viejas en un archivo y nos dispusiéramos a ordenarlas para contar una historia que no recordamos y que, quizá, tampoco podemos poner en palabras. Sin embargo, la prosa poética de María José Ferrada no describe sucesos uno detrás de otro, sino solo sentimientos que se agolpan en la garganta al contemplar la interminable panza del barco, el inmenso océano, las oleadas de gente con pañuelos blancos en Veracruz.

Ilustración de «Mexique, el nombre del barco», por Ana Penyas

VII. Un destino

Cuando llegaron a México, los niños de Morelia fueron acogidos por la escuela España-México, situada en dicha ciudad mexicana. Recibieron el apoyo del Patronato Pro Niños Españoles a partir de 1942, con el cual se desarrollaron tres casas hogar, dos para hombres y una para mujeres. Con estos apoyos, los chicos lograron sobrevivir una buena cantidad de décadas, ya que las “largas vacaciones” se convirtieron en una estancia prolongada, vitalicia, debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

VIII. Una casa

Me pregunto si los niños de Morelia continuaron aferrando la patria que llevaban en la maleta en la escuela España-México, en los albergues y en las sucesivas casas hogar donde vivieron. Pienso que quizá, en realidad, jamás se bajaron del barco, puesto que siempre estuvieron navegando entre los embates del apoyo del gobierno de México, de la incertidumbre, de la nostalgia por su país y de la desesperación por comenzar a “buscarse la vida” a muy temprana edad.

IX. Espejos

El señor Llop Plants se mira al espejo como mexicano, pero quizá haya otros niños de Morelia que se vean el rostro en un espejo de aguas turbulentas. Quizá no podamos comprender del todo lo importante que es tener una identidad enraizada en un territorio hasta que la perdemos o hasta que se ve comprometida por conflictos bélicos. Lo único que nos queda es no tratar a nadie como alienígenas.

Para preguntar en la librería:

Mexique, el nombre del barco

María José Ferrada (texto) & Ana Penyas (ilustraciones)

México, Ediciones Tecolote y Alboroto Ediciones, 2018.

Y para el lector curioso:

Bibiano, H. (Productor). (2019). El exilio republicano en México. La llegada del Sinaia a Veracruz [Documental]. Universidad Veracruzana.

Gil Yáñez, G. (9 de junio de 2019). «Niño de Morelia» cuenta su historia 82 años después. El sol de Morelia. Recuperado de: https://www.elsoldemorelia.com.mx/local/nino-de-morelia-cuenta-su-historia-82-anos-despues-3740802.html

Una estatua, unas cartas, una voz

Para el escarabajo pelotero

Este libro lo tiene todo: misterio, aventura, fantasía, onirismo, estatuas egipcias, botánica, flores azules, escarabajos peloteros, partidas de ajedrez, una mansión antigua, una historia de amor del siglo XVIII y pastillas de regaliz.

No sé si la crítica de LIJ lo dice (y, francamente, no me importa demasiado en estos momentos) pero, para mí, los libros de María Gripe son clásicos raros. Son raros en el sentido de que, al menos en México, su presencia (y ya no digamos su lectura) no es muy frecuente en bibliotecas, librerías o escuelas. De hecho, la investigadora Beatriz Vera Poseck dice que, de los 40 libros de María Gripe, 20 se han traducido en España y de ellos, 10 no se han descatalogado. 

No sólo por esta circunstancia sus libros son raros, sino también por “insignes, sobresalientes o excelentes en su línea”. Y esto, de hecho, los hace clásicos. Claro, la definición de libro clásico es mucho más amplia y compleja, pero a mí me gusta ceñirme a lo que dice Italo Calvino: los clásicos son libros que siempre se sacuden el polvo de la historia (ya que se mantienen frescos, actuales) y, por mucho que te hablen sobre ellos, siempre terminan por sorprenderte. 

Conocí a María Gripe (ya lo he contado antes) a través de su libro Elvis Karlsson, del cual leí maravillas en La retórica del personaje de María Nikolajeva. En cuanto terminé esa novela, se convirtió en uno de mis libros favoritos; por eso, cuando, un día, navegando y curioseando por Bookmate, me topé con Los escarabajos vuelan al atardecer, no dudé en leerlo.

«Creatures of the order Coleoptera», ilustración de Kelsey Oseid

No les voy a mentir: al principio me decepcioné un poco, ya que Los escarabajos… no se parece en nada a Elvis Karlsson. Aun así, seguí leyendo, pues la prosa es emocionante y aguijoneante, porque te incita a seguir y seguir leyendo para descubrir qué va a pasar.

Los escarabajos vuelan al atardecer es la historia de Jonás, Annika (hermanos, de 13 y 15 años, respectivamente) y David (un amigo común de 16 años). Los tres chicos, con personalidades totalmente diferentes, toman un trabajo temporal en la quinta Selanderschen, una de las mansiones más antiguas de su ciudad, Ringaryd, y también una de las más misteriosas. El trabajo es muy sencillo: solamente tienen que cuidar las plantas, pero hay una planta en particular que parece comunicarse con ellos.

La quinta Selanderschen se vuelve un lugar mágico para los niños, un lugar que, al principio, no comparten con nadie más. Y cuando, una tarde, Jonás, Annika y David encuentran el cuarto de verano, las cartas de Emilie y su historia de amor frustrado con Andreas Wiik (discípulo de Carlos Linneo), nada vuelve a ser como antes.

El mundo literario de María Gripe es de niños poderosos, audaces e inteligentes. Niños sensibles que tienen sus propias ideas sobre el mundo en el que viven. En este caso, Jonás y Annika son los que cumplen más atinadamente con esa caracterización.

Jonás es un chico apasionado del periodismo, los enigmas, las investigaciones y de narrar sus aventuras en la grabadora que recibe por su cumpleaños. Pronto, el descubrimiento de las cartas del cuarto de verano en la quinta Selanderschen lleva a los chicos a descubrir que Andreas Wiik llevó a Ringaryd una escultura egipcia, proveniente de uno de sus viajes científicos en el siglo XVIII. Presuntamente, la estatua estaría enterrada en Ringaryd. Cuando el misterio se filtra a la prensa, Jonás es testigo de la poca ética profesional de los dueños de periódicos, así que decide actuar según sus propios valores y convicciones. 

Annika tiene reflexiones muy maduras y muy profundas después de descubrir la historia de amor de Emilie y Andreas. Mientras Emilie sentía devoción y abnegación por Andreas, a este nunca le importó la muchacha y su amor, sólo su carrera profesional como botánico y discípulo de Carlos Linneo. Pero esto, reflexiona Annika, no tiene por qué ser justo o normal, y no es algo con lo que ella piensa conformarse. Estos son tiempos distintos, y Annika está convencida de que puede relacionarse románticamente de una manera más sana.

Lo mejor de Los escarabajos vuelan al atardecer es que los chicos construyen sus opiniones después de explorar y experimentar el mundo fantástico de la quinta Selanderschen. No hay ningún adulto que les esté dando una cátedra sobre cómo es la vida o las relaciones humanas, sino que ellos lo descubren por su cuenta, armando el “rompecabezas” del misterio de la estatua egipcia y debatiendo sobre él. 

Los escarabajos vuelan al atardecer es una novela de misterio. Tiene todos los elementos para serlo: un enigma aparentemente irresoluble, pistas “inocentes” que pueden pasar desapercibidas y un excelente tratamiento de la tensión en la narrativa, que funciona como un estira y afloja (de ahí que yo piense que la prosa es “aguijoneante”). Sin embargo, hay también elementos fantásticos, como el escarabajo pelotero y la flor azul, que se comunican con Jonás, Annika y David y les dan pistas o Julia Jason Andelius, la dueña de la quinta Selanderschen que telefonea a David para jugar ajedrez a distancia. (Y, gracias al juego, David sabe cuál es el siguiente paso para encontrar la estatua).

No quiero decepcionarlos, pero, al final, la verdad es que el misterio sobre dónde está la estatua egipcia no importa mucho. Lo que verdaderamente importa es el cambio en el mundo interno de los chicos. Por ejemplo, al principio, es muy notorio cómo Annika piensa que todo es un juego tonto sin ningún sentido y luego empieza a involucrarse más en la historia de amor de Emilie y Andreas y, a partir de ahí, como ya dije, saca sus propias conclusiones sobre las relaciones humanas, las cuales tienen un punto de vista feminista, por cierto.

Arriba dije que Elvis Karlsson es muy diferente a Los escarabajos vuelan al atardecer pero en realidad tienen mucho en común, especialmente la focalización en los sentimientos. Primero nos metemos en la mente de los personajes y sabemos cómo afrontan la vida y los acontecimientos que les suceden, y luego esto (no sé cómo explicarlo) se transmite al lector. Creo que esta es la razón por la que sentí la prosa de María Gripe hacerse un ovillo dentro de mi corazón la primera vez que la leí. Pienso que los autores de LIJ más exitosos tienen una característica en común: son empáticos tanto con los niños como con su niño interior y su propia infancia. Por eso, eventualmente, se vuelven clásicos.

A menudo, las novelas de misterio son cuadros que miramos muy de cerca. Solamente cuando damos un par de pasos atrás podemos ver el paisaje completo y establecer relaciones entre acontecimientos aparentemente insignificantes. Me pasó eso leyendo Los escarabajos… (y otras novelas de misterio, como La aguja hueca, de la saga del detective Arsène Lupin) y sospecho que me pasará a medida que vaya leyendo toda la obra (o lo que esté traducido al español y al inglés) de María Gripe. Espero que poco a poco pueda ir juntando piezas hasta formar una imagen completa del maravilloso mundo de la autora.

Para preguntar en la librería:

Los escarabajos vuelan al atardecer

María Gripe

España, Ediciones SM, 2010

Encuéntralo en Bookmate: https://es.bookmate.com/books/qCT33eGx 

Y para el lector curioso:

Vera Poseck, B. (2006). María Gripe: literatura de emociones. CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil), (190). Recuperado de: https://www.revistasculturales.com/articulos/33/clij-cuadernos-de-literatura-infantil-y-juvenil/506/1/maria-gripe-literatura-de-emociones.html 

Bajo la nieve

Charles Dickens es, probablemente, uno de los escritores que más quiero y admiro. Uno de esos autores cuya obra podría leer completa, libro tas libro, sin parar.

Hay una cita en Grandes esperanzas que ha resonado en mí desde que leí la novela, y ahora que leí Canción sobre un niño perdido en la nieve resonó todavía más:

Los que estáis leyendo esto meditad por un instante sobre la larga cadena de hierro o de oro, de espinas o de flores, que nunca os habría sujetado de no haber sido por un primer eslabón que se formó en un día memorable.

(Dickens, 2013, p. 106).

En las novelas de Charles Dickens yo veo con claridad esos eslabones en la vida de los personajes, esos acontecimientos que los hacen ser como son (malvados, prepotentes, agrios, ansiosos o crédulos), y tuve la misma sensación cuando leí Canción sobre un niño perdido en la nieve.

Relaciono esta obra de Antonio Malpica con Charles Dickens porque es una obra derivada de Canción de Navidad. Creo que todos hemos oído hablar de esa historia, pero si no, recordemos al malhumorado señor Scrooge, un anciano tacaño y rico que es visitado por el espíritu del pasado, el presente y el futuro la noche del 24 de diciembre. Esos espíritus le muestran a Scrooge cómo será su vida si no cambia su forma de ser. Finalmente, como es esperable en una novela de Dickens, el protagonista aprende su lección y cambia.

Canción sobre un niño… empieza quince años después de ese acontecimiento en Canción de Navidad, con un señor Scrooge cambiado, generoso al punto de la abnegación, despojado de todas sus pertenencias. El señor Scrooge pasa la Navidad en casa de los Cratchit, la misma en donde celebró hace años, aunque fuera en las páginas de otro libro. Los Cratchit están preocupados por su hijo menor, Billy, que desde hace mucho no ha pasado Navidad con ellos.

Billy Cratchit es un auxiliar contable muy pobre que vive resentido por el dinero y el éxito de los demás, especialmente por su jefe, el acaudalado señor Macy. Entonces, el señor Scrooge, convertido él mismo en el espíritu de la Navidad, decide darle algunas lecciones morales a Billy a través de su pasado, su presente y su futuro.

Si la lección del señor Scrooge fue dejar de ser tacaño y abrirle su corazón a los demás, la de Billy será encontrarse a sí mismo y valorar las cosas importantes de la vida, además de mirar lo que le sucede desde otra perspectiva. Como dice Dickens en la cita de Grandes esperanzas que puse al principio, las cadenas que nos sujetan son de espinas o de flores, dependiendo de cómo vivamos o resignifiquemos lo que nos pasa.

Billy Cratchit ha elaborado una cadena de espinas que lo sujeta a una vida amarga llena de odio y resentimiento, pero esta cadena florecerá gracias a la observación de su propia vida, a esos momentos específicos que fueron forjando su carácter. Y es que Billy, como dice el título de la novela, es un niño perdido en la nieve. No siempre fue una persona amargada; cuando era niño solía ser inocente, soñador y romántico. Fue la vida la que le lanzaba duras bolas de nieve hasta que lo sepultó por completo. Hasta ahora. Hasta este 24 de diciembre de 1858.

Volver a encontrarse a uno mismo y retomar el camino que trazamos en la infancia y sepultamos en la nieve cuando crecimos es algo con lo que me he topado constantemente en mi vida. ¿Cómo sería yo si viviera en otra ciudad o si hubiera nacido en otro país? ¿Cuál fue el primer eslabón de la cadena que se formó para sujetarme al amor que tengo por los libros? Creo que basta cambiar un solo momento de un segundo para tener una vida totalmente distinta. Billy Cratchit se enfrenta a algo parecido a esto cuando el señor Scrooge lo lleva a un futuro donde Billy pudo comprar el reloj cucú pero, a cambio, su padre y su hermano han fallecido.

Con Canción sobre un niño perdido en la nieve también cabe preguntarse si es posible desenterrar nuestros viejos sueños e ilusiones y volver a ser tan sensible y creativo como alguna vez lo fuimos. Claro, para ello, antes hay que dar paso a la añoranza y la nostalgia, y Billy tiene amuletos que lo transportan al pasado con ayuda del señor Scrooge. Por ejemplo, el misterioso sobre que contendría la carta más hermosa del mundo.

Casi estaba olvidando hablarles del muy agradable estilo autorreferencial del narrador. Este se siente como un tío muy mayor que está contándonos la historia de Billy Cratchit y su epifanía como un cuento mágico delante del pino de Navidad, a la luz de la chimenea y al calor de un chocolate espumoso. Creo que este narrador les ayudará mucho a los lectores que no conozcan Canción de Navidad, ya que se toma la delicadeza de explicar qué ha pasado con Ebenezer Scrooge y con los Cratchit desde aquella Navidad en que el tío Eb fue visitado por los espíritus del pasado, el presente y el futuro. De hecho, ahora que lo pienso, este narrador me recordó bastante al de Peter Pan: ambos tienen un estilo cálido, amigable y familiar que suele encantar a los lectores.

Ilustración de «Canción sobre un niño perdido en la nieve» por Sara Quijano

Canción sobre un niño perdido en la nieve está ilustrado por Sara Quijano, quien utiliza un estilo casi cinematográfico para jugar con la temporalidad de la historia. Es decir, en una misma ilustración vemos al señor Scrooge llegar a su casa, fallecer en el suelo, volver en forma de fantasma (o, más bien, en forma de espíritu de la Navidad) y, así, asomarse a su ventana para gritar “¡Feliz Navidad!” Me gusta especialmente este estilo en las ilustraciones porque muestra, a su manera, cómo se juega con el pasado, el presente y el futuro en la narración. Si en Canción de Navidad esto está bien estructurado (en parte, gracias a la brevedad), en Canción sobre un niño… la temporalidad explota en una espiral al estilo de la fisión nuclear, como diría Aidan Chambers. En la novela de Antonio Malpica, los amuletos de Billy hacen estallar su memoria, el tiempo y el espacio hacia otras realidades probables. En las ilustraciones de Sara Quijano, la explosión nuclear se queda suspendida ante nuestros ojos y, en un mismo dibujo, vemos el pasado, el presente y el futuro.

No sé qué tienen las historias ambientadas en Navidad, como Canción de Navidad, Canción sobre un niño perdido en la nieve o “El Cascanueces y el rey de los ratones”, pero siempre se sienten mágicas. No es el tipo de magia de un mundo fantástico que, de pronto, se aparece en nuestra ordinaria y aburrida vida, tampoco es el tipo de magia que viene con fuegos artificiales o la magia que te pone a temblar en la oscuridad. Es magia que vive en una cabaña dentro del bosque, una cabaña negra con una única ventana iluminada y la chimenea echando humo. Magia arrebujada en una manta de tartán escocés o escondida entre las páginas de un libro rojo de pasta dura.

Probablemente se trate de magia que se hace bolita y se acurruca en el pecho de los lectores (la misma que sentí cuando leí Elvis Karlsson) y que, un día, sale de nuestra boca convertida en vaho, en una noche decembrina llena de copos de nieve.

Para preguntar en la librería:

Canción sobre un niño perdido en la nieve

Antonio Malpica (texto) & Sara Quijano (ilustraciones)

México, El Naranjo, 2020

Encuéntralo en Bookmate: https://es.bookmate.com/books/tPvTanQV

Y para el lector curioso:

Dickens, C. (2013). Grandes esperanzas. México: Debolsillo.

Dickens, C. (2014). Canción de Navidad. Cuentos de Navidad. México: Debolsillo.