Chapoteo

Opaleye, ofiura, muimuy, rorcual de omiura, anoplogaster, foraminíferos, misidáceos, dinoflagelados. Caí rendida de amor por La vida en el océano al leer en voz alta esas palabras, que se sienten como caramelos en la boca.

Dentro de la no ficción para niños, la divulgación de la ciencia tiene un papel fundamental, casi protagónico. Los libros sobre ciencia, dinosaurios, científicos o los que hablan sobre mocos y popó desde una perspectiva científica son sumamente populares en librerías. 

No sé si el éxito de la divulgación de la ciencia en la LIJ se deba a la insaciable curiosidad de los niños o a la necesidad de los padres de darles respuestas a las interminables preguntas de sus hijos que, luego de varios rodeos, se reducen a ¿por qué el cielo es azul?, ¿por qué las flores tienen olor?, ¿por qué los pájaros cantan?, o una que me encanta y que, de hecho, es el título de un libro de filosofía: ¿por qué hay todo y no nada?

La vida en el océano, ilustrado y escrito por Julia Rothman, da respuesta a las preguntas más comunes que los chicos podrían tener sobre el mar y su flora y fauna. Está estructurado en ocho capítulos que muestran lo extenso del tema en cuestión: desde por qué el agua del océano es salada hasta las profundidades del fondo marino, la vida en los polos y los arrecifes de coral.

En esta entrada quiero detenerme un poco más en las ilustraciones que en el texto. El texto no tiene nada del otro mundo, es sintético y explicativo, informativo a fin de cuentas, va al punto y no hace alarde de metáforas o figuras retóricas (aunque esto no quiere decir que esos juegos del lenguaje están exiliados de la no ficción, al contrario). Son las ilustraciones, cuyo trazo es fluido y juguetón, las que llevan al lector a imaginar cómo es la vida en el océano.

Hace ya tres años, en un curso de libros de no ficción para niños, la profesora y escritora Ana Lartitegui nos presentaba tres modelos de divulgación para niños, cada uno en un nivel distinto de representación. El primero, Botanicum (Kate Scott y Kathy Willis), tiene un tono muy científico e ilustraciones realistas que recuerdan a las ilustraciones botánicas del siglo XIX. Luego estaba El gran libro del árbol y del bosque (René Mettler), a medio camino entre la ciencia y la poesía y por último, Ahí fuera (Maria Ana Peixe Dias, Inés Teixeira do Rosário y Bernardo P. Carvalho), el más poético y libre de los tres; incluso las ilustraciones de árboles y follaje son de color azul.

En ese sentido, creo que La vida en el océano está a medio camino. El texto es directo y, si bien utiliza algunos tecnicismos, no es demasiado científico. Las imágenes son mucho más libres, aunque no al grado de las de Ahí fuera. De hecho, aunque son ilustraciones poco realistas, es posible identificar y observar las partes de un pez, de un tiburón o de una medusa en el recurso más constante del libro: la “anatomía” de los seres marinos.

«La vida en el océano», Julia Rothman (texto e ilustraciones)

Esto me lleva a preguntarme sobre el realismo de los libros de divulgación científica para niños. ¿Las ilustraciones deben tener siempre una representación mimética, es decir, fiel a la realidad que pretenden mostrar? Si no tienen este tipo de representación, como La vida en el océano o Ahí fuera, ¿se consideran poco precisas o poco serias?

No necesariamente. En la divulgación de la ciencia, sobre todo en ensayos dirigidos al gran público, es muy frecuente el uso de metáforas o de experiencias personales para explicar algún hecho o dato científico. Usamos la metáfora, así como otras figuras retóricas, para que todos nos entiendan, incluso si nos dirigimos a lectores poco familiarizados con cualquier rama de la ciencia. En este caso, el texto de La vida en el océano, como ya he dicho, no es muy atrevido en cuanto a juegos y retruécanos, pero las ilustraciones sí se dan ese permiso, y aunque no son naturalistas, podemos encontrar, por ejemplo, formas de identificar a una tortuga con ayuda de dibujos de su cabeza y caparazón. 

Lo mismo ocurre con las maneras de identificar una concha (colmillo de mar, concha de gusano, rissoido, lapa o almeja): los dibujos son monocromáticos en un tono salmón muy suave, al igual que el trazo. De hecho, estos dibujos parecen la sombra de las conchas, pues no son para nada naturalistas y no se pueden tomar como una guía definitiva para quien quiera ir a la playa a coleccionar conchitas; pero aun así, funcionan para informar al lector en esta materia.

Lo que quiero decir es que la divulgación científica no debería estar cerrada solamente a la representación mimética en aras de “no confundir” a los niños o de enseñarles cosas “adecuadamente” (es decir, a la manera de la escuela y los libros de texto). En la no ficción para niños es posible jugar con el fondo y la forma, y las posibilidades son infinitas.

Pero el juego en la no ficción para niños no se utiliza (o no debería utilizarse) como mero adorno o pretexto para interesar a niños y jóvenes con temas científicos complejos, como si los recursos poéticos y literarios fueran la envoltura del caramelo. Fondo y forma deben estar unidos y ambos deben responder a un “¿para qué?” Considero que esto sí sucede en La vida en el océano que, además de informar a los lectores, les permite imaginar, nutrir su curiosidad e interesarlos por el ambiente, ya que al final, una parte del libro se dedica a hablar brevemente sobre el cambio climático, la pesca de alto impacto, el derretimiento de los polos y otras cuestiones que afectan directamente la vida en el océano.

No suelo leer mucha no ficción, tanto la que está dirigida a niños como la que se dirige a adultos, pero ese es uno de mis “propósitos lectores”: leer más géneros literarios que no acostumbro leer. Me encantan los libros que juegan, que son libres y que se dan el permiso de experimentar. 

Para preguntar en la librería:

La vida en el océano

Julia Rothman (texto e ilustraciones)

España, Errata Naturae, 2022

Ascenso y caída del museo de las maravillas

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, los insectos recordarían el día que la maravilla cayó del cielo.

Como casi siempre sucede en esos casos, los insectos se formaron para ver la maravilla y tratar de descifrar si era un caramelo, un planeta o una crisálida mágica. Pero había alguien escondido en las sombras, observando, esperando. Un día, salió de su escondite y reclamó que la maravilla era suya. ¿Quién había sido la guapa que dijo eso? La araña, con su moño y su bombín.

Y más guapa se puso la araña cuando anunció que montaría una exposición para ver la maravilla que cayó del cielo, y los boletos costarían una hoja cada uno. La exposición fue un éxito y, naturalmente, los boletos subieron de precio. Y mientras más subían los precios, el público más se quejaba. La araña no hacía caso de esto y se dedicaba a esperar que más insectos conocieran la maravilla… hasta que llegó alguien más listo que ella. El pez grande se come al chico, ¿no? Es la ley de los negocios.

«Cayó del cielo», Terry Fan y Eric Fan (texto e ilustraciones)

Terry Fan y Eric Fan (the Fan brothers) firman el libro álbum Cayó del cielo, editado por Leetra, editorial nueva para mí que me tiene fascinada. Me encanta la idea de algo extraño y fantástico que, de pronto, irrumpe en un espacio cotidiano y lo transforma por completo. La extrañeza de los insectos al descubrir la maravilla se refleja en la paleta de color del libro, en blanco y negro excepto por ese pequeño objeto mágico, dibujado con colores brillantes que, viéndolo bien, sí la hacen parecer un planeta o un asteroide.

Cayó del cielo puede leerse como una fábula y como un cuento fantástico. La protagonista de la fábula es la araña y su defecto, la avaricia (un defecto personificado en sus ocho largas patas). Ella se apodera de la maravilla para hacerse inmensamente rica, aunque en realidad ese objeto mágico no le pertenezca a nadie o, más bien, sea del niño que la tiró un día en el jardín.

Me alegra que este libro álbum no caiga en el moralismo de regañar a la araña por estafar y mentirles a los demás insectos. Es cierto que hizo algo incorrecto, pero al final aprende su lección de manera natural, creíble, convincente y lógica para la historia. Así, la araña logra ofrecerle algo nuevo a su comunidad, un final feliz que se traduce en la paleta de color, pues el mundo se ilumina cuando llegan más maravillas a la exposición de la araña.

Los hermanos Fan cuentan que la idea de este libro surgió a partir de una ilustración victoriana en la que se ve a unos insectos, con lupas y bombines, observar un objeto totalmente ajeno a su mundo. Esta extrañeza de la que hablaba al principio es la que convierte a Cayó del cielo en un cuento fantástico casi puro. Pienso en Cinco chicos y eso de Edith Nesbit, cuando los hermanos Robert, Anthea, Jane, Cyril y “Corderito” (el bebé) encuentran un hada de arena, de nombre Psammead, en un pozo de grava. El hada, cuyo aspecto físico es más parecido al de una bestia mitológica, cumple los deseos de los hermanos, pero esto, claro, los meterá en más de un problema.

Lo que busco resaltar aquí es el objeto, en el caso de Cayó del cielo, y el personaje, en Cinco chicos y eso, que nos descoloca. En ambos casos, el descubrimiento de lo fantástico es inesperado y cambia la vida de los protagonistas para siempre; esa es la entrada de lo fantástico. En Cayó del cielo el contraste entre el fondo en blanco y negro y las maravillas a color es esencial para comprender el asombro.

«Cayó del cielo», Terry Fan y Eric Fan (texto e ilustraciones)

Los hermanos Fan tienen ya bastante éxito en el negocio del érase una vez. Su primer álbum ilustrado, The Night Gardener, recibió el Dilys Evan Founders Award en 2016. De hecho, trata un tema similar al de Cayó del cielo: William, un chico que vive en un orfanato, despierta una mañana y descubre que un misterioso jardinero nocturno ha podado un árbol para darle la forma de un búho. La paleta de color es similar a la de Cayó del cielo, pues muestra un mundo sepia hasta la llegada del jardinero, que pinta todo de colores.

Cayó del cielo está en México gracias a la editorial Leetra que, según sus propias palabras, busca que sus libros sean una experiencia. Este es el primer libro que leo editado por ellos y, en efecto, ha sido una experiencia. Creo que, aunque no vivamos en un reino encantado con hadas, brujas y gnomos, siempre podemos inventarnos nuevas cosas para sorprendernos a nosotros mismos y llenarnos de fantasía.

Para preguntar en la librería:

Cayó del cielo

Terry Fan & Eric Fan (texto e ilustraciones)

México, Leetra, 2022

Algunos prejuicios de la literatura infantil que ya no tienen cabida en este mundo

Hoy, 2 de abril, es el Día del Libro Infantil y Juvenil. En El Carrito Rojo ya he hablado sobre lo que hace memorable a un libro infantil, y muchas de esas razones me parecen buenos pretextos para leer LIJ.

Pero hoy, con motivo de este maravilloso día, quiero escribir sobre los prejuicios que, tristemente, todavía existen en torno a la LIJ. Algunos de ellos los he escuchado en la vida real, ya sea porque me los han dicho o porque los he escuchado en librerías (siempre presten atención a lo que oyen y ven en librerías, es una excelente manera de descubrir cómo lee la gente).

“Como es un libro infantil, la bruja que aparece no puede ser mala”

¿Creen los padres que su hermosa palomita blanca se convertirá en un niñito psicópata si lee Maus? ¡Por supuesto que lo creen! De otra forma, no intentarían censurarlo tan ferozmente. Pero eso conlleva que no confíen en el criterio de su palomita blanca y que piensen que es lo suficientemente tonta como para dejarse influenciar (al grado de cambiar toda su personalidad) por la lectura de un solo libro.

Esa es la razón por la que me enferman las nuevas lecturas de libros clásicos. La nueva versión de Las brujas está edulcorada, como si temiera asustar a los niños. Por ejemplo, en el libro, las historias sobre brujas que la abuela le cuenta al protagonista son inolvidables: todos nos asustamos con la niña que se quedó atrapada en un cuadro o con el niño que se convirtió en piedra y empezó a servir como perchero para las visitas que llegaban a su casa. En la película, en cambio, la Gran Bruja convierte a una niña en una gallina gigante y, aunque esto también pasa en el libro, en la película se afirma que la chica-gallina continuó viviendo con su familia, mientras que, en la novela, no está claro si desapareció o no.

No estoy comparando el libro con la película, y no me gusta pensar que tal o cual adaptación es mejor o peor. Me preocupa la lectura que le estamos ofreciendo a los niños, pues me parece que es propia de padres que desean pavimentarles el camino a sus hijos para evitarles el sufrimiento. Pero nadie puede vencer el sufrimiento evitándolo. Es necesario encararlo y, para eso, tenemos que nombrarlo. O, si no lo nombramos, podemos permitirnos jugar con la incertidumbre y la ambigüedad para despertar emociones auténticas en los lectores. De eso se trata la verdadera literatura.

No estoy hablando aquí de una literatura para niños cruel, despiadada y cruda. La forma de narrar la crueldad es muy importante para construir empatía con los lectores, así como ofrecerles una salida, una solución, una esperanza. Se trata de recordar que los dragones se pueden vencer.

“Puedes escoger un libro, pero que te enseñe algo”

Claro, mamá, ¿está bien si ese libro me enseña a desobedecer críticamente? ¿O si habla de la diversidad sexual? ¿Qué tal si es un libro sobre la crueldad humana? ¿O sobre el abuso, la muerte, las injusticias?

Creo que cuando los padres buscan que un libro “tenga mensaje” o “deje una enseñanza”, se refieren a fábulas con las cuales ellos (los padres) se sientan cómodos. La “enseñanza” termina, casi siempre, siendo un “¿ya ves lo que les pasa a los que no son buenos chicos?”, como un Pedro Melenas moderno.

«Cómo hacer que tus papás amen los libros para niños», Alain Serres (texto) & Bruno Heitz (ilustraciones)

A veces, pareciera que la moralidad ya está superada en la LIJ, pero muchos consumidores (padres, maestros, tutores) la buscan constantemente porque quizá creen que los libros educan o te vuelven una mejor persona. Les tengo noticias: no es así. Los libros sirven para lo que sirven: para pensar, para imaginar, para abrir la puerta a otros mundos, para inspirarse, para ser más críticos, para saber cosas sobre el mundo, la historia, la ciencia… o para nada. Quizá los libros sólo nos sirven para pasar un buen rato con nosotros mismos. Y eso ya es una enseñanza que vale oro.

“Los libros infantiles son sólo ‘cuentos’”

En la LIJ hay cuentos, álbumes ilustrados, poesía, novela, novela gráfica e incluso Formas de Contar No Identificadas (FCNI) porque combinan varios géneros o se inventan unos nuevos. La LIJ es más compleja de lo que creemos, pero, aun así, nos invita a entrar en su bosque.

Y en ese bosque, la libertad es la regla. Pienso en autores de literatura para adultos, como César Aira, a quienes la crítica ya ha encasillado como autores “raros” o “excéntricos” (otro autor excéntrico podría ser Francisco Tario) por sus temas y personajes demasiado fantasiosos, como la Princesa Primavera, el Capitán Otoño y su árbol de Navidad. La princesa Primavera sería un “cuento” más si estuviera dirigido a los niños, pero en la literatura para adultos, este tipo de novelas son poco comunes, según la crítica.

Hasta donde yo sé, la crítica de LIJ no ha hecho la distinción de “LIJ excéntrica” porque sería un tanto absurdo. Esto es sólo una intuición y puedo equivocarme, pero pienso que no existe tal cosa en la LIJ porque la libertad fantasiosa y la imaginación son la norma. Aquí, más que en la literatura para adultos, se puede escribir lo que uno quiera.

Los prejuicios nacen del desconocimiento y de los estereotipos. Mientras escribía esta entrada, recordé el álbum Cómo hacer que tus papás amen los libros para niños, con texto de Alain Serres e ilustraciones de Bruno Heitz. Allí hay algunos prejuicios, detrás de las recomendaciones para convencer a los padres de leer libros para niños. Una de ellas dice: “Si tus papás dicen que los libros para niños sólo cuentan tonterías… respóndeles que tienen razón, pero que lo sientes… ¡porque las tonterías realmente te fascinan!” (Serres, 2012, pp. 12-15). Esa es la magia de la literatura infantil: son tonterías muy serias.

Escribir

Todo empezó con un viaje a las estrellas.

Un buen día, se me ocurrió agarrar un lápiz y una hoja blanca tamaño A4 y sentarme a escribir una historia sobre una chica (que en ese entonces no podía disociar de mí misma) que viajaba a la luna, pero se caía y terminaba en una estrella.

Recuerdo que a esa edad no me importaba nada, sólo corría detrás de las ideas, aunque me parecieran totalmente locas, aunque no tuvieran nada que ver entre sí. ¡Estaba contando un viaje a las estrellas! Podía escribir lo que yo quisiera, y todo sería válido, porque estaba contando cómo era la vida en otro mundo. Esa libertad es la que sigo persiguiendo en mi vida adulta como escritora.

No quiero decir que esa libertad se haya desvanecido con el paso del tiempo, pero en la carrera uno empieza a absorber teoría, crítica, narrativa, corrientes filosóficas, análisis del discurso… y la diversión se opaca un poquito. Ya no sólo preocupa contar una historia, sino cómo se cuenta, pues esto determina todo.

Ahora trato de que la niña y la adulta escritora colaboren juntas, por eso sigo escribiendo en hojas blancas tamaño A4, aunque ya no uso lápices porque se emborronan fácilmente. Y, aunque sigo corriendo detrás de las ideas, muchas veces tengo pensamientos que me frenan. Uno de ellos es, cómo no, la voz del impostor. Creo que lo más difícil de escribir es dejar tu ego a un lado, tanto si te hace pensar que eres el peor autor sobre la tierra como si deliras pensando que escribes todo bien al primer intento. Al respecto, he descubierto que, para callar esa vocecita, lo que más me funciona es ignorarla y seguir. Claro, es más fácil decirlo que hacerlo, pero ¿qué importa más?, ¿escribir o ser “perfecta”?

«Escribir», Murray McCain (texto) & John Alcorn (ilustraciones)

Desde que abrí este blog he empezado a tomarme más en serio la escritura. No es que antes no la tomara en serio, pero no era tan disciplinada. Ahora siento que reseñar libros para niños (al menos uno al mes) me ha ayudado mucho a tener un ojo más crítico, a afilar mis antenas, porque ahora es más fácil leerme a mí misma y hacerme correcciones honestas.

Por ejemplo, ayer estaba reescribiendo una historia que hice algunos años atrás. Cuando la escribí me gustaba mucho el tono del narrador-protagonista, pero ahora me di cuenta de que quizá no funciona bien para lo que yo quiero contar. Entonces, decidí cambiar al narrador: ahora sería un abuelo que le cuenta la historia a su nieto. Sin embargo, me enfrentaba a un problema importante (entre todos los problemas que conlleva hacer un movimiento tan radical como un cambio de narrador): dentro del cuento, hay dos historias igual de importantes. ¿Cómo hacer que el abuelo las narre sin que el lector se confunda? “Bueno”, pensé, “que sean dos nietos y que cada uno pida una historia”.

Este tipo de soluciones narrativas no se me hubiera ocurrido en la universidad, porque ciertas técnicas no se habían asentado muy bien en mi cerebro. De hecho, antes de que se me ocurriera esa solución, estaba pensando en Los escarabajos vuelan al atardecer, en donde cada niño vive lo que pasa en la novela a su manera. El análisis o, por lo menos, la lectura que hice de la novela de Maria Gripe y que plasmé en mi reseña me ayudó para resolver mi cuento.

«Escribir», Murray McCain (texto) & John Alcorn (ilustraciones)

No he tenido el mismo proceso creativo siempre y, de hecho, creo que no tengo uno. La verdad, tiendo al caos. Lo que sí ha cambiado es mi actitud hacia las cosas que escribo e intuyo que algo tendré que agradecerles a los “frenos” por eso. Los frenos me hacen dar dos pasos atrás y replantearme lo que escribo sin criticarme duramente, sin atacarme y sin destruir mi autoestima. Ya no escribo como una niña, pero la niña en mi interior sigue escribiendo.

Por cierto, la niña en mi interior, en su solipsismo, no consideraba a los lectores, porque escribía sólo para ella, como si estuviera jugando. Pero ahora, he descubierto que lo más satisfactorio, lo más bonito de escribir y también lo más retador, son los lectores. Puede ser un lugar común el decir “un libro no está completo hasta que alguien lo lee”, pero es verdad. Los libros cobran vida, una vida nueva, cuando los lectores lo hacen suyo. Y me gusta la teoría de la recepción por la idea de los espacios vacíos en un texto que el lector tiene que rellenar. Cuando escribe, el autor hace atmósferas, situaciones, sentimientos y silencios que quiere que sean notados por el lector, y así se establece el diálogo.

Decidí escribir esta entrada para dejar que mi cerebro descansara de las reseñas. Me sentía un poco “entumida”, por así decirlo. Todavía me siento así, por lo tanto, no era buena idea escribir una reseña. Me hubiera salido acartonada. Escribir también tiene que ver con saber tomar respiros y descansos, incluso de uno mismo. Entonces, mientras regreso a mi centro, estaré pensando en nuevas maneras de escribir y jugar con el género ensayístico, que para eso escribe una: para jugar.

Espejos

Quiero escribir esta entrada como si miráramos un conjunto de fotos. Cada párrafo corresponde a una imagen.

I. Una camiseta roja, unos pantalones azules

En la prensa a veces se hace viral alguna foto dramática de gente que se ve obligada a huir de su país, de su casa y de su familia, quizá para no volver jamás. Fue ese el caso de Aylan Kurdi, de tres años, un niño sirio que viajaba con sus padres y su hermano hacia Grecia. Sin embargo, su embarcación se hundió y Aylan falleció frente a las costas de Turquía. La foto del pequeño, que usaba pantalón azul y playera roja, acostado boca abajo sobre la arena, fue replicada miles de veces en la prensa internacional, como símbolo del drama de la migración y el exilio.

II. 4, 6, 8, 12

Parece un cuento de hadas perverso: padres que suben a sus hijos a un barco que cruzará el océano Pacífico para deshacerse de ellos, como en el cuento “Hansel y Gretel”. Pero esos padres, en realidad, estaban protegiendo a sus hijos de la guerra civil española y de la dictadura franquista, y no los hubieran puesto en el agua si la situación en su tierra natal no hubiera sido tan desesperanzadora. Niños de 4, 6, 8 y hasta 12 años de edad, los más mayores, se enfrentaban, solos, a una travesía que les cambiaría la vida y la identidad.

III. Conciencia

Mexique, el nombre del barco, con texto de María José Ferrada e ilustraciones de Ana Penyas, habla de los 456 niños que nacieron españoles, pero envejecerían y morirían siendo llamados «niños de Morelia». Además, este libro álbum lanza preguntas sobre qué es una nación, un hogar y qué significa tener o no una patria.

Las ilustraciones de Ana Penyas están basadas en fotografías del barco y de los niños españoles que llegaron a Veracruz y luego se dirigieron, por tren, a Morelia, lo cual ilustra muy bien el drama y los abismos que se viven en situaciones como estas. El libro comienza con ilustraciones de niños subiendo al barco; algunos de ellos van de brazo en brazo, y otros se despiden de sus familias, que los observan desde el muelle, desde el otro lado de la página. Me pregunto si alguno de esos chicos sabe qué está pasando en realidad. Les han dicho que se irán a otras tierras “mientras las cosas se calman”, por eso, muchos creen que se van de vacaciones. ¿Durante cuánto tiempo creyeron eso? ¿En qué momento dejaron de pensar en volver a ver a sus padres, a sus familias?

Ilustración de «Mexique, el nombre del barco», por Ana Penyas

IV. Una nube

Jorge Llop Plants perdió la ilusión, o la inocencia, a los 16 años. En una entrevista concedida al periódico El sol de Morelia, Juan, hoy de más de ochenta años, cuenta que se embarcó en el Mexique por decisión de su padre, que había quedado viudo hacía algún tiempo. Durante muchos años, Juan le escribió a su padre, hasta que este ya no le respondió. Todos le decían que quizá estaba cansado y por eso no le contestaba las cartas, pero en realidad, había fallecido. Juan terminó por aceptar esto a los 16 años. Este niño de Morelia recuerda su travesía en el Mexique entre nubes, como seguramente la recuerdan la mayoría de los chicos.

V. Un trozo de espejo

Algunos recuerdos poco nítidos en la memoria también conforman la identidad. De hecho, la identidad de los niños de Morelia (y la de cualquier persona que se ve forzada a migrar, en cualquier época y lugar) está fragmentada. ¿Son españoles o mexicanos? Muchos de ellos, como el señor Llop Plants, se consideran completamente mexicanos, pero lo cierto es que aún conservan raíces y pequeños recuerdos de su tierra natal, de sus padres, hermanos y amigos. La identidad, en este caso, está rota; se rompió aquel día en que abordaron el barco y los pedazos se repartieron entre México y España, y también en el Mexique y en el mar.

VI. Un hilo

La narración de Mexique, el nombre del barco, aunque tiene un orden lógico de principio a fin, también está contada con fragmentos. Cada foto/ilustración de los niños de Morelia funciona como un pedazo de memoria que se reconstruye con el orden en que se presentan las ilustraciones. Es como si, una tarde, encontráramos fotos viejas en un archivo y nos dispusiéramos a ordenarlas para contar una historia que no recordamos y que, quizá, tampoco podemos poner en palabras. Sin embargo, la prosa poética de María José Ferrada no describe sucesos uno detrás de otro, sino solo sentimientos que se agolpan en la garganta al contemplar la interminable panza del barco, el inmenso océano, las oleadas de gente con pañuelos blancos en Veracruz.

Ilustración de «Mexique, el nombre del barco», por Ana Penyas

VII. Un destino

Cuando llegaron a México, los niños de Morelia fueron acogidos por la escuela España-México, situada en dicha ciudad mexicana. Recibieron el apoyo del Patronato Pro Niños Españoles a partir de 1942, con el cual se desarrollaron tres casas hogar, dos para hombres y una para mujeres. Con estos apoyos, los chicos lograron sobrevivir una buena cantidad de décadas, ya que las “largas vacaciones” se convirtieron en una estancia prolongada, vitalicia, debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

VIII. Una casa

Me pregunto si los niños de Morelia continuaron aferrando la patria que llevaban en la maleta en la escuela España-México, en los albergues y en las sucesivas casas hogar donde vivieron. Pienso que quizá, en realidad, jamás se bajaron del barco, puesto que siempre estuvieron navegando entre los embates del apoyo del gobierno de México, de la incertidumbre, de la nostalgia por su país y de la desesperación por comenzar a “buscarse la vida” a muy temprana edad.

IX. Espejos

El señor Llop Plants se mira al espejo como mexicano, pero quizá haya otros niños de Morelia que se vean el rostro en un espejo de aguas turbulentas. Quizá no podamos comprender del todo lo importante que es tener una identidad enraizada en un territorio hasta que la perdemos o hasta que se ve comprometida por conflictos bélicos. Lo único que nos queda es no tratar a nadie como alienígenas.

Para preguntar en la librería:

Mexique, el nombre del barco

María José Ferrada (texto) & Ana Penyas (ilustraciones)

México, Ediciones Tecolote y Alboroto Ediciones, 2018.

Y para el lector curioso:

Bibiano, H. (Productor). (2019). El exilio republicano en México. La llegada del Sinaia a Veracruz [Documental]. Universidad Veracruzana.

Gil Yáñez, G. (9 de junio de 2019). «Niño de Morelia» cuenta su historia 82 años después. El sol de Morelia. Recuperado de: https://www.elsoldemorelia.com.mx/local/nino-de-morelia-cuenta-su-historia-82-anos-despues-3740802.html

Una estatua, unas cartas, una voz

Para el escarabajo pelotero

Este libro lo tiene todo: misterio, aventura, fantasía, onirismo, estatuas egipcias, botánica, flores azules, escarabajos peloteros, partidas de ajedrez, una mansión antigua, una historia de amor del siglo XVIII y pastillas de regaliz.

No sé si la crítica de LIJ lo dice (y, francamente, no me importa demasiado en estos momentos) pero, para mí, los libros de María Gripe son clásicos raros. Son raros en el sentido de que, al menos en México, su presencia (y ya no digamos su lectura) no es muy frecuente en bibliotecas, librerías o escuelas. De hecho, la investigadora Beatriz Vera Poseck dice que, de los 40 libros de María Gripe, 20 se han traducido en España y de ellos, 10 no se han descatalogado. 

No sólo por esta circunstancia sus libros son raros, sino también por “insignes, sobresalientes o excelentes en su línea”. Y esto, de hecho, los hace clásicos. Claro, la definición de libro clásico es mucho más amplia y compleja, pero a mí me gusta ceñirme a lo que dice Italo Calvino: los clásicos son libros que siempre se sacuden el polvo de la historia (ya que se mantienen frescos, actuales) y, por mucho que te hablen sobre ellos, siempre terminan por sorprenderte. 

Conocí a María Gripe (ya lo he contado antes) a través de su libro Elvis Karlsson, del cual leí maravillas en La retórica del personaje de María Nikolajeva. En cuanto terminé esa novela, se convirtió en uno de mis libros favoritos; por eso, cuando, un día, navegando y curioseando por Bookmate, me topé con Los escarabajos vuelan al atardecer, no dudé en leerlo.

«Creatures of the order Coleoptera», ilustración de Kelsey Oseid

No les voy a mentir: al principio me decepcioné un poco, ya que Los escarabajos… no se parece en nada a Elvis Karlsson. Aun así, seguí leyendo, pues la prosa es emocionante y aguijoneante, porque te incita a seguir y seguir leyendo para descubrir qué va a pasar.

Los escarabajos vuelan al atardecer es la historia de Jonás, Annika (hermanos, de 13 y 15 años, respectivamente) y David (un amigo común de 16 años). Los tres chicos, con personalidades totalmente diferentes, toman un trabajo temporal en la quinta Selanderschen, una de las mansiones más antiguas de su ciudad, Ringaryd, y también una de las más misteriosas. El trabajo es muy sencillo: solamente tienen que cuidar las plantas, pero hay una planta en particular que parece comunicarse con ellos.

La quinta Selanderschen se vuelve un lugar mágico para los niños, un lugar que, al principio, no comparten con nadie más. Y cuando, una tarde, Jonás, Annika y David encuentran el cuarto de verano, las cartas de Emilie y su historia de amor frustrado con Andreas Wiik (discípulo de Carlos Linneo), nada vuelve a ser como antes.

El mundo literario de María Gripe es de niños poderosos, audaces e inteligentes. Niños sensibles que tienen sus propias ideas sobre el mundo en el que viven. En este caso, Jonás y Annika son los que cumplen más atinadamente con esa caracterización.

Jonás es un chico apasionado del periodismo, los enigmas, las investigaciones y de narrar sus aventuras en la grabadora que recibe por su cumpleaños. Pronto, el descubrimiento de las cartas del cuarto de verano en la quinta Selanderschen lleva a los chicos a descubrir que Andreas Wiik llevó a Ringaryd una escultura egipcia, proveniente de uno de sus viajes científicos en el siglo XVIII. Presuntamente, la estatua estaría enterrada en Ringaryd. Cuando el misterio se filtra a la prensa, Jonás es testigo de la poca ética profesional de los dueños de periódicos, así que decide actuar según sus propios valores y convicciones. 

Annika tiene reflexiones muy maduras y muy profundas después de descubrir la historia de amor de Emilie y Andreas. Mientras Emilie sentía devoción y abnegación por Andreas, a este nunca le importó la muchacha y su amor, sólo su carrera profesional como botánico y discípulo de Carlos Linneo. Pero esto, reflexiona Annika, no tiene por qué ser justo o normal, y no es algo con lo que ella piensa conformarse. Estos son tiempos distintos, y Annika está convencida de que puede relacionarse románticamente de una manera más sana.

Lo mejor de Los escarabajos vuelan al atardecer es que los chicos construyen sus opiniones después de explorar y experimentar el mundo fantástico de la quinta Selanderschen. No hay ningún adulto que les esté dando una cátedra sobre cómo es la vida o las relaciones humanas, sino que ellos lo descubren por su cuenta, armando el “rompecabezas” del misterio de la estatua egipcia y debatiendo sobre él. 

Los escarabajos vuelan al atardecer es una novela de misterio. Tiene todos los elementos para serlo: un enigma aparentemente irresoluble, pistas “inocentes” que pueden pasar desapercibidas y un excelente tratamiento de la tensión en la narrativa, que funciona como un estira y afloja (de ahí que yo piense que la prosa es “aguijoneante”). Sin embargo, hay también elementos fantásticos, como el escarabajo pelotero y la flor azul, que se comunican con Jonás, Annika y David y les dan pistas o Julia Jason Andelius, la dueña de la quinta Selanderschen que telefonea a David para jugar ajedrez a distancia. (Y, gracias al juego, David sabe cuál es el siguiente paso para encontrar la estatua).

No quiero decepcionarlos, pero, al final, la verdad es que el misterio sobre dónde está la estatua egipcia no importa mucho. Lo que verdaderamente importa es el cambio en el mundo interno de los chicos. Por ejemplo, al principio, es muy notorio cómo Annika piensa que todo es un juego tonto sin ningún sentido y luego empieza a involucrarse más en la historia de amor de Emilie y Andreas y, a partir de ahí, como ya dije, saca sus propias conclusiones sobre las relaciones humanas, las cuales tienen un punto de vista feminista, por cierto.

Arriba dije que Elvis Karlsson es muy diferente a Los escarabajos vuelan al atardecer pero en realidad tienen mucho en común, especialmente la focalización en los sentimientos. Primero nos metemos en la mente de los personajes y sabemos cómo afrontan la vida y los acontecimientos que les suceden, y luego esto (no sé cómo explicarlo) se transmite al lector. Creo que esta es la razón por la que sentí la prosa de María Gripe hacerse un ovillo dentro de mi corazón la primera vez que la leí. Pienso que los autores de LIJ más exitosos tienen una característica en común: son empáticos tanto con los niños como con su niño interior y su propia infancia. Por eso, eventualmente, se vuelven clásicos.

A menudo, las novelas de misterio son cuadros que miramos muy de cerca. Solamente cuando damos un par de pasos atrás podemos ver el paisaje completo y establecer relaciones entre acontecimientos aparentemente insignificantes. Me pasó eso leyendo Los escarabajos… (y otras novelas de misterio, como La aguja hueca, de la saga del detective Arsène Lupin) y sospecho que me pasará a medida que vaya leyendo toda la obra (o lo que esté traducido al español y al inglés) de María Gripe. Espero que poco a poco pueda ir juntando piezas hasta formar una imagen completa del maravilloso mundo de la autora.

Para preguntar en la librería:

Los escarabajos vuelan al atardecer

María Gripe

España, Ediciones SM, 2010

Encuéntralo en Bookmate: https://es.bookmate.com/books/qCT33eGx 

Y para el lector curioso:

Vera Poseck, B. (2006). María Gripe: literatura de emociones. CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil), (190). Recuperado de: https://www.revistasculturales.com/articulos/33/clij-cuadernos-de-literatura-infantil-y-juvenil/506/1/maria-gripe-literatura-de-emociones.html 

Bajo la nieve

Charles Dickens es, probablemente, uno de los escritores que más quiero y admiro. Uno de esos autores cuya obra podría leer completa, libro tas libro, sin parar.

Hay una cita en Grandes esperanzas que ha resonado en mí desde que leí la novela, y ahora que leí Canción sobre un niño perdido en la nieve resonó todavía más:

Los que estáis leyendo esto meditad por un instante sobre la larga cadena de hierro o de oro, de espinas o de flores, que nunca os habría sujetado de no haber sido por un primer eslabón que se formó en un día memorable.

(Dickens, 2013, p. 106).

En las novelas de Charles Dickens yo veo con claridad esos eslabones en la vida de los personajes, esos acontecimientos que los hacen ser como son (malvados, prepotentes, agrios, ansiosos o crédulos), y tuve la misma sensación cuando leí Canción sobre un niño perdido en la nieve.

Relaciono esta obra de Antonio Malpica con Charles Dickens porque es una obra derivada de Canción de Navidad. Creo que todos hemos oído hablar de esa historia, pero si no, recordemos al malhumorado señor Scrooge, un anciano tacaño y rico que es visitado por el espíritu del pasado, el presente y el futuro la noche del 24 de diciembre. Esos espíritus le muestran a Scrooge cómo será su vida si no cambia su forma de ser. Finalmente, como es esperable en una novela de Dickens, el protagonista aprende su lección y cambia.

Canción sobre un niño… empieza quince años después de ese acontecimiento en Canción de Navidad, con un señor Scrooge cambiado, generoso al punto de la abnegación, despojado de todas sus pertenencias. El señor Scrooge pasa la Navidad en casa de los Cratchit, la misma en donde celebró hace años, aunque fuera en las páginas de otro libro. Los Cratchit están preocupados por su hijo menor, Billy, que desde hace mucho no ha pasado Navidad con ellos.

Billy Cratchit es un auxiliar contable muy pobre que vive resentido por el dinero y el éxito de los demás, especialmente por su jefe, el acaudalado señor Macy. Entonces, el señor Scrooge, convertido él mismo en el espíritu de la Navidad, decide darle algunas lecciones morales a Billy a través de su pasado, su presente y su futuro.

Si la lección del señor Scrooge fue dejar de ser tacaño y abrirle su corazón a los demás, la de Billy será encontrarse a sí mismo y valorar las cosas importantes de la vida, además de mirar lo que le sucede desde otra perspectiva. Como dice Dickens en la cita de Grandes esperanzas que puse al principio, las cadenas que nos sujetan son de espinas o de flores, dependiendo de cómo vivamos o resignifiquemos lo que nos pasa.

Billy Cratchit ha elaborado una cadena de espinas que lo sujeta a una vida amarga llena de odio y resentimiento, pero esta cadena florecerá gracias a la observación de su propia vida, a esos momentos específicos que fueron forjando su carácter. Y es que Billy, como dice el título de la novela, es un niño perdido en la nieve. No siempre fue una persona amargada; cuando era niño solía ser inocente, soñador y romántico. Fue la vida la que le lanzaba duras bolas de nieve hasta que lo sepultó por completo. Hasta ahora. Hasta este 24 de diciembre de 1858.

Volver a encontrarse a uno mismo y retomar el camino que trazamos en la infancia y sepultamos en la nieve cuando crecimos es algo con lo que me he topado constantemente en mi vida. ¿Cómo sería yo si viviera en otra ciudad o si hubiera nacido en otro país? ¿Cuál fue el primer eslabón de la cadena que se formó para sujetarme al amor que tengo por los libros? Creo que basta cambiar un solo momento de un segundo para tener una vida totalmente distinta. Billy Cratchit se enfrenta a algo parecido a esto cuando el señor Scrooge lo lleva a un futuro donde Billy pudo comprar el reloj cucú pero, a cambio, su padre y su hermano han fallecido.

Con Canción sobre un niño perdido en la nieve también cabe preguntarse si es posible desenterrar nuestros viejos sueños e ilusiones y volver a ser tan sensible y creativo como alguna vez lo fuimos. Claro, para ello, antes hay que dar paso a la añoranza y la nostalgia, y Billy tiene amuletos que lo transportan al pasado con ayuda del señor Scrooge. Por ejemplo, el misterioso sobre que contendría la carta más hermosa del mundo.

Casi estaba olvidando hablarles del muy agradable estilo autorreferencial del narrador. Este se siente como un tío muy mayor que está contándonos la historia de Billy Cratchit y su epifanía como un cuento mágico delante del pino de Navidad, a la luz de la chimenea y al calor de un chocolate espumoso. Creo que este narrador les ayudará mucho a los lectores que no conozcan Canción de Navidad, ya que se toma la delicadeza de explicar qué ha pasado con Ebenezer Scrooge y con los Cratchit desde aquella Navidad en que el tío Eb fue visitado por los espíritus del pasado, el presente y el futuro. De hecho, ahora que lo pienso, este narrador me recordó bastante al de Peter Pan: ambos tienen un estilo cálido, amigable y familiar que suele encantar a los lectores.

Ilustración de «Canción sobre un niño perdido en la nieve» por Sara Quijano

Canción sobre un niño perdido en la nieve está ilustrado por Sara Quijano, quien utiliza un estilo casi cinematográfico para jugar con la temporalidad de la historia. Es decir, en una misma ilustración vemos al señor Scrooge llegar a su casa, fallecer en el suelo, volver en forma de fantasma (o, más bien, en forma de espíritu de la Navidad) y, así, asomarse a su ventana para gritar “¡Feliz Navidad!” Me gusta especialmente este estilo en las ilustraciones porque muestra, a su manera, cómo se juega con el pasado, el presente y el futuro en la narración. Si en Canción de Navidad esto está bien estructurado (en parte, gracias a la brevedad), en Canción sobre un niño… la temporalidad explota en una espiral al estilo de la fisión nuclear, como diría Aidan Chambers. En la novela de Antonio Malpica, los amuletos de Billy hacen estallar su memoria, el tiempo y el espacio hacia otras realidades probables. En las ilustraciones de Sara Quijano, la explosión nuclear se queda suspendida ante nuestros ojos y, en un mismo dibujo, vemos el pasado, el presente y el futuro.

No sé qué tienen las historias ambientadas en Navidad, como Canción de Navidad, Canción sobre un niño perdido en la nieve o “El Cascanueces y el rey de los ratones”, pero siempre se sienten mágicas. No es el tipo de magia de un mundo fantástico que, de pronto, se aparece en nuestra ordinaria y aburrida vida, tampoco es el tipo de magia que viene con fuegos artificiales o la magia que te pone a temblar en la oscuridad. Es magia que vive en una cabaña dentro del bosque, una cabaña negra con una única ventana iluminada y la chimenea echando humo. Magia arrebujada en una manta de tartán escocés o escondida entre las páginas de un libro rojo de pasta dura.

Probablemente se trate de magia que se hace bolita y se acurruca en el pecho de los lectores (la misma que sentí cuando leí Elvis Karlsson) y que, un día, sale de nuestra boca convertida en vaho, en una noche decembrina llena de copos de nieve.

Para preguntar en la librería:

Canción sobre un niño perdido en la nieve

Antonio Malpica (texto) & Sara Quijano (ilustraciones)

México, El Naranjo, 2020

Encuéntralo en Bookmate: https://es.bookmate.com/books/tPvTanQV

Y para el lector curioso:

Dickens, C. (2013). Grandes esperanzas. México: Debolsillo.

Dickens, C. (2014). Canción de Navidad. Cuentos de Navidad. México: Debolsillo.

Una vuelta al mar

¡El mar, el mar!

Dentro de mí lo siento.

Ya sólo de pensar

En él, tan mío,

Tiene un sabor de sal mi pensamiento

José Gorostiza, “Pausas I”

Recuerdo la primera vez que vi el mar. Habré tenido unos once años. Iba en carretera con mis papás cuando de pronto, mi papá anunció “Ya casi vamos a ver el mar”.

Y sí, de un momento a otro un paisaje azul apareció al lado de mi ventana. Mi papá paró en la carretera, me bajó en brazos y me puso sobre la arena, justamente cuando rompía una ola. “¿Te gusta?”, preguntó. Me impresionó. Sentí vértigo cuando mis pies tocaron la arena y la ola se alejaba. Últimamente he pensado que ese vértigo se quedará conmigo para siempre, mi mar personal.

Tengo la cabeza en todas partes, pero siempre sueño con el mar. Quizá está en mi corazón, como en el corazón del pescador o en el de Micaela Chirif, autora del poemario El mar (ilustrado por Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino).

El primer poema de El mar se pregunta cómo es el cielo, y el último poema explora cómo es el mar: arriba y abajo, el todo. Y en medio, peces, ballenas, pescadores, sirenas, y hasta un tigre y un río. Me imagino los poemas de este libro como encerrados entre el azul del cielo y el azul del mar, sostenidos todos por la red del pescador.

Las definiciones encierran en cajitas a las cosas del mundo, pero hay cosas que son tan infinitas que no pueden tener una sola definición, como el mar:

El mar es una línea que no termina

El mar es muy pesado y se dobla. (“El mar”, Chirif, 2020).

Pero todos, como ya he dicho, tenemos un mar:

Para los pulpos el mar tiene ocho patas

Para las vacas el mar es verde y se come

Para los tigres el mar no tiene el menor interés (“El mar”, Chirif, 2020).

Para Martín Adán, citado en el epígrafe del libro, “El mar es un alma que tuvimos”.

Para mí, el mar es un movimiento en el centro de mi cuerpo.

La sirena, Micaela Chirif (texto); Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino (ilustraciones).

Aunque los poemas de El mar hablan de seres que están siempre en el mismo lugar, están lejos de ser estáticos (tanto los poemas como los seres marinos). Por ejemplo:

Las estrellas están siempre en el cielo

Los peces están siempre en el mar

Raquel no está nunca en el mismo lugar

Raquel está en la casa, en el parque,

En el mar, en la biblioteca,

En el mercado, en la bañera (“Las estrellas”, Chirif, 2020).

Raquel está en todas partes hasta que se convierte en una estrella y se queda para siempre en el cielo. Somos seres en movimiento que enfrentan un destino estático, horizontal. Pero, mientras llegamos a conocerlo, podemos ser como las nubes:

Las nubes no conocen las palabras

Las nubes tienen forma de tractor,

De nube, de perro, de zapato,

De pajarito, de sombrero

El viento arrastra los sombreros

El viento arrastra las nubes

Los sombreros caen en algún momento

Las nubes no caen

Las nubes llueven (“Las nubes”, Chirif, 2020).

Hasta no convertirnos en ceniza, en tierra, en árbol o en estrella, podemos ser nube, nube-tractor, nube-nube, nube-perro o nube-zapato. Ni el río ni el mar son los mismos dos veces.

“El tigre no conoce el mar”; para él, las flores se llaman flores y no merluza, pejerrey o lenguado. Al tigre no le interesa el mar pero puede sentir su nombre en el río, cuando levanta la cabeza y piensa que, la verdad, la verdad, nunca lo ha visto terminar en algún lado. Porque el mar está en todas partes: en el río, en el corazón del pescador, en el canto de la sirena y en la cola de la ballena. Puede que su nombre y su entrada en el diccionario se renueven cada vez, pero todos sabemos a qué nos referimos cuando decimos mar, cuando decimos río. Las olas de pensamiento e imaginación rompen siempre nuevas.

Las ilustraciones de El mar danzan y se anclan. Las manchas de acuarela parecen discurrir suavemente por la página e incluso dan la impresión de querer escaparse al cerrar el libro, pero las imágenes más realistas de peces, de constelaciones y de flores se esconden tras manchas abstractas de tinta y dan la impresión de no querer interrumpir el flujo de imaginación que nace de este libro.

El mar me hizo meditar con todos sus poemas. Creo que llevaré la cabeza salada por mucho, mucho tiempo.

Para preguntar en la librería:

El mar

Micaela Chirif (texto) & Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino (ilustraciones)

México, Fondo de Cultura Económica, 2020

Las brujas no lloran, tienen que pelear

Creo que fue hasta este otoño que me di cuenta de lo mucho que me gustan las brujas como personajes literarios, tópicos y arquetipos. Para explorar ese gusto, y aprovechando la atmósfera del mes de octubre, en esta entrada escribiré brevemente acerca de cuatro libros sobre brujas.

Brujarella

Brujarella descubre que ha desaparecido uno de sus calcetines a rayas del tendedero. Las ranas del bosque de Terragrís también han ido desapareciendo poco a poco. “Mmmh, esto huele a misterio”, y Brujarella, junto a sus amigos Hugo, Gustavo y Cornelia, están dispuestos a resolverlo.

Esta novela está escrita e ilustrada por Iban Barrenetxea. Antes de leerla, yo ya conocía las ilustraciones de este artista y me parecían bastante remilgadas en el buen sentido, sobre todo por su pulidez, delicadeza y gracia. Por ello, al leer Brujarella me sorprendió lo divertido y desenfadado del tono del texto, el cual me ayudó a ver el punto irónico de las ilustraciones (no por nada Barrenetxea ha ilustrado La cata de Roald Dahl).

Lo que más me gustó de Brujarella es la combinación de elementos clásicos de la tradición brujil, como la escoba voladora, las pociones y el sombrero negro puntiagudo, con el tono fresco, divertido e irónico de la narración. Muy recomendable para leérselo a los niños en voz alta.

Basilisa la Bella

Esta entrada sobre brujas no estaría completa si no incluyera un cuento popular. “Basilisa la Bella” es un relato que pertenece originalmente a la tradición eslava; fue recopilado por Aleksandr Nikolaiévich Afanásiev, quien lo salvó del olvido al que estaba condenado debido a las reformas del zar Pedro I el Grande. Este zar buscaba europeizar a la Rusia de la época y censurar la tradición eslava. (¿Habrá alguna iniciativa para declarar a los compiladores de cuentos populares como benefactores de la humanidad?). Así, Afanásiev realizó su compilación entre 1855 y 1863 y luego fue ricamente ilustrada por Iván Bilibin.

“Basilisa la Bella” es un cuento poderoso. Basilisa es una hermosa joven que vive con su madrastra y sus hermanastras, quienes le ordenan hacer pesados trabajos domésticos para arruinar su belleza. Sin embargo, los trabajos son realizados por una muñeca mágica que la madre de Basilisa le regaló a esta antes de morir. Una noche, la muchacha tiene que ir a casa de la bruja Baba Yaga a pedirle lumbre, ya que en su casa se han apagado las velas.

A pesar de que la casa de Baba Yaga está hecha de huesos y cráneos humanos y de la horrible apariencia de la bruja (quien camina montada en un mazo de almirez y va borrando sus huellas con una escoba), Basilisa pronto se da cuenta de que Baba Yaga es en realidad una benefactora, pues es ella quien la ayuda a librarse del yugo de su madrastra y hermanastras.

Baba Yaga, ilustración de Iván Bilibin

Este cuento popular tiene un significado profundo que, como todo buen cuento popular, está delicadamente escondido detrás de la aparente sencillez de la trama. “Basilisa la Bella” muestra uno de los tópicos más populares en los cuentos de hadas, de acuerdo con Bruno Bettelheim: la dualidad de los seres humanos o de los padres. En este caso, la madre “buena” de Basilisa es la muñeca mágica y la “mala”, Baba Yaga. Ambas le dan herramientas a la muchacha para que supere su penosa situación familiar y tenga un destino más seguro y feliz.

Por otro lado, las ilustraciones de Bilibin, que recuerdan bastante al art nouveau, son sumamente expresivas y no fallan al situar al lector en un ambiente vívido, ya sea un frío bosque ruso o el interior de un palacio. También debo decir que me fascinan sus ilustraciones, en cornisas y marcos, de seres mixtos, como sirenas o mujeres-pájaro. Los seres mixtos, al igual que los cuentos populares, han poblado la imaginación de la humanidad desde hace milenios y nos hablan de un conocimiento igual de ancestral al que los niños entran directamente cuando leen o alguien les lee cuentos de hadas.

La bruja y el espantapájaros

“Scritch, scritch”, se oye en el cielo. El espantapájaros, clavado en el mismo sitio de siempre, levanta la mirada. ¿Eso es una bruja montada en monociclo? ¡Ah! ¡Cómo quisiera el espantapájaros poder volar!, como la bruja y como ese pajarillo que ha comenzado a mordisquear su paja.

La bruja y el espantapájaros, álbum sin palabras del ilustrador y narrador mexicano Gabriel Pacheco, habla de la identidad, los sueños y los cambios que experimentamos sin cesar durante toda la vida. Una bruja no está destinada a andar siempre en escoba voladora y un espantapájaros no tiene por qué pasarse la vida clavado en la misma granja, limitándose a suspirar cada vez que mira el cielo.

Lo que encadena las imágenes de este álbum silente y completa el sentido de la obra es la intención poética, escondida en pequeños detalles, como la mirada curiosa del espantapájaros, el optimismo reflejado en la bruja y las travesuras del pajarillo. Además, la atmósfera misteriosa y enrarecida de cada imagen apaisada de este libro lo vuelve el escenario perfecto para mirar y volver a mirar.

Las brujas

Bien, ahora hablemos de BRUJAS DE VERDAD. De brujas que ocultan su horrible apariencia, su calva, sus garras y sus patas sin dedos bajo la forma de mujeres elegantes, amables con los niños y sofisticadas. Hablemos del clásico contemporáneo Las brujas de Roald Dahl.

En la relectura que hice de Las brujas para escribir esta entrada, me di cuenta (quizá porque inmediatamente antes había leído cuentos de tradición oral sobre brujas) de cómo Roald Dahl combina aspectos de los cuentos de hadas tradicionales con elementos más bien modernos de la literatura para niños.

En este caso, la tradición oral es representada por la abuela del protagonista, quien, arrebujada en su sillón, en una noche fría de Noruega, narra minificciones sobre el terrible destino de los niños que se han encontrado con brujas. Por otro lado, el sabor a modernidad lo aporta el humor y la crueldad, ingredientes tardíos en la literatura infantil.

Siempre lo sospeché: Roald Dahl (igual que los mejores autores de literatura infantil) agrega elementos de cuentos de hadas en sus novelas, y eso, entre muchas otras cosas, explica su éxito. En Las brujas, por ejemplo, lleva al lector a creer que si te topas con una BRUJA DE VERDAD estás perdido, pero no importa, porque siempre hay una solución, hay una manera de enfrentarlas. Como decía Chesterton, los cuentos de hadas nos enseñan que los dragones pueden ser vencidos.

Debo decir que la segunda versión cinematográfica de Las brujas me decepcionó tanto que no existe para mí. Las malas actuaciones y los efectos de animación tan chafas me molestaron, pero no más que el “miedo” de contar una historia auténtica que asustara al público. ¡Estamos hablando de BRUJAS DE VERDAD, por Dios! Sin embargo, aunque entiendo que este tipo de producciones se realizan sólo para obtener ganancias, pues apelan a la nostalgia y a una fórmula ya probada que garantiza éxito, también comprendo que la tradición popular, los mitos y los cuentos de hadas, como la figura mítica de las brujas en este caso, sirve para reinventarse cada vez, según el contexto.

Así, el arquetipo de bruja puede tomarse con sus elementos clásicos (la escoba, la magia, la apariencia aterradora, el vestido negro) y reinventarse agregándole algo nuevo. A la vez, las brujas pueden ser, como hemos visto en este breve recorrido, villanas, benefactoras o justicieras. Al final, las brujas nunca mueren.

Para preguntar en la librería:

Afanásiev, A. N., y Bilibin, I. (2014). Basilisa la Bella y otros cuentos populares rusos. España: Reino de Cordelia.

Barrenetxea, I. (2017). Brujarella. Barcelona: Thule.

Dahl, R. (2015). Las brujas. México: Alfaguara.

Pacheco, G. (2016). La bruja y el espantapájaros. México: Fondo de Cultura Económica.

Conversaciones con Aidan Chambers

Recuerdo a un compañero de la carrera que prefería no leer teoría o crítica sobre autores o libros que no hubiera leído antes, no sé si por miedo a influenciarse por el crítico o a no entender cabalmente el punto de vista de éste.

En ese entonces me pareció que su decisión tenía sentido, pero ahora pienso que si no leemos crítica o teoría literaria, ¿cómo vamos a aprender? ¿Y qué otras oportunidades tendremos de conocer autores u obras de gran calidad artística? Leyendo crítica y teoría he conocido autores y obras maravillosos, incluso clásicos que, desgraciadamente, se traducen muy poco al español. Además, en mi caso, tengo muchas más ganas de aprender a ser mejor lectora que mejor escritora (si bien eso vendrá por añadidura), entonces, tengo que aprender de los mejores, como Aidan Chambers.

Aunque ya lo conocía “de oídas”, no había tenido la oportunidad de leer algo de Aidan Chambers hasta hace poco. Era natural que terminara gustándome: es inglés, escritor de libros para niños, lector ávido, agudo y preciso, estructuralista pero también entusiasta de la teoría de la recepción y de las grandes ventajas que esta presenta para leer y enseñar literatura infantil. De hecho, en sus clases a niños pequeños aplica, en buena medida, la teoría de la recepción combinada con el método socrático. Algo excepcional, a mi modo de ver.

Uno de mis ensayos favoritos de Conversaciones es “El lector en el libro” que, en buena medida, responde a la pregunta “¿cómo sabemos si un libro es para niños?” Esta pregunta no es un cuestionamiento menor, especialmente para mí, que aspiro a ser editora de literatura infantil. Cuando esté en mi oficina, recibiendo manuscritos, ¿qué pistas me ofrecerá el texto para determinar el que los niños lo encuentren divertido, interesante o por lo menos digno de hojear? Ese manuscrito llegará en blanco; es decir, sin marcas que lo identifiquen como literatura para niños de tal a tal edad (una portada, una colección, una tipografía, unos colores, un tamaño). Quizá la única marca “editorial” hasta ese momento sea la subjetividad del autor, quien considera que ha escrito un libro para niños. Sin embargo, Aidan Chambers ha aliviado esa ansiedad mía en “El lector en el libro”, pues allí se apoya en la teoría de la recepción para responder esa pregunta.

Dos cosas me atrajeron de ese ensayo: la profundización en el concepto de lector implícito y la comparación entre narraciones para adultos y narraciones para niños escritas por el mismo autor. El lector implícito es un lector creado por el autor, un lector “ideal”, aquel que tiene la tarea de rellenar los espacios vacíos del texto para interpretarlo adecuadamente. Como dice Chambers, “se necesitan dos para decir una cosa”, autor y lector. No se trata de desenterrar el sentido “oculto” del texto, porque el sentido se encuentra en las palabras, no debajo o detrás de ellas. Pero esto se entiende mejor con los análisis que hace Chambers de la versión para adultos y la versión para niños de “Danny, el campeón del mundo” de Roald Dahl.

Chambers dice que, si bien los narradores de ambas versiones se parecen mucho (de acuerdo con él, un niño de diez años podría entender la versión para adultos), Dahl hizo varios cambios significativos pensando en la edad de sus lectores; por ejemplo, para la versión para niños

Quitó abstracciones tales como los comentarios sobre el desprecio de Hazell por las personas de condición humilde porque él mismo alguna vez lo había sido. Presumiblemente, Dahl sintió que los niños no serían capaces de (o no querrían) captar la complejidad estilística de su primera versión o la motivación detrás del comportamiento de Hazell.

(Chambers, 2008, p. 71).

Lo anterior deja ver los presupuestos del autor sobre sus lectores, ya que el estilo literario se va adecuando. De hecho, según Chambers, deberíamos hablar de libros para adultos o para niños en el sentido del lector implícito, es decir, dependiendo de si el lector modelado o imaginado por el autor es un adulto o un niño. Personalmente, he notado que los autores de libros para niños más exitosos son los que imaginan de forma muy precisa a su lector ideal. Creo que tiene que ver con la empatía del autor hacia los niños o con su capacidad de entenderlos, de convertirse en una voz amiga que es capaz de decir “sé lo que sientes, sé por lo que estás pasando en este momento”. Claro, esto es más especulación sobre la creación literaria que un argumento.

Danny, el campeón del mundo, texto de Roald Dahl, ilustraciones de Quentin Blake

No quisiera que ello se interpretara facilonamente. No estoy diciendo (y Aidan Chambers tampoco) que los autores de libros para adultos, al escribir para niños, se “bajan” al nivel de éstos o usan un vocabulario más “accesible” (es decir, pobre) para el público infantil. Hay libros para niños que son tan profundos y ricos en significado como los libros de literatura general. Simplemente se trata de una adecuación de estilo para conseguir el efecto deseado, es decir, para construir y estimular las expectativas del lector o bien, para jugar con ellas y darles una vuelta de tuerca. O, en otras palabras, para jugar con los sentimientos que el lector va teniendo durante todo su viaje a través del libro.

“El lector en el libro” me gustó bastante, pero “El relato cambiante del niño” me impresionó. Es el tipo de ensayos críticos que me animan a pensar fuera de los límites de mis propios patrones de pensamiento, el tipo de texto que me recuerda que hay visiones mucho más ensanchadas dignas de conocer. Este ensayo comienza preguntando “¿De qué manera, entonces, es cambiante el Relato? Y esos cambios, ¿cómo afectan a los niños?” (Chambers, 2008, p. 100). Luego, Chambers enumera los grandes cambios de la humanidad por medio de palabras clave: relatividad, espacio (es decir, la exploración del universo), género, fisión nuclear y televisión.

El argumento principal es que todos esos cambios han moldeado la realidad y la vida humana y, por consiguiente, la literatura general y la literatura para niños. Y eso, de acuerdo con él, ha sucedido siempre, ya que cuando el pensamiento era lineal, del tipo causa-efecto, los relatos también eran más o menos así.

No voy a enumerar y resumir cada gran cambio de la humanidad de los que menciona Chambers, sólo hablaré de los que más me impresionaron. Uno de ellos es el espacio, en el sentido de espacio exterior, universo. Tiene que ver con el lugar que la Tierra ocupa allí, pues si la miramos o imaginamos desde fuera, pronto nos daremos cuenta de que es un puntito, un grano de arena entre la vasta playa del universo. ¿Cómo afecta esto al relato? Pues resulta que este también se expande cuando sale de los límites del espacio exterior (es decir, el espacio físico que ocupamos) e inunda el espacio interior de los personajes.

Chambers da varios ejemplos de lo anterior, uno de ellos es Donde viven los monstruos de Maurice Sendak. En ese álbum ilustrado,

Existe el final reconocido, que es la conclusión de ese relato en particular, cuando Max despierta después de su encuentro con los monstruos […] El segundo final es el no reconocido. Este proviene de […] las particularidades de la historia misma en su interacción con la visión de la vida y la sociedad en la que vive el autor. Entonces, en Donde viven los monstruos el final no reconocido está dirigido por el supuesto de que a través de una valoración apropiada de […] la historia interior de la vida […] las personas pueden llegar a tener una relación saludable –feliz— con sus vidas interiores individuales y con los otros

(Chambers, 2008, pp. 106-107).

Estoy de acuerdo. Luego de su aventura con los monstruos, que podría considerarse una aventura a la “historia interior de la vida”, Max encuentra una solución o por lo menos una reconciliación con esta, e incluso con su propia vida exterior, con su madre y con los cambios que está experimentando en ese momento. Es lo bueno de los álbumes ilustrados: casi siempre permiten muchas lecturas.

(Disculpen que hable de forma tan general acerca de Donde viven los monstruos, no quiero hacerles spoilers).

Donde viven los monstruos, texto e ilustraciones de Maurice Sendak

El siguiente gran cambio y su relación con el relato que me impresionó es la fisión nuclear. Chambers parte de la idea de que la fisión nuclear sale disparada orbicularmente, es decir, en todas direcciones, a partir de la energía liberada por pequeños átomos. En relación con el relato, estas partículas podrían ser personajes o acontecimientos que, si bien aparentan estar completos, se relacionan unos con otros de mil maneras y “provocan una reacción en cadena en nuestra imaginación” (Chambers, 2008, p. 116). De acuerdo con Chambers, la gran novela nuclear del siglo XX es En busca del tiempo perdido. Quizá otras novelas más o menos parecidas, como las de Virginia Woolf o James Joyce, también son nucleares, porque van explotando partícula tras partícula hasta llegar a lugares insospechados (por ejemplo, en La señora Dalloway, la compra de unas flores va chocando con otras imágenes-átomos hasta llegar a Peter Walsh y sus frases extrañas).

Aunque esto podría ser demasiado complicado para los libros infantiles, “incluso en la historia más sencilla puede haber un poder y energía nuclear” (Chambers, 2008, p. 117); como ejemplo, está The Stone Book de Alan Garner. Dice Chambers que, en ese caso, la energía nuclear se ve impulsada por las imágenes, como en un poema. Además, The Stone Book es parte de un cuarteto, y también se relaciona con este de manera nuclear, independiente e interdependientemente. Es decir, The Stone Book no sólo explota orbicularmente dentro de sí mismo, sino también en relación con los otros tres libros: Tom Fobble’s Day, Granny Reardun y The Aimer Gate.

(En mi librero tengo pendiente Elidor de Alan Garner, un autor del que he oído maravillas. Ya les contaré).

El último ensayo de Conversaciones del que les quiero hablar es “Dime: ¿son críticos los niños?”, que Aidan Chambers escribe con Irene Suter, Barbara Raven, Jan Maxwell, Anna Collins y Steve Bicknell, todos ellos, profesores de literatura de nivel primaria. “Dime…” habla precisamente del método Dime de los autores, el cual consiste en una serie de preguntas bien pensadas y bien estructuradas sobre libros que niños y profesores leen en clase.[1]

Lo que más me ha gustado de ese método es que representa un nuevo acercamiento a las prácticas de promoción de la lectura. Le reprocho a estas que sean demasiado aparatosas, que utilicen faramalla, shows y demás performances en aras de hacer que los niños piensen que leer es divertido, pues lo peligroso de este tipo de prácticas es que a menudo los niños se olvidan del libro que leen y se concentran únicamente en el show que se les presenta después de la lectura. También dan a entender que los libros no son lo suficientemente divertidos e interesantes y por eso se tiene que echar mano de tales “estrategias”. En cambio, el método Dime se enfoca únicamente en la lectura y en la conversación crítica entre profesor y estudiantes.

Es importante aclarar que el método se llama Dime porque de esta manera inician las preguntas. Los autores señalan que, en sus clases, el uso de esta palabra reduce la tensión entre los niños y los hace entrar a un ambiente más relajado e íntimo que propicia la charla.

Las preguntas del método se enfocan en tres momentos: antes, durante y después de la lectura, aunque se aclara que todas se formulan una vez que se ha leído el libro. Algunas son bastante sencillas, por ejemplo:

Dime… ¿La primera vez que viste el libro, todavía antes de leerlo, qué tipo de libro pensaste que iba a ser? ¿Puedes decirme qué te hizo pensar eso?

(Chambers et al., 2008, p. 252).

Sin embargo, hay preguntas aparentemente inocentes que llevan a los niños a pensar y comentar cuestiones muy profundas de fondo y forma, por ejemplo:

¿Qué les dirías a tus amigos sobre este libro? ¿Qué no les dirías porque podrías arruinarles la historia o porque podrían pensar que el libro es diferente a como realmente es?

(Chambers et al., 2008, p. 252).

Con esta pregunta se fomenta que los niños piensen y hablen sobre cuestiones relacionadas con la forma en que el libro dosifica la información y con la manera en que este maneja el suspenso y las expectativas del lector. Otras se adentran, incluso, a cuestiones narrativas tan complejas como la figura del narrador:

Cuando estabas leyendo la historia, ¿sentiste que estaba sucediendo en ese mismo momento?, ¿o sentiste que sucedió en el pasado y la estaban recordando? ¿Puedes señalarme algo del texto que te haya hecho sentir eso? ¿Sentías como si todo te estuviera ocurriendo a ti, como si fueras uno de los personajes?, ¿o sentías que eras un observador, viendo lo que sucedía pero sin tomar parte en la acción? ¿Si eras un observador, desde dónde estabas mirando? ¿Te pareció que mirabas desde diferentes lugares; a veces, tal vez, desde al lado de los personajes, a veces desde arriba como si fueras un helicóptero?, ¿me puedes decir en qué partes del libro te sentiste así?

(Chambers et al., 2008, pp. 254-255).

Del bloque de preguntas anterior quiero insistir especialmente en la siguiente: “¿Puedes señalarme algo del texto que te haya hecho sentir eso?”, ya que es sumamente importante no alejarnos mucho del texto cuando lo interpretamos. De otra forma, estaremos asumiendo que el texto trata sobre asuntos que en realidad ni siquiera sugiere, y es posible que nos perdamos en un mar de interpretaciones a cual más disparatada.

De nuevo, el método Dime puede parecer demasiado sofisticado para los niños pequeños, pero los autores señalan que, al menos en su experiencia, los niños se vuelven sumamente críticos en estas conversaciones, porque a través del intercambio con sus compañeros son capaces de ver cosas que no veían, de llegar a conclusiones a las que no podrían haber llegado solos y de aventurar hipótesis. Pero es necesario señalar que todo ello no es posible sin un buen guía.

En líneas generales, los profesores deben tener un objetivo en la mente cuando guían a sus estudiantes a través del texto con las preguntas de Dime. Además, es muy importante que den tiempo a sus estudiantes de reflexionar y recordar lo vivido durante la lectura, y que la sesión no se convierta en un constante “Adivina qué tiene el profesor en la cabeza”. Aunque yo misma he estado frente a grupo en pocas ocasiones, me atrevo a decir que el método Dime puede dar resultados sorprendentes si se maneja adecuadamente.

(Si entre mis lectores hay maestros, no estaría mal que probaran este método con sus alumnos. Y si ya lo han probado, ¡cuéntenme cómo les ha ido!).

Tristemente, el gran problema de la educación literaria en México es que no es crítica. Muy a menudo se enfoca en cuestiones más prácticas, de ortografía o puntuación o, incluso, de géneros literarios que se suelen meter en cajitas: esto es un cuento, esto es una leyenda y se acabó, como si la literatura fuera algo fijo. Leyendo Conversaciones reafirmé, una vez más, que la única promoción verdaderamente efectiva, crítica y constante de la lectura debe realizarse en la escuela, pero para ello es sumamente necesario contar con profesores a quienes no sólo les apasione leer, sino que sepan llevar de la mano a sus alumnos entre el espeso bosque de la lectura y las emociones y pensamientos que tenemos cuando leemos.

Espero que haya maestros de primaria leyendo mi blog. Yo sé que el sistema educativo mexicano está para llorar y que en las carreras de pedagogía o educación no enseñan cómo leer y mucho menos cómo guiar a los niños cuando leen. Pero creo que podemos hacer un esfuerzo individual, ser curiosos, leer libros como Conversaciones y aplicar lo que aprendamos en nuestras propias prácticas de docencia y de lectura. De hecho, Chambers y colaboradores afirman que han probado el método Dime en ellos mismos; en parte, por eso en clase les funciona tan bien.

Me encanta leer ensayos sobre lectura, escritura, edición de libros y docencia; los encuentro bastante inspiradores para convertirme en la profesional que quiero ser. Así que seguramente seguiré leyendo a Aidan Chambers y escribiendo sobre él en mi blog.

Para preguntar en la librería:

Conversaciones

Aidan Chambers

México, Fondo de Cultura Económica, 2008.


[1] Tengo entendido que Chambers desarrolla más este método en Dime: los niños, la lectura y la conversación, editado por el Fondo de Cultura Económica.