La laguna y el año nuevo

En la orilla del papel todavía puedo sentir el filo del cuchillo.

Al llegar a casa de la librería tuve que cortar algunas hojas del libro que, cerradas, guardaban gusanos, mariposas y hormigas de un color tan rojo como la sangre. Natura (texto de María José Ferrada e ilustraciones de Mariana Alcántara) es una colección de estampas de plantas azules y animales rojos que guardan un misterio en su piel. El misterio son las huellas en el sendero que dejan hombres, mujeres y niños.

Si el bosque es un cuerpo, su voz son los pájaros; y los gusanos, el tejido blando. Si el bosque es un cuerpo, el venado es la sangre. Si el bosque es un cuerpo, las mariposas son su alma. Si el bosque es un cuerpo, nuestras huellas son sus cicatrices. Los pensamientos del bosque son la poesía de Natura, pues allí siempre sucede algo, pero a una escala pequeñísima. Aun así, alguien escucha, ya sea un poeta o un niño.

La naturaleza no es azul. Este color se esconde por todos lados, a pesar del cielo y el mar. Sin embargo, las plantas de Natura están estampadas rotundamente en la página con un azul de Prusia cargadísimo, que recuerda a las algas de Anna Atkins, en donde arte y ciencia se fusionan.

«Natura», ilustración de Mariana Alcántara

Me gusta la mirada que tiene María José Ferrada sobre la naturaleza, pues la considera una maestra del cambio, del viaje, de los pasos que damos y de las cicatrices que ganamos para ser quienes somos. Y en Un jardín, otra obra de Ferrada (esta, ilustrada por Isidro Ferrer), la naturaleza es la maestra del señor Wakagi, que, al observar su jardín, se convierte en todos los seres que lo habitan: conejo, rana, lluvia, brote, suelo. El señor Wakagi sueña con ese jardín, al que llega poco tiempo después, para vivir en un paraíso personal. 

La trascendencia es algo que me mueve profundamente (a veces, es la brújula de mi vida). Compartir el conocimiento o el arte con los demás hace que valga la pena vivir (al menos, a mí me lo parece). Natura, con el azul de Prusia y el rojo sangre, con el lomo cosido y expuesto y las hojas blancas aún unidas por uno de los bordes, regresa al lector a un mundo orgánico, palpable y lleno de riqueza que se alimenta de sus visitantes (hombres, mujeres y niños); a la vez, los visitantes también se nutren de la naturaleza. Esta alimentación mutua es lo que le permite al ser humano trascender. Creo que no son solamente los artistas clásicos quienes trascienden con su obra, pues cada uno de nosotros se nutre de los demás y, así, deja su huella en el mundo. Finalmente, como dice Natura, todo sucede a una escala pequeñísima.

Me conmueve hacer esta reseña en el mes de enero. A principios de mes, estaba yo en un parque donde había una laguna, árboles y muchos patos y cisnes, pensando en el año nuevo y en los cambios que, en ese entonces, tan sólo se aproximaban. Me parecía que en aquella laguna todo seguía igual, el agua lisa, los pájaros yéndose a dormir a las copas de los árboles. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que tanto ese parque como yo nos hemos alimentado uno del otro.

Para preguntar en la librería:

Natura

María José Ferrada (texto) & Mariana Alcántara (ilustraciones)

México, Alboroto Ediciones, 2022 

Mío, mi pequeño Mío:

Upplandsgatan, 14 de diciembre

El 15 de octubre de hace muchos años, escuché la radio.

Oí que Bo Vilhelm Olsson había desaparecido. Días después, lo último que se sabía de él era que había estado en el parque de Tegner, jugando con una botella vacía de cerveza.

Pasaron años antes de que pudiera comprender qué había pasado con mi amigo Bo hasta que, un día, llegó a mis oídos la historia del príncipe Mío, que dejó su ordinaria vida con su tío Sixten y su tía Edla y abandonó su primer nombre, Bo Vilhelm Olsson, para cumplir con el destino que marcaba la profecía. ¡Ay, Mío, mi pequeño Mío! Desde que te llamabas Bo y te decíamos Bosse, sabíamos que te encantaban los cuentos. De alguna manera, cuando escuché la radio el 15 de octubre, intuí que estabas inmerso en uno.

Cuando lees cuentos de hadas, parece que todo es felicidad, fantasía y belleza, igual que tu viaje al País de la Lejanía, donde todo es hermoso: las casitas blancas, la rosaleda y tu caballo Míramis. Pero, a medida que leía tu historia (¡porque, ahora, tu historia está en un libro, Mío!), yo sabía que algo no iba bien. Tanta felicidad y perfección no es normal en un libro. Sabes que, tarde o temprano, algo malo va a pasar (¿verdad? Si no, no habría narración). Y sentía mucha pena por ti, tan feliz con tu padre, el rey, tu amigo Yum-Yum, la rosaleda y tu caballo. Sentía miedo de que, al final, todo hubiera sido un sueño tuyo.

Finalmente, conociste la profecía que dictaba que el príncipe Mío debía vencer al caballero Kato, cuyo solo nombre hacía marchitar las flores y estremecer a los animales. Este caballero Kato es alguien muy misterioso, según me cuentan. 

«Mío, mi pequeño Mío», ilustración de Ilon Wikland

Pienso que, la mayoría de las veces, así se nos presentan las dificultades de la vida, como algo misterioso, oscuro, poco más que una energía maldita. Y le tenemos miedo a lo desconocido, y nos sentimos indefensos, avergonzados de nosotros mismos, incluso. Yo no soy hijo de un rey ni he luchado contra fuertes caballeros, pero en las batallitas del día a día también me he sentido pequeño.

¡Y la pérdida! Ay, Mío, la pérdida es lo que más miedo me da en el mundo, más aún que el caballero Kato. ¿Quién hubiera dicho que la pérdida también existe en el País de la Lejanía? Quizá no haya mundos lo suficientemente grandes para la muerte, especialmente la muerte de niños, una de las más amargas. Tú conviviste con el duelo muy de cerca, incluso en ese paraíso brillante y seguro, y me enorgullece que no te arredraras. Al contrario, tuviste que ir hasta el cuartel de la misma muerte, en donde todo era dolor y desesperanza, para mirar tus miedos a los ojos, plantárteles firmemente y decirles que tú eras el príncipe Mío y estabas allí para terminar con el sufrimiento de todo un pueblo.

La gente corta de miras te dirá que, en la vida real, los muertos no regresan de las tumbas, que no hay mantas tejidas con hilos mágicos que despierten de su largo y pesado sueño a ninguna hija de ninguna tejedora, como le ocurrió a Milimani. Pero ¿recuerdas esa frase sobre los cuentos de hadas que te gustaba tanto? Decía: “El bebé conoce al dragón íntimamente desde el momento en que tuvo imaginación. Lo que el cuento de hadas le brinda es un san Jorge para matar al dragón”.

Quizá sueno cruel, Mío, pero tengo que decirte que tu historia no es original. Hay muchas otras que nos hablan, y nos hablarán en el futuro, sobre san Jorge y el dragón; sobre miedos primigenios; sobre sentirse tan poquita cosa frente a caballeros oscuros; sobre la amenaza de la maldición en un mundo cálido y perfecto como una manta en invierno. No importa nada de eso, Mío, porque con tu historia, me devolviste la ilusión de estar leyendo un cuento de héroes, príncipes y villanos como si fuera la primera en toda la historia de la humanidad. Y he de decir que eso, sin duda, es la prueba de una narración que sobrevive al paso del tiempo. Nunca dejaremos de leer esas historias, incluso si los pájaros del luto no dejan de cantar.

Cómo me hubiera gustado ayudarte en tu misión en el País de la Lejanía, Mío, pero me alegra que hayas encontrado a Yum-Yum y a los otros niños que también querían vencer al caballero Kato. Todos ellos fueron tus hadas buenas, quienes te dieron la magia necesaria para enfrentar a la muerte y la tristeza sin miedo, igual que hacen nuestros amigos y familia de este lado del mundo. ¿Qué sería de nosotros sin toda esa ayuda? Aun en nuestras guerras cotidianas, estaríamos perdidos.

Al final de tu historia dices que ojalá tu viejo amigo Benka haya encontrado otros amigos. Después de muchos años, los encontré, Mío, pero nadie es como tú. Me siento feliz de que hallaras un mundo mejor para ti en el País de la Lejanía, pero no puedo evitar estar triste de que te encuentres tan lejos. Creo que sólo me quedará atesorar tu libro, que ya se convirtió en uno de mis favoritos. Cada vez que me lamente de lo pequeño que soy, cada vez que me vea frente a frente con un caballero como Kato, cada vez que dude de mi fuerza y mi voluntad, cada vez que me aterre la posibilidad de perder y cada vez que mi vida se torne tan fría como aquella cámara en la que fuiste encerrado, leeré tu libro y encontraré en él un san Jorge.

Tu amigo que no te olvida

Benka

Para preguntar en la librería:

Mío, mi pequeño Mío

Astrid Lindgren (texto) & Ilon Wikland (ilustraciones)

Barcelona, Editorial Juventud, 2010

Osos, elefantes, ratones, sapos y lobos. Animales en la literatura para niños

No me considero una animalista, mucho menos una ecologista, pero me gustan los símbolos.

La naturaleza y, particularmente, los animales, nos han proveído de símbolos desde tiempos muy antiguos. Los animales en la literatura han sido metáforas, dobles, alegorías, y también aliados y enemigos del ser humano. Ejemplos hay miles, pero en esta entrada (que puede ser la primera de muchas) he querido hablar de cinco libros que tienen animales como protagonistas.

El oso que no lo era, Frank Tashlin (texto e ilustraciones)

Me sorprendió la sencillez de la historia y la profundidad de la metáfora en El oso que no lo era, un cuento ilustrado sobre un oso que, al despertar de una larga hibernación, descubre que su bosque ha sido convertido en una fábrica. El oso le intenta explicar al capataz (y luego al Vicepresidente Tercero, al Vicepresidente Segundo, al Vicepresidente Primero y finalmente, al Presidente de la fábrica, en lo que parece ser una loca carrera burocrática) que no es un hombre disfrazado y tonto, sino un oso.

Pero el oso es llamado tantas veces “hombre tonto, sin afeitar y con un abrigo de pieles” que termina por creérselo y trabajar varios meses en la fábrica, hasta que se olvida de cómo ser un oso y, cuando llega la época de nieves otra vez, no sabe que tiene que refugiarse en una cueva.

El oso que no lo era nos pone ante una interrogante explorada millones de veces por la literatura y la filosofía: la identidad y las preguntas ¿quién soy?, ¿cómo sabemos que somos quienes creemos que somos?, ¿cómo demostrarlo? El oso de esta historia se “acultura” hasta convertirse no en un humano, sino en un obrero de la fábrica, lo cual borra por completo su identidad. Este es el drama que vive cualquier obrero de cualquier fábrica del mundo: la pérdida del yo ante el trabajo repetitivo de grandes corporaciones.

Las ilustraciones de El oso que no lo era no fungen, precisamente, como las ilustraciones de un libro álbum, pero aun así, le aportan información nueva al lector. De hecho,  las ilustraciones son las encargadas de mostrar el absurdo que reina en la burocracia y en el mundo corporativo a través de su vertiginosidad y su ironía. Noten, por ejemplo, que en cada oficina que visita el oso para hablar con el Vicepresidente Tercero, el Vicepresidente Segundo, el Vicepresidente Primero y finalmente, con el Presidente, se va agregando una secretaria (idéntica a la anterior) y un teléfono, a medida que el oso sube de nivel en el organigrama de la empresa para intentar explicar quién es.

Historia de Babar, el elefantito, Jean de Brunhoff (texto e ilustraciones)

Babar, el elefantito, también se incorpora a la vida humana, aunque de un modo muy distinto al del oso de El oso que no lo era. Después del asesinato de su madre a manos de unos cazadores, Babar huye de su natal selva y corre hasta llegar a una ciudad, en donde conoce a una anciana señora muy rica que lo cuida, lo educa y le compra trajes muy elegantes. Pero, a pesar de su nueva vida en la ciudad, Babar se siente triste, ya que extraña la selva y a sus primos, Arturo y Celeste.

Ahora que lo pienso, Historia de Babar, el elefantito se parece mucho a Heidi o a cualquier coming of age story. Babar deja su hogar, es decir, lo salvaje, lo indómito, y lo cambia (al menos, temporalmente) por otro mundo en el que aprende cosas nuevas y luego, lleva ese conocimiento a su pueblo natal para mejorarlo: Babar regresa, más culto y maduro, para casarse con Celeste y convertirse en el rey de su aldea.

Como muchas historias exitosas sobre animales, Babar se convirtió en una serie de libros, y así, tenemos El viaje de Babar, El Rey Babar, El ABC de Babar, Las vacaciones de Zefir, Babar en familia y Babar y Papá Noel, escritos entre 1932 y 1941. Y, como muchas historias que se convierten en íconos, otro autor ha continuado escribiendo las aventuras del elefantito: Laurent de Brunhoff, hijo de Jean de Brunhoff.

Las ilustraciones me encantan por su dejo impresionista. El paisaje de la selva, con los elefantitos bañándose y luego, el paisaje de la ciudad, cuando Babar pasea en su coche, están atiborrados de color y de formas dibujadas con suavidad y delicadeza. En parte, el estilo de las ilustraciones es lo que define el tono tierno de la historia en su conjunto.

Sapo y Sepo, inseparables, Arnold Lobel (texto e ilustraciones)

Lo que me encanta de Sapo y Sepo es su inocencia, su ternura y también, el absurdo filosófico y sutil de las historias que protagonizan. Su relación fluctúa entre el amor y la amistad, y he leído a muchos críticos que aseguran que Sapo y Sepo, inseparables es una metáfora de una relación homosexual (incluso, esta opinión se “refuerza” gracias a la vida privada de Arnold Lobel, quien confesó ser gay luego de la publicación de esta obra). 

Sin embargo, yo siempre acudiré a María Nikolajeva, a quien ya he mencionado antes en este blog y en cualquier ocasión que se me presente. Esta autora dice que los animales u objetos inanimados antropomorfizados no tienen género ni edad, a diferencia de los personajes humanos. Yo estoy de acuerdo con eso y también pienso que, gracias a que Sapo y Sepo son batracios y no humanos, podemos apreciar su amor y amistad de manera pura, como si estuviéramos observando colores en un cuadro abstracto y accediéramos a ellos directamente.

«Sapo y Sepo, inseparables», ilustración de Arnold Lobel

Quiero decir que no importa mucho si realmente Sapo y Sepo son una alegoría de una relación homosexual, porque la historia habla sobre algo mucho más profundo, como la tolerancia y la sensibilidad que tenemos hacia las excentricidades del ser amado. Es especialmente tierna la historia en donde Sepo hace una lista de cosas que tiene que hacer, como desayunar, vestirse o dar un paseo con Sapo. Pero cuando la lista se va volando por los aires, Sepo dice que no puede ir tras ella, porque eso no estaba dentro de las cosas que tiene que hacer. Aun así, Sapo corre detrás de la lista y acompaña a Sepo a quedarse sentado, sin hacer nada, hasta que se hace tarde y tienen que dormir.

Incluso ante las dificultades de la vida, sean estas reales o imaginarias, grandes o pequeñas, Sapo y Sepo siempre están juntos; no por nada son inseparables.

Pinta ratones, Ellen Stoll Walsh (texto e ilustraciones)

Muchos recordarán Pinta ratones o Cuenta ratones, ya que son parte de la colección “Los especiales de A la orilla del viento”, creada en el Fondo de Cultura Económica por uno de los editores más exitosos de México, Daniel Goldin.

Pinta ratones es un libro álbum para niños pequeños, yo diría que de 3 años en adelante. El texto breve, las ilustraciones minimalistas y el carácter juguetón de las relaciones entre ratones y gato le confieren gran ternura a este libro.

Los ratones son precavidos y curiosos a partes iguales. La hoja blanca es su lugar seguro para esconderse del gato, porque su pelo se confunde con el color de la hoja. Sin embargo, eso no les impide salir un momento de dicha zona de confort para explorar los jarros de pintura que se asoman unos pasos más allá.

Todo juego es descubrimiento y aprendizaje; en este caso, los ratones descubren los colores que nacen de la combinación de colores primarios. Pero pronto se dan cuenta de que estos colores no les ayudan a camuflarse.

Me gusta leer álbumes para niños muy pequeños o bebés porque me devuelven a una sencillez que se presenta, casi siempre, como necesaria y urgente. De pronto siento que la escritura, los libros o la vida misma se embrollan demasiado o que dicen poco con muchas palabras. En un mundo así, refresca la sencillez.

Lunática, Martha Riva Palacio (texto) & Mercè López (ilustraciones)

Desde hace algunos años sigo la trayectoria y las obras de Martha Riva Palacio, para mí, una escritora de atmósferas con una sensibilidad que yo encuentro muy acorde al tipo de sensibilidad que me gusta encontrar en los libros, especialmente en la literatura infantil. Me sucedió lo mismo cuando leí La bolsa amarilla, libro del que ya hablé en este blog y del cual seguiré hablando todo el tiempo. 

Dado que no soy una gran lectora de poesía, me apoyo en esta atmósfera para leer Lunática. La atmósfera, iluminada por las ilustraciones de Mercè López, me habla de una niña inmersa en su propio mundo artístico, con un lenguaje que ella misma ha inventado. En este mundo, el yo se transforma en una niña-loba, en una lunática-licántropa; su cuerpo es “una pradera infinita en la que aúlla el lobo de los cuentos de hadas” (Riva Palacio, 2015) en donde tienen lugar infinitas aventuras, desde un raspón en el tobillo hasta rascarse las pulgas con una pata. 

«Lunática», ilustración de Mercè López

El yo se transforma y con él, el entorno. Lunática se desarrolla en el mundo de la imaginación, pero no se trata de una imaginación desbordada como la de, por ejemplo, Alicia en el país de las maravillas, sino de una imaginación contemplativa que mira hacia dentro y que ocurre en cualquier momento: al subir un muro o en la bañera. 

Siempre nos encontraremos con la loba blanca, alter ego de la niña soñadora. ¿Cuántos de nosotros no hemos deseado alguna vez convertirnos en otro animal, más fuerte, más inteligente, más valiente? ¿No sería ideal meternos, como aquella princesa, en una piel de asno y experimentar el cuerpo y el mundo de otra manera?

Al final, creo que las alegorías nos permiten eso, justamente. Los animales son nuestro espejo, aunque no siempre nos devuelvan una imagen fiel de nosotros mismos (como sucede en las fábulas de Esopo). Como digo, esta fue sólo una muestra de los animales y su relación con lo humano en la literatura para niños, pero todavía quedan muchos ejemplos.

Para preguntar en la librería:

De Brunhoff, J. (2010). Historia de Babar, el elefantito. México: Alfaguara.

Lobel, A. (2017). Sapo y Sepo, inseparables. México: Loqueleo.

Riva Palacio, M. y López, M. (2015). Lunática. México: Fondo de Cultura Económica – Fundación para las Letras Mexicanas. 

Stoll Walsh, E. (2020). Pinta ratones. México: Fondo de Cultura Económica.

Tashlin, F. (2021). El oso que no lo era. México: Loqueleo.

La E es de Edward

La E es de Edward, en su mansión de 200 años

Hace muchos años, yo soñaba con casas. Eran casas nuevas, brillantes, luminosas, enormes. Pero todas ellas tenían una habitación extraña que parecía no pertenecer al resto de la construcción, ya sea porque estaba completamente sellada o porque estaba en obra negra con las paredes y el suelo sin repellar o porque tenían mucha basura y desechos humanos. Alguna vez logré entrar a esta habitación, y resultó que me encontré con personas a quienes había dejado de ver. La habitación tenía una ventana, diminuta, a través de la cual se veía un jardín inaccesible.

No suelo confiar en las interpretaciones de sueños. Sin embargo, cuando en aquellos años yo no dejaba de soñar con casas, busqué el significado y, a decir verdad, me decepcionó la obviedad del simbolismo. Supuestamente, el sueño se relaciona con el propio ser, con el cuerpo. Entonces, recordé que Bachelard ya había hablado sobre la configuración del espacio en este sentido (Poética del espacio) y me pareció que, a fin de cuentas, uno también tiene una habitación oscura en su interior, y a veces, nunca se abre.

Recordé todo esto cuando leí (¿u observé?) El ala oeste de Edward Gorey, una serie de ilustraciones sin texto que, muy a su manera, cuentan una historia. 

¿Cuántos elementos se necesitan para interpretar una imagen? ¿Cuánta información se necesita para llenar los espacios vacíos entre imagen e imagen y quedarnos con una historia en la mente? En El ala oeste Edward Gorey demuestra que son muy pocos. El título ya remite a algo prohibido, oscuro o clausurado, como las habitaciones de mis sueños. Sin embargo, la imagen de la portada dice mucho más: una mansión antigua, de ventanas severas, abiertas pero oscuras, con un hueco indescifrable en la pared. 

«El ala oeste», ilustración de Edward Gorey

Para entrar a este libro, pienso que soy una niña vulnerable, como los pequeños macabros, y que voy caminando por la acera mirando hacia la mansión. En el fondo, sé que hay algo raro allí, especialmente en el ala oeste. 

Aun así, decido entrar, con más curiosidad que valentía, en el ala oeste. Lo primero que veo es una alfombra barroca con motivos geométricos difuminados. Frente a mí, una escalera. Subo para encontrarme un pasillo con las puertas de las demás habitaciones, como en cualquier edificio normal. En efecto, veo una puerta. De ella sale una mujer con el pelo recogido y un vestido negro del siglo XIX. ¿Es una viuda? ¿Es una anticuada? ¿Es un fantasma?

Ilustración de Edward Gorey

No tengo tiempo de averiguarlo, porque ya estoy en otra habitación, en donde sólo hay tres zapatos blancos. Dos forman una pareja, pero el otro está solito. ¿Dónde ha quedado su par? La asimetría y la falta de explicaciones son sumamente molestas. Recorro más habitaciones hasta encontrarme con Mr. Gorey, que viste un abrigo negro de piel y lleva un bastón. Está sentado entre dos puertas y parece meditar con los ojos cerrados. Le pido respuestas y él me dice: “Explicar algo hace que desaparezca. Idealmente, si algo fuera bueno, sería indescriptible” (Bellot, 2018. La traducción es mía). Y después, agrega: “Desdeña las explicaciones” (Bellot, 2018. La traducción es mía). 

Ilustración de Edward Gorey

La E es de Edward, de puntas en las tumbas

Para leer un álbum sin palabras, tienes que contarte una historia en la mente. Hay elementos que ayudan a esto, como el título, el estilo del autor, los textos incidentales que podrían aparecer de repente, los arquetipos, el imaginario colectivo. 

La primera vez que hojeé El ala oeste pensé “Este álbum no tiene hilo conductor” y de inmediato me pregunté “¿Cómo lo sabes?” Sin embargo, siempre que pienso muy rápido, los acontecimientos terminan por demostrarme algo distinto. En este caso (y aunque suene a perogrullada), el hilo conductor de El ala oeste es el ala oeste de una antigua mansión.

Volveré a pensar en el libro como una mansión victoriana y a mí como una pequeña macabra. Entro una vez más pero, ahora, ya sin miedo y tratando de ser racional (los fantasmas le temen a la luz, recuérdenlo). Cada página es una habitación diferente: una tiene a una inquietante criatura blanca asomada a la ventana; otra, a una momia; otra, a un hombre tumbado en el suelo boca abajo; otra, a un cubo de heno. Todas las imágenes (todas las habitaciones) están incompletas. La mayoría de ellas retratan escenas a la mitad, pues no se explica el pasado (¿cómo perdió su ropa el hombre desnudo que se asoma al balcón?) ni el futuro (¿qué hará a continuación la criatura de la ventana?). Sólo tenemos el presente, y como buen presente, es inasible, indescifrable si no fuera por el paso del tiempo. Un momento tan pequeño rechaza conexiones lógicas y desdeña las explicaciones. 

Esta falta aparente de sentido, sumado al estilo visual de Edward Gorey, es lo que otorga el halo de misterio y de miedo al ala oeste de la mansión. De hecho, el estilo de Edward Gorey está conformado por una textura muy fina y apretada que no permite distinguir muy bien las formas de los objetos; es como ver detrás de un velo. Pensándolo bien, es, asimismo, un efecto muy sensual: ahora lo ves-ahora no lo ves. Está allí y está ausente. Está en el ala oeste y en tu imaginación.

La E es de Edward y la G es de Gorey, parado frente al espejo: Ogdred Weary

Cuando soñaba con casas, tenía otra vida. Cambió la realidad, cambié yo, cambiaron mis sueños. Lo cierto es que, en ese entonces, me sentía como las casas con las que soñaba. Pensaba que había algo oscuro en mi interior, algo cerrado que necesitaba abrir desesperadamente.

Nunca me pregunté ni me molesté en averiguar por qué necesitaba abrir esa puerta en el sótano de mi propia mente y cuerpo. Tampoco sé a ciencia cierta qué significaban esos sueños (o si significan algo, siquiera). Algunas cosas, como la obra de Edward Gorey, pueden ser apreciadas sin que necesiten interpretaciones. 

En la entrada anterior, donde comentamos Sofía en el País del Infinito, yo hablaba acerca de cómo sufro con las matemáticas, de cómo parpadeo y de pronto ya hay un número nuevo que salió quién sabe de dónde. Digamos que ese es un tipo de dificultad con el que no me siento cómoda, pero con El ala oeste es diferente.  

Ahora que reflexiono más profundamente, me parece que, en el caso de los problemas matemáticos, hay resultados que deben ser encontrados. En álbumes sin palabras como este no hay nada garantizado, nadie tiene la última palabra y quizá, mientras haya lectores de Gorey, siempre se aceptarán nuevas interpretaciones. Cada vez que regresemos a la mansión del ala oeste, encontraremos algo nuevo y, a la vez, algo raro nos estará esperando. ¿Tendremos alguna vez todas las respuestas? Muy probablemente, no. ¿Asusta no comprender algo que leemos? Claro, yo diría que es hasta natural asustarse. ¿Debería esto detener a potenciales lectores? No, nunca. ¿Qué puede animarlos a leer álbumes sin palabras como este? ¡La belleza! 

El ala oeste se comporta como mis sueños. Se sienta en mi interior y espera una interpretación tardía. Ahora, en la víspera de Halloween, leo este álbum como una casa embrujada que mira de frente a través de sus ventanas ciegas y me recuerda mis propias casas embrujadas. Tanto la mansión del ala oeste como mis sueños estarán esperándome, siempre abiertos.

Para preguntar en la librería:

El ala oeste

Edward Gorey

Barcelona, Zorro Rojo, 2010

El eslabón perdido

Una versión de este texto fue leída en la presentación de Sofía en el País del Infinito en la FILU 2022 el 8 de septiembre de 2022.

No puedo decir que recuerdo con alegría mis clases de matemáticas en la escuela. Siempre que enfrentaba un problema, una ecuación o un plano cartesiano sentía que me perdía en el camino.

Parpadeaba y de pronto ya había un número nuevo o un resultado que salió de quién sabe dónde. Todavía tengo esa sensación de perder eslabones en la cadena de solución cuando alguien me explica algo de matemáticas.

Y estoy hablando de operaciones sencillas y cuestiones elementales, porque de teoremas más complejos me encuentro a años luz. A veces veo videos de divulgadores que hablan sobre la “belleza de las matemáticas” y pienso en lo mucho que me encantaría apreciar esa belleza en su totalidad. Cuando un matemático habla sobre la Luna de Hipócrates o sobre Leonard Euler o sobre el problema de Monty Hall (y la historia de su resolución por Marylin vos Savant), me siento como cuando leo a Shakespeare. Sé que habla de cosas terribles de una forma maravillosa, sobrehumana, pero aun así, siento que no me estoy enterando de todo. La diferencia es que con Shakespeare me siento cómoda con esa parte de información que no entiendo, y con las matemáticas no.

Sin embargo, ¿no dicen los filósofos griegos que un poco de incomodidad es buena, e incluso deseable? La incomodidad casi siempre se encuentra muy cerca de la dificultad y, por lo tanto, del rechazo. Es obvio que rechazamos las matemáticas porque no las comprendemos, pero ¿qué pasaría si las toleráramos un poquito? ¿Por qué no deshacernos de ese aura que las ha rodeado durante mucho tiempo, un aura de ciencias difíciles, reservadas sólo para “unos cuantos genios” pero que, al fin y al cabo, de qué nos sirven si no somos ingenieros?

Sofía en el País del Infinito, de Gabriela Frías Villegas e ilustraciones de Bernardo Fernández, Bef, se libera de ese aura y, en cambio, nos presenta un viaje al País del Infinito en donde la pequeña Sofía, junto a su gatita Luna, conocerá un hotel infinito, un barbero con el pelo muy largo, una encargada de zoológico muy afligida y a una enigmática reina que, en realidad, ha tenido mucha más influencia en la historia de lo que creemos.

Fractal en un romanesco, tomado de «Scientific American»

Así, a través de un viaje espacial y de un homenaje a Alicia en el país de las maravillas, este libro nos habla sobre el concepto del infinito por medio de paradojas científicas, como la paradoja del hotel infinito, la paradoja del barbero de Bertrand Russell (con el mismo Russell como personaje) o la cinta de Möbius. Todas estas paradojas, combinadas con referencias a los más importantes matemáticos de la historia y a Lewis Carroll, pueden parecer abrumadoras, especialmente para los niños y jóvenes, pero Sofía en el País del Infinito demuestra que las matemáticas en realidad son un juego.

Una de las delicias de la divulgación científica para niños y jóvenes es que se puede jugar con la forma. El fondo, es decir, el contenido (en este caso, el infinito y todas sus posibilidades de estudio) tiene que incluir información fidedigna, respaldada por datos duros, pero la forma puede ser tan libre y dúctil como se quiera. Y es precisamente la forma lo que le permite al lector “pensar fuera de la caja” y estimular su creatividad, lo cual es el fin último de la divulgación científica, ya sea que esta se dirija a adultos o a niños.

Algunos conceptos matemáticos o científicos son especialmente poéticos, y el infinito es uno de ellos. Borges hablaba de él en “El Aleph” y Escher lo pintaba. El infinito rebasa la comprensión humana; muchas veces nos descoloca pensar en hoteles con habitaciones infinitas o en la ilusión de la banda de Möbius, que tiene una sola cara infinita. En ese sentido, la divulgación de la ciencia y libros como Sofía en el País del Infinito nos acercan a comprender mejor estos temas. 

Lo anterior se logra, en parte, gracias al juego metafórico de Sofía en el País del Infinito que alude a Alicia en el país de las maravillas, pero también gracias a las ilustraciones de Bernardo Fernández, Bef. Estas están realizadas al estilo cómic, ya que presentan escenas muy concretas de las peripecias de Sofía en el País del Infinito. Además, hay movimiento y varios planos en una misma ilustración (como la de la portada), lo que expresa el deseo de aventura. Sofía y Luna van como locas tras el robot, angustiado por llegar tarde a cierto evento muy importante, pero también picadas por la curiosidad.

«Sofía en el País del Infinito», ilustración de Bef

En última instancia, Sofía en el País del Infinito es un homenaje a la curiosidad, como buen libro de divulgación científica. Una vez que descubrimos o leemos algo sobre matemáticas, queremos saber más, y la nueva información nos lleva, poco a poco, a conocer más y más, pero también (y más importante) nos plantea preguntas científicas. Los lectores de divulgación científica siempre están siguiendo a un conejo o un robot apresurado, símbolo de la curiosidad.

Tuve la fortuna de presentar Sofía en el País del Infinito en la Feria Internacional del Libro Universitario de la Universidad Veracruzana, en compañía de la autora y el ilustrador. Allí, ambos decían que el libro era un homenaje a Sofía, la pequeña hija que tienen en común (y que también estuvo con nosotros en la mesa de la presentación). El objetivo del libro era enamorar a Sofi de las matemáticas creando un mundo en donde todo fuera infinito. 

La definición más elemental de ficción es, quizá, la de crear mundos imaginarios que tienen sus propias reglas. En este caso, para seguir la lógica del País del Infinito, hay que preguntarnos qué hay en ese país. Como Gabriela Frías dijo en la presentación, en el mundo que visitan Sofía y Luna existen cines donde puedes pedir palomitas y refresco infinitos. ¡Nunca se acabarían! Así es como la ficción y la imaginación conviven con las ciencias duras y los datos científicos que se presentan, como las paradojas que ya he mencionado. Creo que no hay nada más divertido que ver una cinta de Möbius mientras tomas una malteada infinita en alguna cafetería del País del Infinito.

Bef habló de una habilidad que me parece importantísima, sobre todo en la divulgación científica y en textos de ficción que dialogan con la ciencia: el ser capaz de explicar algo complejo de una manera sencilla. Sencillo no quiere decir bobo. No es necesario hablarle a los niños como si fuéramos tontos (“Möbius era un matemáááááááático y astróóóóóóónomo… ¿saben qué es un astrónomo?”). Se trata de utilizar la imaginación, el sentido del humor, el pensamiento crítico y la creatividad para jugar con las ciencias duras (y también, por qué no, con las artes y humanidades). Esto no “baja el nivel” del discurso, sino que lo pone en otra perspectiva para poder leerlo e interpretarlo de maneras novedosas.

El final de Sofía en el País del Infinito es abierto; no voy a revelarlo aquí, solamente diré que la historia da pie a muchas aventuras de Sofía y Luna en otros mundos. ¡Espero verlas publicadas muy pronto! Mientras tanto, seguiré persiguiendo al conejo-robot matemático, y esta vez, intentaré no perder los eslabones y apaciguar mi intuición con un resultado que comprenda en su totalidad. ¿Lo conseguiré? Ya lo veremos.

Para preguntar en la librería:

Sofía en el País del Infinito

Gabriela Frías Villegas (texto) & Bef (ilustraciones)

México, Sexto Piso, 2022

Libros que te dejan… qué sé yo

Para (y por) la ternura

Desde hace algunos años, me pasa un fenómeno muy curioso: sé que los libros que elijo y decido leer me gustarán, en mayor o menor medida.

Las editoriales tienen mucho que ver en esto, porque yo sí juzgo un libro por su portada (y por su diseño, sus ilustraciones, si las hay, su traducción, su prólogo, su manufactura e incluso la reputación o fama del sello editorial). Pero también ayuda el hecho de conocer, aunque sea vagamente, autores o clásicos, y es cierto que mi personalidad siempre se inclina por los clásicos, aunque es lo suficientemente aventurera para experimentar con otros géneros y propuestas. Además, cuando leo por placer o para hacer reseñas en este blog, no pierdo el tiempo en leer libros con una técnica pobre: la vida es muy corta.

Por eso, en mi última visita a la librería, tomé una edición de Hojas de hierba, de editorial Austral, que me gustaría y me gustó, a pesar del diseño modesto (pero compensado por ser la primera traducción de la edición original en inglés). Luego, me agaché, miré en los entrepaños que están más cerca del suelo, y encontré un pequeño ejemplar, de 10.5 x 18.5 cm, de editorial Norma, escondido entre otros libros para niños. Era La bolsa amarilla de Lygia Bojunga, que estaba agazapado en el librero, tal como los personajes que viven dentro de la bolsa amarilla. Ni el título ni el nombre de la autora me decían nada, y la ilustración de la portada no me gustó, si bien recuerda a las de los libros infantiles de los 90. Bueno, en general el libro no me pareció particularmente atractivo hasta que le di vuelta y leí la contraportada.

¡¿Cómo era posible que no haya oído hablar de la autora si ganó el Hans Christian Andersen en 1982, y no sólo eso, sino que ese año se lo dieron por primera vez a un autor latinoamericano?! “Este sí o sí me lo llevo”, pensé. “Y me gustará”.

Esto sucedió el mes pasado, durante mis vacaciones de verano. Fui a la librería para buscar nuevas lecturas, ya que había terminado el libro sobre psicópatas que me llevé en la maleta. Últimamente he estado leyendo géneros que no suelo leer con tanta frecuencia, como la poesía y la divulgación, aunque nunca dejo la narrativa y mucho menos, la literatura infantil. Creo que empecé a leer La bolsa amarilla ese mismo día y lo terminé también aquel día. En parte fue gracias a que estaba de vacaciones y en parte fue porque la historia, el lenguaje y la sensibilidad de la autora me maravillaron.

Raquel quiere ser escritora, pero ese es uno de sus secretos. Los otros son ser mayor y volverse hombre. Estos secretos crecen y crecen, por eso hay que encontrarles un buen escondite. No tiene que ser muy sofisticado, como una caja fuerte detrás de un cuadro; de hecho, puede ser más modesto, como la bolsa amarilla que la tía Brunilda desechó por ser muy fea y vieja.

Los secretos de Raquel a duras penas caben dentro de la bolsa, y el espacio se reduce todavía más con los estrafalarios inquilinos: Rey, un gallo que prefirió llamarse Alfonso, la Paraguas, el Gancho de Pañal y, temporalmente, el gallo Terrible.

Ilustración por Pedro Hace

La bolsa amarilla tocó fibras muy sensibles dentro de mí, porque yo, al igual que Raquel, fui una niña que quería ser escritora. Además, las historias de rebeldes, de gente que cree que no “encaja” en la sociedad o dentro de su familia o en su muy reducido círculo de amigos siempre me inspiran. Desde que leí Matilda he estado acompañada de valientes que desafían las normas convencionales y viven su vida exactamente como ellos quieren, con reglas que ellos mismos diseñan (a menudo, inspiradas por la literatura y el arte).

Como dice Raquel: “Un día me puse a pensar qué iba a ser yo más tarde. Resolví que iba a ser escritora. Y empecé a fingir de una vez que ya era” (Bojunga, 2005, p. 8). Entonces, la chica empieza a inventarse amigos con los que se escribe cartas imaginarias. Le envía cartas a Andrés y a Lorelai, a quien le cuenta que su vida era más feliz cuando vivía en el campo y desea fugarse para regresar allí, entonces, ¿por qué no?, se inventa todo el viaje con papel y pluma.

Pero resulta que, para no variar, su familia no la entiende; ellos creen que Andrés y Lorelai son personas reales y que Raquel se quiere escapar de su casa. Por más explicaciones que Raquel les da acerca de cómo funciona la ficción y la literatura, nadie la escucha, y peor aún, se ríen de ella.

No me gusta hablar acerca de cuáles son los “temas” de los libros que leo, porque pienso que los libros (especialmente la narrativa) no dicen, sino son. Sin embargo, en el caso de La bolsa amarilla, si hay que hablar de algún “tema” en especial, ese sería la contraposición entre el mundo adulto y el mundo de los niños y jóvenes. Raquel tiene el deseo de volverse mayor para que la tomen en serio, para que no la pongan a hacer gracias, cantar y bailar enfrente de tíos y primos que ni siquiera le caen bien y para que nadie insista en saber qué guarda en la bolsa amarilla. A un adulto no le exigimos que de la nada baile, cante y se ponga feliz o que nos muestre la intimidad de su bolso. ¿Por qué lo hacemos con los niños?

Muy a menudo, libros como La bolsa amarilla, Matilda, Elvis Karlsson, La grúa o El pato y la muerte me hacen pensar en la ternura. La ternura es un sentimiento primigenio, que conocemos los seres humanos cuando, al nacer, alzamos los bracitos o ponemos ojitos alegres. Es, entonces, el sentimiento provocado por aquello que es nuevo, blando, fácil de doblar, fácil de provocarle el llanto. Alguien tierno tiene la sensibilidad a flor de piel, pero este no es el tipo de sensibilidad en fuga, que rompe todo cuanto se encuentra a su paso y lo tiñe de golpes; es la sensibilidad más contemplativa y suave, que recibe estímulos del exterior, los comprende, los saborea y devuelve algo todavía más bello, si cabe. Esta es la sensibilidad de Raquel, la que tiene y la que transmite al lector. Por consiguiente, es también la de Lygia Bojunga.

Ilustración por Pedro Hace

No es muy fácil que digamos percibir esta sensibilidad. A mí me aterra perderla, entonces trato de afinarla todos los días tratando de abrir mi mente, aceptar el pacto narrativo y entrar a la ficción que el libro me propone sin reservas. No es que esto me haya sucedido con La bolsa amarilla, pues fue increíblemente fácil comprender su mundo, pero a veces uno tiene cosido el pensamiento. Hay muchos personajes así en la novela, como el gallo Terrible, a quien le cosieron el pensamiento de pelear y pelear y pelear contra otros gallos. Este pensamiento estaba cosido con un hilo tan fuerte que selló el destino del pobre animal.

Pero, más adelante en la novela (en el capítulo 9, de un total de 10, titulado “Comienzo a pensar diferente”) vemos, por contraste, que la familia de Raquel tiene el pensamiento fuertemente cerrado con costuras hechas de hilo de poliéster. En ese capítulo, la chica conoce a una singular familia que se dedica a reparar todo tipo de cacharros viejos, desde ollas hasta relojes. Y, siempre que sienten que ya han trabajado demasiado, cambian de roles o hacen una pequeña fiesta en la que todos bailan. Mientras está con ellos, Raquel se da cuenta de que quizá los adultos no sean tan difíciles de entender después de todo. Eso, sobra decirlo, no sucede cuando está con su propia familia, tan cerrados como son al arte, a la literatura y a la diversión en general.

Terminé La bolsa amarilla un día de julio, en la casa de mi infancia, en la misma casa donde alguna vez “Resolví que iba a ser escritora”, en la misma casa donde está mi librero de hojas de otoño, con los libros que me acompañaron y me han de acompañar siempre. Creo que ya es obvio señalarlo, pero, tal como predije en la librería, La bolsa amarilla me gustó. Sin embargo, me tomó por sorpresa el profundo amor que sentí inmediatamente por este libro y la admiración que desde ahora tengo hacia Lygia Bojunga. Como siempre me sucede con mis libros favoritos, ahora quiero leer toda la obra de la autora.

Dentro de muchos años, seguramente volveré a La bolsa amarilla. Mientras tanto, me seguiré preguntando qué tipo de libro es: ¿uno suave?, ¿uno puntiagudo?, ¿uno pesado?, ¿uno liviano?, ¿uno irónico?, ¿uno tierno?, ¿todos a la vez?

Para preguntar en la librería:

La bolsa amarilla

Lygia Bojunga (texto) & Esperanza Vallejo (ilustraciones)

México, Grupo Editorial Norma, 2005

Una joya escondida de la literatura infantil

Tal como dice Aidan Chambers, si tratas de interpretar La grúa página a página, al final te quedarás con la sensación de no haber entendido nada.

Eso me pasó a mí: estaba en la página 70 de 124 y aún no sabía muy bien de qué iba aquella historia tan simple a primera vista. El conductor de la grúa se sube a ella un buen día y nunca más vuelve a bajar. Mientras tanto, a sus pies pasan épocas históricas larguísimas: hay una guerra, el pueblo huye, el mar se adentra a la tierra, luego retrocede y otro pueblo vuelve a nacer. Mientras tanto, me imaginaba al conductor de la grúa como un santo, como Simón del desierto, subido a una columna sin disponerse a convivir con el resto del mundo.

Sin embargo, el conductor no es un exiliado ni un ermitaño que odia a la humanidad, ya que la grúa se convierte en una extensión de su cuerpo y hasta de su identidad, y gracias a ella, puede ayudar a su amigo Lectro cuando los secretarios del ayuntamiento lo despiden (entonces, el conductor mece a éstos sobre el mar, peligrosamente, y les provoca mareos). Aunque se lleva bien con Lectro y con su otra amiga, el águila, que aparece hacia el final de la narración, parece que el conductor de la grúa está perfectamente bien donde está.

No hay una explicación sobre por qué el conductor se obsesiona con la grúa y ya nunca se separa de ella. Cabría esperar que el libro nos lo dijera tarde o temprano, ya que eso es lo que sucedería en una narración tradicional de hechos concatenados unos con otros, pero La grúa no es ese tipo de historia. Aidan Chambers dice que se trata de la narrativa del sueño, porque los acontecimientos no están ligados unos con otros.

Aunque Chambers tiene razón en que se trata de una narrativa del sueño, porque cada imagen tiene un significado lógico y no posee una conexión con otras imágenes (al menos no una conexión propiamente “narrativa”), lo cierto es que todas esas imágenes están conectadas gracias al protagonista. El conductor, en su grúa, es testigo de la historia y, en última instancia, nos la cuenta (incluso muchos dibujos, hechos también por el autor del texto, Reiner Zimnik, tienen la perspectiva del conductor de la grúa).

«La grúa», Reiner Zimnik (texto e ilustraciones)

En La grúa existe cierto desapego a los acontecimientos históricos que suelen marcar la historia humana, como la guerra. Por ejemplo, Lectro dice, cuando se convierte en soldado: “Llevo un uniforme. Es de pura fibra sintética, pero ¿qué le vamos a hacer? No hay nada que hacer” (Zimnik, p. 59). Cuando Lectro y otros de sus compañeros mueren a causa de un bombardeo, el conductor de la grúa, a través del narrador, se lamenta diciendo que muchos de ellos habían dejado una bicicleta, un jardín o su club de natación, y quisieran seguir viviendo. Pero la guerra continúa, la ciudad es destruida y la gente la abandona. Luego, llega la invasión del mar; la vida sigue para el conductor. 

El conductor puede comer caramelos de eucalipto (sus favoritos), hornear panecillos redondos y obtener sal y pescado del mar. No le hace falta nada más, se adapta rápidamente al cambio, incluso deja de ser una grúa para convertirse en faro. Constantemente, el narrador (focalizado en el protagonista) repite “Él era el hombre de la grúa”, como recordando la fortaleza y la resiliencia del conductor. De hecho, contrario a lo que Aidan Chambers aconseja, yo me quedaría con esta interpretación, al menos de momento: siempre podemos adaptarnos y sacar lo positivo de las adversidades, incluso después de una guerra, incluso cuando nuestro entorno se vuelve desconocido.

He de decirles que llegué a esta conclusión muchos días después de haber terminado el libro. Creo que esa es una de las razones por las que Aidan Chambers habla de que La grúa tiene la magia de los cuentos de hadas. En muchas ocasiones les he contado que estoy convencida de que seguimos leyendo cuentos de hadas, estoy obsesionada con ellos y con el efecto que tienen en la sensibilidad de los lectores. La grúa cumple con muchas características de este tipo de narraciones, por ejemplo, tiene un lenguaje claro y directo, aunque no por eso es un cuento simple. Muchas de las imágenes oníricas del libro son sumamente simbólicas, por ejemplo, el león plateado de Lectro. No hay una explicación sobre por qué aparece y qué función tiene en la narrativa: simplemente es un león con la piel de plata que se pasea por la ciudad. 

En los cuentos de hadas a menudo nos encontramos con episodios que no tienen una explicación clara y, si los quitáramos, probablemente seguiríamos entendiendo el cuento. Pero su función, como he dicho, no es “narrativa”, sino simbólica. Las escenas oníricas no apelan a las conexiones cerebrales que hacemos cuando leemos, sino a los sentimientos del lector. En este caso, voy a aventurarme a decir que el león plateado es un símbolo de seguridad, una fantasía de esas que alguien más nos cuenta y que nosotros repetimos en nuestra mente para darnos valor. El león plateado llegó, eso significa que todo estará bien.

Tristemente, no hay muchas ediciones de La grúa, lo cual significa que es un libro prácticamente inconseguible. Originalmente fue publicado en 1956 y se tradujo al español en la década de los 80. La edición más reciente que pude encontrar es de Kalandraka, del 2009 (aunque yo leí una de Espasa-Calpe de 1990). Estoy de acuerdo con Aidan Chambers sobre las razones por las que este libro no se reedita demasiado: para ciertos padres, profesores o mediadores de lectura, La grúa puede parecer un libro excesivamente oscuro y hasta engañoso. 

Aun así, creo firmemente que vale la pena publicar libros como La grúa, especialmente porque apelan a un tipo de sensibilidad humana muy antigua, el tipo de sensibilidad que tenían los primeros humanos con un lenguaje articulado que se sentaban alrededor de una fogata y escuchaban o contaban historias. En ese entonces (y aun ahora, cuando leemos cuentos de hadas o La grúa) accedíamos a los sentimientos y al simbolismo de la narración de forma directa. Esto es importante porque los libros nos sirven como faro o como espejo de nosotros mismos, lo cual sucede gracias a los sentimientos invocados y transmitidos del autor al lector. No es que la literatura nos salve (no creo mucho en eso), pero sí nos pone en contacto con una parte esencial de nosotros mismos que, muy a menudo, se encuentra en el fondo del sótano de nuestra casa interior. 

Para preguntar en la librería:

La grúa

Reiner Zimnik (texto e ilustraciones)

México, Espasa Calpe-Conaculta, 1990

Chapoteo

Opaleye, ofiura, muimuy, rorcual de omiura, anoplogaster, foraminíferos, misidáceos, dinoflagelados. Caí rendida de amor por La vida en el océano al leer en voz alta esas palabras, que se sienten como caramelos en la boca.

Dentro de la no ficción para niños, la divulgación de la ciencia tiene un papel fundamental, casi protagónico. Los libros sobre ciencia, dinosaurios, científicos o los que hablan sobre mocos y popó desde una perspectiva científica son sumamente populares en librerías. 

No sé si el éxito de la divulgación de la ciencia en la LIJ se deba a la insaciable curiosidad de los niños o a la necesidad de los padres de darles respuestas a las interminables preguntas de sus hijos que, luego de varios rodeos, se reducen a ¿por qué el cielo es azul?, ¿por qué las flores tienen olor?, ¿por qué los pájaros cantan?, o una que me encanta y que, de hecho, es el título de un libro de filosofía: ¿por qué hay todo y no nada?

La vida en el océano, ilustrado y escrito por Julia Rothman, da respuesta a las preguntas más comunes que los chicos podrían tener sobre el mar y su flora y fauna. Está estructurado en ocho capítulos que muestran lo extenso del tema en cuestión: desde por qué el agua del océano es salada hasta las profundidades del fondo marino, la vida en los polos y los arrecifes de coral.

En esta entrada quiero detenerme un poco más en las ilustraciones que en el texto. El texto no tiene nada del otro mundo, es sintético y explicativo, informativo a fin de cuentas, va al punto y no hace alarde de metáforas o figuras retóricas (aunque esto no quiere decir que esos juegos del lenguaje están exiliados de la no ficción, al contrario). Son las ilustraciones, cuyo trazo es fluido y juguetón, las que llevan al lector a imaginar cómo es la vida en el océano.

Hace ya tres años, en un curso de libros de no ficción para niños, la profesora y escritora Ana Lartitegui nos presentaba tres modelos de divulgación para niños, cada uno en un nivel distinto de representación. El primero, Botanicum (Kate Scott y Kathy Willis), tiene un tono muy científico e ilustraciones realistas que recuerdan a las ilustraciones botánicas del siglo XIX. Luego estaba El gran libro del árbol y del bosque (René Mettler), a medio camino entre la ciencia y la poesía y por último, Ahí fuera (Maria Ana Peixe Dias, Inés Teixeira do Rosário y Bernardo P. Carvalho), el más poético y libre de los tres; incluso las ilustraciones de árboles y follaje son de color azul.

En ese sentido, creo que La vida en el océano está a medio camino. El texto es directo y, si bien utiliza algunos tecnicismos, no es demasiado científico. Las imágenes son mucho más libres, aunque no al grado de las de Ahí fuera. De hecho, aunque son ilustraciones poco realistas, es posible identificar y observar las partes de un pez, de un tiburón o de una medusa en el recurso más constante del libro: la “anatomía” de los seres marinos.

«La vida en el océano», Julia Rothman (texto e ilustraciones)

Esto me lleva a preguntarme sobre el realismo de los libros de divulgación científica para niños. ¿Las ilustraciones deben tener siempre una representación mimética, es decir, fiel a la realidad que pretenden mostrar? Si no tienen este tipo de representación, como La vida en el océano o Ahí fuera, ¿se consideran poco precisas o poco serias?

No necesariamente. En la divulgación de la ciencia, sobre todo en ensayos dirigidos al gran público, es muy frecuente el uso de metáforas o de experiencias personales para explicar algún hecho o dato científico. Usamos la metáfora, así como otras figuras retóricas, para que todos nos entiendan, incluso si nos dirigimos a lectores poco familiarizados con cualquier rama de la ciencia. En este caso, el texto de La vida en el océano, como ya he dicho, no es muy atrevido en cuanto a juegos y retruécanos, pero las ilustraciones sí se dan ese permiso, y aunque no son naturalistas, podemos encontrar, por ejemplo, formas de identificar a una tortuga con ayuda de dibujos de su cabeza y caparazón. 

Lo mismo ocurre con las maneras de identificar una concha (colmillo de mar, concha de gusano, rissoido, lapa o almeja): los dibujos son monocromáticos en un tono salmón muy suave, al igual que el trazo. De hecho, estos dibujos parecen la sombra de las conchas, pues no son para nada naturalistas y no se pueden tomar como una guía definitiva para quien quiera ir a la playa a coleccionar conchitas; pero aun así, funcionan para informar al lector en esta materia.

Lo que quiero decir es que la divulgación científica no debería estar cerrada solamente a la representación mimética en aras de “no confundir” a los niños o de enseñarles cosas “adecuadamente” (es decir, a la manera de la escuela y los libros de texto). En la no ficción para niños es posible jugar con el fondo y la forma, y las posibilidades son infinitas.

Pero el juego en la no ficción para niños no se utiliza (o no debería utilizarse) como mero adorno o pretexto para interesar a niños y jóvenes con temas científicos complejos, como si los recursos poéticos y literarios fueran la envoltura del caramelo. Fondo y forma deben estar unidos y ambos deben responder a un “¿para qué?” Considero que esto sí sucede en La vida en el océano que, además de informar a los lectores, les permite imaginar, nutrir su curiosidad e interesarlos por el ambiente, ya que al final, una parte del libro se dedica a hablar brevemente sobre el cambio climático, la pesca de alto impacto, el derretimiento de los polos y otras cuestiones que afectan directamente la vida en el océano.

No suelo leer mucha no ficción, tanto la que está dirigida a niños como la que se dirige a adultos, pero ese es uno de mis “propósitos lectores”: leer más géneros literarios que no acostumbro leer. Me encantan los libros que juegan, que son libres y que se dan el permiso de experimentar. 

Para preguntar en la librería:

La vida en el océano

Julia Rothman (texto e ilustraciones)

España, Errata Naturae, 2022

Ascenso y caída del museo de las maravillas

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, los insectos recordarían el día que la maravilla cayó del cielo.

Como casi siempre sucede en esos casos, los insectos se formaron para ver la maravilla y tratar de descifrar si era un caramelo, un planeta o una crisálida mágica. Pero había alguien escondido en las sombras, observando, esperando. Un día, salió de su escondite y reclamó que la maravilla era suya. ¿Quién había sido la guapa que dijo eso? La araña, con su moño y su bombín.

Y más guapa se puso la araña cuando anunció que montaría una exposición para ver la maravilla que cayó del cielo, y los boletos costarían una hoja cada uno. La exposición fue un éxito y, naturalmente, los boletos subieron de precio. Y mientras más subían los precios, el público más se quejaba. La araña no hacía caso de esto y se dedicaba a esperar que más insectos conocieran la maravilla… hasta que llegó alguien más listo que ella. El pez grande se come al chico, ¿no? Es la ley de los negocios.

«Cayó del cielo», Terry Fan y Eric Fan (texto e ilustraciones)

Terry Fan y Eric Fan (the Fan brothers) firman el libro álbum Cayó del cielo, editado por Leetra, editorial nueva para mí que me tiene fascinada. Me encanta la idea de algo extraño y fantástico que, de pronto, irrumpe en un espacio cotidiano y lo transforma por completo. La extrañeza de los insectos al descubrir la maravilla se refleja en la paleta de color del libro, en blanco y negro excepto por ese pequeño objeto mágico, dibujado con colores brillantes que, viéndolo bien, sí la hacen parecer un planeta o un asteroide.

Cayó del cielo puede leerse como una fábula y como un cuento fantástico. La protagonista de la fábula es la araña y su defecto, la avaricia (un defecto personificado en sus ocho largas patas). Ella se apodera de la maravilla para hacerse inmensamente rica, aunque en realidad ese objeto mágico no le pertenezca a nadie o, más bien, sea del niño que la tiró un día en el jardín.

Me alegra que este libro álbum no caiga en el moralismo de regañar a la araña por estafar y mentirles a los demás insectos. Es cierto que hizo algo incorrecto, pero al final aprende su lección de manera natural, creíble, convincente y lógica para la historia. Así, la araña logra ofrecerle algo nuevo a su comunidad, un final feliz que se traduce en la paleta de color, pues el mundo se ilumina cuando llegan más maravillas a la exposición de la araña.

Los hermanos Fan cuentan que la idea de este libro surgió a partir de una ilustración victoriana en la que se ve a unos insectos, con lupas y bombines, observar un objeto totalmente ajeno a su mundo. Esta extrañeza de la que hablaba al principio es la que convierte a Cayó del cielo en un cuento fantástico casi puro. Pienso en Cinco chicos y eso de Edith Nesbit, cuando los hermanos Robert, Anthea, Jane, Cyril y “Corderito” (el bebé) encuentran un hada de arena, de nombre Psammead, en un pozo de grava. El hada, cuyo aspecto físico es más parecido al de una bestia mitológica, cumple los deseos de los hermanos, pero esto, claro, los meterá en más de un problema.

Lo que busco resaltar aquí es el objeto, en el caso de Cayó del cielo, y el personaje, en Cinco chicos y eso, que nos descoloca. En ambos casos, el descubrimiento de lo fantástico es inesperado y cambia la vida de los protagonistas para siempre; esa es la entrada de lo fantástico. En Cayó del cielo el contraste entre el fondo en blanco y negro y las maravillas a color es esencial para comprender el asombro.

«Cayó del cielo», Terry Fan y Eric Fan (texto e ilustraciones)

Los hermanos Fan tienen ya bastante éxito en el negocio del érase una vez. Su primer álbum ilustrado, The Night Gardener, recibió el Dilys Evan Founders Award en 2016. De hecho, trata un tema similar al de Cayó del cielo: William, un chico que vive en un orfanato, despierta una mañana y descubre que un misterioso jardinero nocturno ha podado un árbol para darle la forma de un búho. La paleta de color es similar a la de Cayó del cielo, pues muestra un mundo sepia hasta la llegada del jardinero, que pinta todo de colores.

Cayó del cielo está en México gracias a la editorial Leetra que, según sus propias palabras, busca que sus libros sean una experiencia. Este es el primer libro que leo editado por ellos y, en efecto, ha sido una experiencia. Creo que, aunque no vivamos en un reino encantado con hadas, brujas y gnomos, siempre podemos inventarnos nuevas cosas para sorprendernos a nosotros mismos y llenarnos de fantasía.

Para preguntar en la librería:

Cayó del cielo

Terry Fan & Eric Fan (texto e ilustraciones)

México, Leetra, 2022

Algunos prejuicios de la literatura infantil que ya no tienen cabida en este mundo

Hoy, 2 de abril, es el Día del Libro Infantil y Juvenil. En El Carrito Rojo ya he hablado sobre lo que hace memorable a un libro infantil, y muchas de esas razones me parecen buenos pretextos para leer LIJ.

Pero hoy, con motivo de este maravilloso día, quiero escribir sobre los prejuicios que, tristemente, todavía existen en torno a la LIJ. Algunos de ellos los he escuchado en la vida real, ya sea porque me los han dicho o porque los he escuchado en librerías (siempre presten atención a lo que oyen y ven en librerías, es una excelente manera de descubrir cómo lee la gente).

“Como es un libro infantil, la bruja que aparece no puede ser mala”

¿Creen los padres que su hermosa palomita blanca se convertirá en un niñito psicópata si lee Maus? ¡Por supuesto que lo creen! De otra forma, no intentarían censurarlo tan ferozmente. Pero eso conlleva que no confíen en el criterio de su palomita blanca y que piensen que es lo suficientemente tonta como para dejarse influenciar (al grado de cambiar toda su personalidad) por la lectura de un solo libro.

Esa es la razón por la que me enferman las nuevas lecturas de libros clásicos. La nueva versión de Las brujas está edulcorada, como si temiera asustar a los niños. Por ejemplo, en el libro, las historias sobre brujas que la abuela le cuenta al protagonista son inolvidables: todos nos asustamos con la niña que se quedó atrapada en un cuadro o con el niño que se convirtió en piedra y empezó a servir como perchero para las visitas que llegaban a su casa. En la película, en cambio, la Gran Bruja convierte a una niña en una gallina gigante y, aunque esto también pasa en el libro, en la película se afirma que la chica-gallina continuó viviendo con su familia, mientras que, en la novela, no está claro si desapareció o no.

No estoy comparando el libro con la película, y no me gusta pensar que tal o cual adaptación es mejor o peor. Me preocupa la lectura que le estamos ofreciendo a los niños, pues me parece que es propia de padres que desean pavimentarles el camino a sus hijos para evitarles el sufrimiento. Pero nadie puede vencer el sufrimiento evitándolo. Es necesario encararlo y, para eso, tenemos que nombrarlo. O, si no lo nombramos, podemos permitirnos jugar con la incertidumbre y la ambigüedad para despertar emociones auténticas en los lectores. De eso se trata la verdadera literatura.

No estoy hablando aquí de una literatura para niños cruel, despiadada y cruda. La forma de narrar la crueldad es muy importante para construir empatía con los lectores, así como ofrecerles una salida, una solución, una esperanza. Se trata de recordar que los dragones se pueden vencer.

“Puedes escoger un libro, pero que te enseñe algo”

Claro, mamá, ¿está bien si ese libro me enseña a desobedecer críticamente? ¿O si habla de la diversidad sexual? ¿Qué tal si es un libro sobre la crueldad humana? ¿O sobre el abuso, la muerte, las injusticias?

Creo que cuando los padres buscan que un libro “tenga mensaje” o “deje una enseñanza”, se refieren a fábulas con las cuales ellos (los padres) se sientan cómodos. La “enseñanza” termina, casi siempre, siendo un “¿ya ves lo que les pasa a los que no son buenos chicos?”, como un Pedro Melenas moderno.

«Cómo hacer que tus papás amen los libros para niños», Alain Serres (texto) & Bruno Heitz (ilustraciones)

A veces, pareciera que la moralidad ya está superada en la LIJ, pero muchos consumidores (padres, maestros, tutores) la buscan constantemente porque quizá creen que los libros educan o te vuelven una mejor persona. Les tengo noticias: no es así. Los libros sirven para lo que sirven: para pensar, para imaginar, para abrir la puerta a otros mundos, para inspirarse, para ser más críticos, para saber cosas sobre el mundo, la historia, la ciencia… o para nada. Quizá los libros sólo nos sirven para pasar un buen rato con nosotros mismos. Y eso ya es una enseñanza que vale oro.

“Los libros infantiles son sólo ‘cuentos’”

En la LIJ hay cuentos, álbumes ilustrados, poesía, novela, novela gráfica e incluso Formas de Contar No Identificadas (FCNI) porque combinan varios géneros o se inventan unos nuevos. La LIJ es más compleja de lo que creemos, pero, aun así, nos invita a entrar en su bosque.

Y en ese bosque, la libertad es la regla. Pienso en autores de literatura para adultos, como César Aira, a quienes la crítica ya ha encasillado como autores “raros” o “excéntricos” (otro autor excéntrico podría ser Francisco Tario) por sus temas y personajes demasiado fantasiosos, como la Princesa Primavera, el Capitán Otoño y su árbol de Navidad. La princesa Primavera sería un “cuento” más si estuviera dirigido a los niños, pero en la literatura para adultos, este tipo de novelas son poco comunes, según la crítica.

Hasta donde yo sé, la crítica de LIJ no ha hecho la distinción de “LIJ excéntrica” porque sería un tanto absurdo. Esto es sólo una intuición y puedo equivocarme, pero pienso que no existe tal cosa en la LIJ porque la libertad fantasiosa y la imaginación son la norma. Aquí, más que en la literatura para adultos, se puede escribir lo que uno quiera.

Los prejuicios nacen del desconocimiento y de los estereotipos. Mientras escribía esta entrada, recordé el álbum Cómo hacer que tus papás amen los libros para niños, con texto de Alain Serres e ilustraciones de Bruno Heitz. Allí hay algunos prejuicios, detrás de las recomendaciones para convencer a los padres de leer libros para niños. Una de ellas dice: “Si tus papás dicen que los libros para niños sólo cuentan tonterías… respóndeles que tienen razón, pero que lo sientes… ¡porque las tonterías realmente te fascinan!” (Serres, 2012, pp. 12-15). Esa es la magia de la literatura infantil: son tonterías muy serias.