Los libros en la maleta

Parece increíble que en pleno siglo XXI se invente un nuevo formato de libro. Más increíble aún es que se trate de un nuevo formato de libro físico. Y todavía más asombroso es que alguien haya inventado y patentado un nuevo formato de libro físico para imprimir la Biblia.

Pero justamente eso fue lo que pasó en 2009, cuando la editorial neerlandesa Royal Jongbloed inventó los dwarsligger, libros cuya novedad consiste en imprimir el texto de forma paralela al lomo en tomos que miden, generalmente, 8 x 12 cm. Esto obliga a utilizar un tipo de papel muy fino, llamado papel biblia, y a cuidar mucho la encuadernación para que el libro no se deshaga, pero también hace que el libro sea ideal para llevar a todas partes, porque cabe en cualquier bolsa o bolsillo de pantalón o chamarra; además, como clama la propia Royal Jongbloed, estos libros se pueden leer con una mano.

El concepto ha sido exportado a países como España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. En 2010, Ediciones B publicó sus “Librinos” con este formato e incluyó títulos como Entrevista con el vampiro de Anne Rice, El psicoanalista de John Katzenbach y El círculo mágico de Katherine Neville.

Más recientemente, en 2018, Penguin publicó un set de libros de John Green con este formato, que incluye The Fault in Our Stars, Paper Towns, An Abundance of Katherines[1] y Looking for Alaska. Y en 2019 lanzaron The Puffin in Bloom, una colección de tres dwarsligger que incluyen los clásicos Heidi de Johanna Spyri, Anne of Green Gables de Lucy Maud Montgomeryy A Little Princess de Frances Hodgson Burnett.

En la Feria del Libro de Frankfurt, durante la presentación de los dwarsligger, uno de los editores rememoró las palabras de Neil Armstrong, “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Comparto su emoción: por supuesto que un nuevo formato de libro físico es un evento retador tanto para editores como para lectores; sobre todo si se trata de un diseño que imita el scroll que hacemos cuando leemos tuits o un documento en PDF. Sin embargo, todo libro tiene un lector ideal y, en ese caso, ¿cuáles son los lectores ideales de los dwarsligger?

Para responder esa pregunta, hay que tomar en cuenta que estos libros (en especial los editados por Penguin) se pueden encontrar en Wal-Mart, Target o en tiendas de diseño y decoración. Su formato, como ya dijimos, permite que se lleven a todas partes, en el bolso o en la maleta de mano. Naturalmente, los textos más adecuados para editarse así son los libros de viajes, como la Guía de la Tierra Santa de la editorial Verbo Divino, que une dos géneros: el bíblico y el propio del turismo. Imagino al lector ideal en el aeropuerto, rumbo a Tierra Santa, curioseando en las librerías y comprando esa guía. Luego, este viajero llegará al Monte Sinaí o al Río Jordán con su guía en el bolsillo del pantalón, que sacará después, en algún café cercano, para leer… ¿un salmo? ¿O curiosidades sobre el lugar que visita? Los dwarsligger pueden cubrir ambas necesidades.

Pero el viajero religioso también comparte el gusto por los dwarsligger con el adolescente apasionado, en especial si este es fanático de John Green. No obstante, el que este joven sea fan del autor de Bajo la misma estrella implica que ya ha leído sus libros y que, incluso, ya los tiene. ¿Para qué querría las mismas ediciones en un formato de 8 x 12 cm?

“La gente joven todavía está aprendiendo cómo le gusta leer”, dice Green. “[El dwarsligger] está más cerca de la experiencia con un celular que los libros normales, pero es mucho más cercano a un libro que a un celular. El problema de leer en un teléfono móvil es que este también hace muchas otras cosas”.[2]

Es verdad: aunque el formato imita el scroll que hacemos en una pantalla, esta experiencia no está emparentada con leer un PDF, por ejemplo: al fin y al cabo, seguimos leyendo en un soporte constituido por papel y cartulina. No parece que la razón por la cual los jóvenes eligen los flipbooks (el término en inglés para dwarsligger) sea el que estos se asemejen a la experiencia de leer e-books.

Creo que los lectores de John Green vuelven a comprar (no sé si releen) Looking for Alaska en flipbook justamente porque es un libro que ya conocen y que ya les gusta. Por eso mismo, quieren volver a tener esos libros, que atesoran y guardan en un lugar especial en su corazón (es bien conocida la enorme cantidad de lectores y fans que posee John Green, sobre todo en booktube). Como buenos fans, querrán tener toda la parafernalia, todos los libros y todos los objetos alusivos a su autor favorito.

Ahí radica, también, la decisión editorial de Julie Strauss-Gabel, presidenta y editora de Dutton Books for Young Readers (parte de Penguin Random House): les ofrece a los jóvenes lectores algo conocido y amado en un formato nuevo para que la experiencia no resulte demasiado atemorizante. Y también, hay que decirlo, para asegurar las ventas.[3]

Las guías de viaje y los bestsellers son, digamos, los géneros “naturales” para editarse en formato dwarsligger, aunque también podemos encontrar clásicos, como los de la colección The Puffin in Bloom o Emma de Jane Austen, publicada por Hodder & Stoughton en el Reino Unido. ¿Por qué se eligen clásicos y por qué, precisamente, esos? Creo que la razón es muy similar a la que llevó a Strauss-Gabel a publicar así los libros de John Green: porque el público ya los conoce, de alguna u otra manera. De los tres clásicos que conforman la colección The Puffin in Bloom, quizá Heidi sea el más conocido a nivel mundial, gracias al manga japonés; los otros dos tomos, Anne of Green Gables y A Little Princess quizá son más conocidos en el mundo anglosajón, pero no descarto que cada vez más lectores se acerquen a ellos debido a la serie de Netflix Anne with an E, basada en la obra de Lucy Maud Montgomery, y a la película de 1995 llamada también A Little Princess.

Además de ser clásicos “poco intimidantes”, por llamarlos de algún modo, pues no son tan complejos como la obra de Shakespeare o de Proust, son populares: la gente ya los tiene y quizá, con un poco de suerte, ya los ha leído. A veces, los clásicos se vuelven tan entrañables que el lector quisiera llevarlos en el bolsillo por siempre, a través de fronteras geográficas y temporales, para formar con ellos una biblioteca personal e íntima que, sin duda, salvaría del fuego. Yo, a veces, me encuentro con libros que se vuelven fundamentales en mi vida, tanto, que siento que me los quiero tatuar. Ese mismo sentimiento de apego es el que me provocan los dwarsligger.

En cuanto a los dwarsligger en México, encontré que Ediciones B evaluó la posibilidad de traer sus Librinos a nuestro país en 2010, cuando publicaron sus primeros ejemplares. Desgraciadamente, los Librinos fracasaron en España debido, sobre todo, a los precios: mientras los libros de bolsillo cuestan entre 7 y 8 euros, los Librinos rondan los 10. ¿Correrían la misma suerte en México? ¿Vale la pena lanzar un nuevo formato de libro en un país con un nivel de lectura bajísimo? Si pensamos racionalmente, podríamos contestar que lo más sensato sería no publicar dwarsligger en México si queremos evitar un fracaso de ventas. Ni hablar de publicarlos durante esta pandemia, que tiene a muchas editoriales independientes al borde de la supervivencia. Sin embargo, luego pienso en la gente que tiene que recorrer distancias largas en metro o metrobús (haya pandemia o no) y que lee un libro en el trayecto. ¿No serían los dwarsligger una buena opción para esos casos? Quizá estoy soñando con un mundo ideal de lectores, pero creo que tenemos derecho a que las editoriales nos ofrezcan opciones que llamen la atención de la gente y la vayan convirtiendo, poco a poco, en lectora. Cómo hacer que las personas, sean niños, jóvenes o adultos, elijan leer entre todas las opciones que tienen para pasar su tiempo libre es la gran tarea pendiente de la promoción de la lectura y de otros agentes implicados en el proceso lector, desde la familia hasta la escuela.


[1] Los editores comentan que fue especialmente difícil adaptar An Abundance of Katherines a este formato, porque el texto incluye notas a pie de página y ecuaciones.

[2] La traducción es mía.

[3] En 2018, Penguin imprimió un tiraje de 500,000 copias de las obras de Green en flipbook. Desgraciadamente, no encontré cuántos ejemplares se han vendido desde entonces.

¿Por qué escribir para niños?

No tengo que contarles que esta pandemia ha sido extraña y horrible para todos.

Antes de vivir algo como esto, yo creía que el mejor lugar para escribir era dentro de una cabaña en invierno, con una chimenea encendida y todo el tiempo libre en mis manos. Ahora no tengo una cabaña, pero afuera sí hay una tormenta que nos impide salir, y a pesar de eso, no he escrito tanto como pensé que lo haría en mi fantasía de nieve.

Así que, un poco para aliviar el sentimiento de culpa que me produce no escribir y un poco para ceder a la cosquilla creativa, se me ocurrió esta entrada, basada en la pregunta “¿por qué escribir para niños?” Para responderla, voy a convocar a autores del mundo de la LIJ, ya que he notado que no hay nada mejor que escuchar voces que nos den razones para seguir haciendo lo que hacemos, a pesar de los tiempos difíciles. Y los tiempos siempre son difíciles.

¿Por qué escribir libros para niños?

“Hay quinientas razones sobre por qué empecé a escribir para niños, pero para ahorrar tiempo mencionaré sólo diez”, dice Isaac Bashevis Singer, autor de obras para niños y para adultos. Estas diez razones son:

Número 1) Los niños leen libros, no reseñas. Les importan un pepino las críticas. Número 2) Los niños no leen para encontrar su identidad. Número 3) No leen para liberarse de la culpa, para saciar la sed de rebelión o para deshacerse de la alienación. Número 4) No les sirve la psicología. Número 5) Detestan la sociología. Número 6) No tratan de entender a Kafka o Finnegans Wake. Número 7) Siguen creyendo en Dios, en la familia, en los ángeles, en demonios, brujas, duendes, en la lógica, en la claridad, en la puntuación y otras cosas obsoletas. Número 8) Aman las historias interesantes, no los comentarios, guías o notas a pie de página. Número 9) Si un libro es aburrido, bostezan abiertamente, sin ninguna vergüenza o miedo a la autoridad. Número 10) No esperan que su querido autor redima a la humanidad. Jóvenes como son, saben que no está en su poder. Sólo los adultos tienen ilusiones tan infantiles. [1]

El decálogo de Isaac Bashevis Singer evoca una forma de leer (y también una forma de escribir) que yo calificaría como inocente. Es decir, pareciera que el autor de Satán en Goray sólo escribe por el placer de escribir, así como los niños leen por el placer de leer: sin reseñas, sin notas a pie de página y sin buscar otra cosa que una historia verdaderamente entrañable que los mantenga soñando despiertos. Escribir y leer sólo por el placer de hacerlo es una forma de libertad y también una forma de felicidad, una “felicidad desesperada”, como dice el filósofo André Comte-Sponville.

Sobre esta libertad, Michael Ende dice:

El impulso verdadero, real, que me mueve mientras escribo es el placer del juego, libre y espontáneo, de la imaginación.

El autor de Momo continúa diciendo que, en el juego de la creación, lo único verdaderamente importante es el placer de dejarse llevar por el mundo que se está creando, sin tomar en cuenta normas moralizantes. Muchas veces, ni el mismo Michael Ende sabe cómo terminará lo que está escribiendo, pero no importa, porque eso es parte de la aventura de escribir.

Michael Ende

La escritora franco-australiana Sophie Masson señala que la pregunta “¿por qué escribes para niños?” conlleva, de manera muy sutil, el prejuicio de que escribir para niños es menos valioso que escribir para adultos. Pero, sigue Sophie, si tuviera que contestar, diría que:

Con la literatura para niños puedo escribir muchos más tipos diferentes de libros que con la literatura para adultos, donde uno tiende a encasillarse más. Puedo atacar todo tipo de géneros, periodos o historias: los editores de libros infantiles están abiertos a todas las ideas. [2]

Las afirmaciones de Sophie Masson (a quien ya muero por leer) me recordaron a una de mis autoras favoritas, Katherine Paterson, quien puede escribir una historia como La gran Gilly Hopkins (de la que ya hablamos aquí), pero también puede llevarnos hasta Japón para conocer la tradición milenaria de las marionetas o incluso hasta Terabithia. Autoras como ella me recuerdan que no porque uno escriba para niños debe exigirse menos rigor técnico y artístico (Katherine Paterson viajó a Japón para escribir El maestro de las marionetas).

Sophie Masson no lo menciona, pero los autores de LIJ también pueden atacar todo tipo de formatos, soportes y técnicas artísticas. Recuerdo lo que leí hace mucho tiempo, en algún texto teórico (no recuerdo el título, pero estoy segura de que estaba relacionado con la teoría de los polisistemas, de Zohar): la LIJ ha estado, por mucho tiempo, en la periferia, pero justamente porque está en la periferia ha podido jugar con mil maneras de contar una historia, no solamente con palabras, sino también con ilustraciones, collages, fotografías, libros en formato pop-up, hipermedia, transmedia, y muchos otros recursos que, por fuerza, se me escapan. Eso, aunado a lo que dice Michael Ende y Bashevis Singer, también es una forma de libertad.

Por último, la creadora de Pippi Calzaslargas, Astrid Lindgren, relaciona la pregunta “¿por qué escribes para niños?” con otra cuestión igual de interesante: ¿necesitamos libros para niños?:

Algunas personas ‘razonables’ han expresado la opinión de que no, nadie debería escribir libros especialmente para niños. Los niños deberían ir directamente a los clásicos. Presumiblemente, los que creen esto no se han topado con niños o con clásicos para niños por un largo tiempo.

Tal vez en nuestro país haya dos o tres sobresalientes niños genio que (sin ninguna preparación previa) puedan entender La isla del tesoro o Robinson Crusoe, pero los niños promedio necesitan empezar con otros libros para que puedan aprender el gusto por la lectura. [3]

Astrid Lindgren

Además, Lindgren agrega que la idea de que los niños pequeños pueden leer clásicos prácticamente sin ayuda es otra de las ilusiones infantiles de los adultos de las que habla Bashevis Singer.

Sin embargo, creo que todos estos autores de libros para niños (y otros de igual nivel artístico) escriben pensando no tanto en un modelo de lector, sino en ellos mismos como lectores, y como los lectores que eran de niños. Porque cuando uno lee siendo niño, lo único que existe es el mundo de la ficción, al contrario de la forma de leer “adulta”, donde uno es más consciente de tener que llenar los vacíos de la narración para construir un significado. Ello, por supuesto, no quiere decir que los libros para niños no tengan espacios vacíos para extraer algo más profundo de lo dicho en el texto; por supuesto que los tiene, y los niños, de hecho, los intuyen, saben que están ahí, pero este proceso de “llenar los vacíos” no es tan consciente como cuando uno es adulto.

Entonces, ¿por qué escribir libros para niños? ¿Simplemente por el placer de hacerlo? Sí. Y por quinientas razones más, claro, pero también por la adrenalina que da la creatividad, por la emoción de crear un jardín (pero en donde los sapos sean reales, dice Margaret Atwood) y para saber que el arte es una necesidad humana. En tiempos de pandemia no se necesitan muchas razones más.


[1] La traducción es mía.

[2] La traducción es mía.

[3] La traducción es mía.

Al norte del futuro, en un invierno perpetuo, hay un jardín…

En este blog he hablado bastante sobre literatura para niños y jóvenes, pero aún no he dicho por qué vale la pena hablar de ella. Y más todavía: por qué deberíamos leerla (o leérsela a los niños), cuestionarla, explorarla, contemplarla, ponerla de cabeza, al fin.

A veces pienso que la literatura para niños se siente diferente a la literatura “general”. Me refiero a que tengo sentimientos diferentes cuando veo mi librero de literatura general y cuando veo el de LIJ; este último, por cierto, me parece más bonito, más colorido y más emocionante. No es que desprecie la literatura general, pero con la LIJ yo siento una pasión especial que, supongo, se deriva de las cosas que he aprendido de ella.

Con la literatura infantil me siento retada constantemente. Es cierto que no leemos el mismo libro dos veces, sobre todo cuando de niños leemos un libro y volvemos a él ya de adultos. Es el mismo libro pero es otro a la vez. Esa fue la experiencia que tuve con Gilly Hopkins: leí la novela cuando era pequeña, creyendo que era solamente la historia de una adolescente intrépida y deseosa de tener una familia; en ese entonces yo, sin duda, estaba del lado de Gilly. Sin embargo, me reencontré con esta chica más de diez años después, atónita por la presencia de monólogo interior en una novela juvenil, pero también ya con más experiencia lectora, lo que me permitió alejarme de la subjetividad de Gilly y leer el libro con otra perspectiva. Disfruté La gran Gilly Hopkins en esas dos ocasiones porque un buen libro para niños y jóvenes es un libro que crece con su lector.

No suelo releer libros muy a menudo, pero la repetición en los libros para niños es muy importante; por ejemplo, en los cuentos de hadas los hechos suceden tres veces: el protagonista obtiene tres objetos mágicos que lo ayudan a superar tres pruebas. Sin embargo, la repetición es más relevante en las nanas o canciones de cuna.

De pequeña, mi mamá me cantaba “Los cinco alpinos”, una canción infantil que habla (qué novedad) de un amor imposible entre una princesa y un alpino que venía de la guerra. Cada estrofa de la canción se repite dos veces. Hacia el final, el alpino pide la mano de la princesa, pero el rey lo manda a fusilar, la princesa muere de pena y el rey “se fue a morir a China”, según la canción.

Recuerdo con especial vividez lo que sentía cuando mi mamá estaba a punto de cantar la parte en la que todos morían. Sentía una especie de adrenalina, la que es propia del momento anterior a hacer una travesura. Pensaba “Aquí viene, aquí viene… ¡Sí! ¡Todos murieron!” No sentía pena por los personajes porque la canción continuaba así: “Años después, los tres resucitaron”, una estrofa que también se repetía dos veces. Y es que los buenos libros para niños, como las nanas, brindan seguridad y nos dicen que, no importa lo que pase, al final todo estará bien. Aprendí a disfrutar esto más tarde, con los libros de Roald Dahl, cuando la vida se ponía más divertida después de una aparente tragedia o de un suceso traumático para el protagonista.

Si bien cuando era más chica disfrutaba especialmente los libros de mucha acción y aventuras, ya de mayor comencé a leer libros para niños en los que aparentemente “no pasa nada”, como Elvis Karlsson de Maria Gripe. En el primer tomo de esta serie, Elvis tiene un Secreto; no sabe qué es ni como es, solamente lo siente. “Era como una luz en la noche. Luce, pero uno no sabe si está cerca o lejos” (Gripe, 2018, p. 42), pero “si se toman unas cuantas semillas y se plantan en los lugares que frecuenta la gente que te gusta, es casi lo mismo que compartir el Secreto, además de la alegría que les das” (Gripe, 2018, p. 44). Los buenos libros para niños nos dicen que, sin importar qué tan ordinario sea el mundo, uno siempre puede cultivar un mundo interior extraordinario. Aunque Elvis es un niño de padres ignorantes y tiene una vida exterior como cualquier otra (incluso su apellido, Karlsson, es el más común en Suecia), grandes pensamientos e inquietudes anidan en su interior, y eso le da seguridad en el absurdo mundo de los adultos.

Ciertos libros que también me hubiera gustado leer de pequeña, porque me da curiosidad saber qué hubiera pensado yo al leerlos, son los álbumes ilustrados, un género exclusivo de la LIJ que empecé a conocer cuando terminé la carrera. Y a diferencia de Elvis Karlsson, una novela que se hizo un ovillo y se quedó anidando dentro de mi pecho, el libro álbum El pato y la muerte me sacudió.

Me sacudió por su minimalismo: todavía recuerdo la expresión del pato cuando se le aparece la muerte, una expresión de perplejidad que se ve reflejada solamente en su ojo. Luego, me sorprendió por la síntesis de una experiencia tan compleja como la muerte, tratada de una forma sublime, poética y filosófica. Por ejemplo, cuando el pato se encuentra en compañía de la muerte contemplando su estanque:

“‘Así que eso es lo que pasará cuando muera’, pensó el pato. ‘El estanque quedará… desierto, sin mí’.

A veces, la muerte podía leer los pensamientos.

― Cuando estés muerto, el estanque también desaparecerá; al menos para ti”

(Erlbruch, 2007, pp. 21-22).

No obstante, lo que más me sacudió fue también lo que, hasta la fecha, me parece una característica fascinante en los libros álbum; en los buenos, quiero decir: la ambigüedad. En este caso, la relación entre el pato y la muerte se puede interpretar, en algunas escenas, como una relación romántica. Tiene cierto sentido, pues la muerte siempre nos ha acompañado, y al pato le parece especialmente simpática. De hecho, lo que plantea El pato y la muerte es una visión novedosa de la muerte como algo que puede ser amado. ¿Es posible amar a la muerte? Sí, como un horizonte, una línea de llegada, como un límite que nos recuerda a la vida que tenemos.

Probablemente yo no habría llegado a tener estos pensamientos sin haber leído El pato y la muerte, pero eso es quizá lo más valioso de los libros álbum: un buen libro para niños nos hace ver el mundo de maneras insospechadas.

¿Por qué he seguido leyendo libros para niños a pesar de que he crecido? Además de todas las razones que he enumerado, que son también enseñanzas de la literatura infantil, intuyo que la LIJ me da algo que no encuentro en otro tipo de literatura. Bueno, decir eso es ser injusta: sí hay libros y autores de literatura “general” que puedo leer y releer, como si volviera a los lugares especiales que he encontrado en la literatura para niños; algunos de esos autores son Ana María Matute, Neil Gaiman y Charles Dickens. Y lo que he notado es que ellos, al igual que muchos otros autores que han trascendido el tiempo, en el fondo escriben cuentos de hadas. Tengo una fuerte intuición que me dice que no hemos dejado de leer cuentos de hadas; incluso, C. S. Lewis le dedica a su ahijada Lucy su libro El león, la bruja y el armario, y le dice que, aunque ella ya sea mayor, “algún día serás lo bastante mayor para volver a leer cuentos de hadas”, porque, en realidad, un buen libro para niños es un libro que puede leer todo el mundo.

Cartas del lector

Hace unos días me llegó una carta maravillosa que quiero compartir con ustedes.

¡Hola! Katy, he leído con gusto tus ensayos. Te confieso que sé casi nada sobre literatura juvenil. Mis lecturas al respecto son escasas. Entre ellas recuerdo unas de Verne, de Hesse, y poco más. Si bien no me desagradaron tampoco me impactaron. Quizá las leí a una edad inapropiada. Hace no mucho me he interesado por la literatura juvenil. Y ante este reciente interés y tus ensayos (sobre todo la interpretación acerca de Los invictos, de Faulkner) tengo varias dudas sobre lo que puede considerarse o no una novela juvenil, pues leí Filosofía del tocador, del Marqués de Sade, y siguiendo algunos de tus señalamientos −la edad del personaje central (Eugénie), la incapacidad de la madre de ésta para entender el nuevo rumbo de su hija, las aventuras (en este caso sexuales), la iniciación al mundo de los adultos−  se podría afirmar que este relato entra en la categoría de novela juvenil o, por lo menos, así podría entenderse. Aquí la pregunta central: ¿Filosofía del tocador es adecuada para jóvenes?

Su contenido sexual resulta transgresor; pero esto forma parte de la experiencia literaria. El objetivo no consiste en “pervertir” a la juventud sino mostrar varias sendas y dimensiones de la existencia humana, útiles para el desarrollo de la sensibilidad. Y creo que si la literatura no sirve para ello, entonces sirve de poco. Como contraargumento puede adelantar: quien lee novelas de crímenes no se convierte necesariamente en un asesino y, en la misma línea, la violencia no necesita de la lectura para llevarse a cabo.

Una de las inquietudes más grandes en la juventud es el despertar sexual. Y en lo que menos se educa en México es, entre otras cosas, en la sexualidad. Filosofía del tocador es un libro pedagógico, pese a que no compartamos sus valores. El Marqués [de Sade], considerando su sarcasmo e ironía, no sólo da una lección sexual a su manera −criticando las prohibiciones de la legalidad y el cristianismo como la sodomía y la reproducción, respectivamente− sino también nos ofrece un auténtico curso de educación filosófica y política. Sade no sólo se anticipó a Hegel en sus premisas fundamentales y, por lo tanto, a varios de los postulados de la modernidad, sino también nos muestra otros derroteros inteligentes de ir a contracorriente de la autoridad.

Filosofía del tocador es un desafío para comprender una visión crítica del mundo y la existencia. Y es ahí donde creo en la importancia de este texto, independientemente si cumple o no con los parámetros canónicos impulsados por grupos de poder, cuyos intereses suelen ser opuestos a la educación.

A menudo la literatura trata fundamentalmente de la trasmisión de valores ético-morales. Nuestra posible incomodidad ante esta obra del Marqués para la juventud estriba en nuestros prejuicios más que en otra cuestión. A mí mismo me cuesta trabajo pensar en quién acompañará esta lectura para los jóvenes: promotores de lectura, profesores, educados en los valores criticados por Sade.

¿Tú qué piensas de todo esto?

Disculpa por extenderme demasiado. ¡Felicidades por tu labor!

Rodrigo

Estas “cartas del lector”, como las he llamado, me emocionan mucho. No sólo porque son inteligentes y abren la discusión en torno a la literatura y a los lectores, sino también porque eso me demuestra que no estoy hablando sola. Y encontrar lectores es, probablemente, lo más divertido de escribir. O, más bien, lo más divertido de publicar textos.

Trataré de responder a esta carta de la mejor manera posible, ya que me encuentro frente a un problema considerable: no he leído Filosofía del tocador (también traducido como Filosofía en el tocador, título con el que me referiré a la obra en adelante), por lo que no puedo responder con total seguridad si es una novela para jóvenes o no. Y como no puedo responder con total seguridad, prefiero no responder esa pregunta en absoluto.

Sin embargo, esta carta es un pretexto para abordar otro tema que ha estado dando vueltas en mi cabeza (y por eso, es muy probable que saque a relucir el mismo tema más de una vez): la iniciación. Específicamente, la iniciación de los niños o adolescentes al mundo de los adultos. De hecho, me parece que muchas novelas que no nacieron como novelas juveniles, sino que fueron usadas así por el público lector (finalmente, el uso hace la norma) hablan de algún tipo de iniciación o bien, del descubrimiento de lo desconocido. Pienso en las novelas que menciona Rodrigo, como las de Verne o Demian de Herman Hesse, pero también en Los viajes de Gulliver, Grandes esperanzas o en la poco conocida novela (al menos en el mundo hispanohablante) Un mago de Terramar, de Ursula K. Le Guin.

Por lo que comenta Rodrigo sobre Filosofía en el tocador (y por lo que yo misma he podido investigar), la obra trata sobre una chica virgen, Eugenia, que acaba de salir del convento, y es iniciada por un grupo de personas en las artes del libertinaje. Al final, Eugenia, ya pervertida, demuestra ser una alumna excepcional en estas artes. Entonces, imagino, pero bien puedo estar equivocada, que Eugenia aprende sobre libertinaje pero también descubre otros aspectos acerca de ella misma. Asumo que eso puede estar relacionado con que la obra muestre “varias sendas y dimensiones de la existencia humana, útiles para el desarrollo de la sensibilidad”, como dice Rodrigo. También me imagino la puerta del tocador abriéndose frente a Eugenia, y a la chica contemplando con fascinación todo lo que hay allí. Justamente así me imagino la iniciación de la adolescencia a la adultez, y también de la niñez a la adolescencia: como una puerta que se abre para descubrirnos los secretos de ese otro mundo.

Fotograma de “Ocho y medio”, escrita y dirigida por Federico Fellini (1963).

De hecho (y espero que puedan disculpar la digresión), de pequeña yo veía un programa que me fascinaba: Los secretos de la magia al fin revelados, conducido por “el mago enmascarado” que revelaba los mecanismos detrás de trucos de magia. Naturalmente, ocultaba su identidad por respeto a la comunidad de magos: siempre usaba su máscara negra con extrañas rayas blancas, como imitando la cara de un tigre, y nunca hablaba. Todo el programa era narrado en voz off.

De la misma forma me imagino a los adultos iniciadores de niños o adolescentes. ¿No es verdad que los adultos tienen la apariencia de guardar Grandes Secretos de la Vida? ¿No es verdad que, cuando niños, tenemos la sensación de que los Adultos saben cosas terribles que tarde o temprano, cuando seamos lo suficientemente mayores como para tomar café sin leche, nos revelarán? Y al final, tal como sucede en Los secretos de la magia al fin revelados, descubrimos que los mecanismos que hacen posible “la magia” son bastante simples; de hecho, parecen tinglados que pudo idear cualquiera.

Digamos que los secretos de la adultez al fin revelados son cosas tan nimias como aprender a usar un cajero automático, pagar impuestos (el tan temido Servicio de Administración Tributaria se ha convertido, al menos en México, en un símbolo de la Adultez), sacar una tarjeta de crédito, hacer labores domésticas, llamar al banco para pedir una aclaración de cargos no reconocidos (y, en su caso, cancelar esa tarjeta y sacar una nueva)… Una vez que nos enfrentamos con todas esas situaciones, la puerta se abre o bien, se descorre la cortina, y descubrimos los “secretos” que hacen posible la “magia” que ya no es magia, sino un proceso como cualquier otro.

Sin embargo, puedo pensar en algo supuestamente propio del mundo adulto, tan propio, que quizá por eso se resguarda con tanto celo de los niños: la sexualidad. En la entrada anterior, dedicada a la revista Fuera [de] Margen, hablé un poco del fotolibro ¡A ver! y de cómo me parecía que su asepsia ocultaba lo que realmente es el sexo: especialmente porque las escenas que se retratan suceden en un ambiente anónimo, como es casi imposible que ocurran en la vida real. Esto, por supuesto, es una forma de ocultar que el sexo constituye el juego de los adultos.

Pero el sexo, además de un juego de adultos (lo llamo juego por la dosis que tiene de sugerencia y revelación, de estira y afloja, de ambigüedad, de misterio que debe ser resuelto), es también un secreto, un secreto que se nos revela, comúnmente, en la pubertad o la adolescencia, como en el caso de Eugenia, la protagonista de Filosofía en el tocador. Aunque, por lo que he podido investigar, a Eugenia no se le revela la sexualidad como un secreto, sino como una lección, como una educación.[1] Y es que, en cierto sentido, la sexualidad es una habilidad para saber vivir la vida, independientemente de si nuestra intención es reproducirnos. Entonces, en ese sentido, ¿cómo educar a los adolescentes en materia sexual? ¿Cómo hacerlo a través de la literatura? ¿Deberíamos enseñarles sobre sexo a través de la literatura? ¿Es adecuado un acercamiento perverso al sexo, como el que se maneja en Filosofía en el tocador? En ese caso, ¿cómo guiarlo? Cuando, finalmente, los adolescentes descubran el mundo de la sexualidad, ¿qué descubrirán acerca de ellos mismos? ¿Será algo Perverso y Horrible? ¿Es por eso que los adultos se empeñan tanto en hablar de abejas y flores o de “semillitas”?

En principio, estoy en contra de la condescendencia y de la infantilización en la literatura para niños y jóvenes, por lo que creo que no debemos enseñar sino mostrar. A eso me refiero cuando digo que tal o cual obra es honesta: un libro es honesto cuando se cree su propio mundo, cuando sigue sus propias reglas y cuando nos hace creer que sólo quiere contarnos una historia. Esto es, cuando el libro no elabora por completo su propio significado, sino que le deja parte del trabajo al lector, es decir, sus fines son puramente estéticos. En cambio, cuando el fin de algún texto es pedagógico, se pierde toda la magia porque no vemos el truco, sino su explicación.

Por eso creo que muchos padres confían en libros pedagógicos (los llamados “libros para”; para aprender a ir al baño, para la hora de la cena, para comer verduras, etc.): porque piensan que les ahorran todas las preguntas incómodas que tendrían que enfrentar si, en cambio, les dieran a sus hijos libros que hablaran de esos mismos temas de una forma poética. Ahora que lo pienso, es como si los adultos también tuvieran sus propios secretos no revelados, su propia puerta cerrada, porque ellos, ciertamente, tampoco lo saben todo, pero no están listos para aceptar eso, y mucho menos delante de sus hijos.

El que los padres exploren, junto con sus hijos, preguntas suscitadas por una lectura, no me parece condescendiente. O al menos, no es condescendiente en la medida en que el propio padre reconozca los límites de lo que no sabe, porque entonces la lectura se convierte en una oportunidad para que padres e hijos reflexionen juntos. Y ese, al final, es el propósito de toda buena literatura.

Para concluir, sé que no he contestado la pregunta principal de la carta; al contrario, considero que he divagado bastante. Aun así, espero que esta entrada sirva para abrir otros inesperados diálogos que son, como ya dije, lo que más me emociona de publicar lo que pienso.

¿Tienes alguna duda, comentario, reclamo o sugerencia?

Escríbeme a: katy.escalante93@gmail.com

O, si deseas escribirme de manera anónima, hazlo a través de Curious Cat:

https://curiouscat.me/kati_katinaa


[1] Probablemente la única diferencia que haya entre secretos y lecciones escolares es que a menudo éstas carecen de expectativa. La frase “¿te digo un secreto?” ya lleva en sí misma el misterio y quizá es el secreto mismo: cuando el secreto se revela, deja de ser secreto. En cambio, la lección escolar, aunque a menudo eche mano de este tipo de mecanismos para generar interés, se nos presenta simplemente así, sin que nadie lo solicite.

Dentro de la Wunderkammer

Desde hace tiempo he pensado que los álbumes ilustrados son mi patio de juegos secreto. Son una esquina de la literatura infantil a donde voy cuando quiero llenar mis ojos de belleza. Y cuando lleno mis ojos de belleza, siento que también mi alma se reconforta.

¿Qué es un álbum ilustrado o libro álbum? Según Uri Schulevitz (cito de memoria):

“Un libro álbum es un libro que no se puede contar por teléfono”.

Según Murièle Modély (2017-2018):

“Un lugar de juego en torno al escrito, un campo nuevo donde se desarrolla, en un pacto de lectura aumentada, un paseo lúdico y sensible a través de la imagen” (p. 11).

Según Sophie Van der Linden (2015, citado en Escuela, 2017):

“El álbum es un soporte de expresión cuya unidad primordial es la doble página, sobre la que se inscriben, de manera interactiva, imágenes y texto. Mantiene una organización libre de la página y una concatenación articulada de página a página. La gran diversidad de sus realizaciones deriva de su modo de organizar libremente texto, imagen y soporte” (párr. 3).

Además, Maria Nikolajeva (2014) hace un par de precisiones técnicas sobre el álbum en Retórica del personaje en la literatura para niños (pero seguro que abunda más en ello en How Picturebooks Work):

“El único tipo de literatura para niños que permite un protagonista solitario es el libro álbum,[1] en el cual el personaje se presenta interactuando con objetos inanimados más que con personas. Esto puede reflejar la visión solipsista del niño muy pequeño” (p. 195).

Y más adelante, señala:

“Los álbumes ilustrados, con su representación tanto verbal como visual, pueden hacer uso de la omisión como contrapunto entre las palabras y las imágenes. Por ejemplo, en Donde viven los monstruos, la madre se representa en el texto pero nunca aparece en las ilustraciones.” (p. 468).

Espero que estas definiciones nos ayuden a ver que los álbumes son, a la vez, complejos y fascinantes. Justamente, a mí me apasionan porque parecen ser inacabables, y las preguntas que suscita la lectura de álbumes son igual de apasionantes. Por eso disfruté tanto leer la revista Fuera [de] Margen, especializada en el álbum y las narrativas gráficas. Pero, también, esta revista tuvo la piedad de mostrarme cuánto me falta por descubrir del mundo de las narrativas gráficas en general.

Fuera [de] Margen es la versión española de la revista francesa Hors Cadre[s], y quizá una de las cosas que más me gustan de esta publicación es que sus números son monográficos, porque eso permite adentrarse más profundamente en un tema específico. En este caso, los tres números de Fuera [de] Margen que he leído son el 21, 22 y 23, dedicados al juego de la letra (es decir, las letras como elementos plásticos y poéticos), las series y la relación entre realidad y ficción, respectivamente.

Para hablar brevemente de cada número, abordaré los artículos que más me gustaron, los que más me hicieron pensar o los que fueron un feliz descubrimiento por su contenido.

Creo que elegí leer el número sobre realidad y ficción casi inconscientemente, porque el papel de la fotografía en los álbumes y los fotolibros en general me interesan mucho. En este caso, me sorprendió y me intrigó a la vez el libro ¡A ver! de Helga Fleischhauer-Hardt con fotos de Will McBride que se analiza en el artículo “La fotografía miente mejor que el dibujo: breve historia de los libros de fotografías para niños” de Anna Castagnoli (2018-2019).

¡A ver! es un libro con intenciones pedagógicas que pretende hablarles a los niños sobre sexualidad sin tabúes, por medio de fotografías explícitas del coito, la penetración, el parto y el embarazo. Aunque esto podría parecer escandaloso, según Castagnoli (2018-2019), estas fotografías son “poco realistas” (p. 20), pues además de que muestran a los adultos teniendo sexo en ambientes impersonales (los fondos son blancos y, al parecer, hay poca o ninguna ambientación), las fotografías “muestran detalles anatómicos desde puntos de vista imposibles que ninguno de los dos participantes en un acto podrían ver” (p. 20).

¡A ver!, Helga Fleischhauer-Hardt y Will McBride (1975)

Lo anterior me hace pensar que, tal como señala Castagnoli (2018-2019), al mostrar la sexualidad de una manera tan aséptica, se eliminan muchos aspectos del sexo que son, precisamente, lo que lo hace realista; entre otras cosas, la espontaneidad, el escenario, los tipos de cuerpo (Castagnoli no lo señala, pero me pregunto qué clase de cuerpos tendrán los actores de las fotos. ¿Serán delgados y atléticos, como modelos de revista?). Me da la impresión de que, paradójicamente, en aras de hablar de forma realista sobre sexo, se ha retirado todo detalle que ayudaría a que el tema fuera más cercano a los lectores. Por eso, me parece a mí que las fotografías de ¡A ver!, por su pretendida objetividad y frialdad,se parecen más a las de una enciclopedia que a las de un fotolibro que busca provocar asombro o curiosidad en sus lectores. Las fotografías de ¡A ver!, aunque reales, están manipuladas para ofrecer un discurso sobre el sexo como algo impersonal.

Otro descubrimiento de este número fue la ilustradora Fanny Pageaud, quien firma la ilustración de cubierta. El perfil de Pageaud y un resumen de su currículum están en el artículo “Fanny Pageaud: juegos de palabras, juegos de imágenes” de Maya Michalon (2018-2019). Tomando como pretexto a esta fantástica ilustradora puedo hablar de otra cosa que me fascina del álbum: la posibilidad que tiene de jugar con otros formatos para dejar de ser libro y convertirse en un objeto plástico que también es “volumen, espacio, se pliega, se despliega, se envasa, se agujerea” (Michalon, 2018-2019, p. 14). Esa es una de las ventajas de la periferia: como nadie ve, el álbum tiene la posibilidad de crecer y de expandirse hacia muchos espacios también periféricos. Un ejemplo de ello es la obra de Pageaud Alice racontée aux petits, una Alicia adaptada para los débiles visuales que combina fondos y textos realizados con lápices de colores y personajes hechos con elementos “táctiles” de diversos materiales.  

El Musée des museaux amusants, un álbum con ilustraciones hiperrealistas (Pageaud es una maestra del hiperrealismo) de hocicos de diferentes animales coquetea con el libro informativo o de divulgación, pero a la vez, los ángulos que elige la ilustradora para mostrar estos hocicos tienen un punto divertido, lo cual me parece que rompe con la seriedad del libro informativo para niños.

Musée des museaux amusants, Fanny Pageaud (2018)

Otra autora sensacional que descubrí gracias a Fuera [de] Margen es Anaïs Vaugelade, en el número 22, dedicado a las series. En esta entrevista, titulada “Anaïs Vaugelade: ‘¿Un poco más de serie?’”, Sophie Van der Linden presenta a Vaugelade, una autora de dos obras en formato serie (aunque ella lo niegue): Zuza y los Quichon, unos álbumes que me muero por leer.

Zuza es una chica audaz que tiene el poder de cambiar su entorno y volverlo más divertido. En palabras de la autora, los tres libros de Zuza (La Chambre de Zuza, Le Dîner de Zuza y Zuza dans la baignoire) parodian a la llamada, según Ana Garralón, “súper LIJ”, es decir, libros para la hora del baño, libros para la hora de la cena o libros para la hora de acostarse (Vaugelade llama a esto “libro medicamento”). De acuerdo con la autora, Zuza no es una serie porque no sigue la línea de los “libros para”; por el contrario, Vaugelade dice “quise otras cosas para el personaje” (2018, p. 17). Sin embargo, a su editor no le interesaba publicar más libros sobre Zuza debido al fracaso que había representado en librerías. Aun así, más allá de si es o no una serie, lo que llamó mi atención sobre Zuza es que sea la obra de Vaugelade que haya recibido más cartas de los lectores. Al respecto, la autora señala: “Si este personaje conmueve a los niños, es porque seguramente es un niño visto por dentro. Pero creo que la mayoría de los padres prefieren no saber que sus hijos tienen una vida interior; me dicen a menudo que Zuza es ‘desagradable’, que no es nada ‘mona’ […]” (2018, p. 17).

Zuza dans la baignoire, Anaïs Vaugelade, (1998)

Lo que dice Vaugelade sobre Zuza abona a la tesis que cité antes de Nikolajeva: el álbum es el único género de la literatura para niños que permite un protagonista solitario. La verdad no sé qué tan solitaria sea Zuza, pues no he leído los libros, pero parece que sí tiene un gran mundo interior, como señala bellamente su creadora: Zuza “es un niño visto por dentro”, y eso quizá es lo que fascina y lo que da vértigo a la vez. No puedo decirlo con tanta seguridad porque no he leído nada de Zuza, pero intuyo que lo que asusta a los padres es el mundo interior del personaje (¿a quién no le asusta conocer los más íntimos pensamientos de una persona, sobre todo si esta persona es cercana a nosotros?); por ende, es también la razón de que estos libros no se compren con tanta frecuencia en librerías pero sí se tomen prestados de bibliotecas.[2]

En el número 22 de Fuera [de] Margen hay muchas otras cosas que probablemente interesarán a muchos más lectores, como los superhéroes (que viven, mueren, reviven y se reinventan con una frecuencia que yo envidio), los cómics y la posibilidad que éstos tienen de sobrevivir más allá de sus escritores e ilustradores, algo que me parece por demás fascinante: cuando la serie está ya tan establecida y es tan robusta que no necesita de su creador y también las cajas de Wonder Ponder, de las que ya hablamos por aquí.

Por último, el número 21 de Fuera [de] Margen, dedicado a “el juego de la letra”, está más cercano al mundo del diseño gráfico. La reflexión que nos propone este número es la siguiente: separar las letras del alfabeto de su función, servir como representaciones de los sonidos emitidos en una lengua concreta, para observarlas de manera más autónoma, es decir, ver las letras como las vería un poeta,[3] un poeta gráfico.

Entre los artículos que más llamaron mi atención está el de Manuel Garrido Barberá, “Typocalypse, un alfabeto contra el odio”, que analiza el Typocalypse elaborado por el estudio Eraboy en 2017. Este alfabeto toma la primera letra de las palabras más representativas del discurso de odio de Donald Trump e ilustra, por ejemplo, la A de Arrogance, la B de Bad hombre, la C de Climate change, la D de Deportation, la E de Enemy… Me parece que este ejercicio es capaz de mostrar cuán importantes son las palabras de un discurso tan mediatizado como el de Donald Trump. Al respecto, Garrido Barberá cita estas declaraciones de Eraboy: “Utilizar a Trump como personaje de nuestro abecedario parecía una idea lógica. Su postura no estaba, hasta ese momento, basada en acciones, sino en retórica y discurso, que en su forma más elemental no son más que letras de un abecedario utilizadas de la peor forma” (2017-2018, p. 13). Naturalmente, las letras de un abecedario se usan con otros fines perversos, ya que podemos usar la lengua como queramos. Pienso qué palabras usaríamos si quisiéramos hacer, por ejemplo, un abecedario sobre los feminicidios en México (y, más aún, sobre la forma en que éstos se abordan en la prensa mexicana): P de Poder, V de Víctima, M de Machismo… Tal vez así, reduciendo el discurso a su mínima expresión (las letras), las autoridades entenderían la urgencia de atender este problema. O quizá sería contraproducente; no puedo asegurar que nuestras autoridades entiendan tanta abstracción.

M de Migrants, Typocalypse, Eraboy (2017)

Justamente la abstracción y todo aquello que se “esconde” detrás de los álbumes y de las narrativas gráficas es lo que me fascina y también lo que me reta: como he dicho antes, aunque los álbumes ilustrados sean mi patio de juegos o el bosque a donde voy para salir un poco de mí misma, ello no quiere decir que sean simples. Bien se sabe que, entre el follaje del bosque, siempre se esconde algo más oscuro y poderoso, y eso, para mí, es lo que hace irresistibles a los álbumes ilustrados.

Por todo eso, celebro revistas como Fuera [de] Margen, que me enseñan y me hacen querer saber más sobre los álbumes ilustrados, sobre autores e ilustradores, sobre nuevos formatos de álbum, sobre las relaciones de este género con otras propuestas gráficas y, lo más importante, sobre cómo leer mejor texto e imagen.

Para conseguir Fuera [de] Margen:

http://www.pantalia.es/revistas.php

Y para el lector curioso:

Castagnoli, A. (2018-2019).La fotografía miente mejor que el dibujo: breve historia de los libros de fotografías para niños. Fuera [de] Margen, (23), 18-21.   

Escuela, L. (28 de diciembre de 2017). Libro álbum. Herramientas para el análisis [Versión web] Recuperado de https://narracionoral.es/index.php/es/documentos/articulos-y-entrevistas/articulos-seleccionados/1377-albumes-ilustrados-herramientas-para-el-analisis

Garrido, M. (2017-2018). Typocalypse, un alfabeto contra el odio. Fuera [de] Margen, (21), 12-13.

Michalon, M. (2018-2019).Fanny Pageaud: juegos de palabras, juegos de imágenes. Fuera [de] Margen, (23), 14-15.

Modély, M. (2017-2018). Abecedarios: los desafíos de la imagen. Fuera [de] Margen, (21), 10-11.

Nikolajeva, M. (2014). Retórica del personaje en la literatura para niños. México: FCE.

Van der Linden, S. (2018). Anaïs Vaugelade: “¿Un poco más de serie?”. Fuera [de] Margen, (22), 16-19.


[1] Aunque yo dudo que esta afirmación sea cierta, pues encuentro que Elvis, el protagonista de la serie de novelas cortas Elvis Karlsson también es un niño algo solitario que interactúa con objetos inanimados, los cuales funcionan como una extensión de su mundo interior.

[2] Este es un fenómeno bastante común en la literatura para niños: libros que no se compran mucho pero sí se toman prestados de bibliotecas. Me parece interesante abordarlo como teoría de la recepción, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

[3] Hablando de esto, me viene a la mente el libro de poemas De la A a la Z por un poeta de Fernando del Paso. No es un álbum, pero las letras son el objeto central de los poemas que, además, incluyen ilustraciones hermosas de letras capitulares.

Si esto es una carta: Mentira de Care Santos

Intenté escribir un ensayo sobre la novela Mentira de Care Santos, pero en su lugar me salieron muchas preguntas hechas en voz alta.

Conocí a Care Santos (me gusta decir que “conocí” a un autor como si en verdad lo hubiera visto en persona cuando en realidad me refiero a conocerlo a través de sus textos) en España, cuando estuve haciendo una estancia en la fantástica biblioteca de LIJ del Cepli; allí tomé prestado El anillo de Irina, una novela cuya trama tejía magistralmente una historia de amor entre adolescentes (que después, siendo adultos, se reencuentran) con la literatura rusa del siglo XIX. Por ello me reconforté cuando, dos años después, leí Mentira, otra novela de la autora que combina la relación de dos adolescentes (pero tal vez no tan romántica como la de El anillo…) con El guardián entre el centeno, la famosa novela de J. D. Salinger.

Volver a encontrarte con el estilo de un autor es como regresar a casa; o, más bien, como ver a un viejo amigo después de mucho tiempo de no hablar. Y es que yo había olvidado el estilo de Care Santos; elegí leer su libro para desempalagarme y salir un poco del mundo de A Wizard of Earthsea de Ursula K. Le Guin, el libro que estaba leyendo antes (¡espero escribir sobre la fantástica Ursula pronto!), pero cuando empecé Mentira y advertí todas las referencias hacia la novela de Salinger, y cómo ésta da pie al inicio de la relación entre Xenia y Marcelo, me sentí como en casa y (tal vez sobra decirlo) me enganché.

Xenia toma prestado de la biblioteca El guardián entre el centeno y decide participar en un foro de internet donde los usuarios discuten la novela. Allí conoce a Marcelo, un admirador apasionado de Salinger, de Holden Caulfield y de El guardián… Los dos jóvenes inician una amistad por e-mail; no obstante, Xenia, una chica muy joven e impaciente, se obsesiona con Marcelo, averigua dónde trabaja y va a buscarlo, pero, cuando lo encuentra, descubre que la han estado engañando: Marcelo no sabe nada de ningún foro de internet, de ningún Salinger y de ningún Holden. Xenia, enojada, le escribe un e-mail a quien se hace pasar por Marcelo y éste le confiesa que en realidad se llama Éric, que tiene dieciocho años y que le escribe desde un centro de menores en donde está recluido por haber asesinado a una chica de quince años cuando él tenía catorce.

En la “Nota a los lectores” que está al final de la novela, como un epílogo, Care Santos dice que “Las novelas son, a menudo, una respuesta” (p. 247); en este caso, Mentira es una respuesta al caso real del asesinato de Marta Villanueva ocurrido en enero de 2009. Pero, más allá de eso, imagino que Mentira es una respuesta (pero una respuesta plagada de preguntas) al problema de los criminales adolescentes.

Al principio de la novela se presentan algunas estadísticas sobre crímenes perpetrados por adolescentes de entre 14 y 17 años en España. Los crímenes que cometen estos chicos son, principalmente, robos (“en 12 meses hubo más de 18,000 delitos cometidos por menores de edad. Los más frecuentes fueron los robos […] En total, 9,782 robos” [Santos, 2015, p. 7]), pero también se habla de homicidios; específicamente, en un año, hubo tres asesinos de 14 años.

Asumo (porque en la introducción donde se muestran las estadísticas anteriores no se menciona directamente) que esos datos corresponden al año 2014 o 2015 en España, porque Mentira se publicó en 2015. Ahora veamos estadísticas más actuales. En una nota de El País del 27 de enero de 2018 se asegura que “cada vez hay menos menores delincuentes”. Por ejemplo, en esa misma nota se señala que en 2016 hubo 5,138 robos cometidos por menores de entre 14 y 17 años, en contraste con los 9,782 robos de años anteriores (presumiblemente, 2014). No se registra ningún homicidio perpetrado por adolescentes en 2016. Sin embargo, encontré esta nota acerca del asesinato de dos ancianos de 87 años cometido por dos adolescentes de 14 años y uno de 16 en enero de 2018 en Bilbao. No encontré estadísticas más actuales sobre asesinos adolescentes.

Fotograma de “Tenemos que hablar de Kevin”, escrita por Lynne Ramsay y Rory Stewart Kinnear (basada en la novela de Lionel Shriver) y dirigida por Lynne Ramsay (2012).

¿Qué nos debería preocupar de todos esos números? ¿Qué preguntas deberíamos estar haciendo sobre este problema? Sobre todo: ¿qué preguntas plantea Mentira? Quizá, para contestar esto último, tendríamos que observar la voz del narrador, de los dos narradores. Si bien al principio es Xenia la narradora y vemos, a través de sus ojos, lo injusto que es su mundo (sus papás la regañan constantemente por pasar mucho tiempo en internet sin contemplar los peligros de éste), luego nos enfrentamos con el cuaderno de Éric, que es en realidad una carta que el muchacho le hace llegar a Xenia para explicarle por qué le mintió al principio de su amistad y también para contarle su historia.

Cuando leí la carta de Éric, donde el chico relataba que su madre era una prostituta y su padre, un camionero que apenas convivía con él, comencé a preguntarme qué tanto conocemos a los criminales adolescentes. ¿No deberíamos analizar su entorno y sus relaciones familiares para prevenir este tipo de delitos? Éric, según lo relata en su larga carta, siempre se sintió solo y marginado excepto por su primo Ben, quien lo defiende y le enseña a sobrevivir en las calles; incluso, Éric dice que sin Ben no hubiera podido llegar a ser mayor.

Algo de Mentira que resonó mucho en mi cabeza fue el contraste entre el mundo de Xenia y el de Éric. Como ya dije, al principio Xenia se queja de cosas que a ella le parecen sumamente injustas, como el hecho de que sus padres le prohíban usar la computadora y el internet por mucho rato o que esperen que saque buenas calificaciones. Pero luego está el mundo de Éric, quien prácticamente no tiene familia, come enlatados casi todo el tiempo, se siente solo y asume el estigma que la sociedad le pone, el de un criminal adolescente. ¿Estamos siempre viviendo en un mundo como el de Xenia, ignorando la existencia de los jóvenes delincuentes maltratados por el Estado y la sociedad? ¿Deberíamos preocuparnos más? Y, en tal caso, ¿qué podríamos hacer? ¿Ocuparnos de proporcionarles una buena educación a los niños y jóvenes? ¿Procurar que su vida tenga sentido para que no se vean en la necesidad de unirse a grupos criminales, como es el caso de los niños sicarios en México?

¿Cómo hacer que la vida de alguien (o aun la propia) tenga sentido? En el caso de Éric, su vida gana algo de sentido con el feliz descubrimiento y la lectura de El guardián entre el centeno, al grado de que el muchacho relaciona la trama de esa novela con su propia vida. Los lectores de Salinger recordarán que Holden siempre está preocupado por saber qué hacen los patos cuando el lago se congela; pues bien, hacia el final de Mentira, Xenia piensa:

Tal vez Ben lo había previsto todo. Alguien tiene que pensar dónde se refugiarán los patos cuando en invierno se hiele el estanque, ¿no? Hay que cuidar de las personas que quieres. Hay que prever en qué sitio seguro pueden esconderse mientras llega de nuevo el buen tiempo. ¿Dónde van los patos en invierno, cuando el lago se congela? A algún lugar seguro y confortable. No sufras por ellos, Holden. Volverán en cuanto llegue la primavera.

Santos, 2015, p. 243.

Ahora que lo pienso, tanto en el mundo de Xenia como en el de Éric (pero quizá esto valga más para el mundo de Éric), El guardián entre el centeno hace las veces de cuento de hadas o de fábula que les enseña a los muchachos que, a pesar de las aparentes dificultades, siempre se puede salir adelante: aunque el lago se congele, podemos prevenirnos del frío o volar hacia un lugar más cálido; aunque la sociedad crea que Éric es un criminal adolescente, un asesino, siempre se puede luchar para que se conozca la verdad y también para recuperar el norte, el sentido de la propia vida (en este caso, a través de la literatura).

Creo que ésa es una de las respuestas más valiosas que da Mentira al problema de la delincuencia juvenil: a pesar de todo, podemos salir de nuestros problemas. Y hacer esto es posible con un por qué, un motivo que se vuelve nuestra brújula personal, la cual nos indica hacia dónde ir (como en los cuentos de hadas, cuando los personajes se perdían en medio de un bosque oscuro lo único que les quedaba por hacer era seguir caminando hasta encontrar soluciones). En este caso, Éric se agarra fuertemente a Holden Caulfield, quien, como un buen guardián entre el centeno, impide que el muchacho español se arroje al precipicio. Aunque nosotros no seamos delincuentes juveniles, es cierto que a veces perdemos el rumbo y no está mal volver a encontrarlo de vez en cuando en las cosas que amamos.

Para preguntar en la librería:

Mentira

Care Santos

Barcelona, Edebé, 2015.

¿Escribió William Faulkner una novela juvenil? Segunda parte. Un elogio a la dificultad

En la primera parte de esta entrada yo me preguntaba si Los invictos podía considerarse realmente una novela juvenil. Ahora, en esta segunda parte, me preguntaré lo mismo tomando en cuenta la dificultad que supone leer a un autor como William Faulkner.

En la entrada anterior aceptamos que Los invictos tiene rasgos de novela juvenil: la amistad entre dos personajes jóvenes, casi de la misma edad que el lector; la ausencia o ineptitud de los padres y las aventuras que corre el protagonista, enmarcadas en la Guerra de Secesión. Sin embargo, ¿es Los invictos una novela que pueden disfrutar los jóvenes a pesar del estilo del autor? Porque, primero, hay que aceptar que el estilo de Faulkner es complejo y que, para disfrutarlo, hay que desarrollar cierta competencia lectora; a menudo, esto se hace, o debería hacerse, en casa y en la escuela, de la mano de un mediador (que pueden ser los padres) o de un profesor, una vez iniciada la edad escolar del niño.

Los primeros acercamientos con lo literario se dan en el entorno familiar, con canciones de cuna y nanas, y sin duda estos textos son muy valiosos, puesto que desarrollan la inteligencia lingüística y verbal de los niños y les proporcionan seguridad y estabilidad; no obstante, en este texto quiero enfocarme en la formación literaria, la cual se da en la escuela, ya que es esta institución la que brinda las herramientas cognitivas que permiten disfrutar, a un nivel más profundo, novelas como Los invictos.

Me gusta pensar en la competencia lectora, pero sobre todo en la formación literaria, como lo que hacemos cuando leemos ficción por placer; también me gusta pensar que leer es mucho más que leer; es decir, cuando leemos hacemos muchas otras cosas además de descifrar las letras y las palabras: imaginamos, sentimos miedo o angustia o alegría o tristeza o emoción por saber qué va a pasar en el siguiente capítulo y, también (quizá esto sea lo más importante), leemos desde un contexto histórico determinado y desde nuestra identidad (delimitada, entre otras cosas, por la edad y, por ello, cambiante, líquida). Ello sin duda afecta nuestra recepción del texto, dado que todos esos factores externos influyen en nuestra comprensión del mundo y, consecuentemente, en nuestra comprensión del arte en general.

¿Qué otras cosas hacemos cuando leemos? Teresa Colomer (1991), una especialista en literatura infantil y educación literaria, señala que, en un nivel más profundo, cuando leemos llevamos a cabo “la anticipación de los diversos elementos narrativos, la selección de indicios relevantes, la integración de la información sobre las nuevas acciones y conductas de los personajes y, sobre todo, el análisis del propio autocontrol sobre la coherencia interpretativa” (pp. 24-25). Estas integraciones, que constituyen la experiencia lectora, se aprenden mejor en la escuela, con técnicas como la lectura colectiva, de acuerdo con Colomer (1991). Pero hablaremos de ello un poco más adelante; ahora, quisiera enfocarme en los aspectos que pueden resultar “difíciles” de la lectura de Los invictos.

Fotograma de “La balada de Buster Scruggs”, escrita y dirigida por los hermanos Coen (2018).

Para empezar, el propio estilo del autor tiende a ser complejo para determinados públicos; se sabe que William Faulkner es uno de los mayores exponentes del monólogo interior (ya escribí sobre este recurso, aunque de manera muy breve, en la entrada sobre La gran Gilly Hopkins). Si bien la novela está narrada en primera persona, la historia no está compuesta en su totalidad por monólogos interiores. Un ejemplo de éstos se nota en la siguiente cita de los pensamientos de Bayard cuando él, Ringo, Yaya y sus primos Drusilla y Denny pasan la noche en la que era la cabaña de los negros, puesto que su hacienda fue incendiada:

Yo también tenía que enterarme de lo del ferrocarril; probablemente, era más la necesidad de quedar igualado con Ringo (o aun delante de él, porque yo había visto la vía férrea cuando había ferrocarril, y él no) que la atracción de un muchacho por el humo y la furia y el estruendo y la velocidad. Nos sentamos allí, en aquella cabaña de esclavos, dividida, como la cabaña de Louvinia en casa, en dos habitaciones mediante una colcha colgada, al otro lado de la cual tía Louise y yaya estaban ya en la cama, y donde primo Denny debía estar también de no haber sido por el permiso que le habían dado aquella noche para escuchar con nosotros, aunque no necesitaba oírlo otra vez porque había estado presente cuando todo ocurrió; Ringo y yo nos quedamos sentados, escuchando a prima Drusilla y mirándonos fijamente el uno al otro con la misma asombrada e incrédula pregunta: ¿En dónde podíamos haber estado en aquel momento? ¿Qué podíamos estar haciendo, aun a cien millas de distancia, para no haberlo notado, presentido, y habernos detenido para mirarnos, exaltados y estupefactos, mientras aquello sucedía?

Faulkner, 1981, p. 168.

Este fragmento, que corre como un río, puede resultar confuso para ciertos lectores, ya que el monólogo interior tiende a ser rápido, a saltar de un pensamiento a otro y, además, a ser caótico, porque, como observamos en la cita, por un lado Bayard reflexiona sobre la situación que está viviendo en ese momento (el hecho de estar en la cabaña con Ringo, su tía Louise y Yaya), pero también piensa en el hecho de que Ringo y él ya no tienen vidas tan parecidas, pues Bayard ya vio las vías del tren y Ringo no. Las preguntas finales se refieren a uno de los momentos cruciales de la novela: cuando Ringo y Bayard creen haber matado a un soldado y corren a decírselo a Yaya; ello le agrega complejidad a los pensamientos del muchacho, porque, como se ve, salta de uno a otro, tal como hacemos todos cuando pensamos.

Otro aspecto del estilo del autor que puede resultar complicado para ciertos lectores es la elipsis que, como dije en la primera parte de esta entrada, es un recurso que William Faulkner tiende a utilizar cuando están a punto de revelarse hechos trascendentales o dramáticos. Un ejemplo de ello es, precisamente, la forma en que se nos va revelando la información cuando Ringo y Bayard pretenden dispararle al soldado; poco a poco, nos enteramos de que, en realidad, le han dado al caballo del soldado. Ésta es una manera magistral de aumentar la tensión de la novela: ¿es posible que dos chicos de catorce, quince años maten a un soldado de los Estados Unidos y, además, se enorgullezcan de ello? Al final, estamos a salvo, dado que es el caballo el que muere. He aquí la cita del diálogo entre el soldado y Yaya:

–No pregunte nada, abuela. Quédese callada. Más valdría que hubiese hecho sus preguntitas antes de mandar fuera a esos dos diablillos con este fusil.

– ¿Hubo…?

[…]

– ¿Está… eso… al que…?

– ¿Muerto? ¡Sí, demonios! ¡Se rompió el espinazo y tuvimos que pegarle un tiro!

– ¿Que… tuvieron que… pegarle un tiro?

Yo tampoco sabía lo que era estar pasmado de espanto, pero así estábamos los tres, Ringo, yaya y yo.

– ¡Sí, por Dios! ¡Tuvimos que pegarle un tiro! ¡El mejor caballo de todo el ejército! El regimiento entero apostaba por él para el próximo domingo…

Faulkner, 1981, p. 106.

Por último, otro aspecto que no necesariamente es difícil, pero sí quizá poco conocido para los lectores jóvenes, es el contexto histórico en el cual se desarrolla Los invictos, la Guerra de Secesión. Leer tomando en cuenta el propio contexto de la novela o el cuento es sumamente importante, pues éste va a dictar los comportamientos, las actitudes y las acciones de los personajes; en relación con esto, muchos académicos han comentado que, cuando en clase leen Ana Karenina con sus alumnos, éstos les han preguntado por qué Ana “no se divorcia”. En ese sentido, es igualmente importante saber que, en la Guerra de Secesión, los esclavos negros luchaban por su libertad y ello, naturalmente, va a permear la relación entre Bayard y Ringo. Al principio, cuando es más joven, Ringo no se asume como negro, sino como parte de la familia Sartoris; no obstante, cuando crece, toma consciencia de su identidad y, una vez que se empieza a rumorar la liberación de los esclavos, Ringo significativamente dice que “ya no es negro”.

Más adelante, la actitud de Ringo se vuelve mucho más distante y no sólo abraza su identidad como negro, sino que también actúa como parte del servicio de la familia Sartoris, un rol que siempre tuvo pero que no siempre reconoció o aceptó, ya que, mientras crecía, él parecía tener la idea de ser hermano de Bayard. Gracias a todo ello, podemos apreciar cómo la relación entre estos dos chicos se ve permeada por el contexto histórico en el que viven.

Pero dicha relación no es lo único que se ve afectado por el contexto histórico. En la primera parte de este texto hablábamos de la ineptitud o ausencia de los adultos, una característica casi esencial de la literatura juvenil. En este caso, la ausencia más importante es la de John Sartoris, el padre de Bayard, quien se encuentra combatiendo en la guerra en el bando de los confederados. No obstante, éste es un hecho lejano tanto para Ringo como para Bayard, quienes piensan que el coronel Sartoris está combatiendo “en Tennessee”, que parece un lugar muy lejano respecto a Jefferson, y sin duda lo era en el siglo XIX, pues las comunicaciones no eran las de ahora, pero lo que quiero recalcar con eso es el profundo abandono emocional de los dos chicos, sobre todo de Bayard.

Leyendo esta entrada, es probable que alguien pueda pensar que, entonces, Los invictos es, en efecto, una novela difícil para los jóvenes lectores, pero ¿es eso siempre intimidante? Y, si lo es, ¿provoca un rechazo al texto? O, más precisamente: ¿los jóvenes lectores (digamos entre 15 y 18 años) no deben leer Los invictos porque es una novela muy difícil para su edad? ¿No hay forma de que la lean, es decir, es Los invictos completamente inaccesible para ellos?

Por supuesto que no. Es irracional pensar que Los invictos es un texto ilegible para los lectores jóvenes o para cualquier lector; no obstante, es innegable que los lectores jóvenes necesitan cierta ayuda, cierta muleta en la cual apoyarse, para poder disfrutar plenamente textos difíciles. Estoy pensando en los maestros, los promotores de lectura más consistentes, ya que son ellos quienes pueden fomentar el hábito de la lectura entre sus alumnos todos los días, y pueden hacer esto, además, con el profesionalismo y la profundidad con los que se debe abordar un texto literario. Al respecto, el maestro Pedro Cerrillo (2016) dice: “Los jóvenes debieran enfrentarse a la lectura de textos de contrastada calidad literaria que propongan ‘desafíos’ lingüísticos (comprensivos e interpretativos), de modo que la lectura resulte estimulante: textos que puedan despertar emociones, plantear preguntas, proponer retos intelectuales, aportar nuevos conocimientos y ayudarles a recorrer su itinerario de lectores competentes y literarios. En cualquier caso, es muy importante que las primeras lecturas de la adolescencia no sean superficiales y demasiado fáciles, porque eso dificultará el paso a otras lecturas, ya no diferenciadas por la edad de sus destinatarios” (p. 88).

Por ello son importantes las lecturas no demasiado fáciles y, a la vez, estimulantes: porque pueden servir de puente hacia otro tipo de textos, éstos sí, un poco más complejos y ya liberados del corset que supone “la edad ideal” de los lectores. Por ejemplo, Los invictos tiende puentes con Sartoris, con El ruido y la furia (los Compson, que aparecen de manera muy incidental como vecinos de los Sartoris, son los protagonistas de El ruido…), e incluso con Cien años de soledad y con buena parte de la literatura latinoamericana (quién sabe cuánto le debemos a Faulkner en ese sentido). Es decir, los libros que sean lo suficientemente complejos y emocionantes tienen el maravilloso don de formar lectores, y si los lectores se forman a una edad temprana, qué mejor. Ya se sabe que es más fácil formar a un lector pronto, en la infancia o adolescencia, que trabajar para recuperarlo o formarlo desde cero en la adultez. No digo que ello no pueda pasar, pero sí es poco frecuente.

Entonces, para concluir, yo diría que Los invictos es la novela ideal para acercarse al universo de William Faulkner, pero no hay que quedarse sólo con ella; pienso que hay que pasar de ella a El ruido y la furia, a Mientras agonizo o a ¡Absalón, Absalón! Pero, para que esto sea posible y el lector pueda cruzar el puente sin miedo, es necesario contar con docentes no sólo bien preparados académicamente, sino también apasionados por la lectura y conscientes de lo que ésta es capaz de provocar en nosotros. Asimismo, necesitamos cada vez más espacios para la lectura, con presupuesto y planes de acción para funcionar en un mundo invadido por la tecnología y por miles de opciones de entretenimiento. Todo ello, tan sólo con un fin: que la gente elija leer y que, además, elija leer libros difíciles sin miedo.

Me quedo con muchas ideas en el tintero, pero eso es lo bueno de escribir, que una palabra te lleva a otra y a otra y a otra…

Para preguntar en la librería:

Los invictos

William Faulkner (texto) & Blanca López (ilustraciones)

Barcelona, Bruguera, 1981.

Y para el lector curioso:

Cerrillo, P. (2016). El lector literario. México: Fondo de Cultura Económica.

Colomer, T. (1991). De la enseñanza de la literatura a la educación literaria. Comunicación, Lenguaje y Educación, 9, 21-31.

¿Escribió William Faulkner una novela juvenil?

Primera parte. ¿Qué es una novela juvenil?

De pronto suelo leer libros que mueven cosas dentro de mí. Esta vez leí Los invictos, una novela de William Faulkner dirigida, aparentemente, al público joven.

Dice Marina Colasanti (2004) que el público joven es difícil de identificar porque el rango de edad no está tan claramente definido como el del público infantil. Pero algo que me parece más interesante es el otro concepto que introduce la autora sobre la literatura juvenil: “el de un lector joven no por edad o crecimiento, sino en relación con su propio proceso de lectura” (p. 15). Es decir, entonces, que un adulto puede ser un lector joven según lo que haya leído (y yo me atrevería a sugerir, también, que un lector es joven de acuerdo a cómo haya realizado sus lecturas) a lo largo de su vida.

Es natural pasar por un proceso de maduración lectora. Yo recuerdo haber madurado en mi comprensión y sensibilidad lectoras hasta que entré a la universidad, pero aun ahora me siento como una niña pequeña cuando leo a ciertos grandes autores, como Shakespeare, cuyas obras puedo leer comprendiendo todas las palabras pero con una sensación de que algo esencial se me escapa. Por supuesto, “los libros difíciles tienen la piedad de mostrarnos cuánto nos falta” (Guillermo Martínez, citado en Andruetto, 2016, p. 87).

Lo mismo me sucede con William Faulkner; por eso me sorprendí cuando encontré su novela Los invictos editada como literatura juvenil, en una vieja edición de la colección Club Joven Bruguera. Así que decidí “poner de cabeza” ese libro y preguntarme: ¿escribió William Faulkner una novela juvenil? A primera vista, podría decirse que no. Es decir, no creo que la intención inicial del autor de El ruido y la furia haya sido escribir con el escurridizo público joven en mente; más bien, la presentación de Los invictos como novela juvenil parece una decisión editorial, pero ¿es una buena decisión? Vamos a ver.

Los invictos se sitúa en el siglo XIX estadounidense, en plena Guerra de Secesión, y cuenta parte de la historia de la familia Sartoris (contada ya en Sartoris, publicada antes que Los invictos). Esta historia es narrada por Bayard, el hijo del general John Sartoris. Bayard tiene quince años cuando empieza la novela y veinticuatro cuando finaliza, igual que Ringo, su mejor amigo, quien es también un esclavo negro de la hacienda de su familia. A pesar de ello, Bayard y Ringo se crían como si fueran hermanos y son muy unidos, al menos durante la primera mitad de Los invictos.

Entonces, ¿qué hay en Los invictos que pueda ser de interés para los jóvenes? Dos cosas muy evidentes: la edad (o quizá podríamos decir las edades) de Bayard y de Ringo y la amistad entre éstos cuando son adolescentes. Típicamente, se piensa que las novelas juveniles tienen como característica principal el ser protagonizadas por personajes de la misma edad del público al que se dirigen. Además, otras novelas consideradas juveniles presentan una amistad muy fuerte entre dos o más personajes (Tom Sawyer, por ejemplo), ya que es en la adolescencia cuando empezamos a relacionarnos con personas o grupos de personas para tener cierto sentido de pertenencia o para, como también dice Marina Colasanti, construir una tribu con símbolos y lenguajes propios.

El maestro Pedro Cerrillo (2015) señala otras características de la literatura dirigida a los jóvenes, por ejemplo, “los personajes adultos intervinientes suelen tener dificultades o sufrir problemas; complicidad con los más desfavorecidos; […] y una cierta preferencia por las aventuras, la fantasía y el amor” (p. 215). Es notable la ausencia, la vacilación y, hasta cierto punto, la ineptitud de algunos adultos de Los invictos, sobre todo de Yaya, la abuela materna de Bayard, quien, aunque al principio de la novela esconde a su nieto y a Ringo de los generales del ejército cuando parece que los chicos le han disparado a un soldado, hacia el final de la novela tiene muchas dudas sobre la compra y venta de mulas que realiza ilegalmente, asesorada por Ringo. Sin embargo, quizá la ausencia más notable sea la de John Sartoris, el padre de Bayard, quien se encuentra luchando en el bando de los confederados y aparece muy pocas veces en la novela. Además, cuando aparece es sólo para confrontar a los chicos sobre su valentía en la guerra o bien, para exigirles cosas que no van de acuerdo con su edad.

La empatía con los más desfavorecidos es evidente en la relación entre Ringo, un chico negro, y Bayard, un chico blanco, hijo de un militar; esta relación se encuentra enmarcada, por si fuera poco, en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. No obstante, a lo largo de la narración, ambos muchachos parecen estar ajenos a estas supuestas diferencias étnicas y crecen como si fueran hermanos; incluso cuando Ringo dice que “ya no es negro” (es decir, que ya es libre) sigue luchando junto a la familia Sartoris y acompañándola en momentos difíciles.

Por último, las preferencias por las aventuras también se notan en Los invictos, esta novela dirigida, accidentalmente, a los jóvenes. Como he dicho, Bayard y Ringo son muy jóvenes al inicio de la novela y, aun así, corren “aventuras” durante la guerra. Esas aventuras son, por ejemplo, intentar matar a un soldado o, en el caso de Bayard, vengar al asesino de Yaya y al de su padre. Pero no sólo eso, sino también apropiarse de mulas (a veces, de las propias mulas del ejército) para revenderlas y así, poder volver a construir la casa de la familia, que fue quemada por los esclavos negros. Son significativos estos pensamientos de Bayard, que ilustran las fronteras borrosas entre una etapa de la vida y otra:

Hay un límite para lo que un muchacho puede aceptar y asimilar; no para lo que puede creer, porque un muchacho puede creer cualquier cosa si se le da tiempo, sino para lo que puede aceptar, un límite en el tiempo, en ese mismo tiempo en que alimenta la fe en lo increíble. Y yo seguía siendo un niño en el instante en que mi caballo y el de padre pasaron por encima de la colina y parecieron dejar de galopar, y flotar, colgar suspendidos en una sola dimensión sin tiempo, mientras padre sujetaba por las riendas a mi caballo con una mano y oía al animal medio ciego de Ringo irrumpiendo y tropezando entre los árboles a nuestra derecha y a Ringo chillando […]

Faulkner, 1981, p. 140

Cuando estaba investigando para esta entrada, me pregunté si Los invictos habría sido editada como novela juvenil en años más recientes (el ejemplar que yo leí, de la colección Club Joven Bruguera, es de 1981) y, aunque no encontré un ejemplar más moderno editado como tal, sí encontré algunas portadas que presentan esta novela de Faulkner como novela de aventuras e, incluso, como novela de vaqueros; son ejemplos de ello la edición de Random House, de 1975, y la de Luis de Caralt de 1956.

Los invictos, editada por Luis de Caralt y por Random House, respectivamente.

La editorial Edaf publicó Los invictos en 2011, sin embargo, en esa edición no observé ninguna marca que indicara que la novela estaba dirigida al público joven o adolescente. Ello sugiere que quizá esta obra ya no se lee con el mismo sentido crítico; tal vez ya no se considera Los invictos como novela juvenil, como sí la consideraba en 1981 la editorial Bruguera, e incluso Random House y la editorial Luis de Caralt en años muy anteriores a la década de los 80.

Entonces, ¿ya no creemos que sea adecuado que los jóvenes lean Los invictos? A pesar de las características de novela juvenil que encontramos en esta obra, hay que señalar que William Faulkner no sacrifica su estilo pensando en lectores quizá inexpertos, pues, al igual que en sus otras obras El ruido y la furia o Mientras agonizo, en Los invictos hay figuras como monólogo interior y elipsis, la cual suele utilizar el autor cuando ocurren hechos importantes o dramáticos, como la muerte de un personaje o cuando un personaje se encuentra ante una encrucijada. A ello se suma el contexto histórico en el que se desarrolla la novela, la Guerra de Secesión, que no todos los lectores conocen. Considerando lo anterior, podríamos pensar que la lectura de Los invictos puede resultar difícil para un lector joven o adolescente, pero ¿es verdaderamente así? ¿No hay posibilidades para un adolescente que quiera acercarse a William Faulkner? Intentaré responder esta pregunta en la siguiente entrada.

Para preguntar en la librería:

Los invictos

William Faulkner (texto) & Blanca López (ilustraciones)

Barcelona, Bruguera, 1981.

Y para el lector curioso:

Andruetto, M. T. (2016). La lectura, otra revolución. México: Fondo de Cultura Económica.

Cerrillo, P. (2015). Sobre la literatura juvenil. Verba Hispanica, 23(1), 211-228.

Colasanti, M. (2004). Una edad a flor de piel. México: Conaculta.

Un cuaderno de vacaciones para los días inútiles

Grassa Toro e Isidro Ferrer escriben un libro para todos los Tubarrio y Misombrero.

Se me ocurre que podemos transitar por Cuaderno de vacaciones como quien camina por el “Poema visual transitable en tres tiempos: nacimiento, camino (con pausas y entonaciones) y destrucción” del artista visual barcelonés Joan Brossa.

“Poema visual…” de Joan Brossa. Foto de la revista Escáner Cultural

Lo que me gusta de ese monumento, construido en 1984 y ubicado en los jardines de Maria Cañardo, en Barcelona, es precisamente que al transitarlo, uno también construye (o más bien, termina de construir) el significado. El “Poema visual” de Brossa comienza con una gran letra A, continúa con un camino lleno de paréntesis, comillas y signos de interrogación (de ahí las pausas y entonaciones) y luego finaliza con otra letra A derrumbada y rota. Así, siento que cada quien va caminando por el “Poema visual” y lo completa con su lectura echando mano de lo que tiene allí: una letra A, varios signos ortográficos…

De la misma manera, Cuaderno de vacaciones, escrito por Carlos Tubarrio (¡perdón! Es Carlos Grassa Toro) e ilustrado por Isidro Misombrero (¡perdón de nuevo! Su nombre es Isidro Ferrer) es un libro inacabado, una “obra abierta”, como diría Umberto Eco. Sí, es verdad que todos los libros están, de cierta forma, inacabados, porque esperan la participación del lector, quien completa el sentido; pero, en este caso, hay espacios vacíos más grandes, más profundos.

Cuaderno de vacaciones. Imagen obtenida de grassatoro.com

A primera vista, pareciera que Cuaderno de vacaciones es un libro de actividades no “para hacer durante las vacaciones”, sino que contiene juegos de pensamiento para hacerlos “cuando quieras que sea vacaciones”, como escribe Grassa Toro al principio, a manera de presentación del libro. No obstante, cada texto y cada ilustración es una historia en sí misma. Y, si leemos este libro con esa perspectiva, podemos preguntarnos, por ejemplo, qué pasó antes o después de dichas escenas.

Todo esto de la construcción del sentido, de imaginar las “soluciones” de cada una de las propuestas de Grassa Toro y Ferrer (por ejemplo, encontrar las setecientas diferencias entre dos rebanadas de pan o vestir al genio de la lámpara según la estación del año más adecuada) me recuerdan a las cajitas de Wonder Ponder de las que hablamos hace unas semanas, en el sentido de que el lector puede volverse un detective de la realidad. Claro, al principio eso de ser un detective de la realidad parece una bobada, porque la realidad está siempre ahí, circundándonos y arropándonos inevitablemente. Pero, justamente, los juegos más serios son los que parecen bobadas y, de pronto, quizá es posible dar un par de pasos atrás, desencajarla y observarla detalladamente, rellenando los espacios en blanco.

Un juego en el Cuaderno de vacaciones. Grassa Toro y Ferrer, 2014

En Cuaderno de vacaciones el texto proporciona pautas para la interpretación. Es como cuando vemos un cuadro abstracto (o de cualquier corriente artística) y leemos el nombre de la obra en la cédula informativa: inevitablemente nuestra percepción e interpretación cambia. Por ejemplo, en la ilustración de las herramientas se asume que éstas son una familia, ya que el texto pregunta quién es la madre, el hijo que estudia 5° y el abuelo, pero, realmente, las herramientas podrían representar cualquier cosa: los habitantes de una ciudad, los vecinos de un edificio o los miembros de un equipo de reparación. Imaginar, entonces, es parte del juego y el juego, en este caso, es poner lo que no está, lo que falta.

Las herramientas. Grassa Toro y Ferrer, 2014

No obstante, como a mí me gusta poner todo de cabeza, ahora me cuestiono qué clase de libro es realmente Cuaderno de vacaciones. ¿Es un libro de juegos o un juguete? ¿Podría equipararse a esas otras propuestas editoriales que se venden en formato de libro pero que, en realidad, son juguetes o sí es un libro serio que puede usarse, por ejemplo, en el aula?

Además de poner las cosas de cabeza, me gusta transitar por los libros y por la escritura como dando un paseo, es decir, sin rumbo fijo, sin orden y también sin pensar en el destino final. Prefiero ir tomando cosas de aquí y de allá y así, ir armando mi propio camino. Por eso, mientras revisaba las notas que había tomado para escribir esta entrada, me topé con un nombre: Chema Madoz. Quién sabe cómo lo descubrí, pero ahora que estaba buscando inspiración para seguir escribiendo, busqué ese nombre en internet y encontré algunas fotografías muy bonitas.

Fotografías de Chema Madoz obtenidas de efti.es y de rtve.es, respectivamente

Ahora es claro por qué relacioné al fotógrafo español Chema Madoz con Cuaderno de vacaciones. Ambas obras nos enseñan a volver a mirar. Con Chema Madoz, un par de clips puede ser una escalera mecánica, y una nube, un árbol. En Cuaderno de vacaciones, unas piedritas de río con caritas pintadas son actores, pero no cualquier tipo de actores, pues los hay que hacen reír, llorar o pensar. Y de ahí surge la relación entre la obra de Grassa Toro y Ferrer y la de Wonder Ponder: ambas propuestas convierten cualquier día aburrido en un día de vacaciones. ¿Cómo es un día de vacaciones? Para mí, es un día en el que puedo hacer todas las cosas que me gustan, que son muy pocas, sólo leer y escribir; sin embargo, si en la semana sé que al menos tengo un día de vacaciones, entonces siento que ése no fue un día perdido.

Para preguntar en la librería:

Cuaderno de vacaciones

Grassa Toro (texto) & Isidro Ferrer (ilustraciones)

Medellín, Tragaluz, 2014.

La Gran Gilly Hopkins y el regreso a casa

Leer por segunda vez La Gran Gilly Hopkins fue para mí como regresar a casa y abrir puertas, ventanas y cajones todavía desconocidos.

Mi edición de La gran Gilly Hopkins

Mi edición de La gran Gilly Hopkins es del 2003. Me parece extraño haber leído ese libro en aquel año, cuando yo tenía diez, así que calculo que lo leí más o menos a la misma edad de Gilly, trece años. Ahora, a mis veinticinco, volví a leer la novela, y creo que me gustó más que la primera vez.

Pocas veces releo un libro, pero esta vez decidí hacerlo por varias razones; la principal, sin embargo, es el reencuentro (literario) que tuve con la autora, Katherine Paterson. Eso sucedió, en parte, gracias a Maria Nikolajeva y su libro Retórica del personaje en la literatura para niños (un libro esencial para especialistas en la LIJ). Allí, Nikolajeva habla de varios clásicos de la LIJ dando por sentado que el lector los conoce. Así, a veces simplemente hablaba de Lyddie o de Amé a Jacob, y cuando yo buscaba esas novelas en internet, me sorprendía al ver que eran de Katherine Paterson porque son tramas muy distintas a la de La gran Gilly Hopkins.

Pero lo que más me sorprendió de la lectura de Nikolajeva fue que argumentara que en Gilly Hopkins había cierta forma de monólogo interior, una técnica narrativa que yo aprendí hasta la universidad, cuando conocí y estudié (de la mano de mis maestros, por supuesto) a autores considerados grandes exponentes de esa herramienta, como William Faulkner o Virginia Woolf. El monólogo interior es, además, una técnica considerada difícil, que exige un lector con cierta práctica. Yo no recordaba que Gilly Hopkins hubiera sido una lectura particularmente difícil para mí, aunque claro, más de diez años después, tampoco podía recordar si, en efecto, había monólogo interior, especialmente porque a los trece años yo no sabía qué era aquello. Así que decidí releerlo, ahora con un poquito más de práctica y consciencia lectora.

No recordaba casi nada, excepto el principio y el final de la novela, pero de forma muy aislada, casi entre sueños. Lo que sí recuerdo con viveza es que, a mis doce o trece años, la rebeldía y la audacia de Gilly Hopkins me intimidaban: yo nunca me he considerado rebelde ni audaz, pero en esta ocasión pude desprenderme un poco de la subjetividad de la chica y leer La Gran Gilly Hopkins desde una perspectiva más adulta.

Entonces, como preguntaríamos en una charla con amigos: ¿de qué trata esta novela? La Gran Gilly Hopkins tiene un narrador focalizado en Gilly, una chica de trece años y cabello rebelde que ha pasado gran parte de su vida en muchas casas de acogida, hasta que es adoptada por Maime Trotter. En esa casa, Gilly empieza a sentir cariño por “la Trotter”, como ella la llama, por William Ernest, otro chico adoptado, y por el señor Randolph, su vecino invidente. Sin embargo, Gilly todavía guarda la esperanza de ser rescatada por su madre biológica, a quien escribe para que vaya a verla y se la lleve “de esa casa de locos”.

Esta narración focalizada en Gilly está combinada con los pensamientos de la chica (es decir, el monólogo interior), que van desde un rápido “Cállate, Trotter” hasta algo más elaborado, como

Si fuera a quedarme, yo haría un hombre de tu pequeño alfeñique. Pero no puedo; podría volverme blanda e idiota yo también, como me sucedió en casa de los Dixon. Dejé que aquella mujer me engañara con todos sus mimos y palabras tiernas mientras me mecía en sus brazos. La llamaba mamá y me subía a su regazo cuando tenía que llorar. ¡Dios! Ella decía que yo era su propia niña, pero cuando se mudaron a Florida me pusieron en la calle con el resto de trastos que dejaron atrás […]

[Gilly] sintió un codazo en las costillas.

Gilly volvió bruscamente a la realidad. ¿Qué diablos?

Es como si el narrador le cediera la voz a los pensamientos de Gilly, que generalmente hablan de los sentimientos de la chica acerca de vivir en casas de acogida. Y es que esos sentimientos son extremadamente profundos, ricos y complejos como para ser tamizados a través de la voz del narrador.

No es mi intención hacer que esta entrada sea una clase de monólogo interior; de hecho, Maria Nikolajeva tiene una taxonomía muy completa de éste. Simplemente quería hablar sobre las cosas que me ha enseñado la literatura infantil con el paso de los años; en este caso, creo que tuve la suerte de leer un mismo libro desde dos identidades diferentes. La primera, la de mi yo de trece años, definitivamente estaba de parte de Gilly y quería que la chica escapara de casa de Trotter y cruzara todo Estados Unidos en un autobús, sola, en busca de su madre biológica. Pero ahora, muchos años después, mi yo adulto, con más experiencia lectora, ya no le cree tanto a Gilly, pues a pesar de que ella diga que los miembros de su nueva familia son todos unos “fanáticos religiosos”… ¿realmente lo son? La postal que Gilly recibe de su madre ¿realmente está escrita con genuino amor y añoranza o, más bien, la chica está idealizando a su madre?

Leer La gran Gilly Hopkins por segunda vez, a los veinticinco años y con otros libros leídos acumulados en mi cabeza me permitió descubrir dos cosas, cosas que de algún modo ya sabía, pero que se enriquecen con los pensamientos que sólo la experiencia de primera mano puede brindar: esta manipulación que la novela le hace al lector permite que nos alejemos o acerquemos a la subjetividad de Gilly, y con base en eso podemos construir nuestra propia, muy personal, experiencia e interpretación lectora. La segunda cosa que aprendí y que reafirmé es que los mejores libros infantiles son los que crecen con sus lectores.