Una vuelta al mar

¡El mar, el mar!

Dentro de mí lo siento.

Ya sólo de pensar

En él, tan mío,

Tiene un sabor de sal mi pensamiento

José Gorostiza, “Pausas I”

Recuerdo la primera vez que vi el mar. Habré tenido unos once años. Iba en carretera con mis papás cuando de pronto, mi papá anunció “Ya casi vamos a ver el mar”.

Y sí, de un momento a otro un paisaje azul apareció al lado de mi ventana. Mi papá paró en la carretera, me bajó en brazos y me puso sobre la arena, justamente cuando rompía una ola. “¿Te gusta?”, preguntó. Me impresionó. Sentí vértigo cuando mis pies tocaron la arena y la ola se alejaba. Últimamente he pensado que ese vértigo se quedará conmigo para siempre, mi mar personal.

Tengo la cabeza en todas partes, pero siempre sueño con el mar. Quizá está en mi corazón, como en el corazón del pescador o en el de Micaela Chirif, autora del poemario El mar (ilustrado por Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino).

El primer poema de El mar se pregunta cómo es el cielo, y el último poema explora cómo es el mar: arriba y abajo, el todo. Y en medio, peces, ballenas, pescadores, sirenas, y hasta un tigre y un río. Me imagino los poemas de este libro como encerrados entre el azul del cielo y el azul del mar, sostenidos todos por la red del pescador.

Las definiciones encierran en cajitas a las cosas del mundo, pero hay cosas que son tan infinitas que no pueden tener una sola definición, como el mar:

El mar es una línea que no termina

El mar es muy pesado y se dobla. (“El mar”, Chirif, 2020).

Pero todos, como ya he dicho, tenemos un mar:

Para los pulpos el mar tiene ocho patas

Para las vacas el mar es verde y se come

Para los tigres el mar no tiene el menor interés (“El mar”, Chirif, 2020).

Para Martín Adán, citado en el epígrafe del libro, “El mar es un alma que tuvimos”.

Para mí, el mar es un movimiento en el centro de mi cuerpo.

La sirena, Micaela Chirif (texto); Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino (ilustraciones).

Aunque los poemas de El mar hablan de seres que están siempre en el mismo lugar, están lejos de ser estáticos (tanto los poemas como los seres marinos). Por ejemplo:

Las estrellas están siempre en el cielo

Los peces están siempre en el mar

Raquel no está nunca en el mismo lugar

Raquel está en la casa, en el parque,

En el mar, en la biblioteca,

En el mercado, en la bañera (“Las estrellas”, Chirif, 2020).

Raquel está en todas partes hasta que se convierte en una estrella y se queda para siempre en el cielo. Somos seres en movimiento que enfrentan un destino estático, horizontal. Pero, mientras llegamos a conocerlo, podemos ser como las nubes:

Las nubes no conocen las palabras

Las nubes tienen forma de tractor,

De nube, de perro, de zapato,

De pajarito, de sombrero

El viento arrastra los sombreros

El viento arrastra las nubes

Los sombreros caen en algún momento

Las nubes no caen

Las nubes llueven (“Las nubes”, Chirif, 2020).

Hasta no convertirnos en ceniza, en tierra, en árbol o en estrella, podemos ser nube, nube-tractor, nube-nube, nube-perro o nube-zapato. Ni el río ni el mar son los mismos dos veces.

“El tigre no conoce el mar”; para él, las flores se llaman flores y no merluza, pejerrey o lenguado. Al tigre no le interesa el mar pero puede sentir su nombre en el río, cuando levanta la cabeza y piensa que, la verdad, la verdad, nunca lo ha visto terminar en algún lado. Porque el mar está en todas partes: en el río, en el corazón del pescador, en el canto de la sirena y en la cola de la ballena. Puede que su nombre y su entrada en el diccionario se renueven cada vez, pero todos sabemos a qué nos referimos cuando decimos mar, cuando decimos río. Las olas de pensamiento e imaginación rompen siempre nuevas.

Las ilustraciones de El mar danzan y se anclan. Las manchas de acuarela parecen discurrir suavemente por la página e incluso dan la impresión de querer escaparse al cerrar el libro, pero las imágenes más realistas de peces, de constelaciones y de flores se esconden tras manchas abstractas de tinta y dan la impresión de no querer interrumpir el flujo de imaginación que nace de este libro.

El mar me hizo meditar con todos sus poemas. Creo que llevaré la cabeza salada por mucho, mucho tiempo.

Para preguntar en la librería:

El mar

Micaela Chirif (texto) & Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino (ilustraciones)

México, Fondo de Cultura Económica, 2020

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