Escribir

Todo empezó con un viaje a las estrellas.

Un buen día, se me ocurrió agarrar un lápiz y una hoja blanca tamaño A4 y sentarme a escribir una historia sobre una chica (que en ese entonces no podía disociar de mí misma) que viajaba a la luna, pero se caía y terminaba en una estrella.

Recuerdo que a esa edad no me importaba nada, sólo corría detrás de las ideas, aunque me parecieran totalmente locas, aunque no tuvieran nada que ver entre sí. ¡Estaba contando un viaje a las estrellas! Podía escribir lo que yo quisiera, y todo sería válido, porque estaba contando cómo era la vida en otro mundo. Esa libertad es la que sigo persiguiendo en mi vida adulta como escritora.

No quiero decir que esa libertad se haya desvanecido con el paso del tiempo, pero en la carrera uno empieza a absorber teoría, crítica, narrativa, corrientes filosóficas, análisis del discurso… y la diversión se opaca un poquito. Ya no sólo preocupa contar una historia, sino cómo se cuenta, pues esto determina todo.

Ahora trato de que la niña y la adulta escritora colaboren juntas, por eso sigo escribiendo en hojas blancas tamaño A4, aunque ya no uso lápices porque se emborronan fácilmente. Y, aunque sigo corriendo detrás de las ideas, muchas veces tengo pensamientos que me frenan. Uno de ellos es, cómo no, la voz del impostor. Creo que lo más difícil de escribir es dejar tu ego a un lado, tanto si te hace pensar que eres el peor autor sobre la tierra como si deliras pensando que escribes todo bien al primer intento. Al respecto, he descubierto que, para callar esa vocecita, lo que más me funciona es ignorarla y seguir. Claro, es más fácil decirlo que hacerlo, pero ¿qué importa más?, ¿escribir o ser “perfecta”?

«Escribir», Murray McCain (texto) & John Alcorn (ilustraciones)

Desde que abrí este blog he empezado a tomarme más en serio la escritura. No es que antes no la tomara en serio, pero no era tan disciplinada. Ahora siento que reseñar libros para niños (al menos uno al mes) me ha ayudado mucho a tener un ojo más crítico, a afilar mis antenas, porque ahora es más fácil leerme a mí misma y hacerme correcciones honestas.

Por ejemplo, ayer estaba reescribiendo una historia que hice algunos años atrás. Cuando la escribí me gustaba mucho el tono del narrador-protagonista, pero ahora me di cuenta de que quizá no funciona bien para lo que yo quiero contar. Entonces, decidí cambiar al narrador: ahora sería un abuelo que le cuenta la historia a su nieto. Sin embargo, me enfrentaba a un problema importante (entre todos los problemas que conlleva hacer un movimiento tan radical como un cambio de narrador): dentro del cuento, hay dos historias igual de importantes. ¿Cómo hacer que el abuelo las narre sin que el lector se confunda? “Bueno”, pensé, “que sean dos nietos y que cada uno pida una historia”.

Este tipo de soluciones narrativas no se me hubiera ocurrido en la universidad, porque ciertas técnicas no se habían asentado muy bien en mi cerebro. De hecho, antes de que se me ocurriera esa solución, estaba pensando en Los escarabajos vuelan al atardecer, en donde cada niño vive lo que pasa en la novela a su manera. El análisis o, por lo menos, la lectura que hice de la novela de Maria Gripe y que plasmé en mi reseña me ayudó para resolver mi cuento.

«Escribir», Murray McCain (texto) & John Alcorn (ilustraciones)

No he tenido el mismo proceso creativo siempre y, de hecho, creo que no tengo uno. La verdad, tiendo al caos. Lo que sí ha cambiado es mi actitud hacia las cosas que escribo e intuyo que algo tendré que agradecerles a los “frenos” por eso. Los frenos me hacen dar dos pasos atrás y replantearme lo que escribo sin criticarme duramente, sin atacarme y sin destruir mi autoestima. Ya no escribo como una niña, pero la niña en mi interior sigue escribiendo.

Por cierto, la niña en mi interior, en su solipsismo, no consideraba a los lectores, porque escribía sólo para ella, como si estuviera jugando. Pero ahora, he descubierto que lo más satisfactorio, lo más bonito de escribir y también lo más retador, son los lectores. Puede ser un lugar común el decir “un libro no está completo hasta que alguien lo lee”, pero es verdad. Los libros cobran vida, una vida nueva, cuando los lectores lo hacen suyo. Y me gusta la teoría de la recepción por la idea de los espacios vacíos en un texto que el lector tiene que rellenar. Cuando escribe, el autor hace atmósferas, situaciones, sentimientos y silencios que quiere que sean notados por el lector, y así se establece el diálogo.

Decidí escribir esta entrada para dejar que mi cerebro descansara de las reseñas. Me sentía un poco “entumida”, por así decirlo. Todavía me siento así, por lo tanto, no era buena idea escribir una reseña. Me hubiera salido acartonada. Escribir también tiene que ver con saber tomar respiros y descansos, incluso de uno mismo. Entonces, mientras regreso a mi centro, estaré pensando en nuevas maneras de escribir y jugar con el género ensayístico, que para eso escribe una: para jugar.

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