Matilda en verano

Hay algunos libros de literatura infantil que han ayudado a que ésta sea lo que es hoy.

Desde finales del siglo XVIII, los libros para niños se fueron liberando, poco a poco, de ataduras pedagógicas, morales y de otros propósitos ajenos a ella que le impedían florecer como verdadera literatura, es decir, como una obra de arte. Matilda es uno de esos libros, y lo es por varias razones, pero una de las más poderosas es que en Matilda se les da un lugar y una voz propia a los niños, y no se les trata como seres inferiores a los adultos cuyo razonamiento es pobre.

Pero antes de hablar de eso, me gustaría hablar brevemente sobre algunos otros libros en donde también se valora la infancia sin edulcorarla. Ya desde el siglo XIX y principios del XX hay novelas con una visión particular y novedosa de la infancia, por ejemplo, Cinco chicos y eso (1902) de Edith Nesbit y Peter y Wendy (1911)de J. M. Barrie. Estas novelas son, además, dos fuertes influencias en la obra de Dahl. (¡Prometo una entrada larga sobre cada una!).

Al principio de Cinco chicos y eso, el narrador dice: “A los adultos les parece muy difícil creer en cosas extraordinarias, a menos que tengan lo que ellos llaman “pruebas”. Pero los niños creerán casi cualquier cosa, y los adultos lo saben […] Así que ustedes encontrarán muy fácil de creer que antes de que Anthea, Cyril y los otros hubieran estado una semana en el campo, encontraron un hada” (Nesbit, 2008, p. 5. La traducción es mía).

Ilustración de la edición de 1902 de “Cinco chicos y eso” por H. R. Miller

Mientras tanto, en Peter y Wendy (2011) el narrador señala: “Claro está que los países de Nunca Jamás varían mucho entre sí. El de John, por ejemplo, tenía una laguna con flamencos que volaban sobre ella, y John pasaba el tiempo disparándoles, mientras que Michael, que era muy pequeño, tenía un flamenco con lagunas volando sobre él […] Pero en general, los países de Nunca Jamás poseían un aire familiar, y puestos en fila se podría decir de ellos que tenían la misma nariz y ese tipo de cosas. En esas mágicas orillas los niños varan siempre sus coracles para ir a jugar. Todos hemos estado ahí, y todavía podemos escuchar el romper de sus olas, aunque ya nunca volveremos a pisar su tierra” (p. 86).

Para el narrador de Cinco chicos y eso es completamente natural que los niños crean “casi cualquier cosa” y por eso, es de lo más normal que los cinco chicos encuentren un hada en el campo. La visión de la infancia de Peter y Wendy es más nostálgica, pues esa etapa de la vida es el país de Nunca Jamás al que, como adultos, ya no se nos permite regresar. Estas dos visiones de la infancia pertenecen a autores que están en contacto con los niños que alguna vez fueron. Lo mismo pasa con Matilda,donde la mirada irónica del autor admite que hay niños insoportables con padres cegados por el amor y niños brillantes (como Matilda) con padres que merecen ser castigados de vez en cuando por su mal comportamiento y su falta de empatía con sus hijos.

Y es que las dos citas anteriores son muy parecidas al inicio de Matilda, cuando el narrador da su punto de vista acerca de los padres y los hijos. Más adelante, empezamos a conocer a Matilda, una niña excepcionalmente brillante cuyos padres son poco menos que ignorantes y crueles, unas personas que no imaginan el mundo interior de su hija. A pesar de eso, Matilda no abandona sus propias creencias, convicciones y aficiones, y continúa leyendo muchos libros para afinar sus poderes de telequinesis. Esto, tal como menciona la especialista en LIJ Boel Westin, “contiene un virulento ajuste de cuentas con la familia como institución, así como un retrato ya casi clásico del niño solo que se crea su propia estrategia de supervivencia y su concepción de la vida” (citado en Garralón, 2017, p. 116).

Aunque Westin afirma esto refiriéndose a la serie de libros Elvis Karlsson, también es aplicable a Matilda, ya que la protagonista se rebela, rechaza a su familia y se crea una forma de pensar y de ser propias, pero no sólo respecto a su familia, sino también frente a la escuela como institución, representada en el personaje de Tronchatoro.La creación y la defensa del mundo interior de Matilda ante la ignorancia de los adultos que la rodean es uno de los grandes aportes de la novela, porque simboliza la emancipación de la LIJ de sus ataduras moralistas y pedagógicas, y también de una visión que tiende a minimizar a los niños.

Otro aspecto que me encanta de Matilda es el humor. El humor, por cierto, es un ingrediente que tardó mucho en aparecer en la literatura para niños, naturalmente, debido a la visión paternalista y solemne que la aquejaba. Como recordarán, en la entrada anterior cité a Ana Garralón, quien dice que a partir de la publicación de Pedro Melenas en 1844, la literatura infantil comenzó a explorar los terrenos del humor sarcástico y del niño anárquico que hacía todo lo que quería. De hecho, la novedad de este libro radica en jugar con las prescripciones morales dirigidas a los niños que eran muy populares en aquella época.

“Matilda at thirty”, ilustración por Quentin Blake

A primera vista, parece que Pedro Melenas es un libro muy alejado de la obra de Roald Dahl, sobre todo por la época en que fue publicado, pero en realidad, el humor negro, el sarcasmo y la aparente crueldad las hacen obras muy parecidas, así como algunos otros libros de Dickens o Chesterton, admirados por Roald Dahl. De hecho, en Matilda podemos encontrar pasajes de un humor bastante irónico, como el final del capítulo “El fantasma”, cuando Fred le pregunta a Matilda si su loro se había portado bien y Matilda responde: “Lo hemos pasado estupendamente con él […] A mis padres les ha encantado” (Dahl, 1997, p. 50) después de hacerles creer a sus padres que el loro era un fantasma y asustarlos. En efecto, otro rasgo irónico de la novela es que Matilda se burla de la ignorancia de sus padres, por eso puede hacerles bromas sin que ellos sospechen. Eso, por otra parte, también muestra la división entre el mundo infantil y el mundo adulto, ya que los adultos, aunque sean personas mayores, también pueden ser tontos.

Care Santos, una escritora española de literatura para niños (autora de Mentira, una novela que reseñé aquí y que, por cierto, ha sido lo más leído del blog), dijo, a propósito del aniversario número 30 de la publicación de Matilda: “Dahl nos recordó, libro tras libro -y en ‘Matilda’ muy especialmente-, que los mayores somos mucho más decepcionantes, malvados y aburridos que los niños” (2018, párr. 1). Esto lo he comprobado sobre todo al observar guías de lectura y ejercicios “para hacer con tus hijos” a partir de la lectura de Matilda (y de otros libros) que siguen insistiendo en que la lectura debe servir “para algo” en lugar de, simplemente, leer porque sí, porque es divertido y placentero.

“Leer sin ataduras” podría ser un buen lema para leer en vacaciones (justamente como yo tengo planeado hacerlo en este mes), leer “sin pensar”, aunque eso no sea posible. Leer como dejándose llevar por la corriente del río, simplemente para saber cómo continúa la historia. Liberarnos de ataduras teóricas o críticas, así como la literatura infantil se liberó de pedagogías. Creo que ese es mi propósito estas vacaciones: recuperar la libertad al leer. He notado que cuando leo así, descubro muchas cosas que quizá quedan opacadas por la teoría. Espero hablar más a fondo de esto, cuando regrese de mis vacaciones, aprovechando que estoy leyendo algo de Aidan Chambers (todavía no me perdono no haberlo leído antes).

Aun si ustedes no tienen vacaciones, les deseo un buen verano y muchas lecturas libres. ¡Hasta entonces!

Para preguntar en la librería (y también para el lector curioso):

Barrie, J. M. (2011). Peter Pan. Madrid: Cátedra.

Dahl, R. (1997). Matilda. México: Alfaguara.

Garralón, A. (2017). Historia portátil de la literatura infantil. México: Ediciones Panamericana-Secretaría de Cultura.

Nesbit, E. (2008). Five Children & It. Reino Unido: Penguin Random House.

Santos, C. (2018). “Matilda” cumple 30 años”. El periódico de Aragón. Disponible en: https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2018/09/13/matilda-cumple-30-anos-46740912.html

Los remedios para niños malcriados del doctor Hoffmann

Para Toño, que atinadamente me regaló este libro en Navidad

El médico Heinrich Hoffmann no se andaba con tonterías. Una Navidad de 1844 decidió que le compraría a su hijo un libro.

Entró a todas las librerías de Frankfurt, pero no encontró lo que buscaba; seguramente habrá pensado “¡libertinos! ¡A dónde vamos a parar! ¡Se han perdido los valores!”, así que decidió escribir él mismo un libro para su hijo.

No podía ser cualquier libro, no obstante. Tenía que ser un libro de esos que educan, de los que vuelven a uno “mejor persona”, tenía que mostrarle a su hijo qué les pasa a los niños malcriados y crueles que, por cierto, tienen destinos peores que los niños a los que se los lleva el policía o el ropavejero. Así nació Der Struwwelpeter (en español, Pedro Melenas), un libro catalogado por algunos espantados como “el libro para niños más cruel de la historia”.

(No se preocupen, yo crecí leyendo a Roald Dahl y estoy curada de espanto).

Difícilmente en 1845 se hubiera pensado que Pedro Melenas era una obra “cruel”; como le escuché decir a una historiadora brillante, “no podemos llevar nuestro presente al pasado”. La infancia y el trato hacia los niños ha cambiado considerablemente con el paso del tiempo, y aunque en la Europa del siglo XIX todavía se les confería a los niños cualidades casi divinas y, por lo tanto, irreales (ideas derivadas del romanticismo del siglo XVIII), había costumbres familiares orientadas a la disciplina y a la coerción de los niños.

En la Alemania de mediados del siglo XIX eran populares los manuales de comportamiento infantil o las guías para padres que deseaban disciplinar a sus hijos. Un fascinante ejemplo de esto es el médico alemán Daniel Gottlieb Moritz Schreber (1808-1861), ortopedista, educador e inventor de aparatos diseñados para impedir que los niños hablaran o para que mantuvieran una postura erguida. Además, pensaba que “un niño bien educado podía ser controlado por sus padres, ya que como buen hijo tenía que obedecerles en todo. Se pretendía que el niño tuviera un sentimiento genuino de amor y libertad, y si lo golpeaban, después debía ofrecer un apretón de manos y mostrar una sonrisa amistosa que probara que no guardaba rencor” (Robertson, 2012, p. 90, cursivas del original).

Aparato de Schreber para mantener a los niños erguidos. Tomado de Wikipedia.

Otra de las “linduras” de la filosofía de Schreber se encuentra en su obra El libro de los ejercicios para el cuerpo y el alma, en donde habla de controlar de manera sumamente detallada el comportamiento, los hábitos y hasta la postura de los niños: “se aconseja a padres y educadores que hagan uso de una máxima presión y coerción durante los primeros años de vida del niño, para promover así la salud mental y corporal sometiendo al niño a un rígido sistema de entrenamiento físico, de ejercicios musculares metódicos combinados con medidas restrictivas y castigos” (Charaf, 2016, p. 79). Hay otros ejemplos de coerción de niños muy pequeños en esa época en Alemania, por ejemplo, el uso de nodrizas era bastante común, y existía el término Wickelkinder o “niños envueltos”, ya que se tenía la costumbre de envolver a los niños en metros y metros de tela, lo que les impedía extender los brazos hacia sus cuidadores o explorar su entorno por medio del tacto, sin contar con que esto era perjudicial para su postura (Robertson, 2012).

Uno podría recordar la novela, también europea y del siglo XIX, Tiempos difíciles, donde el señor Gradgrind adopta a una niña huérfana que trabaja en el circo (es decir, a una “salvaje”) y se propone educarla por medio de “hechos”, de datos duros y estadísticas frías, haciendo a un lado la imaginación, el arte y la fantasía. Sin embargo, a diferencia de Gradgrind, el doctor Schreber jamás cuestionó ni cambió sus estrictos métodos educativos que, por otro lado, no resultaron muy buenos que digamos cuando los aplicó en sus propios hijos: su primogénito se suicidó y otro de sus hijos, Daniel Paul Schreber, fue un famoso paciente de Freud y autor de Memorias de un enfermo de nervios.

Conociendo todo este contexto, es fácil intuir por qué Heinrich Hoffmann, un médico que se dedicaría a tratar pacientes psiquiátricos (aunque él mismo no fuera psiquiatra), decidió escribir un libro de imágenes y poemas para educar a su hijo: al parecer, era “el espíritu” de la época, lo que estaba en boga. De acuerdo con Rey (2012), el nacimiento de Pedro Melenas no sucede en aquella Navidad de 1844, sino mucho antes, cuando el Dr. Hoffmann calmaba a los niños que no se dejaban auscultar con dibujos de un chico salvaje, descuidado, con el pelo y las uñas largas. (Digamos que el doctor no regalaba paletas para tranquilizar a sus pacientes, sino estampas de lo que sería su destino si no atendían su salud).

Pedro Melenas. Tomado de Wikipedia.

Hay investigadores y médicos que van incluso más lejos al asegurar que, por medio de Pedro Melenas, Hoffmann describió por primera vez el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), por ejemplo, Prada (2016) afirma: “Otro precedente de este trastorno [el TDAH] lo podemos encontrar en la obra del psiquiatra alemán Hoffman [sic.] (1845), un libro de poemas infantiles en la que el autor realiza una descripción de dos casos de TDAH que corresponden a dos personajes de dos poemas distintos, un niño que presentaba todas las características del predominio hiperactivo-impulsivo y otro niño con predominio inatento” (p. 84). Supuestamente, el personaje con predominio hiperactivo-impulsivo es Felipe, de “La historia de Felipe Rabietas” y el de predominio inatento es Juan de “La historia de Juan Babieca” (Rey, 2012).

Creo que es un tanto excesivo proclamar que la descripción del TDAH propiamente dicho se encuentra en un libro de poemas para niños, porque justamente se trata de un poema, no un artículo científico ni mucho menos un estudio de caso. Por supuesto, no descarto que Hoffmann se haya inspirado en los pacientes que atendió en el hospital psiquiátrico de Frankfurt donde trabajaba, o incluso en su propio hijo, como dicen algunas fuentes.

Heinrich Hoffmann no descubrió el TDAH, sin embargo, sí fue uno de los primeros autores en contar historias con imágenes, y es que para el doctor Hoffmann, el mejor remedio para domesticar a los niños era mostrarles dibujos de chicos crueles o traviesos enfrentándose a su destino; para él, las palabras no causaban la misma impresión en los lectores, ya que, como solía decir, “El niño sólo aprende de manera sencilla a través de los ojos”.

Por ello, por las páginas de Pedro Melenas desfilan toda clase de pillos, como Federico el cruel, el Pequeño Chupadedo, Paulina y los cerillos o Gaspar el melindroso. Las ilustraciones son todas exageradas y caricaturescas. Por ejemplo, “La historia del cazador desalmado” muestra al cazador llevando una escopeta más larga incluso que él mismo, igual que las tijeras que utiliza el sastre para cortarle el pulgar al Pequeño Chupadedo. El destino de todos aquellos pequeños macabros también se lleva al límite: por jugar con los cerillos, Paulina queda reducida a cenizas (y sus dos gatos le lloran amargamente); por no comer sopa, Gaspar enflaquece hasta morir; por tener la cabeza en las nubes, Juan se cae al río y los peces se burlan de él.

Algunos de estos poemas se pueden entender sin necesidad de leerlos; tan sólo mirar las ilustraciones basta, como es el caso del poema sobre Gaspar, que al principio se ve regordete y poco a poco va perdiendo peso hasta morir. La fuente llena de sopa que está sobre su tumba es un puntazo de ironía proporcionado únicamente por la ilustración, ya que en el texto no se menciona. Otra de mis historias favoritas de Pedro Melenas, la del Pequeño Chupadedo, parece advertirles a los niños sobre la existencia de un “sastre” que sorprende a los niños que se chupan el pulgar, entra a su casa y les corta los dedos con tijeras tan largas que parece que nada ni nadie se les escapa.

Las ilustraciones de “La historia de Federico el cruel” son mucho más narrativas, ya que vemos a Federico maltratando insectos, pegándole a su niñera y golpeando a su perro, hasta que éste lo muerde y Federico convalece en su cama tomando medicinas, mientras su perro, por haber sido bueno y soportar los maltratos de Federico, disfruta un plato de comida caliente sentado en la silla del malvado chico.

Uno podría preguntarse, como diría mi amigo Alejandro, si esto es una especie de ley de Poe. ¿Heinrich Hoffmann estaba parodiando los manuales de coerción infantil o es él mismo un despiadado disciplinador de menores? Debo confesar que, antes de leer este libro, yo creía ingenuamente que todo era una broma, pues ¿quién iba a escribir poemas tan crueles en serio? Pero no: Hoffmann escribió Pedro Melenas muy en serio, para educar a los niños y, especialmente, a su hijo. Con el paso del tiempo, y gracias a que la literatura infantil se liberó de sus ataduras moralistas, empezamos a leer (y a utilizar) Pedro Melenas como un libro de poemas humorísticos que abriría el camino para otros libros igual de crueles y graciosos, y así, en lugar de amenazar, provocaba la burla de los infortunados niños retratados allí. De acuerdo con Ana Garralón (2017): “En Struwwelpeter se dieron dos tradiciones: la del movimiento racionalista de la Ilustración, con su eterna constante de prevenir a los niños, y la de la tradición popular con la sencilla ordenación del mundo entre lo bueno y lo malo. La novedad residió en el niño anárquico que hace lo que quiere sin importarle las consecuencias” (p. 70).

Pienso en todos los libros que vinieron después de Pedro Melenas, como Los pequeños macabros de Edward Gorey, que de moralista no tiene nada y de cruel, todo. O en los personajes de Charlie y la fábrica de chocolate que, después de haberse portado mal en la fábrica, desfilan llevando a cuestas su castigo físico. Vamos, hasta las canciones de los Oompa-Loompas parecen herederas directas de los poemas de Pedro Melenas. También “Mark Twain tradujo del alemán el libro, cercano al espíritu de sus propios personajes literarios como Tom Sawyer y Huckleberry Finn” (Hanán Díaz, 2021, párr. 5).

(Mmmh, habría que escribir sobre esas dos joyas de la literatura y la ilustración, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión).

No es poca cosa haber contribuido a abrir el camino a los libros infantiles con personajes anárquicos, como dice Ana Garralón, ya que de esta manera la literatura para niños consiguió su libertad. Poco a poco, los personajes de la LIJ se irían alejando de los duros corsés del moralismo (que parecían diseñados por el mismísimo Schreber) para hacer exactamente lo que se les diera la gana. Al final, parece que Hoffmann no descubrió el remedio para meter en cintura a los niños malcriados, sino que les dio una maravillosa medicina: la literatura humorística, libre y satírica. Creo que leer un clásico como este es refrescante en una época en la que retiran cuentos como Caperucita Roja de las bibliotecas públicas, en una época en la que se leen cuentos de hadas de una manera terriblemente literal y, en suma, en una época en donde nos abstenemos de nombrar lo que debe ser nombrado simplemente porque duele, porque “no es correcto” o porque da vergüenza. Los libros infantiles son mucho más que princesas y príncipes, más que Heidi corriendo libre por el campo y, la verdad, hay personajes que no son precisamente unos pequeños lores. Hay muchas más posibilidades creativas en la LIJ y es nuestro derecho como lectores conocerlas todas.

¡Viva la libertad! ¡Y larga vida a Pedro Melenas!

Imagen tomada de Germany.in-24.com

Para preguntar en la librería:

Pedro Melenas

Heinrich Hoffmann (texto e ilustraciones)

España, José Olañeta Catalán, 2017.

Y para el lector curioso:

Charaf, D. (2016). Daniel Gottlieb Schreber: perversión y locura, de padre a hijo. Ancla, 6, pp. 77-86. Disponible en: https://psicopatologia2.org/ancla/Ediciones/006/Ancla-006.pdf

Garralón, A. (2017). Historia portátil de la literatura infantil. México: Ediciones Panamericana-Secretaría de Cultura.

Hanán Díaz, F. (2021). “Pedro Melenas” de Heinrich Hoffmann. Serie Libros que desafían el tiempo. Cuatrogatos. Disponible en: https://cuatrogatos.org/blog/?p=8112#more-8112

Prada, M. (2016). Estudio de caso único de un paciente de 12 años diagnosticado con TDAH presentación Hiperactiva-Impulsiva [Tesis de maestría]. Universidad del Norte. Disponible en: https://manglar.uninorte.edu.co/bitstream/handle/10584/5835/22521757.PDF.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Rey, C. (2012). Pedro Melenas, el terror de las neuronas. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 32(116), pp. 877-887. Disponible en: https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0211-57352012000400014

Robertson, P. (2012). El hogar como nido: la niñez de clase media en la Europa del siglo XIX. En Medina, M. B. (Coord.), Giros y reveses. Representaciones de la infancia a través de la historia (pp. 79-114). México: Conaculta.

Pinocho, una vez más

Pinocho es un clásico. Eso significa (entre muchas otras cosas) que es un libro del que se habla mucho sin necesariamente haberlo leído.

Para los italianos, Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi ha existido siempre, y los niños lo leen antes del Abecedario, según Italo Calvino. En ese mismo ensayo,[1] Calvino comenta lo extraño que es que se cumplan cien años de la publicación de este libro, pues ¿podemos imaginarnos un Pinocho de cien años? No lo creo, porque Pinocho no envejece: después de los casi 140 años y las miles de ediciones de esta novela (en italiano y en otros idiomas), el títere de madera se renueva cada vez, y cada vez tenemos una lectura distinta.

En Por qué leer los clásicos, Calvino dice que los clásicos son libros acerca de los cuales la gente suele comentar que los está releyendo, no leyendo por primera vez.En honor a esa observación, esta entrada trata sobre mi relectura de Pinocho. Hace varios años leí Las aventuras de Pinocho por primera vez, en una edición de la Secretaría de Cultura. En ese primer encuentro, el títere me cayó mal. Recuerdo haber pensado lo molesto que era que las cosas nunca le salieran bien, que se regocijara en su papel de víctima y que molestara y se aprovechara tanto de Geppetto. Pero hace unos meses, en la relectura, sentí compasión por él; en buena medida, tal vez las ilustraciones de Gabriel Pacheco, que acompañan la edición de Nostra, me ayudaron a sentir esa compasión.

Pienso que las ilustraciones de obras clásicas revitalizan una característica inherente de este tipo de libros: la posibilidad de leerlos desde otra perspectiva. En este caso, Gabriel Pacheco dibuja a Pinocho con mucho movimiento en las extremidades; tiene que hacerlo así porque, desde luego, se trata de un títere, pero esto también alude al desgarbo, a la despreocupación y a la excesiva libertad del muñeco. Por ejemplo, cuando Pinocho sufre un accidente o cuando corre o salta de alegría, sus piernas y brazos parecen elevarse, flotar en el aire, lo que le da una sensación vivaz (aunque la energía que impulsa sus deseos lo mete en problemas).

Ilustración de Pinocho por Gabriel Pacheco (2016).

En algunas páginas del Pinocho ilustrado por Gabriel Pacheco creo adivinar los pensamientos del títere. Por ejemplo, en una de mis escenas favoritas, cuando el Gato y la Zorra (los “asesinos”) cuelgan a Pinocho de la Encina Grande y lo dejan ahí toda la noche, el rostro del muñeco parece decir “¡Más me valdría haber ido a la escuela!” Justamente, esta ambigüedad en las actitudes de Pinocho, que se debate entre ir a la escuela, ser bueno con su padre y aprender el abecedario, e ir al País de los Juguetes para sólo divertirse y jugar es lo que lo mantiene vivo, a más de cien años de su publicación.

De nuevo, Italo Calvino, en Por qué leer los clásicos (un ensayo que parece ser mi faro en este texto) dice que “Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad” (2015, p. 4). Ya sea por Disney, por la cultura popular o porque conocemos (de oídas, justamente) la historia básica de Pinocho (un títere de madera que quiere ser un niño de verdad), creemos que lo conocemos. Pero luego, cuando finalmente leemos el libro, resulta que hay escenas dignas de los mejores cuentos fantásticos, como el primer diálogo entre Pinocho y la Niña de los cabellos turquesa, que sucede cuando el muñeco llega a la casa de la Niña y esta le dice:

– En esta casa no hay nadie. Todos están muertos.

– ¡Al menos ábreme tú! – gritó Pinocho gimoteando y clamando.

– Yo también estoy muerta.

– ¿Muerta? Y, entonces, ¿qué haces en la ventana?

– Espero el ataúd que vendrá por mí.

(Collodi, 2016, p. 76).

 Los tres médicos que atienden a Pinocho: el Cuervo, el Tecolote y el Grillo-parlante o los enterradores, cuatro conejos enormes, negros, que llevan un ataúd a cuestas para enterrar a Pinocho si no se toma su medicina son también personajes fantásticos. Y cómo olvidar al cochero de la carroza que va al País de los Juguetes:

Un hombrecito más ancho que alto, tierno y untuoso como una barra de mantequilla, con carita de manzana, una boquita siempre sonriente y una voz sutil y acariciante, como la de un gato que se acoge al buen corazón del ama de casa.

(Collodi, 2016, p. 164).

Si la descripción del cochero ya es inquietante por sí sola, la ilustración de Gabriel Pacheco la vuelve aún más perturbadora: el fondo oscuro, el coche cargado de niños díscolos y ansiosos por llegar al País de los Juguetes, los burritos resignados que tiran del carro y la duda en el rostro de Pinocho convierten la escena en algo salido de un sueño, pero un sueño ambiguo, pues todavía no sabemos si es una pesadilla o no. Esa es la duda de Pinocho, porque, por un lado, quiere ir al País de los Juguetes, pero también se pregunta qué le dirá el Hada si se va.

Ilustración de Pinocho por Gabriel Pacheco (2016).

Otra de las maravillas que nos ofrece la edición de Nostra es la traducción y prólogo de Felipe Garrido, un escritor que también cuenta con mucha experiencia en la promoción de la lectura. En el prólogo, Garrido insiste en la ambigüedad de Pinocho y dice algo que no hay que pasar por alto cuando se habla de este libro: “Pinocho es una obra moralista y por eso muchos sinceramente la aprecian […] Pinocho está del lado de los padres y los maestros” pero, a la vez, “Pinocho está del lado de los desbocados impulsos de independencia y desobediencia que proyectan a los niños y los jóvenes hacia el futuro. Pinocho está del lado de los niños y los adolescentes y los viejos y los adultos que conservan ese espíritu de disidencia y de lucha” (Garrido, 2016, p. 12). Si queremos ponernos simbólicos, el Pinocho de madera es el que está del lado de los niños, el desobediente, burlón, juguetón y caprichoso, y el Pinocho de carne y hueso es el que está del lado de los adultos, el que se levanta temprano para ayudar a su padre y se esmera en aprender a leer y escribir.

Sin embargo, esta no es una visión maniquea, porque, como escribe Garrido, Pinocho le habla a los adultos que conservan un espíritu rebelde; es decir, las personas no siempre somos seres racionales, completamente de carne y hueso, sino que a veces coqueteamos con la idea de ser “de madera”, de estar incompletos y de ser un poquito irresponsables. Me pregunto si el buen muchacho en que se convierte Pinocho al final del libro no cae en el vicio de tener una cabeza de madera de vez en cuando.

Si es cierto lo que anota Calvino en Por qué leer los clásicos, seguramente Las aventuras de Pinocho seguirá sacudiéndose de encima las críticas literarias que pretenden interpretarlo, y vaya que serán muchas, porque, no importa cuánto tiempo pase, estoy segura de que seguiremos leyendo este libro desde diferentes perspectivas. Y así, Las aventuras de Pinocho será no sólo un clásico de la literatura general, sino también un clásico personal de los lectores.

Para preguntar en la librería:

Las aventuras de Pinocho

Carlo Collodi (texto), Felipe Garrido (traducción y prólogo) & Gabriel Pacheco (ilustraciones)

México, Nostra, 2016.

Y para el lector curioso:

Calvino, I. (2015). Por qué leer los clásicos. Madrid: Siruela.


[1] Pinocho o las andanzas de un títere de madera (1982), El correo de la Unesco, (6), pp. 11-14.

La Gran Gilly Hopkins y el regreso a casa

Leer por segunda vez La Gran Gilly Hopkins fue para mí como regresar a casa y abrir puertas, ventanas y cajones todavía desconocidos.

Mi edición de La gran Gilly Hopkins

Mi edición de La gran Gilly Hopkins es del 2003. Me parece extraño haber leído ese libro en aquel año, cuando yo tenía diez, así que calculo que lo leí más o menos a la misma edad de Gilly, trece años. Ahora, a mis veinticinco, volví a leer la novela, y creo que me gustó más que la primera vez.

Pocas veces releo un libro, pero esta vez decidí hacerlo por varias razones; la principal, sin embargo, es el reencuentro (literario) que tuve con la autora, Katherine Paterson. Eso sucedió, en parte, gracias a Maria Nikolajeva y su libro Retórica del personaje en la literatura para niños (un libro esencial para especialistas en la LIJ). Allí, Nikolajeva habla de varios clásicos de la LIJ dando por sentado que el lector los conoce. Así, a veces simplemente hablaba de Lyddie o de Amé a Jacob, y cuando yo buscaba esas novelas en internet, me sorprendía al ver que eran de Katherine Paterson porque son tramas muy distintas a la de La gran Gilly Hopkins.

Pero lo que más me sorprendió de la lectura de Nikolajeva fue que argumentara que en Gilly Hopkins había cierta forma de monólogo interior, una técnica narrativa que yo aprendí hasta la universidad, cuando conocí y estudié (de la mano de mis maestros, por supuesto) a autores considerados grandes exponentes de esa herramienta, como William Faulkner o Virginia Woolf. El monólogo interior es, además, una técnica considerada difícil, que exige un lector con cierta práctica. Yo no recordaba que Gilly Hopkins hubiera sido una lectura particularmente difícil para mí, aunque claro, más de diez años después, tampoco podía recordar si, en efecto, había monólogo interior, especialmente porque a los trece años yo no sabía qué era aquello. Así que decidí releerlo, ahora con un poquito más de práctica y consciencia lectora.

No recordaba casi nada, excepto el principio y el final de la novela, pero de forma muy aislada, casi entre sueños. Lo que sí recuerdo con viveza es que, a mis doce o trece años, la rebeldía y la audacia de Gilly Hopkins me intimidaban: yo nunca me he considerado rebelde ni audaz, pero en esta ocasión pude desprenderme un poco de la subjetividad de la chica y leer La Gran Gilly Hopkins desde una perspectiva más adulta.

Entonces, como preguntaríamos en una charla con amigos: ¿de qué trata esta novela? La Gran Gilly Hopkins tiene un narrador focalizado en Gilly, una chica de trece años y cabello rebelde que ha pasado gran parte de su vida en muchas casas de acogida, hasta que es adoptada por Maime Trotter. En esa casa, Gilly empieza a sentir cariño por “la Trotter”, como ella la llama, por William Ernest, otro chico adoptado, y por el señor Randolph, su vecino invidente. Sin embargo, Gilly todavía guarda la esperanza de ser rescatada por su madre biológica, a quien escribe para que vaya a verla y se la lleve “de esa casa de locos”.

Esta narración focalizada en Gilly está combinada con los pensamientos de la chica (es decir, el monólogo interior), que van desde un rápido “Cállate, Trotter” hasta algo más elaborado, como

Si fuera a quedarme, yo haría un hombre de tu pequeño alfeñique. Pero no puedo; podría volverme blanda e idiota yo también, como me sucedió en casa de los Dixon. Dejé que aquella mujer me engañara con todos sus mimos y palabras tiernas mientras me mecía en sus brazos. La llamaba mamá y me subía a su regazo cuando tenía que llorar. ¡Dios! Ella decía que yo era su propia niña, pero cuando se mudaron a Florida me pusieron en la calle con el resto de trastos que dejaron atrás […]

[Gilly] sintió un codazo en las costillas.

Gilly volvió bruscamente a la realidad. ¿Qué diablos?

Es como si el narrador le cediera la voz a los pensamientos de Gilly, que generalmente hablan de los sentimientos de la chica acerca de vivir en casas de acogida. Y es que esos sentimientos son extremadamente profundos, ricos y complejos como para ser tamizados a través de la voz del narrador.

No es mi intención hacer que esta entrada sea una clase de monólogo interior; de hecho, Maria Nikolajeva tiene una taxonomía muy completa de éste. Simplemente quería hablar sobre las cosas que me ha enseñado la literatura infantil con el paso de los años; en este caso, creo que tuve la suerte de leer un mismo libro desde dos identidades diferentes. La primera, la de mi yo de trece años, definitivamente estaba de parte de Gilly y quería que la chica escapara de casa de Trotter y cruzara todo Estados Unidos en un autobús, sola, en busca de su madre biológica. Pero ahora, muchos años después, mi yo adulto, con más experiencia lectora, ya no le cree tanto a Gilly, pues a pesar de que ella diga que los miembros de su nueva familia son todos unos “fanáticos religiosos”… ¿realmente lo son? La postal que Gilly recibe de su madre ¿realmente está escrita con genuino amor y añoranza o, más bien, la chica está idealizando a su madre?

Leer La gran Gilly Hopkins por segunda vez, a los veinticinco años y con otros libros leídos acumulados en mi cabeza me permitió descubrir dos cosas, cosas que de algún modo ya sabía, pero que se enriquecen con los pensamientos que sólo la experiencia de primera mano puede brindar: esta manipulación que la novela le hace al lector permite que nos alejemos o acerquemos a la subjetividad de Gilly, y con base en eso podemos construir nuestra propia, muy personal, experiencia e interpretación lectora. La segunda cosa que aprendí y que reafirmé es que los mejores libros infantiles son los que crecen con sus lectores.